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Carlos Slepoy, la grandeza de ser humano

Hay personas que tienen un sentido de la justicia tan profundo que hace que les marque por completo su vida. Necesitan que haya justicia, se rebelan contra la injusticia o la falta de libertad, luchan con todo lo que tienen a su alcance por los más débiles, por los indefensos, por los que les necesitan, no dudan en anteponer la defensa de lo que creen justo a todo lo demás, al miedo, a las represalias, a la violencia… para esas personas un mundo sin igualdad y sin libertad no puede ser un mundo justo, y por eso dedican su vida, incluso hasta darla, para que todos los seres humanos, sean de aquí o de allá, puedan vivir en un mundo más justo. Esas personas son las verdaderamente imprescindibles, no son muchas, más bien pocas, pero son las que, paso a paso, hacen avanzar a la humanidad. Esta semana nos ha dejado una de ellas, Carlos Slepoy, una de las personas más íntegras y comprometidas que he conocido en mi vida.


Estudió derecho no para ganar dinero a espuertas defendiendo a grandes multinacionales en temas mercantiles o administrativos o en esa vergonzosa especialidad que consiste en diseñar las estructuras jurídicas más complejas para que quienes más tienen sean quienes menos impuestos pagan. No, Carlos Slepoy, Carli, se especializó en derecho laboral precisamente para poder defender los derechos de los trabajadores. Se licenció en derecho en 1975, con apenas 25 años. Desde muy joven supo que siempre estaría al lado de los más débiles, de los nadies. En 1976, pocos días antes del golpe de estado de Videla, fue secuestrado por el grupo paramilitar de la triple A argentina. Le llevaron a la ESMA, la siniestra escuela superior de mecánica de la armada, donde fue salvajemente torturado y sufrió varios simulacros de fusilamiento. Su delito: haber defendido a los trabajadores en el ejercicio de su profesión. No fue el único abogado laboralista detenido aquellos días. Muchos desaparecieron para siempre. Carli permaneció 20 meses en la cárcel hasta que fue expulsado del país.


Eso propició su venida a España donde, desde 1979, continuó ejerciendo su profesión de abogado. Aquí vivió todo el proceso de la mal llamada “transición” democrática y siguiendo siempre con el rabillo del ojo lo que pasaba en su Argentina natal. Desde entonces compaginó su actividad profesional como abogado laboralista con una especialización en el tema de la defensa de los derechos humanos. Cuando apenas llevaba tres años en Madrid, el destino quiso que, atravesando una plaza, viera a una persona amenazando con una pistola a unos jóvenes. Él se acercó para pedirle que guardara el arma. Resultó que se trataba de un guardia civil fuera de servicio que estaba borracho. Cuando Carlos, acabada la discusión, siguió andando, el guardia le disparó por la espalda causándole unas graves lesiones que acabaron por postrarle en una silla de ruedas para el resto de su vida y que originaron los problemas de salud que han acabado por matarle el lunes pasado.

Ese profundo sentimiento de justicia que sentía le llevó a estudiar a fondo todo lo referente al principio jurídico de la “justicia universal”, que permite que ciertos tipos de crímenes como el genocidio o los crímenes de lesa humanidad, puedan ser juzgados en países donde no se han cometido si en los que se cometieron no son juzgados. Fue él quien patrocinó la creación de una asociación de querellantes que en marzo de 1998 presentó una querella por crímenes de lesa humanidad contra las dictaduras chilena y argentina. Fruto de esa querella Pinochet fue detenido en el aeropuerto de Londres y muchos torturadores y asesinos de la dictadura argentina condenados a penas de más de mil años de cárcel. Aquella causa la llevó el juez Baltasar Garzón y permitió que las dictaduras chilena y argentina pudiesen ser juzgadas con el respaldo del Tribunal Supremo español que defendió la acción de Garzón en aplicación del principio de justicia universal.

4Es terriblemente elocuente y clarificador que ese mismo Tribunal Supremo que había apoyado que Garzón juzgara las dictaduras chilena y argentina le sancionara y apartara de la carrera judicial por haber hecho exactamente lo mismo para intentar juzgar los crímenes del franquismo en una de las actuaciones más vergonzosas, y son muchas las que son y han sido, de la justicia española, una justicia heredada directamente del franquismo y que cada día se aleja más de la separación de poderes que toda democracia debe mantener.

Estando Carli en Argentina en relación a los juicios que allí empezaron a llevarse a cabo contra los responsables de los crímenes de su dictadura (porque, a diferencia de España, Argentina sí ha acabado juzgando a los criminales de su dictadura), fue preguntado por la situación del juez Garzón y él contestó que gracias a Garzón había podido juzgarse la dictadura argentina y que Argentina estaba en deuda con él y que podía pagarla iniciando un proceso penal contra la dictadura franquista. Aquellas declaraciones tuvieron un gran impacto mediático y de inmediato muchos abogados se pusieron en contacto con él para llevar adelante la iniciativa. Al principio fueron solo dos los denunciantes españoles que iniciaron la que hoy se conoce como querella argentina (que aunque se ha tenido que poner en Argentina es una querella presentada por víctimas españolas del franquismo contra represores españoles del franquismo por crímenes que cometieron dentro del territorio español). A lo largo de estos años han sido cientos las víctimas del franquismo que se han sumado a esa querella, una querella que cada día está cobrando más fuerza a pesar de las dificultades que los jueces y los sucesivos gobiernos españoles, tanto de Zapatero como de Rajoy, están poniendo a la instrucción de la jueza argentina Servini, que han llegado incluso a incumplir principios del derecho internacional que explícitamente señalan que los acusados deben ser juzgados o extraditados. Nuestro país, sin embargo, imposibilita que sean juzgados y se niega a extraditarlos, como ha exigido la jueza argentina.

Consciente de que una querella de este tipo solo puede salir adelante y llegar a buen puerto si es respaldada por un amplio movimiento social, Carlos Slepoy ha intervenido en cuantos actos ha podido durante los últimos años para explicar a los ciudadanos españoles la necesidad de que los crímenes del franquismo sean juzgados, de que, por fin, haya verdad, justicia y reparación, ya que sin ellas nuestro país podrá ser todo menos una democracia. Dentro de esa línea de actuación, Carli llevaba varios años reuniéndose con diferentes ayuntamientos españoles para que, en nombre de las víctimas del franquismo que hubo en sus municipios, presentasen también querellas en España para obligar a que los tribunales españoles, como les ha indicado en repetidas ocasiones hasta Naciones Unidas, juzguen los crímenes del franquismo, crímenes que no pueden ser perdonados por ninguna ley de amnistía, ni siquiera la nuestra, según el derecho internacional, crímenes que no han prescrito ya que son de lesa humanidad e incluyen más de 150.000 desaparecidos y 300.000 bebes robados que, de acuerdo a la legislación internacional y española, no pueden prescribir porque se trata de delitos continuados hasta que aparezcan.


A veces le preguntaban a Carli si realmente era tan importante juzgar unos crímenes que habían pasado hacía tanto tiempo y a unos criminales que, en su inmensa mayoría, estarían ya muertos. Y él siempre contestó lo mismo: “El problema no es si los criminales están vivos o muertos, aunque muchos están vivos. No olvidemos que aún se está condenando a criminales nazis. La única alternativa es conocer la verdad histórica y en España ni siquiera existe una comisión por la verdad. El retraso es enorme, patético, teniendo en cuenta que fue uno de los mayores genocidios del siglo XX. De todas formas, el proceso se aceleró en los últimos años con las asociaciones por la memoria histórica y el trabajo de los nietos” Hace solo unos años pensar que los crímenes del franquismo podrían llegar a ser juzgados parecía una utopía. El manto de silencio con el que los cubrieron quienes los perpetraron; la adormidera que supuso la transición; la tan extendida mentira de que hubo crímenes en ambos lados obviando quién fue el que se rebeló contra un gobierno legítimo y democrático, la forma en que se produjeron y, sobre todo, los miles de crímenes cometidos una vez finalizada la guerra; el interesado argumento de que es mejor no abrir las heridas del pasado, un argumento que niega justicia a las más de 130.000 víctimas que hoy siguen enterradas en las cunetas y a los cientos de miles de bebés robados que aún hoy desconocen quiénes son sus verdaderos padres… ni uno solo de esos argumentos mezquinos e interesados ha podido con espíritus indomables como el de Carlos Slepoy, espíritus para quienes la justicia está por encima de todo lo demás. Gracias a él y a personas como él estamos ya cerca de que, por fin, se haga justicia.

Ese ha sido Carlos, Carli, Slepoy, un ser humano único, de una calidad humana extraordinaria, una humildad impresionante y un compromiso por encima de todo y de todos. Si a todo ello le añadimos su gran sentido del humor, su profunda sabiduría, su irrefrenable amor a la guitarra, al cantar y a los asados criollos, y su incansable capacidad de ser amigo de sus amigos, podremos empezar a entender lo que hemos perdido este fatídico 17 de abril del 17, un día que, en honor a él, debería proclamarse en el mundo entero como el día de la Justicia Universal.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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