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Techo y comida

techoycomidaHe tenido la fortuna de ver TECHO Y COMIDA en un pase privado. Al acabar de verla solo venía a mi boca una palabra: “Gracias, Gracias, Gracias” Hacía tiempo que una película no me conmovía tanto. Es pura sobriedad y verdad. Es lo que, a diario, ves a tu alrededor, en las calles de cualquier ciudad, en los ojos de todas las personas a las que han condenado a ser “nadies” Viendo esta película sientes la soledad del hambre, el dolor de la injusticia y la rabia de la impotencia, sientes el silencio del miedo sí, pero también sientes, y cómo, la dignidad y la fuerza de quienes jamás se rinden, de quienes luchan contra quien haga falta por no renunciar a ser quienes son, por defender a los suyos, por hacer de este mundo algo más justo. La dirección de Juan Miguel del Castillo, portentosa en su sobriedad, demuestra que esta es una historia que su corazón le pedía sacar de lo más hondo, de las entrañas de lo más sincero. Y lo ha hecho, ¡Vaya si lo ha hecho! Para hacerlo necesitaba a una actriz que sintiera lo mismo que él frente a esta historia, que necesitara meterse por completo en la piel de su personaje para mirarnos a los ojos y preguntarnos ¿Y tú, no vas a hacer nada? Por eso no podía haber escogido a una actriz mejor que Natalia de Molina que, desde toda la fuerza que encierra su aparente fragilidad, es capaz de techo-y-comida-foto-2transmitirnos, con el más leve gesto, toda la angustia que siente esa madre soltera que interpreta, toda la esperanza, por pequeña que sea, a la que se agarra para seguir viviendo, y, sobre todo, toda la dignidad que es capaz de mantener cuando recibe algo, cuando lo pide, cuando lo exige y cuando lo da. TECHO Y COMIDA es una lección de cine, de buen cine, con una fotografía soberbia y una banda sonora original que te pone los pelos de punta, es una impresionante clase magistral de interpretación por parte de Natalia y de todos esos maravillosos e imprescindibles secundarios que están que se salen en todos los planos y es un regalo, el del hallazgo que supone para el cine la aparición de Jaime López Almagro, ese chaval que nos enseña a todos que interpretar un papel no es actuarlo, sino vivirlo. TECHO Y COMIDA es eso, todo eso y mucho más que eso porque, por encima de todo, es un desgarrado canto al amor y a la vida que te hace recuperar la esperanza en el ser humano. Nadie, absolutamente nadie, debería perdérsela.

Películas como TECHO Y COMIDA no solo son necesarias, son imprescindibles en este mundo de la superficialidad del corta y pega, de la estupidez boton11-2wopbsqfrtt08m7fx2al8gde la inmediatez, de la permanente huida de nosotros mismos, del expresarnos en 140 esclavizantes caracteres, un mundo donde el calor de una mirada o de una simple caricia son cada vez más difíciles de encontrar, un mundo donde naufragamos a diario en el autismo de nuestro egoísmo, de nuestro individualismo sin límite y sin medida, un mundo en el que la muerte del humanismo pasa a nuestro lado y ni siquiera nos escandalizamos porque también nosotros, quizá sin siquiera darnos cuenta, hemos contribuido a ese crimen. ¿Cómo es posible que podamos vivir como si nada pasara cantando los goles de Messi o de Ronaldo cuando cientos de refugiados mueren frente a nosotros, cuando condenamos a la muerte, a la injusticia y a la hambruna a todos cuantos no son como nosotros? La desgarradora imagen de TECHO Y COMIDA de los hinchas de la selección española coreando sus triunfos totalmente ajenos al drama que vive esta joven madre debería hacernos pensar y no parar.

Las consecuencias de lo que vivimos, de esa estafa que han llamado crisis y que no es más que un paso más en la autodestrucción  y el sinsentido en el que vive esta sociedad, son tremendas. Casos como el de la joven de la película los hay a millones, como también hay dramas tremendos que Techo-y-comida-6_referencepasan junto a nosotros aunque prefiramos no hablar de ellos. Los suicidios, tema tabú donde los haya, duplican los muertos en accidentes de carretera, pero nadie hace nada, nadie habla de ello ni se destina ni un cochino euro a su prevención. Cada año son más los que deciden quitarse la vida. La angustia, el hambre o el miedo les empujan a ello. Pero nadie habla de este drama, todos miramos a otro lado, hacemos ver que no existe. ¿Es eso lo que somos? ¿Hasta tal grado de insensibilidad, egoísmo y estulticia hemos llegado? La joven protagonista de esta película no tiene derecho ni a pensar siquiera en el suicidio, en poner fin al drama sin final ni esperanza que es su vida. La supervivencia, la mera subsistencia, es a lo único que le permiten aspirar. maxresdefaultAmanecer cada mañana es la razón de su vida. Nuestra Constitución dice que todos tenemos derecho a una vivienda digna, pero para las “nadies” como ella ese artículo jamás se escribió. Nuestro sistema también propugna que todos debemos tener derecho a un trabajo digno, pero que le pregunten a los millones que han rebajado las listas del paro con un trabajo precario que ni siquiera llegan al salario mínimo qué tienen sus trabajos de digno o de trabajo. Vivimos tiempos de esclavitud, de descarnada esclavitud. No hace ni tres años criticábamos las precarias condiciones de trabajo de los mileuristas. Hoy les vemos como los privilegiados del sistema porque la inmensa mayoría de los “afortunados” que tienen trabajo no puede vivir con lo que le pagan y llegar a cobrar mil euros al mes es un sueño para muchos.

La imagen de esa joven madre repartiendo folletos por la calle no puede ser más elocuente ni estar mejor elegida: ella, que se muere literalmente de 522750501_640hambre, lleva colgado un inmenso cartel que dice “Compro oro” Esa es la realidad de nuestra sociedad, una realidad sórdida y dolorosa que muchos pretenden esconder engañándose a sí mismos. En el pasado había conciencia de clase, de pertenecer al proletariado. Hoy no, hoy todos llevamos colgado un inmenso cartel que dice clase media y anuncia esplendorosos paraísos, hoy todos nos creemos “clase media” sin darnos cuenta de que ese fue el tremendo engaño de la llamada sociedad del bienestar, un modelo social que nos desclasó, que nos hizo perder nuestra conciencia de lo que realmente somos y con ello abandonar la lucha por la defensa de nuestros derechos. La sociedad del bienestar fue una adormidera social que castró nuestra capacidad de reacción. Y ni si quiera nos dimos cuenta. Nos convirtieron en esclavos y hoy, 2analfabetos de la lucha de clases que ha sido y es el motor de la Historia, gritamos a los cuatro vientos que somos libres porque no vemos las cadenas que nos atan. Ya no las hacen de eslabones de hierro, sino de frío papel, el papel que separa a los que tienen trabajo de los que no, a los que pueden trabajar de los que no, a los que son desahuciados de los que no. Somos como ese enorme elefante que, convencido de que está fuertemente atado a la estaca a la que le ataron de pequeño, sigue dando vueltas alrededor de esa diminuta estaca sin que se le pase siquiera por la cabeza la idea de que puede escapar. Eso ha hecho de nosotros la sociedad del bienestar: nos ha convertido en estúpidos elefantes esclavizados por el miedo a la libertad que nos han inculcado.

Y eso es lo que refleja TECHO Y COMIDA, el sinsentido de una sociedad que no ve, porque deliberadamente se niega a ver, las necesidades de las personas que nos rodean, la helada soledad en la que todos vivimos, la desangelada Making_005_Techo-y-Comida_Diversa_Webexistencia de los más. El hambre vive a nuestro lado, puerta con puerta, y lo único que hacemos es cerrar todos los candados de la nuestra creyendo que así pasará de largo. Esta sociedad que basa su existencia en la obsolescencia programada de los productos para incentivar el consumo ilimitado y criminal, ha llegado a sustentarse en la obsolescencia programada y fríamente calculada de buena parte de los individuos que la forman. Somos prescindibles, somos de usar y tirar, y si no consumimos porque no somos capaces de hacerlo, Captura-de-pantalla-2015-04-25-a-las-16.38.32sobramos y, sencillamente, lo mejor que podemos hacer es desaparecer, sin montar alharacas y en perfecto silencio a ser posible, y ceder nuestro lugar a alguien que sí pueda consumir. Así de sencillo, de sencillo, de cruel y criminal. Por eso películas como TECHO Y COMIDA son hoy más necesarias que nunca para recordarnos lo que somos, la injusticia en la que vivimos y, sobre todo, para que nunca olvidemos que nos lo podrán quitar todo menos la dignidad, porque la dignidad solo depende de nosotros y de lo que hacemos cada día al levantarnos, al cruzarnos con quien nos necesita, al tender siempre esa mano abierta, al salir a la calle a defender lo que es de todos, al abrazar a quien queremos, al mirar siempre a los ojos de todas las personas que la vida pone en nuestro camino…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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