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Françoise Hardy, o cuando aprendimos a soñar en francés

Eran los tiempos en los que creíamos que podríamos cambiar el mundo, los tiempos de sueños y esperanzas, los tiempos de protestas y revoluciones. Queríamos otro mundo. Nunca lo conseguimos, pero tampoco renunciamos a nuestros sueños. Muchos cambiaron, abandonaron, se olvidaron de soñar, otros siguieron en pie, nunca se rindieron y pagaron hasta con la cárcel por aquello. Ahora, escuchando las canciones de aquella época, algo se revuelve en lo más hondo de todos los que vivimos aquello. Era la época de las melenas, los pantalones acampanados y los guateques, la época en que empezamos a vivir, la edad de aquellos primeros amores que, ingenuamente, creíamos que serían los últimos. Hasta aquí nos llegaban las melancólicas baladas de una Europa que creíamos libre y unas canciones que nos han acompañado siempre. Nuestra vida aquí, en los estertores del franquismo, era en blanco y negro. Todo estaba prohibido. Todo era pecado. Lo único que no nos podían robar eran los sueños. Y soñábamos, claro que soñábamos. Teníamos nuestras musas, esas que nos acompañaban en nuestro peregrinar de sueños más allá de la frontera. Una de ellas, sin duda, fue Françoise Hardy.

Escuchar la voz de esa joven francesa que desde la portada de sus pequeños discos de vinilo clavaba sus profundos ojos azules en lo más hondo de nuestro corazón, era transportarse muy lejos de aquella España que languidecía entre curas y guardia civiles que poblaban todos nuestros rincones. Eran los años en los que ir al cine era una aventura, años de sesión doble, de intentar convencer a tu pareja para que se dejase perder en la fila de los mancos, años del siempre presente peligro de la linterna del acomodador, años de volver a casa no más tarde de las diez, del ¿dónde has ido? y del ¿con quién? Años de mentiras y silencios, de represión y rabia en los que escucharla a ella, a Françoise Hardy, era intuir que había otro mundo más allá de la frontera, un mundo donde la gente se amaba, donde podían ir cogidos de la mano por la calle, donde podían abrazarse y besarse sin miedo a ser descubiertos, donde los libros no estaban prohibidos, donde la censura no existía, donde la poesía no era un pecado mortal ni el amor un sacrilegio.

Poco sabíamos de ella. Nunca vino por aquí. En aquella época muchos cantantes extranjeros y los grupos más famosos no venían a actuar a España. Solo los Beatles lo hicieron en 1965. Los Rolling tardarían once años más, y Bruce Springsteen no vino hasta seis años después de la muerte del dictador. Puestas así las cosas y viajando tan poco como viajábamos al extranjero, era imposible no idealizar los rostros que nos miraban desde la portada de los discos. Si a ello le unimos la tierna voz de Françoise Hardy, la melancolía de sus canciones y su profunda y enigmática belleza, es fácil entender por qué todos nos enamoramos sin remedio de ella.

Según su autobiografía publicada hace unos años no había tenido una infancia fácil. Cuando era pequeña, su padre la abandonó junto a su hermana, esquizofrénica, y las dejó viviendo con su madre, una mujer tremendamente posesiva. Estudió en internados religiosos que no hicieron más que empujarla a encerrarse en su ya de por sí tímida personalidad. La música la salvó. Creó su propio mundo. Empezó a componer desde muy joven. La fama la sorprendió con su primera canción “Tous les garcons et les filles”, que fue un éxito en el mundo entero. Tras una relación amorosa con el fotógrafo que la lanzó a la fama, se unió sentimentalmente a un joven cantante francés con el que ha compartido toda su vida. La astrología ha sido su gran pasión y ha llegado a dedicarle incluso más tiempo que a la canción. Actuó en varias películas, aunque aquello nunca llamó demasiado su atención, y desde los años 70 optó por la música de estudio porque nunca le gustó subirse a los escenarios.

El amor, la soledad, la muerte y el paso del tiempo han sido los ejes sobre los que ha construido la mayor parte de las letras que ha compuesto. Aunque no todos hablásemos francés, todos teníamos muy claro que ella hablaba de todo aquello. No podía ser de otra manera. Ella fue quien nos enseñó a amar el francés, a entender la belleza que dormía en aquellas palabras que no entendíamos pero que nos lo decían todo. Hoy, cuando el inglés ha monopolizado el mundo, es bueno revisitar a quienes cantaron en francés, a quienes nos enseñaron a soñar y a amar en francés. Todavía hay quienes siguen cantando en esa preciosa lengua, aunque aquí casi nunca nos llegan sus canciones. La censura franquista se fue para dejar paso a otra más difícil aún de sortear: la del dinero y el mercado.

Escuchar música francesa, la chanson, era, en cierto modo, un acto de rebeldía en aquella época en la que para el régimen todo lo que venía de fuera era pernicioso para nuestra salud mental. Los Brassens, Brel, Ferre o Moustaki compusieron la mayoría de los temas que forman parte de la banda sonora de nuestra vida. En aquella época todavía era el francés la lengua extranjera que se estudiaba en los colegios de este país. Pronto llegó el inglés y acabó con todo aquello. Viendo el exiguo nivel de inglés que se habla hoy en este país uno se pregunta si valió la pena que nos quitasen aquel francés que tanto nos dio. No deja de ser curioso que el idioma más hablado en la Unión Europea sea, precisamente, el de un país que va a abandonarla en breve. El inglés nos trajo a Dylan, a Springsteen y a Cohen, y eso es magnífico, pero se llevó la belleza de la chanson francesa, y eso es desolador.

Nuestra música, en aquellos años, también nos invitaba a bailar y a soñar. Eran muchos los grupos y los solistas que triunfaban en nuestro país. De vez en cuando, de lejos, me llega alguna de sus canciones y me lleva a reencontrarme con los recuerdos de unos años que forman parte de quienes entonces nos asomábamos a la vida. Algunos eran fantásticos, pero he de reconocer que nadie, absolutamente nadie, me ha regalado tantos sueños como Françoise Hardy.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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