Cine/Teatro General

Rikar Gil, la eterna sonrisa de unos ojos tristes

A veces, la vida te hace el regalo de poner en tu camino a seres de luz, personas que, sin hacer nada especial, simplemente siendo como son, lo iluminan todo. No son muchas, es cierto, más bien pocas, pero la luz que te regalan, aunque solo sea por un instante, te acompaña siempre. Rikar era de esas personas. Imposible no empatizar de inmediato con ese eterno muchacho de sonrisa alegre y ojos tristes que siempre te hacía sentirte el centro de su universo. Comprometido como pocos y valiente como muchos menos, era perfectamente consciente de la dureza y los sinsabores de esta profesión que, cuando te engancha, lo hace para siempre. Pero no era de los que se contentan con quejarse y maldecir a los culpables de lo que nos pasa, o de dar al “me gusta” y quedarse tan contento pensando que ya ha hecho todo lo que podía hacer. En estos tiempos cibernéticos, visitar los muros de Facebook nos habla de quiénes somos y de cómo somos, o por lo menos, de cómo queremos que piensen que somos. Solemos colgar ahí todas nuestras hazañas, vividas o soñadas, para que los demás las vean, nos vean. Rikar también lo hacía, colgaba posts de sus cosas, de lo que hacía, de lo que iba a hacer. Pero una cosa diferenciaba su muro del de la mayoría de los demás: colgaba más noticias de trabajos de compañeros y compañeras de profesión que suyas, y lo hacía para apoyarles, para invitarnos a ir a ver esta obra o aquella película. El último post que colgó, antes de que un cruel accidente de moto se lo llevara, nos decía precisamente eso, que no nos perdiésemos la película “Los del túnel”, que él acababa de ver.

Así era Rikar, un ser generoso y solidario dispuesto a echar una mano a quien la pudiera necesitar y siempre abierto a embarcarse en cualquier proyecto que alguien le planteara con la pasión y la ilusión que él tenía por la vida y por su trabajo. No le preocupaba que no fuese remunerado. Si lo era, perfecto, porque esta era su profesión, una profesión que siempre defendió como el que más, pero si no lo era y creía en la persona que le compartía su sueño, él se lanzaba y lo hacía como hacía todo en la vida: con todo su corazón. Hay que ser fuerte, muy fuerte, y grande, muy grande, para lanzarse a una profesión como ésta en unos tiempos en los que no solo no la ayudan sino que la criminalizan. Y él lo hizo. Lo dejó todo, incluso su adorada Barcelona natal, para perseguir su sueño. Y, como tantos, se vino a Madrid. Y como tantos, vivió la dureza de que no te llamen, de que no sepan que existes. Pero no se quedó ahí, culpando y maldiciendo a los demás, sino que hizo uno y mil cortos con el entusiasmo con el que se hacen esas cosas. Era su forma de sentirse en activo, de saberse actor, de defender su profesión y trabajar en lo que más amaba, y también su forma de ayudar a los demás, a los que empiezan, a los que sueñan, a los que no se rinden…

Llegó a ser uno de los actores más conocidos en el mundo de los cortometrajes y, poco a poco, fue convirtiéndose en un actor de referencia en el Off de Madrid. Las salas de teatro independiente se acostumbraron a ver a uno de los mejores actores de su generación. Eran su mundo, un mundo donde cada noche vivía su sueño. La precariedad de nuestra profesión, la criminal precariedad de esta profesión, hizo que, como tantos, pasase de no tener trabajo a tener que simultanear varios a la vez. El sábado de la semana pasada, al acabar las funciones en microteatro, cogió, como siempre, su moto para ir rápido a Nave 73 donde le esperaban para hacer la penúltima función de “Una noche como aquella” que llevaba dos años representando. Sus compañeros de reparto le esperaban con ese extraño sabor que te dejan las noches de últimas funciones, esas noches de despedida en las que sabes que algo que llevas muy dentro y que te acompañará siempre se acaba. Tras la representación habían preparado una fiesta. Extrañados por su retraso, sus compañeros no dejaron de llamarle al móvil para saber cuánto iba a tardar. Nadie contestaba. Finalmente quien lo hizo fue un policía para informarles de que Rikar nunca llegaría. Un coche se había cruzado en su camino. Llevaba toda su vida yendo en moto y nunca había tenido un accidente grave. Aquella noche el destino quiso llevárselo. Este mundo no está hecho para personas tan bellas como él.

Las cosas habían empezado a irle bien. Había ganado el premio a la mejor interpretación en el NotodoFilmfest por el corto “Impulso” y había hecho su primer papel protagonista en un largo: “Julie” Recuerdo, jamás olvidaré, la ilusión con la que me llamó para invitarme a su estreno en el cine Capitol hace solo unos meses. Tenía la ilusión de un niño, esa ilusión que lo invade todo y que solo podemos entender quienes nos dedicamos a esto. Aquella noche, viendo por primera vez su nombre en un cartel de un cine de la Gran Vía, viendo el amor con el que tantos y tantas fuimos a verle, Rikar lloró de emoción. Pero, incluso desde sus lágrimas, hizo que sintiéramos que nosotros éramos lo importante aquella noche. Allí me di cuenta de lo querido que era. Personas de los más diversos ámbitos y edades se acercaban a felicitarle y a abrazarle con todas sus fuerzas. Muchas de las personas a las que más quiero estaban allí aquella noche. No sabía que también conocían a Rikar. Fue así como me enteré porque Rikar nunca solía hablar de él. No me extrañó que le quisieran tanto. Era imposible no hacerlo.

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?