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¡Basta ya de “Yo no soy racista, pero…”!

Ayer tuve la fortuna de que me invitaran a participar en un coloquio en el Ateneo de Madrid en el que intervinieron varios representantes de la comunidad africana en España. El tema era “¿Para qué es necesario un parlamento negro en España?” La verdad es que fue muy esclarecedor. Escucharles hablar de su realidad, conocerla, te hace abrir los ojos a una España que pese a considerarse, y quizá honestamente, no racista lo cierto es que tiene el racismo calado hasta los huesos. Todo nuestro sistema jurídico, nuestros derechos, obedece a una estructura jerarquizada en la que conforme vas ascendiendo vas teniendo más derechos. Así, a quienes están en el escalafón más bajo, los inmigrantes que saltan la valla por ejemplo, se les niega incluso el derecho internacional que debe proteger a todo ser humano ya que se les expulsa “en caliente”, sin haber realizado los trámites legalmente obligatorios de identificación, verificación de sus condiciones personales (si huyen de un país en guerra, si es una persona perseguida políticamente o por cuestión de género o tendencia sexual, etc.) y tramitación, si procede, de su solicitud de asilo en España. Aquí, en nuestra democrática y civilizada España, la Guardia Civil crea un cordón policial para impedirles entrar y la guardia marroquí hace el trabajo sucio de apalear a los negros que han conseguido saltar la valla y llegar a territorio español. No deja de ser muy ilustrativo que un gobierno del mismo partido del que envió a nuestra heroica flota a defender un islote que ni sabíamos que existía porque había sido ocupado por fuerzas marroquíes, el islote Perejil, modifique la legislación para renunciar a miles de metros cuadrados de territorio español (el que está entre la valla exterior del perímetro fronterizo hasta el lugar donde la Guardia Civil forme su cordón policial) alegando que ese terreno no es España y que, por tanto, las personas migrantes que son expulsadas a Marruecos a porrazos jamás han llegado a entrar en España por lo que no había obligación alguna de cumplir la legalidad internacional con ellas. La consecuencia de esta política es que España ha creado una tierra de nadie donde no existe el derecho y donde la impunidad es total. Y si esto es grave, también lo es lo que sucede con las personas migrantes una vez han llegado a territorio español y que se encuentran en situación irregular. Sus derechos están cercenados por unas leyes de imposible cumplimiento que, como pescadilla que se muerde la cola, les exige requisitos como llevar 3 años en España para conseguir el “arraigo social” que da derecho a poder trabajar. ¿Y de qué vive esa persona durante esos tres años? La escala jerarquizada de derechos va ascendiendo progresivamente. Así, para optar a según qué trabajos (ingresar en el cuerpo nacional de policía, por ejemplo) se exige tener la nacionalidad española, pero para obtenerla por residencia es necesario acreditar haber tenido esa residencia durante no menos de diez años. Por tanto, nuestro sistema jurídico establece una serie de limitaciones a los derechos que hace que el propio sistema incumpla la máxima que debe regir todo sistema jurídico: que la ley debe ser igual para todas las personas.

Y si participar en este coloquio ayer me permitió ver la injusta realidad a la que se enfrenta la comunidad negra en España, también me permitió comprobar que el racismo existente en este país está muchísimo más arraigado de lo que podemos, y queremos, creer. Solo unos cuantos fanáticos se declaran hoy racistas y son solo unos pocos porque no está bien visto, por lo menos por ahora, decir abiertamente “soy racista”. Pero una gran parte de nuestra sociedad, posiblemente mayoritaria, es racista “camuflada”, pertenece a quienes antes de expresar una opinión realmente racista siempre dicen, como si se lavaran la boca, “Yo no soy racista, pero…” Y esos son los peores porque no quieren ver la realidad, porque no quieren admitir que en España el racismo existe, porque se niegan a reconocer que, en el fondo, ellos mismos son racistas. Como me dijo ayer uno de los contertulios durante la charla: si quieres que una persona educada y afable explote, incluso siendo un amigo, no tienes más que señalarle su comportamiento racista.

Que el racismo es una realidad es un hecho que pocos, muy pocos, se atreven sinceramente a cuestionar. Una voz entre el público del coloquio de ayer pretendió justificar la inexistencia del racismo diciendo que en el DNI no pone ” de raza…”, olvidando que sí pone “nacido en…” y, sobre todo, que no todas las personas tienen la posibilidad de acceder a tener un DNI. A ese racismo institucional que vemos en nuestro sistema jurídico tenemos que añadirle el racismo social, un racismo social que está tan consolidado que ya ni siquiera nos llama la atención y que está latente en los asientos que solemos dejar libres junto a los negros en los transportes públicos, en el gesto instintivo de muchas personas de llevarse la mano al bolso o a la cartera cuando es un negro, un árabe o un gitano quien está a su lado en el metro, o en expresiones tan arraigadas como “tienes la negra” para decir que tienes mala suerte, “esto va a ser una merienda de negros” para describir la desigualdad entre dos contendientes, “hay que trabajar como un negro” para referirse a un trabajo duro y precario, o con la connotación peyorativa que siempre se da a la palabra negro incluso para referirnos al dinero: “dinero negro”, “tarjetas black”, etc. Esta es la realidad a la que a diario se enfrenta la comunidad negra que vive en España, una comunidad que se rebela contra quienes pretenden ser políticamente correctos refiriéndose a ellos como “personas de color” o “subsaharianos”. Son negros y no se avergüenzan de serlo y tienen su origen en África, por lo que prefieren ser llamados negros, comunidad negra, afroespañoles, comunidad africana, afrodescendiente… pero no personas de color o subsaharianos (¿O es que acaso los habitantes del Sur de Europa son los “subdanubianos”?)

Quienes niegan la existencia del racismo suelen argumentar que no tienen ningún reparo en que Neymar, que es negro, vaya a cenar un día a su casa. Pero eso se cae por su propio peso: están encantados de que Neymar cene en su casa por lo que Neymar significa, por el “prestigio” que les da, por lo “cool” que queda. Si, como ocurre en la infinita mayoría de los casos, no conocen personalmente a Neymar, la pregunta que deberían hacerse es: ¿Por qué aceptaría orgulloso que viniese él a cenar a casa y no ese negro al que sí conozco porque veo cada día frente al Carrefour o el Mercadona de turno que siempre me saluda con la mejor de sus sonrisas? Y es ahí donde entra otro de los factores en juego: la aporofobia, el odio al pobre. Nuestra sociedad está estructurada de tal forma que necesita que cada clase social sepa que hay otra que está peor, que todavía hay alguien más bajo en el escalafón social. Ser conscientes de que somos el último peldaño es llevarnos al cuestionamiento de la sociedad y la toma de conciencia, y de ahí a la rebelión solo hay un paso. Por eso muchos políticos y la mayoría de los medios de comunicación se encargan machaconamente de recordarnos que hay otros, a los que ni siquiera se refieren como personas sino como simples adjetivos o números (doscientos inmigrantes, quinientos subsaharianos, mil refugiados…) que están peor que nosotros. El fundamento de nuestra sociedad, de la cohesión social del siglo XXI, es el miedo, el miedo institucionalizado. Tenemos miedo a ser como esos pobres de los que nos hablan, y lo tenemos porque somos conscientes de que podríamos llegar a encontrarnos en su misma situación a poco que nos vengan peor dadas. Por eso les rechazamos, huimos de ellos, pretendemos alejarles de nuestras vidas. No nos gusta que nos recuerden que mañana podemos quedarnos sin un techo. Y si esos “pobres desgraciados” son negros no son como yo, así que mejor que mejor, porque inconscientemente pienso que todavía está lejos que eso me pueda pasar a mí. Y es precisamente ahí donde entra el otro ingrediente del cóctel mortal para nuestra sociedad y para el mundo que estamos agitando con denuedo: la xenofobia, el rechazo a los extranjeros. Los extranjeros son los culpables de todos nuestros males. Nos repiten hasta la saciedad mentiras que hemos llegado a creer como verdades: que tienen más derechos que nosotros, que vienen a aprovecharse de nuestro estado del bienestar, que son unos vagos, que aquí no hay sitio para todos… Y, cómo no, revestimos esas mentiras de toda la hipocresía que hemos sido capaces de crear permitiendo que alegremente, antes de repetirlas, haya quien diga: “Yo no soy racista, pero…”

En efecto, ese cóctel formado por el racismo, la aporofobia y la xenofobia está destrozando los valores humanos sobre los que debía fundarse nuestra sociedad. A fuer de verlas a diario, las muertes de esos miles de inocentes que mueren ahogados en el Mediterráneo han llegado a no impactarnos. Y de ahí a que no nos importen solo hay un paso, un paso muy pequeño, ese que cada día damos cuando no pensamos en ellos como iguales a nosotros, sino como diferentes, como inmigrantes, como negros, como pobres, como extranjeros…

Y la pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo es posible que todo esto esté pasando ante mis ojos sin que me esté dando cuenta? La respuesta es perversamente sencilla: porque nos han velado la vista con un velo que nos impide ver la realidad y nos hace pensar en estas personas, las personas migrantes, como “pobrecillos” a los que hay que ayudar, un velo que nos hace confundir la justicia con la caridad, que nos sitúa en el centro del mundo y como los únicos poseedores de la verdad suprema frente a todos esos parias que intentan venir aquí. Nuestro sistema educativo se ha encargado muy bien de tergiversar la historia, de tapar nuestros crímenes, de esconder el origen de nuestra riqueza, de ocultar lo que nuestros antepasados hicieron con los de esos negros que hoy vienen en patera, y lo que nuestras todopoderosas multinacionales están haciendo hoy en día con esos países. El civilizado mundo de la vieja Europa arrasó cuantos continentes “descubrió” Jamás vimos a sus habitantes como iguales, como personas que podían aportar valores y cultura a nuestra sociedad. Nosotros fundamentalmente en Latinoamérica y el resto de potencias europeas en África y Medio Oriente, impusimos nuestro modelo de vida y solo vimos aquellas tierras como fuente de riqueza para mantener nuestro estatus social, político y geoestratégico. Esquilmar sus riquezas naturales no fue suficiente y llegamos a esclavizar a sus habitantes en el más vergonzoso y criminal acto que ha cometido la humanidad a lo largo de su historia. Hemos tranquilizado nuestras conciencias pensando en que ya abolimos la esclavitud, en que ya no hacemos “aquellas cosas” Pero eso no es verdad. La esclavitud se basó en el miedo, no en el hierro con el que forjamos sus cadenas. Hoy hemos cambiado el material del que están hechas esas cadenas, lo hemos transformado en el papel de un contrato de trabajo, de un permiso de residencia o de una nacionalidad, pero lo que sigue manteniendo viva la esclavitud es lo que hay tras esos papeles: el miedo, miedo a no tenerlos o miedo a perderlos. Y si la esclavitud ha cambiado el hierro por el papel, otro tanto ha pasado con la forma en que esquilmamos los recursos naturales de esos continentes: seguimos explotando sus riquezas apropiándonos de los beneficios, pero de una manera más “moderna y civilizada”, una manera que incluso se ampara en la libertad del libre comercio y la “ayuda” a los países más pobres. Si antes lo hicimos como

MOAS rescue 105 migrants in rubber dinghy October 4, 2014.
Photo: Darrin Zammit Lupi/MOAS

Estados protegidos por sus ejércitos y sus cañones, ahora lo hacemos a través de nuestras multinacionales amparadas por los tratados de libre comercio, los aranceles, el control de precios y mercados, el endeudamiento… y todo ello con el apoyo incondicional a gobiernos locales títeres impuestos por nosotros o derrocando a aquellos que amenazan nuestro bienestar al pretender devolver las riquezas naturales a sus legítimos propietarios. Ver como financiamos a facciones o ejércitos rivales para asegurarnos nuestro suministro de materias primas a un precio “razonable” sin importar que se vulneren los derechos humanos o como enviamos incluso a los cascos azules y a misiones internacionales que hablan de paz mientras hacen la guerra debería hacernos cuestionar muchas, demasiadas, cosas. Solo cuando entendamos que nuestro bienestar se basa en la injusticia que condena a esas gentes a la marginación, el hambre y la pobreza, entenderemos que no estamos frente a un tema de caridad cristiana, sino de justicia social y que no se trata de dar un donativo o hacer una aportación a cualquier ONG para calmar nuestra conciencia haciendo nuestra “buena obra del día”, sino de exigir a nuestros políticos que acaben de una vez con todo esto, que lo denuncien en cuantos foros públicos internacionales puedan y, sobre todo, de que abramos nuestros ojos para aprender a ver el racismo latente en todo aquel que empieza diciendo “Yo no soy racista, pero…” y que tengamos la valentía de decirle, sea quien sea que lo que está diciendo es racista. Es poca, muy poca, la distancia que hay entre quien empieza diciendo “Yo no soy racista, pero…” y el fascista que abiertamente dice “pues si tanto le gustan a ese los inmigrantes que se los meta en su casa” o entre quien se muestra dispuesto a admitir que Europa acoja a refugiados pero no a migrantes económicos, como si morir de hambre o por un misil tuviera consecuencias diferentes, o como si quienes han propiciado el hambre o la guerra que les han hecho huir de su tierra no fueran, no fuéramos, los mismos.

No entender el origen del problema nos imposibilita ver que los muros que está construyendo Europa para impedir la entrada de las personas migrantes son un acto criminal, un crimen que cada día asesina a quienes no dejamos otra alternativa que caer en las mafias del tráfico de personas, adentrarse por caminos cada vez más arriesgados, o embarcarse en una patera sabiendo que solo lleva gasolina para dejarles abandonados en medio de la nada en espera de rescate. Somos nosotros y nuestras leyes quienes asesinamos a todas esas personas que se ahogan en el mar. Nosotros al votar a unos políticos que anteponen su reelección a todo lo demás, y nuestras leyes al vulnerar abiertamente los derechos que tanto tiempo y sufrimiento costó conseguir. En las papeletas de voto de cada partido debería constar, junto a su programa electoral, el nombre de todos los inocentes a los que su aplicación va a matar en la próxima legislatura.

Otro de los puntos que los racistas “políticamente correctos” o directamente incorrectos argumentan frecuentemente es el de la obligatoriedad de toda persona migrante a adaptarse a nuestras costumbres y la incapacidad, cuando no verdadera obstinación, que muestran las personas migrantes para hacerlo. Sin duda las personas que migran deben adaptar su modo de vida al del lugar al que llegan, pero también, sin duda, las autoridades estatales, autonómicas o locales del país al que llegan deben facilitar esa integración. Y eso, desde luego, es una asignatura pendiente. En este tema hay otro punto no debe confundirse con la alegría que interesadamente se confunde: adaptarse al modo de vida del lugar al que llegan no implica, obligatoriamente, renunciar a todas sus creencias, costumbres y tradiciones.

En la charla de ayer puse un ejemplo para explicar la reticencia que encuentran las personas migrantes a que se reconozcan sus derechos y a ser aceptadas: el de la igualdad de género. Si nuestra sociedad discrimina y margina a un colectivo, el de la mujer, que supone más de un 50% de la población, del que además depende incluso hasta para la continuidad de su propia especie, cómo no va a discriminar y marginar a un colectivo minoritario que no solo no asegura esa continuidad de la especie, sino que, además, aúna en la mayoría de quienes lo componen los tres ingredientes que esta sociedad más odia y detesta: el racismo, la aporofobia y la xenofobia.

Cuando se debatió sobre la necesidad de que las personas que componen ese colectivo se responsabilizasen de sí mismas y de empoderarse defendiendo sus derechos en lugar de victimizarse culpando a los demás de su desgracia, no pude menos que estar totalmente de acuerdo, aunque también señalé que, en ocasiones, por mucho que esas personas hagan, el racismo latente en nuestra sociedad se convierte, a veces, en un muro infranqueable. Y puse como ejemplo el de los actores y actrices negros que viven en nuestro país. La mayoría de ellos y ellas han realizado los mismos estudios que los actores y actrices blancos, y en algunos casos incluso han llegado mucho más lejos y son capaces de actuar en teatro, cine o televisión en cinco o seis idiomas diferentes. Sin embargo, la industria audiovisual y teatral española les cierra las puertas condenándoles a representar papeles de migrantes o manteros. En nuestro cine y en nuestra televisión no hay médicos negros, abogadas negras o jueces negros. Y no los hay porque en nuestra sociedad hay pocos, tan pocos que no los vemos. Lo que vemos es a los negros que hacen de gorrillas frente a los hospitales para aparcar coches, a los manteros, a los que venden en la calle o a los que están sentados en nuestras plazas y que parece que nunca hacen nada de provecho. Nuestro país es uno de los que tiene más bares del mundo, pero en nuestra tele nunca vemos a camareros negros. Un amigo mío, actor negro, me contó que fue un día a hacer un casting de publicidad para hacer el papel de un camarero. En cuanto le vio, el director de casting se le acercó y le dijo, “Perdona, pero es que estamos buscando a un camarero, no a un negro” Esta es la realidad a la que se enfrentan, por mucho que hayan estudiado y por talento que tengan, los negros que quieren dedicarse a la interpretación en España. En nuestra tv y en nuestro cine quienes deciden no se atreven ni a que hagan de camareros.   Nuestra televisión, nuestro cine, se limita a reflejar lo que se ve en la calle, los tópicos que tenemos más arraigados. Se resiste todo lo que pueda romper esos esquemas y a abordar planteamientos nuevos que puedan ayudar, precisamente, a romper los moldes en los que nuestro inconsciente colectivo encierra a las personas migrantes. De nuevo el paralelismo con el tema de género es evidente: si la mujer, que representa a más del 50% de la población (y por tanto del mercado al que se dirige el cine y la tv), desaparece de nuestro cine a partir de que cumple los cuarenta y tantos, si la mayoría de sus papeles son los de esposa de, madre de o amante de, pero casi nunca la protagonista de su propia vida y de la historia, y si encima cobra menos que los hombres por sistema, parece claro que la lucha de los actores y actrices negros por conseguir papeles que no reflejen los tópicos será larga, dura y difícil. Y a los hechos me remito: basta con mirar a la industria del cine norteamericano, un país que nos lleva siglos de ventaja en la convivencia con los negros, y que margina y discrimina a los actores y actrices afroamericanos, hasta el punto de que han encabezado una protesta exigiendo el fin de su marginación. Eso está pasando hoy en el cine norteamericano, un cine en el que hemos visto a abogados negros, a detectives negros, a profesores negros, a jueces negros, a doctores negros… y, lo más importante de todo, a actores y actrices negros protagonizando películas. Así que, si eso está pasando allí, qué podemos esperar que pase aquí que prácticamente hemos empezado a ver negros en nuestras calles hace un par de décadas.

Frente a este panorama, la comunidad negra que vive en España se ha

planteado la necesidad de tener su propio Parlamento, un Parlamento negro, con candidatos negros elegidos libremente por negros. Actualmente hay una Proposición No de Ley que contempla la necesidad de respetar los derechos de la comunidad negra, pero cuando el Parlamento español discute la aprobación de leyes que afectan a los negros, lo hace sin conocimiento de causa, sin tener ni idea de la realidad sobre la que está legislando. Que un partido u otro incluyan en sus listas un candidato o candidata negra no soluciona el problema ya que su opinión nunca reflejará la diversidad que existe en la comunidad negra. En el mejor de los casos el voto negro hará que ese candidato o candidata consiga el escaño parlamentario y que, a lo largo de la legislatura, intente proponer alguna o algunas leyes que beneficien las condiciones de vida de su comunidad. Pero nunca dejará de ser algo simbólico y representativo de la ideología política del partido al que ese diputado o diputada representa. La existencia de un Parlamento negro, dotado de independencia y autonomía, donde los representantes libremente elegidos por la comunidad negra, regular e irregular, sí garantiza que la diversidad del colectivo se vea reflejada en ese Parlamento. No es imprescindible modificar la legislación actual ni saltársela a la torera. Basta con que haya voluntad política para que se permita crear un Parlamento negro paralelo que tenga entidad y personalidad jurídica propias y un canal de comunicación fluido con el parlamento “oficial” español que permita que las resoluciones adoptadas en el parlamento negro se discutan y, en su caso, aprueben, en sus plenos. Se trata pues de avanzar hacia una democracia más participativa, aunque siga siendo representativa, que facilite la integración efectiva de la comunidad negra que sí se vea representada y defendida en “su” Parlamento por personas que les entienden y a las que ellos han elegido. Son muchas y muy interesantes las variables a considerar que conlleva un planteamiento tan novedoso como la propia existencia de un parlamento negro en España, tanto en su fondo como en su forma. Por eso se acordó proseguir con debates como el de ayer para dar a conocer y analizar iniciativas como ésta.

Si de verdad queremos una sociedad justa e igualitaria con todos y todas, son muchas las batallas que tenemos que librar. La del colectivo negro es una de ellas. Sin duda la solución a los problemas de integración y convivencia pasan porque dejemos de hablar de “nosotros” y “ellos” y entendamos que esta es una realidad que nos afecta a todas las personas y que somos todas las personas quienes estamos llamadas a solucionarlos en nuestros ámbitos de actuación, tanto el personal, como el familiar, el social y el profesional. Y son muchas, muchísimas, las cosas que podemos y debemos hacer: abrir los ojos al racismo institucional existente y denunciarlo; tomar conciencia de que los causantes de las migraciones somos nosotros y nuestro sistema económico y entender que no estamos frente a un problema de caridad sino de justicia y que esos países y sus habitantes lo que merecen no es una compensación por el daño que les hemos causado, sino una reparación; exigir a nuestros políticos que modifiquen nuestro sistema educativo para que deje de manipular la historia y permita que nuestros hijos y nietos conozcan las causas que nos han llevado a los paradigmas de hoy como paso imprescindible para solucionar los problemas que se nos plantean; estar dispuestos a vivir con algo menos para que otros puedan simplemente vivir; plantear y apoyar cuantas iniciativas tiendan a acabar con la marginación y la discriminación del colectivo africano… y, sobre todo, hay una cosa que todos podemos y debemos hacer: enseñarle a quien pretenda justificar su barbarie tras el escudo de “yo no soy racista, pero…” que está siendo racista. ¡Basta ya de “Yo no soy racista, pero…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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