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Todos somos titiriteros

10Cuando en un país autoproclamado democrático dos titiriteros pueden ser encarcelados acusados de incitación al odio y de enaltecimiento del terrorismo por representar una obra que denuncia los montajes policiales, es que algo va mal, muy mal. Criminalizar la protesta, la cultura y la libertad de expresión es propio de dictaduras, no de verdaderas democracias. Y la nuestra, con situaciones como ésta  y otras tan o más graves, no lo es. Hay quien podrá decir que el contenido de ese guiñol no era apropiado para niños. Eso, en cualquier caso, exige depurar responsabilidades de quienes lo programaron, pero nunca acusar de un delito que puede suponer años de cárcel a unos titiriteros que se limitaron a representar en Carnaval la obra que el Ayuntamiento les había contratado. Tras cinco días y cuatro noches en prisión los titiriteros han salido de la cárcel, pero su historia no acaba ahí. Han sido puestos en libertad con cargos. Eso quiere decir que están obligados a 4presentarse cada día en comisaría y que se les ha retirado el pasaporte hasta que les juzguen (por cierto a Jordi Pujol hijo, acusado de delitos mucho más graves, le hacen comparecer en comisaría una vez por semana en lugar de cada día). Ahora les toca aguardar un juicio en el que pueden ser condenados a penas que van desde uno a seis años de prisión. Que una fiscal y un juez puedan tomar medidas como la prisión preventiva incomunicada contra los dos titiriteros, que puedan enviarlos a la cárcel, que se les aplique el régimen FIES, que se utiliza solo con los acusados de terrorismo y que implica su aislamiento y la intervención de todas sus comunicaciones en prisión, y que puedan mantener la acusación y las medidas cautelares es un atentado contra el sentido común y contra la justicia. ¿Quién juzga a los jueces?

Para analizar cómo ha sido posible un disparate judicial como el de los titiriteros hay que fijarse 3en las causas que lo han provocado. Y la primera es el perfil del juez Ismael Moreno, titular del Juzgado número 2 de la Audiencia Nacional y el juez más veterano de esta institución de excepción que nos recuerda a los Tribunales de Orden Público del franquismo. Este juez, policía del tardofranquismo reconvertido a juez para ser más exactos, se caracteriza por su ideología ultraconservadora y por ser el preferido de la policía que, en ocasiones, retrasa los procedimientos para que los casos coincidan con sus guardias. Su historial en la AN es una clara muestra de cómo una ideología puede interferir en las decisiones judiciales. Ya como juez tuvo que declarar por presuntas irregularidades en un atestado que realizó cuando era policía. Ese atestado sirvió para condenar a una persona a doce años de prisión por asesinato frustrado, una pena que fue revocada por el Tribunal Supremo.

9En cuanto al papel de la fiscal Carmen Monfort, simple títere tras la que se esconde la mano del fiscal jefe de la AN Javier Zaragoza, basta decir que intencionadamente falseó en su petición la realidad de los hechos. En su escrito de acusación consta literalmente que “En ningún caso puede justificarse la exhibición de una pancarta con la inscripción GORA ETA”  Eso es absolutamente falso ya que la pancarta que se exhibía decía: “GORA ALKA-ETA”, en un claro juego de palabras que utilizaba el malo de la obra de guiñol, Don Cristobal, para hacer un montaje policial que encausara a la bruja, buena en este caso. Es decir que nunca hubo una pancarta que dijera “GORA ETA”, pero la fiscal tergiversó intencionadamente los hechos para fundamentar su acusación. En términos jurídicos esa actuación tiene un nombre: prevaricación.

Y qué decir del verdadero titiritero de toda esta historia, el fiscal jefe de la AN Javier Zaragoza, implicado según las filtraciones de Snowden en la desarticulación de todas las querellas que al amparo de la ley de justicia universal acusaban a los EEUU de crímenes como el de Javier Couso, entre otras cosas.

2Hemos llegado a un punto en el que jueces y fiscales pueden enviar impunemente a prisión a artistas que están desarrollando una ficción en un escenario. Por el mismo motivo son cientos los actores y directores de cine o teatro que podrían ir a prisión si les aplican el mismo rasero que se ha aplicado con los dos titiriteros, empezando por Dani Rovira y sus ocho apellidos vascos. No diferenciar ficción de realidad, criminalizar la libre expresión artística, solo puede entenderse desde la más supina incultura o, lo que es peor, desde la más fundamentalista interpretación de la ley en defensa de unos ideales fascistas propios de otras épocas. La doctrina de que “todo es ETA”, ideada y aplicada entre otros por el juez Garzón, es un atentado contra el sentido común y los derechos humanos. Si seguimos así hasta respirar podría ser objeto de acusación de pertenecer a ETA porque no hay que olvidar que los miembros de ETA también respiran…

Viendo actuaciones tan desproporcionadas e injustas como la de los dos titiriteros la conclusión es muy clara: la llamada transición democrática debió perderse por el camino y nunca pasó por la judicatura. Estas prácticas, como otras tan antidemocráticas como la sistemática no investigación de las denuncias de torturas que ha sido denunciada por organismos internacionales tan poco sospechosos de ser afines al terrorismo como la propia Naciones Unidas, se parecen mucho, demasiado, a las franquistas.

titiriteroPorque el caso de los titiriteros no es un caso aislado. En este país son cientos los trabajadores que están pendientes de juicios en los que solicitan para ellos largas penas de cárcel por haber participado en huelgas y haberlas apoyado. Hoy en muchos de nuestros tribunales la palabra de un policía se considera prueba mientras que la de un ciudadano debe apoyarse con pruebas irrefutables que demuestren que lo que dice es verdad. El retroceso que la libertad y nuestros derechos han sufrido en este país en los últimos años será objeto de estudio por las generaciones venideras. Para algunos delitos directamente relacionados con la protesta las penas de nuestro actual código penal son mayores incluso que las que había en la época de Franco. Los montajes policiales tampoco son una práctica extraña en esta España nuestra, y casos como el 4F y otros así lo demuestran. Que en pleno siglo XXI puedan producirse torturas en las comisarías o en los traslados de los Centros de Internamiento de Extranjeros a aeropuertos, que sistemáticamente jueces y fiscales rehuyan investigarlas y que, cuando en contados casos hay condenas en firme a miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado por tortura, sean sistemáticamente indultados por el gobierno nos retrotrae a épocas pasadas que ilusamente creíamos superadas.

Las reformas legales introducidas por el PP desde 2011 (reforma del código penal, Ley mordaza, pacto antiyihadista, etc.) van encaminadas a criminalizar la protesta. Si a ello le sumamos que la separación de poderes en este país brilla por su 5ausencia entendemos perfectamente que casos como el de los titiriteros se enmarcan en una estrategia deliberada de infundir el miedo entre la población y ahogar las protestas a base de multas o penas de cárcel. Si no ¿cómo entender que las sentencias por enaltecimiento del terrorismo se hayan multiplicado por cinco desde 2011? No deja de ser clarificador que, precisamente, en el último año en que ETA permaneció activa y no había renunciado a la violencia (2011), las sentencias fueran 5 y que en 2014 llegaran a 25 (en 2012 hubo 10, 15 en 2013 y 14 en 2014). Y las acusaciones por delito de enaltecimiento del terrorismo u otros que conllevan penas de cárcel no son más que algunas de las herramientas que se emplean para criminalizar la protesta y aterrorizar a la población. Las sanciones administrativas aplicadas en los últimos cinco años han afectado a 1.179 personas y las multas han superado los 340.000 euros. El Estado intenta acallarnos mediante la imposición del terror. La Real Academia de la Lengua define en sus dos primeras acepciones la palabra terrorismo como: “dominación por el terror” y “sucesión de actos de violencia para infundir terror” De acuerdo con estas acepciones lo que el Estado español está haciendo sin duda podría considerarse como terrorismo de Estado.

6Estas prácticas antidemocráticas que vulneran la justicia y los derechos humanos eran comunes en el País Vasco. Los macrojuicios contra jóvenes acusados de pertenecer a ETA, por ejemplo, se han prolongado durante años. Muchos de ellos sufrieron prisión provisional incluso hasta dos años para más tarde, en el juicio, ser absueltos y declarados no culpables. ¿Quién les devolverá esos dos años pasados injustamente en prisión? Nadie, en este país los jueces y fiscales, en la práctica, no rinden cuentas ante nadie. Excepto, mira por dónde, los que se atreven a intentar juzgar los crímenes del franquismo ¿Se ha abierto algún procedimiento judicial contra los jueces que dictaron esas medidas? No, ninguno. ¿Hablan nuestros políticos de poner fin a este atropello? No, salvo contadas, honrosas y minoritarias excepciones.

8Lo que toda persona cabal debería preguntarse es ¿Qué hay detrás del caso de los titiriteros? ¿Cómo es posible que hayamos llegado a un disparate de tal calibre que ha sido incluso portada del New York Times? La respuesta es doble: sin duda, infundir terror a todo ciudadano que esté pensando en defender públicamente sus derechos o su forma de pensar, y, sin duda también, atacar al gobierno municipal de Manuela Carmena en una campaña de difamación y desprestigio orquestada con la mayoría de los grandes medios de comunicación, los tertulianos más retrógrados del país y hasta ministros que se permiten el lujo de decir que todo lo que no sea el PP es ETA y no les pasa nada. Esa es la realidad que se esconde, o ni siquiera se esconde porque la cara dura y el cinismo con el que perpetran sus acciones no conoce límites, quienes frente a la legítima alternancia democrática respondieron con una guerra civil o un intento de golpe de Estado.

7Es mucho lo que todos y todas nos estamos jugando, aunque la mayoría ni siquiera lo sepa. Está en juego no ya la libertad de expresión inherente a cualquier país que se considere democrático, lo que en sí es un hecho gravísimo, sino nuestro derecho a defendernos mediante la protesta no violenta de las medidas restrictivas que este gobierno impone en educación, sanidad, vivienda o en el mercado laboral. Son nuestros derechos ciudadanos los que están siendo cercenados y solo nosotras y nosotros, los ciudadanos, podemos evitar este atropello. Que existan casos como el de los titiriteros o los montajes policiales, nos demuestran que políticos, jueces y policía nos manejan a su antojo en esta mal llamada democracia. Para ellos no somos más que simples títeres a los que impunemente pueden dar cachioporrazo tras cachiporrazo. Y ya va siendo hora de que dejemos de ser títeres y nos demos cuenta de que, en realidad, todos somos titiriteros y tenemos derecho a expresar libremente nuestras opiniones y a defender nuestros derechos.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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