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Rafael Chirbes, una isla en medio del fin del mundo

8La semana pasada murió Rafael Chirbes. Murió como vivió: en silencio, sin que nadie se enterara, rodeado de su soledad. Rafael Chirbes es, posiblemente, uno de los más grandes novelistas que ha dado este país en los últimos cien años y, sin embargo, es un perfecto desconocido para los más, aunque no en el extranjero, donde es considerado como uno de los grandes escritores de nuestra época. Ajeno a modas y boatos, se contentó con reflejar la sociedad en la que vivía y no dejar nunca de ser fiel a sí mismo. Algunos le tachan de pesimista o de amargado, de cantor de la desesperanza… cuando, quizá, tan solo fue un observador imparcial y desapasionado del mundo que le rodeaba. ¿Qué culpa tenía él de que estemos viviendo un fin del mundo? Nadie como Chirbes ha sido capaz de reflejar la dureza de la guerra civil, de la postguerra, de ese fracaso llamado Transición, del desencanto, de la crematorio2_jpgclaudicación de valores e ideales a la que hemos llegado, del triunfo del egoísmo y la mediocridad… Entre sus novelas destacan la trilogía sobre nuestra historia reciente que inició con “La larga marcha”, a la que siguieron “La caída de Madrid” y “Los viejos amigos”, y esas dos obras maestras que son “Crematorio” y “En la orilla”, objetivos y por eso tremendamente despiadados relatos de la España actual.

Su fama le llegó tarde y, quizás a su pesar, gracias a la televisión, ya que “Crematorio” se convirtió en serie de éxito. Aclamado y reconocido internacionalmente y premiado en varias ocasiones también aquí, nunca fue un escritor de masas. Razones para ello puede haber muchas: la optimista es que quizá se debiera a su humildad y a que a él la fama y el dinero nunca le interesaron; la pesimista: que la mezquindad de este país le impide reconocer a sus propios genios. Quien mejor le definió fue su buen amigo Manuel Vázquez Montalbán cuando dijo de él que era una isla que se esforzaba por serlo. Porque eso es lo que Chirbes fue: una isla en el gris océano del desencanto y la mediocridad que le rodeaba, una isla en medio del fin del mundo. Se ha ido una de las voces más libres y honestas de este país, y lo ha hecho siendo coherente hasta el final porque, como él decía, “lo importante es vivir con dignidad y morir con dignidad”.

Nacido en Tabernes de Valldigna (Valencia) en 1949, nunca tuvo una vida fácil. Cuando tenía cuatro años murió su padre y a los ocho empezó su peregrinar por las escuelas de huérfanos de ferroviarios de Ávila y León hasta que, con dieciséis, se trasladó a 6Madrid para estudiar Historia Moderna y Contemporánea. En 1969 se fue a París, donde vivió un año. A París le siguieron Barcelona, La Coruña y Extremadura hasta que, en 2000, decidió regresar a su Valencia natal donde vivía acompañado de dos perros en el pequeño pueblo de Beniarbeig en una casa de campo que había comprado hace unos años a un camionero. Su forma de concebir la escritura era revolucionaria: la trama no le importaba lo más mínimo y odiaba la clásica estructura de planteamiento, nudo y desenlace. Él iba observando lo que tenía a su alrededor (solo escribía de lo que veía) e iba tomando notas totalmente inconexas en una especie de puzzle que, conforme avanzaba la novela, iba tomando forma: “Digamos que entre novela y novela, lo que hago es… novela. Últimamente me cuesta cada vez más escribir, e incluso dar mi opinión sobre las cosas. Yo antes escribía en unos cuadernitos y apuntaba lo que leía, ahora ni siquiera. Porque todo me da la impresión de estar ya dicho, de que todo está trillado. Además, no tengo suficientes datos, no sabemos casi nada de las cosas…

Desconocemos los intereses que hay detrás de casi todo… Libia, Mali…las maniobras de los servicios secretos… ¿Qué hay detrás? Nadie lo sabe. Así que ya sólo escribo de lo que veo y no a través de lo que me cuentan… Yo solo sé que si leo en el periódico un accidente que ha ocurrido aquí en la esquina, que yo he presenciado, descubro que todo lo que cuenta es mentira. Que la mujer no iba por la acera… Si esto que está cerca se ve así, imagínate qué podemos pensar de Siria… Luego, cómo puede ser que yo ponga la televisión a la hora de las noticias y todas las cadenas den como gran noticia la misma, que a lo mejor es que han rescatado a una niña china de un terremoto. Por eso solo escribo de lo que veo… “En la orilla” es un libro que no tiene trama, porque cada vez me interesa menos la trama. La trama es una dictadura, lo decía Benet… En esta novela hay voces, luego un río central, que es el personaje, y yo quise desde el principio que fuera como un concertante, donde las distintas voces tuvieran el mismo tono y formaran un coro que contara lo único que me interesa contar, que es lo que está pasando…. ¿Por qué no se puede contar yéndose uno por las ramas, y que éstas formen parte del tronco? Esa era la idea… No todos somos Galdós, que en dos meses escribe un libro y ya 3quisiera el gato lamer el plato; otros escritores sólo libro-en-la-orilla-rafael-chirbespodemos escribir cuando cocemos de tal manera las cosas que ya el plato parece que tiene otro sabor. ¿Que cómo lo preparo? Muy lentamente. De repente oigo voces, me llegan flashes, y escribo un diálogo, y lo dejo ahí, luego escribo un esbozo como de cuento, hasta que veo que esas cosas se van relacionando, y voy uniéndolas. Luego llega la etapa de las dudas, porque como todo lo hago a trozos, mezclando, como un rompecabezas… Si lo tuviera en la cabeza, creo que no lo escribiría. Y si tuviera en la cabeza de lo que trata el libro… tampoco. Qué envidia me dan esos escritores que lo tienen todo tan claro. Yo nada. Sigo creyendo que me salen las cosas por puñetera casualidad y nunca sé si voy a volver a escribir otro. Soy un escritor amateur, sigo siéndolo… Cuando escribo nunca sé qué va a pasar. En ese sentido yo siempre digo que soy proustiano: aprendes de lo que escribes al tiempo que lo escribes. La propia escritura es el aprendizaje de lo que estás escribiendo, y esto yo creo que hace que cuando termines una novela no has contado una historia ajena a ti, sino que de alguna manera te has exprimido tú mismo.”

Su concepción del deterioro que ha ido experimentando nuestra sociedad durante las últimas décadas y el papel que ha jugado, y 4juega, la cultura en ese deterioro es muy claro y autocrítico: “Por qué hemos decidido que los escritores son la cultura, que hemos decidido que es estupenda, y ser un fontanero es una mierda. Pues no, mire, usted, sin «El Quijote» puede usted vivir, pero sin un fontanero que le arregle la casa cuando se le escape la tubería, no. Estos son códigos que vienen desde los bisontes de Altamira y que año tras año repetimos” Y la conclusión a la que llega al ver en lo que se está convirtiendo este país es realmente descorazonadora pero terriblemente lúcida y certera: “Ahora somos un país de parados sin oficio”.

Chirbes se sentía tremendamente decepcionado y dolido con el desencanto que supuso la política socialdemócrata y servil de Felipe González cuando llegó al poder con la ilusión de todo un país en las manos. Que tras 40 años de dictadura la izquierda que llegaba al poder se plegase a los intereses de la OTAN, que se prostituyera ante las grandes potencias y multinacionales, que incumpliera todas sus promesas y se saltase los derechos humanos y la legalidad a la torera era algo que una mente libre y honesta como la de Chirbes no podía aceptar: “Crematorio” es la primera línea de playa, y “En la orilla” es el pantano. “Crematorio” es 2el esplendor, y “En la orilla” es la caída. “Crematorio” es el fuego que arde deprisa, y “En la orilla” es el rescoldo, porque detrás de esta falsa modernidad que hemos vivido, hay un pozo y hay un pantano que siguen estando ahí, cada vez más podridos. Porque todos somos ahora muy modernos pero aquí siguen funcionando los mismos esquemas, los viejos tópicos franquistas. No tengo la impresión de que haya cambiado tanto el nervio de la sociedad. Enseguida ves cómo, por debajo, los comportamientos tienen una continuidad con la España que conocí a los diez años. “En la orilla” es una novela que tiene el afán, además de que el pantano sirva como metáfora, de ser una narración en la que estén imbricados el pasado y el presente, la guerra y la posguerra, porque los mecanismos por los que unos se enriquecieron siguen funcionando y todo es como una pasta espesa y pringosa… Y eso me da miedo, porque aunque todo parece que cabalga desbocado, por otro lado veo a un país puritano, exigente, veo que nos vamos convirtiendo en un coro inquisitorial y Crematorio1eso me asusta. Un mundo de delatores, como si aquí nunca hubiéramos cobrado en dinero negro, como si nadie hubiera hecho trabajos sin factura… Y si a este espíritu inquisidor le acompañara una gente que se ha leído Las Tormentas del 48 de Galdós y entiende lo que es un movimiento, una revolución…. pues bueno. Pero no, aquí no tenemos formación política, y todo es improvisación y gamberreo. “Las redes sociales arden” oigo por ahí. Bueno, pues a mí las redes sociales me dan pánico. Para mí son como esas “tricoteuses” de la revolución francesa, esperando ver rodar cabezas, desde el anonimato, desde la cobardía más absoluta y esperando a ver qué cabeza cae para celebrarlo: ¡Ha caído la del rey!, ¡ha caído la de la princesa! ¡Uff! Todo eso me espanta… La España de hoy no me gusta nada y además, me da miedo. Por eso estoy en mi casa, solo, dueño de mis palabras y de mis silencios… Cada día hay más leyes que supuestamente nos protegen y en cambio nos dejan más desamparados. En tiempos de Franco había unos quince mil presos. Ahora hay más de cien mil, y no sé cuántos más en libertad provisional o a las puertas de cumplir condena. Crece el control, el lenguaje benevolente y políticamente correcto como una espada de Damocles. Se tipifican nuevos delitos, al mismo ritmo que se apodera de todo una violencia ambiental y se instala un sutil clima de sospecha. Todos nos sentimos culpables, todos parece que tenemos algo que esconderles a los nuevos inquisidores que se envuelven en el progresismo. Florecen los ejércitos de salvación. Líbrenos Dios de quienes quieren protegernos”.

feria del libro ,rafael chirbes gvillamil

Escaldado por el engaño que supuso el “cambio” que nada cambió de González, veía también con desconfianza y escepticismo el movimiento de los indignados. A pesar de ello, el triunfo de Compromís en Valencia en las últimas elecciones y ver descabalgado al PP que tanto despreciaba del Ayuntamiento y la Generalitat fue una de las últimas grandes alegrías que tuvo en vida: “Desconfío mucho de los indignados porque en realidad no sabemos quién es el sujeto histórico de nuestro tiempo, y eso produce mucha confusión. Uno se ha lanzado a la calle porque está cabreado, el otro porque le resulta un entretenimiento; otros porque son confidentes de la policía, o infiltrados de partidos políticos; los otros se han lanzado porque han ganado los del PP… En fin, un tótum revolútum. Yo no firmo ya manifiestos ni acudo a manifestaciones. ¿Cómo me voy a creer a estas alturas a Cándido Méndez? ¿Y al otro, a su pareja?, ¿A qué vienen esos aspavientos con la financiación de los partidos si ya lo dijo Alfonso Guerra: ‘Señores, el dinero de Europa se ha acabado. Ahora los ayuntamientos tienen que financiarse’? Y, por supuesto, no me creo al PP, que está en las antípodas de lo que 7pienso… lo de ahora es un régimen podrido, porque nació de los oportunistas de un bando y de otro. Aquí socialdemócratas no había ni uno. Aquí había comunistas y anarquistas por un lado, y fascistas por otro. ¿Cómo se formaron los partidos? Se trataba de poder comer de la tarta europea y si para ello había que renunciar a la camisa azul y a la bandera roja pues se renunciaba. Todos los que entraron lo hicieron para comer de la tarta. Y vino el pelotazo, y toda esa gente del sindicalismo que acaba convirtiéndose en clase media y burguesía del nuevo régimen… aquí se ha producido una cosa que no ha ocurrido en ningún otro país europeo. Que de repente la generación que estaba tirando piedras en la calle dos años después esté dirigiendo las prisiones del país. Eso creó una velocidad de ascenso social que no es muy frecuente, tan rápida y tan deslumbrante, y al mismo tiempo digamos de suicidio como pensamiento. Porque todo eso suponía negar radicalmente todo lo que habías afirmado dos años antes. No había habido un proceso”.

El análisis que hacía del origen de las grandes fortunas de este país no dejaba títere con cabeza ya que, con una lógica meridiana, defendía que habían surgido, o se habían mantenido, apoyando al régimen franquista y beneficiándose de él. Sin embargo, sí exculpaba a los hijos de los que las crearon ya que, para Chirbes, ellos no cometieron sus pecados: “No hay fortunas legítimas. ¿Tras la guerra civil hay alguna fortuna legítima? Ninguna. Porque los que las han mantenido ha sido por connivencia y los que se han enriquecido a la primera ha sido por expropiaciones, por contratas, por subcontratas. No hay riqueza inocente. En cambio sus hijos sí que son inocentes. Sus hijos son mis contemporáneos. No son culpables de los pecados de sus padres, aunque sí gozan de ellos”.

9Rafael Chirbes fue un hombre íntegro, una persona honesta a la que le tocó vivir en el fin de un ciclo, o de un mundo, que se desmoronaba a su alrededor a pasos agigantados. La pérdida de valores y de ideales inseparablemente unida a la dictadura del dinero, la especulación, el egoísmo y la mediocridad era algo tan patente que él no podía dejar de denunciar. No escribía para cambiar el mundo, amargamente consideraba que, quizá, ya era demasiado tarde para hacerlo, tan solo contaba cómo lo veía, pero lo hacía desde una dignidad y una coherencia aplastantes: “Creo que tenemos derecho a nuestra derrota. La suerte es que la derrota no se hereda genéticamente. Cada generación tiene derecho a combatir la injusticia y a experimentar su propia derrota. Lo importante es vivir con dignidad y morir con dignidad”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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