Cine/Teatro General

Pilar Bardem, Madre Tierra

En las ancestrales tradiciones de los pueblos indígenas de todo el mundo la Madre Tierra es venerada porque es quien nos da la vida, quien nos lo da todo. Por eso la respetan y la quieren, la cuidan, la aman… Y ella, sin pedir nada a cambio, les da todo lo que es y todo lo que tiene. En este loco mundo que ha olvidado sus raíces y que se está destruyendo a sí mismo y a todos los seres que lo habitamos, conviene recordar esas tradiciones de las culturas milenarias que se resisten a desaparecer y lo hacen preservando los valores que nos hacen ser seres humanos. Frente al egoísmo y la especulación postulan la generosidad y el amor; frente a la barbarie, la no violencia; frente a la supina estupidez, la sabiduría. Y lo hacen dando un paso al frente, no callando más sino gritando alto y claro que otro mundo no solo es posible, sino que es ya imprescindible. En estos locos tiempos esos pueblos nos hablan de la importancia del amor, de la vida, de la poesía, de la cultura para todos, de la igualdad, de la solidaridad, de la libertad, de la justicia… Pero en esta cultura de la superficialidad y la inmediatez que nos marcan los medios de comunicación, ese grito de los pueblos es silenciado porque atenta contra quienes detentan el poder, contra quienes están matando nuestro mundo. Por eso, a veces, esa generosa Madre Tierra pone en nuestro camino a personas que la encarnan, personas solidarias y altruistas que, venciendo sus inseguridades y sus miedos, se entregan a los demás sin importarles las consecuencias que esa entrega pueda tener para tener para ellas. Lo dan todo por nada, y no callan, nunca callan, y dan un paso al frente, siempre un paso al frente. Pilar Bardem es una de esas personas, una Madre Tierra que nos amamanta con su coraje y su valentía recordándonos que, como decía Bergamín, existir es pensar y pensar es comprometerse, y empujándonos, con su inquebrantable dignidad y su delicioso sentido del humor, a seguir el camino del que nunca debimos apartarnos, ese camino que lleva al lugar donde caen todos los muros porque no hay fronteras, donde los derechos son iguales para todos, donde nada ni nadie te condena por ser mujer, por ser negro, por ser pobre, o por ser gay.

Esa es la Pilar Bardem a la que he tenido la fortuna de conocer, una mujer que anda por la vida con la cabeza alta y la mirada al frente, con el corazón lleno y la mano tendida, una mujer siempre dispuesta a ayudar a quien lo pueda necesitar, a apoyar todas las causas que defiendan la justicia y la igualdad, a mirarte a los ojos y decirte, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, en qué te puedo ayudar.
Son muchas, muchísimas, las veces que he acudido a ella para pedirle que apoyara esto o aquello, a estos o a aquellos y ni una sola vez, absolutamente ni una, he recibido un no por respuesta. Y doy fe de que no es fácil dar un paso al frente para apoyar causas solidarias en un país como el nuestro, un país que criminaliza a los cómicos, que detesta la cultura, y que persigue a todo el que se aparta de lo políticamente correcto. En este país, que rebosa mala leche e ignorancia a partes iguales, los voceros de la España más retrógrada y cavernaria condenan a Pilar Bardem diga o calle, haga o deje de hacer. Recuerdo el ataque despiadado del que fue objeto cuando, tras una grave crisis respiratoria que tuvo hace cuatro años en Méjico, voló a España para tratarse. La ingresaron grave en una clínica privada. Ese fue su delito: acudir a una clínica privada cuando había defendido en las calles la sanidad pública. En lugar de valorar que una mujer que puede permitirse la sanidad privada salga a la calle a defender la sanidad pública para todos los que no se la pueden permitir, lo que es de agradecer ya que habla de una solidaridad y generosidad totalmente atípicas y extrañas en el egoísta mundo de hoy, lo utilizaron para ponerla a ella a parir.

Como ella bien dice muchas veces cuando le pides que firme este o aquel manifiesto, “yo te firmo lo que quieras, hijo, lo que quieras pero no sé si mi apoyo servirá de algo o, al revés, os pondrán a parir porque os he apoyado”. La mediocridad y la mezquindad de este país se ceban con las personas, esas Madres Tierra, que hablan claro, que no callan, que dicen lo que piensan le pese a quien le pese, que se rebelan contra la injusticia, que luchan por un mundo mejor. No es casualidad que sus hijos se hayan tenido que ir a trabajar fuera, donde obtienen el reconocimiento que los cavernícolas niegan aquí a todo el que no piense como ellos.

Otro de los crímenes que han cometido Pilar y sus hijos es precisamente ese: haber triunfado sin haber renunciado jamás a ser ellos mismos, sin haber callado, sin haber dejado de tomar partido. Les critican tener dinero y defender un pensamiento de izquierdas. Como si solo los pobres pudieran ser de izquierdas. Ser de izquierdas no es aspirar a tener dinero, seguridad, confort o lujo, sino luchar para que nadie pase hambre, para que no atropellen los derechos de nadie, para que no persigan a nadie por lo que es o por lo que cree. Quienes no pueden entender esto son los que jamás entenderán que en este mundo puede haber personas que creen en la justicia y luchan por ella, que creen en la libertad y dan un paso al frente para defenderla, que creen en la igualdad y no se quedan cómodamente sentados en sus casas mirando a otro lado o dándole al “me gusta”, sino que salen a las calles para exigirla.

Pilar no ha tenido una vida fácil, ni mucho menos. Como tantos en nuestra profesión, ha pasado hambre, verdadera hambre, y ha visto cómo una tras otras se le cerraban las puertas. Pero ella, no se arredra, nunca lo ha hecho. Como tampoco ha perdido nunca su socarrón sentido del humor. Eso, y su profundo amor a la vida y a quienes le rodean, es lo que le ha permitido salir adelante, y hacerlo manteniendo siempre algo que, quienes la critican, no entienden ni entenderán jamás: que la vida es coraje, compromiso y, sobre todo, dignidad. Gracias, Madre Tierra, por haber querido ponernos a Pilar en el camino, y gracias, Pilar, por recordarnos lo que significa la profesión que hemos escogido: ser cómicos, ser dioses de barro, dioses de tierra…

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?