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Txoria, txori, cuando un pueblo hace suya una canción

¿Qué hace que una canción con apenas tres frases llegue a convertirse en el himno de todo un pueblo, en un canto universal de la humanidad? ¿Cómo es posible que hagamos nuestra una canción cantada en una lengua que muchos no entendemos y que, sin embargo, nos llega a lo más hondo? ¿Qué hay en ese milagro que es que una canción aúne a millones de personas que la hacen suya y se abrazan para cantarla compartiendo una emoción que nace de lo más profundo? Txoria txori (el pájaro es pájaro) de ese creador infatigable y siempre comprometido que fue Mikel Laboa, es una de esas canciones que son capaces de aunar pueblos y derribar fronteras.

Su letra es aparentemente sencilla: “Si le hubiera cortado las alas, hubiera sido mío, no se habría ido, pero así habría dejado de ser un pájaro… y yo lo que amaba era el pájaro” Eso es todo lo que dice. Parece poco, ¡pero es tanto! Nos habla de nuestros sueños, de los que nos atrevimos a vivir y de los que olvidamos o se fueron, de los amores vividos, de los que perdimos, de todo lo que habríamos podido ser, de lo que somos, de lo que aún podemos ser… nos habla de libertad, del valor que hay que tener para ser libre y, sobre todo, para dejar que los demás lo sean.

Quizá escuchar esa canción no sea más que recibir el abrazo que nos da ese yo que habita en nuestro interior para agradecernos lo que hemos vivido, lo que hemos compartido, todo aquello que hemos soñado y que nos ha hecho sentir tan vivos, tan maravillosa e intensamente vivos. No son muchas las veces que ese ser que habita en nosotros sale de su silencio. Suele hacerlo cuando vivimos una emoción, cuando sentimos ese no sé qué que revolotea en nuestro interior y que nos hace sentir bien, que le da sentido a todo. Pero son pocas, demasiado pocas, las veces que le permitimos salir y que nos abrace con la fuerza con la que entonces lo hace. Nos reconforta, nos empuja a seguir adelante, a perseguir nuevos sueños, a que creamos que no todo está perdido… Y pocas cosas como una canción, como esta canción, para invitarle a salir desde lo más hondo para que nos abrace y nos susurre al oído que todavía estamos vivos.

Esta versión cantada por Joan Baez hace ya años en un concierto en Bilbao en la que el público, en la estrofa final, le hace la segunda voz, es realmente magnífica.

Siempre me ha parecido impresionante que algo tan pequeño y humilde como lo que puede crear un músico en su intimidad pueda llegar a convertirse en un himno universal que hacemos nuestro millones de personas. ¿Qué debe sentir ese músico al ver cantada su canción por tantos y tantas en todas partes del mundo? Estoy convencido de que debe ser un sentimiento de hermandad como no hay otro. Hermanar a la gente con tu canción, unirla, hacerla sentirse intensamente viva, tiene que ser una experiencia quizá solo equiparable a la emoción que ese músico pudo sentir al escuchar por primera vez en su cabeza su canción, al darle forma, al permitirle salir de ahí donde estuviera para cobrar vida. Mikel Laboa, solía ser lento en sus composiciones, le gustaba trabajarlas mucho y repasarlas. Solo cuando estaba seguro de que le gustaban las compartía con los demás. Sin embargo con Txoría Txori el proceso fue distinto. La canción surgió de pronto, muy rápido, era un niño que tenía muchas ganas de nacer.

Quizá eso es lo que pasa con el arte y con la belleza: está ahí, no sabemos dónde y, sin motivo aparente, sin un cómo, un dónde o un porqué, se apodera de la sensibilidad del artista y hace que le traiga a la vida. Psiquiatra de profesión, Mikel Laboa siempre dijo que se dedicaba al mundo de la canción porque no se le daba bien lo de hablar. Lo cierto es que fue un defensor acérrimo de su lengua y de su tierra que luchó contra la censura y la represión franquista y que nunca, absolutamente nunca, perdió su humildad y sentido del humor. Cuando en una entrevista, una de las pocas que concedió ya que gustaba de guardar su intimidad, le preguntaron qué prefería, si cantar en estadios antes miles de personas o en recintos pequeños, no dudó en contestar que en ambos disfrutaba mucho aunque eran muy diferentes porque si bien unos te daban el calor de miles de personas, los otros te daban momentos deliciosos y tremendamente humanos. Recordó entonces una anécdota que le ocurrió cuando fue a cantar al pequeño pueblo de Zizurkil, en un escenario montado al aire libre. Para hacer las pruebas de sonido pusieron música de Juan Sebastian Bach y las vacas que había en un prado cercano se acercaron inmediatamente a los altavoces. Sin embargo, cuando él empezó a tocar, las vacas salieron corriendo. “Es que eran unas vacas muy clásicas”, comentó. En aquella misma entrevista, preguntado sobre lo que consideraba que debíamos hacer como individuos en un mundo como el que nos ha tocado vivir, contestó: “Cada uno tenemos la capacidad para hacer algo, y eso es lo que le pido a la vida: es decir, hacer bien lo que hago. Da lo mismo ser barrendero o abogado, ingeniero o cantante; el asunto es hacer bien lo que haces. Es posible que si me hubiera dedicado exclusivamente a la medicina tuviera más dinero, pero me he dedicado a la canción. Los seres humanos somos muy problemáticos y no suele ser nada fácil hacer correctamente lo que uno desea”

Son muchos los cantantes que incluyen Txoria txori en su repertorio. Cada uno lo hace a su manera. Aquí tienes las versiones que han hecho cantautores como Pablo Milanés o Paco Ibáñez

Son muchas y maravillosas las canciones compuestas por Mikel Laboa. Todas rezuman su sello personal, ese aire melancólico que te entra por todos los poros de la piel. Sin embargo, Txoria Txori se ha transformado en un himno universal que todos hacemos nuestro. Se canta en las reuniones de amigos, en las manifestaciones, en las despedidas, en cuanta ocasión se presente. Incluso se canta en los campos de fútbol por aficiones de equipos rivales. Tanto los seguidores de la Real como los del Athletic se sienten unidos en ese grito de libertad que es esta canción. Oírsela cantar a ambas aficiones te llega muy dentro, pero ver a los aficionados del Athletic abrazados entonándola en recuerdo de Iñigo Cabacas, muerto por el disparo de una pelota de goma de un ertzaina, te llega al alma.

 

Son muchas, infinitas, las formas de cantar este canto universal. Una de ellas, no podía ser de otra manera, es el flamenco, ese ancestral grito que tanto sabe de duelos y penas, ese grito libre que jamás se ha dejado encerrar tras un muro o una frontera. La versión de María Berasarte es de las que te pone la piel de gallina.

He querido dejar para el final la versión de Rojo Cancionero, grupo solidario y comprometido donde los haya. En este caso es en el acto de presentación de la plataforma Herrira por el fin de la dispersión de las presas y presos vascos en el local de los amigos de la Unesco en Madrid que se celebró hace cinco años.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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