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Porque reír también es amar…

juan-carlos-gargiulo-el-tiempo-manu-medina-L-PjWA5kLe conocí en un taller de teatro para personas con diversidad funcional que impartió Manu Medina en el Centro Actúa de Aisge. Fue un regalo, uno más, de los que recibí al hacer aquel curso, un curso que me enseñó a mirar la realidad desde una mirada nueva, limpia y totalmente vacía de prejuicios. Imposible establecer allí un diagnóstico común, cada persona era, y es, un mundo. El suyo en particular era un universo de silencio. Nos miraba, a veces con atención, pero parecía estar ausente, lejos, muy lejos de allí. Participaba en nuestros juegos, aunque entusiasmo, lo que se dice entusiasmo, la verdad es que no ponía mucho. Parecía que nada le motivaba. Intenté averiguar lo que se escondía tras aquella mirada azul que irradiaba una infinita sensación de paz. Por momentos pensé que él no entendía lo que estaba haciendo allí. No había desprecio, altanería ni mucho menos prepotencia en sus ojos. Simplemente parecía no entender qué hacía allí con nosotros. En ocasiones notaba que su mente estaba en otro lugar, imagino que viajaba a paraísos solo para él reservados. Por la serenidad que se dibujaba en su rostro entendí que se sentía a gusto viajando por aquellos mundos que nuestra razón nunca podía alcanzar…

practicas 5Pasaron los días y, conforme iban pasando, me sentía cada vez más cercano a él. Nunca hablaba, tan solo contestaba a lo que le preguntaba, y solía hacerlo con frases cortas, directas, sinceras… Sus ojos seguían buscando la explicación de su presencia allí. Los demás participantes en el taller expresaban su alegría y su entusiasmo cuando sacaban lo mejor de ese maravilloso mundo que habita en su interior. La falsa modestia es algo que no conocen. Cuando saben que han hecho una cosa bien lo gritan a los cuatro vientos y a todo aquel que les quiera oír. Pero él no mostraba tristeza ni alegría. Tampoco pedía reconocimiento. Simplemente hacía lo que le pedían. Con eso le bastaba…

P9230386 copiaUna tarde hicimos un ejercicio que consistía en recorrer el espacio con los ojos cerrados siguiendo la voz de un guía. Cada uno tenía el suyo. Cada llamada era diferente. A Manu se le ocurrió la idea de que él no participase activamente en aquel juego, sino que lo cubriese haciendo fotografías como si fuera un reportero gráfico. ¿Por qué lo hizo? No lo sé, aunque lo intuyo. El resultado fue espectacular. Manejaba la cámara con una soltura impresionante, buscaba los mejores encuadres, se acercaba y se alejaba sin molestar a nadie, manteniendo siempre su profundo y respetuoso silencio. Las fotografías que hizo merecerían colgarse en cualquier exposición. Era tanta la expresividad que había en aquellos rostros, en aquellos gestos, en aquellos movimientos que inspiraban la confianza más absoluta en quien les guiaba…

foto 1 copiaTodos le felicitamos entusiasmados al ver las fotografías que nos había hecho. Eran el mejor regalo que alguien podía hacernos. Él recibió aquellas muestras de cariño y agradecimiento sin apenas inmutarse. Las agradecía, sí, pero parecía no entender por qué nos gustaban tanto sus fotos. Aquella tarde, al acabar el taller, pude hablar un rato con su padre, que siempre le acompañaba. Me contó su historia. Tenía cuarenta años, mujer y dos hijos. Era fotógrafo profesional, uno de los más reconocidos. Hacía dos años había sufrido un ictus cerebral mientras hacía un importante reportaje. Tras salir del coma ya no volvió a ser el de antes. Una parte de él se quedó habitando mundos a los que los demás no podemos llegar. Me contó que solo recobra algunos retazos de lo que fue cuando, paseando por el parque, se acerca a la zona donde juegan los niños. Allí se siente a gusto, ellos le entienden y él se pone a jugar como uno más. Allí habla, canta, ríe…

Han pasado algunos meses en los que su padre no ha dejado de buscarle trabajo en una guardería. No es tarea fácil, otros mucho más preparados que él llenan las interminables colas del paro. Pero su padre no desespera. Cada mañana sale en busca de ese trabajo para su hijo y cada tarde, antes de regresar a casa, le acompaña al parque. Hace ya tiempo que decidió no pasar un solo día sin la alegría y la risa de su hijo…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?