Cine/Teatro General

“Mi última noche con Sara”

No hubo muchas personas que, en plena España franquista, fueran capaces de dar plantón al dictador o de liarse la manta a la cabeza para ir a hacer cine a Hollywood sin siquiera hablar inglés. Sara Montiel lo hizo. Rechazó la invitación de Franco a compartir el palco de las Ventas con él y triunfó en la meca del cine codeándose con Gary Cooper o James Stewart. Hacía falta ser valiente, muy valiente, para hacer eso.

Y también hay que ser valiente, muy valiente, para, en esta España de hoy, perseguir tu sueño hasta convertirlo en realidad. Eso es lo que ha hecho Eva Manjón con su “Mi última noche con Sara”, convertir en realidad su sueño largamente acariciado de rendir homenaje a una actriz y a una mujer como Sara Montiel. Para ello ha tenido que embarcarse en una aventura de las de verdad: jugárselo todo para producir su propio espectáculo. Cantante y actriz donde las haya, nada ha parado a Eva hasta ver estrenado en la Gran Vía madrileña su homenaje a la gran Sara, y hacerlo precisamente en el teatro donde ella estrenó una de las películas que la hicieron inmortal, “El último cuplé”.

Bregada en mil y un musicales, no ha dudado en trabajar duramente su voz para bajar su tono aproximándolo al de Sara para poder cantar sus canciones como lo hacía ella, desde lo más hondo del alma. Han sido muchos meses de trabajo, como muchos han sido también los años que ha necesitado para sacar adelante su proyecto. Tras convencer a un guionista y director de la talla de David Planell para que escribiera y dirigiera la obra, ha sabido rodearse de un elenco excepcional para que la acompañe en el escenario: Rodrigo Poisón, en el papel de su interesado al tiempo que enamorado representante capaz de chantajear a la estrella a la vez que le declara su amor eterno a la mujer, y un Jesús Lara que, desde que aparece en escena, te roba el corazón transmitiéndote la humildad y la admiración que, desde niño, siente por una actriz a la que jamás había soñado en llegar a conocer. ¡Formidables!

En esta obra todo pasa en una noche, la noche en la que Sara ha dejado plantado al Caudillo en la plaza de toros, la noche en la que ella se ha encerrado en los estudios para grabar de tirón un disco con sus mejores temas y cumplir así con el contrato que la ata a su representante para poderse ir a seguir sus sueños, unos sueños que la llaman con fuerza desde Italia y que llevan el nombre de directores de cine como el propio Fellini. Ella, valiente y decidida como la que más, sabe que va a seguir esa llamada y se va a liar de nuevo la manta a la cabeza para, como otro manchego universal, salir de nuevo a cabalgar en pos de un sueño. Porque si algo nos enseñó Sara Montiel con su vida es a renacer de nuevo cada día, a no tener miedo a nada ni a nadie, a ser libre, incluso siendo mujer e incluso en la España franquista.

Todo pasa esa noche, una noche llena de magia en la que el espectador, como un vouyeur agazapado en su butaca, conoce a la artista y a la inmensa mujer que se esconde tras ella. Porque eso es lo que hace “Mi última noche con Sara”: invitarte a descubrir a la mujer excepcional que vive tras las bambalinas, esa mujer que ama y devora la vida como nadie, esa mujer que sabe que la libertad se conquista cada mañana al levantarte. Ver, y escuchar, a Eva desgranando una a una canciones como La Violetera, Fumando espero o Volver, al tiempo que la vemos enfrentándose a todos los demonios que la quieren atar a un contrato, a un matrimonio, a una pareja o a una vida como las demás, te llena de emoción y te recuerda lo que significa estar vivo. Imposible contener la carcajada, y más imposible aún evitar que más de una lágrima se te escape sin remedio frente a la belleza que tienes ante tus ojos. En poco más de hora y media Eva y los suyos son capaces de dejarnos conocer a una mujer que jamás se doblegó ante nada ni ante nadie y de empujarnos a salir al camino acompañándola a ella y a su entrañable y fiel escudero para enfrentarnos a todos los gigantes que, cada vez más altos y numerosos, nos quieren robar nuestra libertad.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?