General Otros temas

La transacción ejemplar

Cinco mil obreros estaban en huelga. Se habían reunido en asamblea en el interior de la iglesia de San Francisco en Vitoria Gasteiz. Hombres, mujeres y niños luchaban por su dignidad. Solo tenían un arma: la palabra. El gobierno no lo podía permitir. Ordenó a la policía rodear la iglesia. “Gasead la iglesia” fue la orden de asalto. Desde todos lados dispararon botes de humo que entraron por las ventanas de la iglesia. Cundió el desconcierto. Nunca hasta entonces la policía se había atrevido a entrar en una iglesia. Al desconcierto le siguió el pánico.

Buscando aire que poder respirar, los obreros fueron saliendo a la calle. La policía ni lo dudó: empezó a disparar fuego real contra ellos. Fueron cientos los heridos de bala. Fueron cinco los muertos. Has pasado 41 años. Nadie ha sido juzgado por aquel crimen. Nadie ha asumido responsabilidad política alguna. Sus máximos responsables, altos cargos de la dictadura franquista con las manos manchadas de sangre por aquel crimen y por las sentencias de muerte que firmaron en consejo de ministros, ni siquiera han pedido perdón. Son Manuel Fraga, fundador del Partido Popular, y Rodolfo Martín Villa, ilustre ejemplo del engrasado funcionamiento de las puertas giratorias de nuestra democracia. Fraga culpó de la masacre a los trabajadores por haber intentado defender sus derechos. Martín Villa alegó que los policías eran demasiado pocos y que habían sido rodeados por lo que no tuvieron más remedio que disparar. Así se escribe la historia en este país, un país fundado en la mentira y el olvido de quienes asesinaron impunemente a miles de ciudadanos y ciudadanas que defendieron la libertad y la verdadera democracia. Una película, “Llach, la revolta permanent”, cuenta la verdad de lo que pasó aquellos días en Vitoria Gasteiz. Por respeto a aquellos cinco obreros asesinados, por justicia y por necesidad de honrar la verdad, nadie debería dejar de verla, como tampoco nadie debería caer en la trampa que criminales y torturadores nos tienden a diario en sus medios de comunicación diciendo que recuperar la memoria, conocer lo que de verdad pasó, es algo del pasado, es abrir viajas heridas. Mentira. La memoria histórica, la memoria democrática, no es algo del pasado. Las consecuencias de su negación y olvido son las que nos han llevado a la dictadura disfrazada de democracia que tenemos hoy.


España es el segundo país del mundo con mayor número de desaparecidos. Solo Camboya tiene más que nosotros. Hay cerca de 120.000 casos identificados, 120.000 cuerpos enterrados en cunetas y en fosas comunes. Los dirigentes de nuestra democracia han negado sus derechos pretendiendo condenarlos al olvido. Hablar de ellos, exigir que el Estado reconozca su responsabilidad, exhumar sus fosas para que sus hijos y nietos puedan enterrarles como decidan y exigir que se haga justicia con quienes defendieron la legalidad vigente, el respeto a los derechos humanos, la justicia y la libertad, no es hablar de los huesos de nuestros “abuelitos”, sino del esqueleto de nuestra sociedad, de toda sociedad que se llame a sí misma democracia.

Películas como “Llach, la revolta permanent”, o como “Salvador”, también producida por Jaume Roures y Mediapro, que cuenta el asesinato legal de Salvador Puig Antich, un joven anarquista catalán asesinado a garrote vil en la cárcel modelo de Barcelona en 1974 tras una farsa de juicio en el que estaba condenado de antemano, son una herramienta fundamental para que quienes no vivieron aquellos hechos conozcan la verdad de lo que ocurrió, sepan dónde estaba cada uno y qué es lo que hizo durante el franquismo y tras la muerte del dictador. La llamada transición es una gran mentira. Los verdaderos demócratas jamás tuvimos que hacer transición alguna. Siempre fuimos demócratas, aunque nos lo prohibieran. Algún día, cuando se conozca la verdad de lo que pasó, nos atreveremos a llamar a la transición con el nombre de lo que verdaderamente fue: la transacción. Porque eso es lo que fue. Legalizaron a unos cuantos partidos políticos, aprobaron una Constitución que no gustaba a nadie y nos dejaron votar una vez cada cuatro años, a cambio de que los asesinos y los torturadores del franquismo jamás fuesen juzgados.


No deja de ser paradójico y cruel que aquella ley de amnistía por la que tantos y tantas salimos a las calles exigiendo la libertad de los presos del franquismo haya sido utilizada, precisamente, para no poder juzgar a quienes cometieron los crímenes del franquismo. Jamás salimos a las calles a correr delante de los grises para pedir que no se juzgara a los criminales franquistas. Jamás. Escuchar hoy a todos esos prohombres de la patria que se llaman a sí mismos demócratas de toda la vida hablar de la transición como algo modélico y ejemplar, ver como se han negado sistemáticamente a condenar el franquismo y sus crímenes o verles escudarse tras la Constitución para impedir que los pueblos puedan decidir libremente, produce, cuando menos, repugnancia.


“Llach, la revolta permanent”, se proyectó ayer en el auditorio Marcelino Camacho de Madrid dentro de los actos que están organizando desde la plataforma CIUDADES POR LA JUSTICIA Y LA MEMORIA. Asistieron, junto al alcalde de Vitoria Gasteiz, Jaume Roures y el propio Lluis Llach. Fue un acto impresionante y lleno de emoción en el que fueron muchas las cosas y los sentimientos que revivimos. Al acabar todos, absolutamente todos, nos hacíamos la misma pregunta: ¿Cómo es posible que los cinco asesinatos de Vitoria, pasados 41 años, todavía no hayan podido ser siquiera juzgados en España? ¿Qué clase de justicia tenemos? ¿Qué clase de democracia es ésta?

Los cinco asesinatos están incluidos en la llamada querella argentina que, al amparo de la justicia universal a la que España ha renunciado, puede juzgar los crímenes del franquismo. No deja de ser triste, y a la vez terriblemente clarificador, que tengamos que acudir a tribunales argentinos para poder juzgar a criminales españoles que cometieron sus crímenes en España. Nuestros tribunales se han negado a juzgar estos crímenes alegando que han prescrito. Nuestros tribunales niegan la justicia a las víctimas de aquellos, y tantos otros, crímenes del franquismo. Pero no se quedan ahí. Su afán de proteger y encubrir a estos criminales les ha llevado a denegar la petición de extradición de Martín Villa y otros muchos para que puedan ser juzgados en Argentina, y no solo eso, sino que el gobierno y el poder judicial han puesto todas las trabas posibles para que la jueza Servini pudiera siquiera interrogarles.

Esta es nuestra democracia, y este es nuestro poder judicial, un poder judicial por el que, cada día está más claro, ni siquiera pasó su llamada transición. Es descorazonador ver cómo están las cosas en este país, y más descorazonador aún es ver que en el acto de ayer casi no había gente joven. Ver esa dolorosa ausencia es sentir en carne propia que los verdugos, mal que nos pese, se están saliendo con la suya, que el manto de silencio con el que han pretendido cubrirlo todo les está funcionando, que el vacío que nuestro sistema educativo ha tenido durante décadas sobre el relato de lo que pasó les está dando frutos, que sus crímenes siguen impunes por la ignorancia, el egoísmo y la desidia de una sociedad aletargada por el miedo, la telebasura y la cobarde manipulación de los medios de comunicación que, como en tiempos del franquismo, manejan unos pocos y solo están interesados en que no sepamos la verdad de lo que ocurrió y de lo que ocurre.

Pero no se saldrán con la suya. Como bien dice Llach en uno de los temas de su “Campanades a morts” compuesto en homenaje a los obreros asesinados en Vitoria Gasteiz, nuestra memoria les perseguirá hasta la muerte. Cantaba Labordeta que “habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad” No hay libertad sin memoria, ni puede haber libertad en el silencio de las fosas ni de su impunidad. Por eso, aunque cueste y ahora más que nunca, debemos gritar alto y claro que queremos justicia, que exigimos verdad y que merecemos reparación. Y eso es algo que nos llama no solo a los que sufrimos la barbarie de aquella dictadura, sino a todos y a todas los que creemos en los derechos humanos, en la justicia y en la libertad.

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?