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Judith Scott, el abrazo del silencio

1Nacida en 1943 en Cincinnati (Ohio) en el seno de una familia norteamericana de clase media, Judith Scott tenía un cromosoma más que Joyce, su hermana gemela, el cromosoma 21: tenía síndrome de Down. Siendo muy pequeña pasó la escarlatina y perdió el oído. Vivió con sus padres y su hermana en una casa de campo en las afueras de la ciudad donde ella fue feliz. Sus padres encomendaban el cuidado de la pequeña Judith a su hermana con quien pasaba la mayor parte de las horas del día. Querían que Joyce la protegiera y la estimulara. Y Joyce lo hizo, aunque siempre reconoció que ella nunca lideró la relación o los juegos con su hermana sino que fue Judith quien llevaba siempre la iniciativa. Con apenas siete años, aconsejados por los médicos, sus padres decidieron ingresar a Judith en una institución pública especializada. Joyce jamás olvidó lo que sintió la mañana en que ingresaron a su hermana: “Sentí el frío de la cama. jj_entwinedJudith no estaba allí. Bajé a preguntar a mis padres. Mi madre estaba en la cocina. Se puso muy nerviosa. Le empezó a temblar el labio… Dejamos de hablar de ella y así dejó de existir…” Con síndrome de Down y siendo sordomuda, las únicas posibilidades de comunicación verbal de Judith pasaban por aprender a leer y a escribir. Sin embargo durante el tiempo que estuvo ingresada en aquella institución nadie se dio cuenta de que era sordomuda, achacaron que no hablara ni oyera a su discapacidad cognitiva y eso hizo que nunca intentasen enseñarle a leer o a escribir. Ni siquiera le enseñaron el lenguaje de signos. El mundo de Judith fue el mundo del silencio, un mundo donde no existían sonidos ni palabras, donde no podía compartir lo que sentía o lo que pensaba. Muerto el padre y en contra de la opinión de la madre, 36 años 9después Joyce consiguió que el Estado le concediese la tutela de su hermana y se la llevó a vivir con ella y su marido a California. Convencida de que ningún centro institucional para personas con discapacidad podía ayudar a su hermana, Joyce la llevó al Creative Growth Art Center, un centro artístico en el que trabajan libremente personas con discapacidad intelectual, de desarrollo o física que fue el primero en el mundo en no orientarse a la terapia, sino al arte. Durante dos años Judith se dedicó a pasar las horas que estaba allí dibujando en una libreta aunque no mostró el menor interés por el arte o la creatividad hasta que una de las artistas que crear unas esculturas que han llegado a hacerla famosa en el mundo entero y que están expuestas en museos de los cinco continentes. En 2005, diecinueve años después de llegar al Creative Growth Center Judith murió. Su hermana Joyce sigue dando conferencias por todo el mundo contando su historia y ha desarrollado varios programas educacionales para los niños que viven en entornos rurales en Bali. Actualmente está creando allí un centro de arte para personas con capacidades diferentes.

La vida de Judith ha sido objeto de admiración y estudio por personas de todo el mundo. En España fueron Lola Barrera e Iñaki Peñafiel quienes dirigieron el documental producido por Julio Medem “¿Qué tienes debajo del sombrero?” Sus recuerdos de esa experiencia y de la propia Judith son emocionantes: “Leí la historia de Judith en la revista de la Asociación Española del Síndrome de Down y me quedé alucinada. Se lo conté a Iñaki Peñafiel, que en ese momento se planteaba hacer una película, y nos lanzamos…En cuanto empezamos a rodar, desde el primer momento me puso las condiciones en las que podía trabajar. Era ella quien con un gesto me señalaba cómo debía colocar la cámara y a qué distancia. Si me acercaba mucho, me daba un manotazo. Me pegaba tortas porque estaba de mí hasta las narices, para luego abrazarme y comerme a besos. Rodar esta película me ha cambiado la percepción de muchas cosas; por ejemplo, la forma de acercarme a la gente, o la manera de mirar. Es fascinante lo que hacía esta mujer. Era como un personaje de comedia. Me recordaba a Buster Keaton. Era divertidísima…”

Como dice Tom Di Maria, el director del Creative Growth Center, las esculturas de Judith son un enigma. Cuando vieron que había cogido algunas cosas que estaban por el suelo para empezar a rodearlas con la tela se dieron cuenta de que aquel era el proceso creativo de Judith y le dejaron total libertad para que cogiera lo que 6quisiera. A los pequeños cartones, envases y cajas le siguieron piezas cada vez más grandes. Llegó incluso a utilizar el carrito de un supermercado que alguien había abandonado a la puerta del centro. Al radiografiar las esculturas de Judith han aparecido los objetos más insospechados. Era su forma de expresarse, de compartir lo que sentía. Judith descubrió un lenguaje absolutamente nuevo que le permitía, por primera vez, comunicarse con los demás libremente. Sus obras fueron inmediatamente reconocidas por los responsables del centro que no dudaron en organizar las primeras exposiciones. Su paso a los principales museos de la corriente llamada Art Brut fue inmediato (arte absolutamente libre ya que está hecho por personas con capacidades diferentes que son ajenas por completo a la cortapisa que supone la racionalidad para permitir que sea lo más profundo lo que dirige el proceso creativo). Judith Scott está considerada hoy como una de las máximas exponentes del Art Brut y también de lo que se ha dado en llamar los “Outsiders”, los artistas que no buscan en el arte el dinero, la fama o el reconocimiento, sino simplemente el placer de crear.

2Y entonces se produjo una maravillosa transformación en Judith: conforme crecía el tamaño y el reconocimiento de sus obas, ella cuidaba más su aspecto físico vistiéndose cada vez con más pañuelos, bufandas y adornos, siempre de colores vivos, tremendamente vivos, a los que añadía una prenda que ya nunca faltó en su vestimenta: el sombrero. ¿Qué había tras aquella sorprendente evolución?, ¿Quería transmitirnos algo con aquel esmerarse en su forma de vestir…? Eso es algo que, como la mayor parte de las cosas que formaban el mundo más íntimo de Judith, nunca llegaremos a saber con certeza. Lo que sí sabemos es que era su forma de mostrar algo que también fue creciendo en ella conforme lo hacían sus obras: la confianza en sí misma.

¿Qué tuvo que sentir Judith durante todos sus años de silencio y soledad encerrada en una Judy & IlanaInstitución que nunca la entendió?, ¿Cómo tuvo que sentirse cuando su familia la dejó allí?, ¿Permanecía ella ajena a lo que pasaba a su alrededor o, lo que es más aterrador, lo captaba y lo entendía?, ¿Cómo pudo sobrevivir en aquel desierto una persona con una sensibilidad tan exquisita como la suya?, ¿Qué debió sentir cuando su hermana se la llevó a vivir con ella y dejó atrás para siempre la lúgubre prisión emocional donde había estado encerrada tantos años?, ¿Qué sintió cuando la trataron como a una persona “normal”, cuando Judy-Sombrerose vio rodeada de amor y de cariño por primera vez?, ¿Qué hay en una persona a la que le han hecho todo lo que le hicieron a ella y mantiene en todo momento su sentido del humor y su amor por los demás?, ¿Qué sensaciones debió tener cuando, por primera vez, se enfrentó a un proceso creativo que le permitió comunicarse con los demás y ser reconocida por todos? Son tantas las preguntas sin respuesta… ¡y tantas las lecciones de vida que nos han dado Judith y Joyce!

Sin duda la historia de estas mujeres es fascinante y son muchas, muchas, las cosas que podemos aprender de ellas. Si quieres conocer su historia en primera mano no dejes de visitar su página web www.udithandjoycescott.com

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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