Cine/Teatro General

Julieta, ese Eros y Thánatos que es la vida

20¿Qué es la vida sino ese imposible y necesario equilibrio entre Eros y Thánatos? Amamos. Amamos y por eso sabemos que seguimos vivos. El amor es la única arma con la que podemos enfrentarnos al desigual combate con la muerte. Poco o nada importa saber que la batalla está perdida, que siempre lo ha estado. Lo que importa es amar. Solo amando somos capaces de encontrar belleza en todo lo que nos rodea, hasta en el dolor. Si amamos vivimos, no amar es morir. Tarde o temprano todos aprendemos esta lección de la vida. Pese a todo y a todos, incluso pese a nosotros mismos, nuestro viaje siempre tiene alguna parada para el amor. De nosotros, solo de nosotros, depende que le dejemos subir y que nos habite hasta lo más hondo. La proximidad de la muerte nos impulsa a amar, a darle un sentido al vivir. La desaparición de alguien cercano, de alguien que fue o es algo para nosotros, es un espejo que nos interpela por el sentido de nuestra 11vida. Cada segundo que dejamos pasar sin amar es un segundo no vivido, un segundo muerto. Y cada lágrima derramada es agua que puede, si queremos y la dejamos, hacer crecer ese amor. De nosotros depende, solo de nosotros. Somos lo que hacemos y lo que callamos. Son las palabras no dichas, las palabras silenciadas, las que esculpen nuestro ser, igual que son nuestros actos, lo que nos atrevemos a hacer, los que sustentan nuestro carácter. Somos acto y silencio. Las palabras solo cobran sentido en el silencio. Eso es lo que parece decirnos esa Julieta creada por Pedro Almodóvar a partir de los relatos de Alice Munro en los que se ha inspirado para traernos la que, para mí, es su mejor película y una de las mejores que he visto en muchos, muchísimos, años.

7Son muchas las cosas que admiro del cine de Almodóvar y una de ellas es sin duda, su capacidad y valentía para crear y compartir con nosotros el universo femenino. Qué pocas veces podemos ver en el cine de hoy personajes femeninos de espíritu, carne y hueso. Alejado de la mujer de, la hija de, la madre de o la amante de, a la que el cine suele relegar a la mujer, Almodóvar se adentra en ese fascinante universo femenino para dar vida a la vida. Y lo hace quebrantando una norma no escrita pero de obligado cumplimiento al parecer en la industria más machista del mundo que hace desaparecer a la mujer mayor de cuarenta y pocos años. Qué pocas son las películas protagonizadas por mujeres de esa edad. Poco después de que cumplan los cuarenta sencillamente desaparecen de los guiones, no existen, son nadies que solo esperan cumplir años para reaparecer en nuestras pantallas cuando se asemejan a la abuela de la fabada asturiana. Pero Almodóvar, consciente de que el universo femenino es más, mucho más sugestivo, rico, sensual e interesante que el masculino, cabalga cual caballero andante por los desiertos páramos de la industria del cine para traernos a todas las Dulcineas condenadas al ostracismo y la no existencia por quienes creen saberlo todo de la vida pero solo saben de números y cuentas de resultados.
1Todo en Julieta rezuma poesía, la poesía del dolor, de la belleza, del insondable silencio en el que, ingenuamente, nos creemos protegidos. Culpa y silencio son sinónimos en el difícil arte del vivir. Por eso son culpa y silencio quienes habitan la película de Almodóvar. Son tantos los detalles, los matices, las veladas sugerencias que hay en esta película que, sin duda, invita a que la veamos no una vez, sino muchas, muchísimas más. Yo no he resistido la tentación y la he visto dos días seguidos. ¡Y es tanto lo que he gozado! El aparentemente más nimio detalle encierra claves que apoyan la historia: el resistirnos a perder la esperanza de reencontrar nuestra vida perdida aferrándonos a mantener lazos con el pasado que nos impiden vivir nuestro presente, el simple hecho de dejar de beber vino blanco para pasarnos al tinto cuando decidimos vivir nuestro aquí y nuestro ahora, la metáfora de lo que es vivir que nos cuenta Julieta dando clase de literatura clásica a sus alumnos recordándonos que Ulises prefirió seguir la llamada a la aventura del mar antes que aceptar la promesa de la vida eterna, los momentos de pasión que vive Julieta cuando siente cercana a la muerte, la intensa presencia del 3rojo en muchos de los fotogramas de la película, el símbolo de lo masculino en manos de la mujer en las esculturas del hombre sentado, la misma secuencia inicial en la que las manos de Julieta envuelven cuidadosamente esa pequeña escultura en un plástico placentario, el recomponer los pedazos de una fotografía rota, el recoger cartas tiradas a la papelera, el lanzar absurdas tartas de cumpleaños y soledad a esa misma papelera, el mar, ese mar siempre presente capaz de darnos la vida y la muerte, el tren, ese tren que viaja en la noche entre el frío y la nieve invitándonos al encuentro, al amor, al diálogo, a la vida, el título de ese libro de Margerite Duras que Julieta mete en el equipaje de lo que va a ser su nueva vida, el retrato de Francis Bacon de Lucian Freud, esas cartas que nos empujan a andar aunque no nos hayan invitado a hacerlo, esa invisible cadena de sentimientos y culpa que pasa de generación en generación, de amor en amor… No hay imagen en Julieta que no sea un símbolo, una clave, un acierto. La sabia dirección de fotografía, el sutil juego del paso de los colores fríos a esos tan almodovarianamente cálidos es, sin duda, otro de los grandes aciertos de Julieta.
8El guion de Julieta es sencillamente perfecto. Nada falta o sobra. Todo está en él, lo narrado, lo sugerido, lo intuido, lo silenciado… un verdadero festín cinematográfico que invita a las mil y una lecturas que todo buen guion encierra. Y qué decir de la magistral dirección de Almodóvar. Cada posición de cámara, cada movimiento, está minuciosamente calculado para provocar en nosotros, conmocionados vouyeurs de esta historia, la indeleble sensación de que lo que está pasando ante nosotros es la vida misma. No hay lucimiento fatuo en ni uno solo de los movimientos de cámara, sino un sello, el sello personal de un genio.
Almodócar tiene merecida fama de saber sacar lo mejor de los actores y actrices con los que trabaja. He tenido la inmensa fortuna de compartir secuencias con varios de los intérpretes que trabajan en esta película: Daniel Grao, Tomás del Estal y Adriana, mi adorada Adriana Ugarte. Frente a los tres he tenido siempre la sensación de que todo fluye, de que todo es fácil, de que todo es verdad… Viéndoles en Julieta, sintiendo como en carne propia todos los matices que dan en sus interpretaciones, me ha costado, y mucho, contener la emoción. Esa es la 9clave de su trabajo, de la dirección de Almodóvar: llevar al límite a sus actores manteniendo siempre una contención extraordinaria. Todos juegan en esta película el dolor a la contra, no vemos en ellos el gesto o la lágrima fácil, sino la contención expresiva y la austeridad gestual elevada a la máxima expresión. Y es desde ahí, desde esa aparente inexpresividad donde son capaces de expresar todo el dolor que llevan dentro. Sabemos de su dolor y de lo que han sufrido por lo que no les hemos visto llorar. Daniel está formidable en la creación de ese Xoan capaz de transmitir todo el amor y la ternura sin necesidad de verbalizarlo en una sola frase. Lo que hace Tomás transmitiéndonos todo sobre la dolorosa historia y la soledad de su personaje en una única secuencia y con apenas tres frases, es una soberbia lección de interpretación.
10Y en cuanto a Adriana, qué decir. Jamás seré, ni querré ser objetivo, porque la amo con toda el alma. Es tanto lo que ella da en cada gesto, en cada mirada, en cada inflexión de su voz… Compartir secuencia con ella es aceptar una invitación a recorrer los lugares más recónditos y bellos de tu propio universo, es dejarte llevar, dejar que todo fluya, es adentrarte en un proceso de creación continua que te lleva hasta límites que jamás creerías poder alcanzar. Viéndola en Julieta he sentido una irreprimible envidia de todos los que han compartido secuencias con ella. Si ya en El tiempo entre costuras me hizo sentir lo que sentí, me imagino lo que habrán sentido ahora.

2Emma Suárez es otra de las actrices a las que amo profundamente, aunque no la conozco personalmente ni he tenido nunca oportunidad de compartir secuencia con ella. Eso poco importa. Ella me ha dado siempre el mejor de los regalos: los sueños. Es una de esas contadas actrices capaces de hacerte soñar con una simple mirada o esbozando una sonrisa. Ella tiene ese misterioso don que se necesita en la interpretación: ser una ventana que deja ver todo lo que hay detrás. Hay que ser grande, muy grande, para alcanzar esa transparencia. En su rostro, en su expresión contenida, podemos entender que la belleza de la vida habita hasta en el dolor.

5No hay palabras para describir lo que Grandineti, Inma Cuesta o Rosy de Palma llegan a hacer con unos personajes compuestos de escasas secuencias. La creación que hacen de sus personajes desde la primera mirada que vemos en pantalla te muestra que estás ante tres monstruos de la interpretación. Es tanta la sutiliza que hay en sus personajes, los detalles que esconde cada gesto, cada silencio… una verdadera gozada para todo el que ame el buen cine.
Los deliciosos cameos de Agustín Almodóvar, productor de la película, y de Esther García, su directora de producción, podrían parecer un guiño o un juego con el espectador. Yo particularmente me inclino a pensar que están ahí porque ésta es la película más íntima y personal que ha hecho Almodóvar.
La banda sonora de Alberto Iglesias es, como siempre, un personaje más de la película, un
personaje que, en esta ocasión, opta por pasar casi inadvertido durante la película para alcanzar su apogeo en los títulos de crédito finales tras esa desgarrada canción de Cuco Sánchez cantada como solo podía hacerlo Chavela.

Si algo puede definir lo que provoca esta película en el espectador es que, en los dos pases a los que he asistido con la sala llena a rebosar, nadie se ha levantado hasta que ha aparecido el último de los títulos de crédito. Conmocionados, en silencio, conscientes de que no hay palabras para expresar todo lo que hemos sentido, nos hemos quedado pegados a nuestras butacas hasta que el encendido de las luces nos ha hecho volver a eso que llaman realidad.

Viendo Julieta no he podido dejar de recordar uno de los poemas más bellos que se han escrito jamás: el poema de las tres heridas de Miguel Hernández

“Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

6Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor”

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?