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“Pasaje al amanecer”

Hoy quiero hablarte de una película que tuve la fortuna de ver en la Seminci de Valladolid hace unos meses y que se estrenará en las salas el próximo 5 de mayo. El cine, el verdadero cine, es capaz de llegarte a lo más hondo, de invitarte a que te replantees muchas de las cosas en las que crees, de hacer que te veas representado en la pantalla y sientas que lo que estás viendo te es familiar, terriblemente familiar. “Pasaje al amanecer”, ópera prima de Andreu Castro, es, sin duda, cine, verdadero cine. Te llega al alma, te provoca, te emociona, te hace sentir… y te recuerda que estás vivo. Es una de esas películas que haces tuyas o te hacen suyo, porque te das cuenta de que hablan de ti, de tu mundo, de lo que conoces, de lo que amas, de lo que temes…una de esas películas que, desde que la ves, te acompañan para siempre. “Pasaje al amanecer” nos habla de lo difícil que es elegir vivir tu propia vida, de seguir tu camino aunque los demás no lo comprendan, de ser coherente con aquello en lo que crees y que te llama con una fuerza invencible. Y también nos habla de todos esos microcosmos que forman nuestro universo particular, nuestra familia, de todas esas personas que han formado y forman parte de nuestra vida, nos habla de sus silencios, de lo que callan, de lo que esconden, de lo que hay detrás de esa máscara tras la que a diario intentamos escondernos. Si la función del arte es emocionar, “Pasaje al amanecer” es, sin duda, una obra maestra.


Todo en esta película está cuidadosamente trabajado para hacer que, desde una historia aparentemente sencilla y local, veamos una historia universal: la de la búsqueda de nuestro propio destino. Eso es lo que plantea la película al ponernos frente al espejo de un joven (Nicolás Coronado) que, en la cena de Nochebuena, comunica a su familia que ha decidido vivir su propia vida. Su decisión, ir a la guerra de Irak como fotoperiodista, es arriesgada y peligrosa, él lo sabe, y también sabe que causará un profundo dolor a su familia, a todas esas personas que hasta ese día han sido su mundo. Pero lo hace, y lo hace porque siente una fuerza interior que le empuja a no quedarse mirando la realidad como un simple observador, a no permanecer callado frente a la injusticia y la barbarie, a querer vivir su propia vida sin dejar que sean otros quienes decidan por él.

No es fácil nadar contra la corriente, nunca lo ha sido, pero hacerlo en estos tiempos de egoísmo y silencio que nos paralizan lo es mucho más.
Que la estructura de la familia de ese joven sea un matriarcado no es casualidad. Es en la mujer en la que, en todas las culturas y por machistas que sean, recae la responsabilidad de la transmisión de los valores y la cultura. Eso es algo que Andreu Castro sabe bien y que ha querido transmitir con la sutilidad que le caracteriza. No en vano son dos las personalidades más fuertes de la familia: la abuela (Lola Herrera) y la madre (Elvira Mínguez) Ellas son las que han forjado esa familia, con sus sacrificios y sus secretos, con sus miedos, y, sobre todo, con su amor. Pasaje al amanecer es una película intimista, de personajes, una película llena de detalles en la que todo está milimétrica y perfectamente medido. El tempo de la acción es el de los propios personajes, un tempo que nos permite ver cómo procesan sus emociones, cómo las viven, cómo desnudan su alma frente a nosotros en lo que dicen y en lo que callan, en lo que hacen, en lo que son… Pocas veces he visto en pantalla un elenco de intérpretes de la talla del de esta película y pocas veces he visto una dirección de actores tan sabia como la de Andreu. El talento de todos ellos es extraordinario, y lo que Andreu llega a sacar de todos ellos magistral. Andreu, con gran formación y experiencia en la interpretación, sabe dirigir actores como pocos. He tenido la suerte de que me dirigiera en una tv movie que hicimos hace unos años (“El 5ºsello”) y compartir escenario con él en “Demencia”, una obra escrita, dirigida y protagonizada por Andreu. Si compartir escena con él es una verdadera gozada, dejar que te dirija, que te lleve a su universo particular, es adentrarte en la búsqueda de tus propios límites como actor. Y es hacerlo sin miedo, porque sabes que no puedes tener mejor guía. Andreu es un director que sabe lo que quiere de sus actores y que sabe cómo pedírselo, utilizando el lenguaje que hablamos los actores: el de las emociones y las cosas concretas.

El guion de Pasaje al amanecer es de los mejores que he visto en mucho tiempo. La creación de personajes es prodigiosa. Todos dicen algo, todos son creíbles, viven, en todos nos podemos ver reflejados. El eje principal de la historia es la dificultad de la comunicación con las personas que tenemos más cerca, incluso con las que más queremos, el silencio tras el que nos escudamos, los secretos que nos acompañan durante años y que nos dominan por el terror que tenemos a compartirlos, a que nos conozcan, a que los demás sepan nuestra verdad… Puede que callar una verdad no sea mentir, pero no hay nada que más se le parezca. A lo largo de la película, de las relaciones entre los diferentes miembros de la familia que vamos descubriendo, vamos viendo pistas que nos llevarán a descubrir la verdadera realidad que se esconde tras la realidad aparente, esa que nos es tan familiar y tan propia. Son muchas las cuestiones que te plantea Pasaje al amanecer: ¿Somos libres para vivir nuestras vidas?, ¿Somos capaces de aceptar que otros quieran intentarlo?, ¿Somos de verdad los protagonistas de nuestra vida o simples figurantes de las de los demás?, ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar por seguir nuestros sueños?, ¿Es justo hacerlo? A lo largo de la película van apareciendo las verdades, todas las verdades. Y, toque genial de Andreu, aparecen en torno a una gran mentira: la de las armas de destrucción masiva que justificaron la guerra de Irak.

Se nota que Pasaje al amanecer es un proyecto largamente soñado y trabajado por Andreu. El rodaje apenas duró dos semanas, pero los detalles que contiene la película necesariamente han tenido que ser larvados durante años: el pequeño reloj que lleva permanentemente colgado en el pecho el personaje de Elvira Míngez, la mater familias que todo lo dirige y todo lo controla en esa casa; los tonos de los colores de la ropa que lleva cada personaje, la propia estructura de la película, la profunda y evocadora belleza de los paisajes que rodean el interior de esa casa donde sucede todo… Otro de los puntos que más destacan en esta película es el hecho de que quien mejor se lleva con el joven que anuncia que se va a la guerra es su abuela, no su padre ni su madre, sino su abuela. Es ella quien es capaz de comunicarse mejor con él, de entenderle, y es a ella a quien él más respeta y admira, con la que mejor se entiende. Al ver esa relación en la pantalla no pude dejar de pensar en que eso es precisamente una de las cosas que caracterizó el 15M, que los referentes de los jóvenes que estaban en Sol defendiendo un mundo mejor y más justo fueran los Galeano, Sampedro, Hessel o Mayor Zaragoza, personas de más de 80 años, y no los de la generación intermedia. Algo hicimos mal para que nuestros hijos no creyeran en nosotros sino en nuestros padres.

La fotografía de Jordi Luengo y Bernardo Rossetti es soberbia. La sutilidad de los encuadres y de los movimientos de cámara contribuyen a crear ese tempo milagroso que nos permite ver hasta lo que pasa en el corazón de los personajes. La sabia mezcla de colores cálidos y fríos crea una atmósfera perfecta para contarnos los claroscuros de esa familia. Y si la fotografía es magistral, qué decir de la banda sonora compuesta por Diego Navarro. Es un personaje más de la película. La acompaña en todo momento, sentimos que está ahí contándonos la historia sin pretender robarle protagonismo a nadie. Es una música de una sensibilidad exquisita, es evocadora, nostálgica, una verdadera invitación a soñar, o más aún, a que recordemos que, quizá, al final no seremos más que los sueños que nos hayamos atrevido a vivir.


Cuando Andreu escribe un guion crea a sus personajes teniendo en la cabeza a los actores y actrices de carne y hueso que le gustaría que los encarnasen. Sin duda en esta ocasión lo ha hecho y ha conseguido que se ilusionaran por trabajar en un proyecto que, no me cansaré de repetir, es una ópera prima. Con creadores como Andreu le aguardan muchos momentos de gloria a nuestro cine. He querido dejar para el final el trabajo de los actores. Todos, absolutamente todos, bordan sus personajes, les aportan esos claroscuros que les hacen creíbles, los afrontan desde la verdad más íntima y sincera. Son interpretaciones plagadas de matices, de miradas y silencios, de gestos aparentemente imperceptibles que les hacen tan reales como la vida.

Lola Herrera encarna a esa abuela entrañable y alegre a la que la vida ha hecho profundamente sabia. Es la que más se interesa por lo que pasa a su alrededor, por lo que pasa en el mundo, y también es la primera en tomar partido. Conforme avanza la película Lola nos va desnudando su alma en uno de los strepteases emocionales más impresionantes que he visto en mi vida. Puede que Lola haya trabajado poco en cine porque ha dedicado su vida al teatro, pero parece que lo ha hecho toda la vida y es capaz de llenar por completo la pantalla con una sola mirada, con un simple silencio. Solo las grandes actrices, las más grandes, son capaces de detener el tiempo. Y si Lola está excepcional, qué decir de Elvira Mínguez. Su personaje de esa madre controladora que necesita que todos estén a su alrededor para, con todo su amor y la mejor de las intenciones, ayudarles en lo que pueda, es de los que no se olvidan.

Elvira es un monstruo de la interpretación y en esta película saca todo lo que lleva dentro. Tuve la suerte de compartir secuencia con ella en “El tiempo entre costuras” y, viendo Pasaje al amanecer, no pude evitar revivir todo lo que ella me hizo sentir. Es de esas actrices con las que, simplemente poniéndote frente a ella y escuchándola, alcanzas todos los estados y las emociones que vive tu personaje, es ella. con lo que te da, quien crea tu personaje. Nicolás Coronado da vida al joven que decide seguir su camino y que con su acción desencadena todo lo que pasa en la película. Puede que no haya estudiado toda la interpretación que le hubiera gustado, pero se nota que la ha mamado y de la buena. Está fantástico, haciendo en todo momento lo más difícil que se le puede pedir a un actor: trabajar desde la contención, escuchar al otro, seguir tus impulsos y confiar plenamente en quien te está dirigiendo. Antonio Valero, ese padre amante de la tranquilidad y el orden al que tanto cuesta hablar de sus emociones y más aún expresarlas, da una lección de interpretación apoyándose en esas frases cortas con las que habla su personaje, con la lentitud de sus gestos, con sus vivos silencios. Ruth Díaz da vida a la hija de ese matrimonio, una hija que siempre ha estado pegada al mundo de sus padres y que pretende repetir el modelo con su marido y su hija. Y lo hace con la enorme fuerza que lleva en su interior, transmitiendo la vulnerabilidad de su personaje y su lucha por superar sus contradicciones desde la verdad más profunda.

Carles Francino es en la película su marido, ese único ser externo a la familia que ha intentado integrarse y que ve como la vida que vive no es la que él había soñado. Carles es también uno de los grandes, he tenido ocasión de compartir varias secuencias con él y puedo dar fe de que es de los actores que más dan a los demás. Es generosidad en estado puro. Y, a diferencia de lo que muchas veces ocurre en la vida, en esta profesión, cuanto más das a tus compañeros, más recibes. El papel que hace en Pasaje al amanecer, alejado de los que hemos tenido oportunidad de verle hasta ahora, le ha permitido mostrar otros registros que domina a la perfección. Andrea Duro interpreta a la novia del joven que decide dejarlo todo para ir a la guerra. En esta película consigue una de las cosas más difíciles que un intérprete puede hacer: crear y dar credibilidad a un personaje en apenas unas secuencias. Por propia experiencia sé lo difícil que es eso. Tu personaje no tiene arco, no tiene recorrido, son pocas las secuencias que tienes para poder hacerle vivir diferentes estados y situaciones. Y es difícil, muy difícil, conseguir que tu personaje llegue a tener vida propia y que el espectador llegue a empatizar con él.. Y Andrea lo hace, ¡Vaya si lo hace!

Hacer cine en España no es fácil. Hacer una película tan personal como ésta es casi imposible. En un mundo marcado por la rentabilidad y el dinero a corto plazo, por la dictadura de audiencias y taquillas, películas como Pasaje al amanecer son más necesarias que nunca. De ti y de mí depende que se puedan seguir haciendo. Si de verdad amas el cine, el verdadero cine, no dejes de ver, y cuanto antes, Pasaje al amanecer.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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