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“La batalla de Argel”

bataille-dalger-13La película de la que voy a hablar hoy es una película revolucionaria. Revolucionaria en cuanto a su forma y revolucionaria en cuanto a su fondo. Se trata de “La batalla de Argel”, de Gillo Pontecorvo, rodada hace ahora 50 años. Considerada por muchos como una de las mayores obras maestras de la historia del cine, nos narra la lucha por la independencia del pueblo argelino contra el invasor francés. Pontecorvo sabía que quería hacer una película realista, que contase lo que pasó sin ningún tipo de maniqueísmo, explicando las razones que han llevado a unos y a otros a elegir la violencia para defender su causa. Por ello optó por rodarla en blanco y negro y con el menor número posible de actores profesionales. Son, precisamente, esos rostros desconocidos los que nos hacen vivir la historia como si realmente estuviésemos allí, en las calles de la Casbah de Argel, un universo claustrofóbico pero, al mismo tiempo, maravillosamente poético donde asistimos a esa lucha clandestina de un pueblo por su libertad. Como dice en un momento de la película uno de los dirigentes del movimiento de liberación nacional argelino, iniciar una revolución es difícil, hacerla triunfar mucho más difícil, y consolidarla es casi imposible, porque los verdaderos problemas empiezan a partir del día en que triunfa.

Pontecorvo fue un director atípico donde los haya. El compromiso político era su motor y todo lo supeditaba a él. Militante del 250px-Gillo_PontecorvoPartido Comunista hasta que la URSS invadió Hungría, motivo que le llevó a abandonarlo, jamás renunció a defender sus ideas marxistas. Para él, el cine era una herramienta más de concienciación social pero, lejos de hacer panfletos o panegíricos, sus películas son una profunda invitación a la reflexión. A pesar del éxito que tuvieron sus películas, prácticamente se retiró tras rodar Operación Ogro, sobre el asesinato de Carrero Blanco, en 1979. Tenía muy claros los motivos: “Decidí que volvería a filmar sólo y exclusivamente si estoy enamorado de una idea. Hacer una película simplemente por hacerla, me han propuesto cincuenta, pero hacer cine como mero oficio no me interesa. Total, yo vivo con poco dinero” Se mantuvo fiel a sí mismo hasta su muerte, en 2006. Solo volvió a rodar una pequeña parte, junto a otros directores, de un documental sobre las protestas contra la reunión del G-8 en Génova en el año 2.000.

gillo6Nacido en el seno de una familia judía, conoció el exilio durante la época de Mussolini y fue partisano contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Dejó el periodismo para adentrarse como documentalista en el mundo del cine. En 1956 rodaría su primer corto, “La rosa de los vientos”, con Simone Signoret e Ives Montand, sobre los derechos de la mujer, un corto que le abrió definitivamente las puertas del mundo del cine. Su cine, como su vida, fue un ejemplo de ética y coherencia.

Una de las cosas que más impresionan de “La batalla de Argel” es el realismo que transmite, un realismo escalofriante que hace algies-screen-0_46_58que te sientas totalmente dentro de la acción. Las escenas de los atentados con bomba en varios espacios públicos te ponen la piel de gallina. Has visto lo que les ha llevado a tomar la opción por la violencia, has sido testigo de cómo han preparado minuciosamente cada bomba, has entrado con la persona que la lleva en la cafetería repleta de personas que viven su vida como cualquier día, has visto todos los rostros de las personas que sabes que van a morir y que, ajenas a todo aquello, siguen viviendo despreocupadamente sus vidas, ves cómo dejan la bomba preparada para que 12estalle, sabes que son pocos los segundos que quedan para que ocurra la tragedia, sales del local acompañando a quien ha dejado la bomba y, en cuestión de instantes, escuchas el terrible sonido de esa explosión que lo destruye todo. A nivel cinematográfico es increíble el realismo que llegan a tener estas escenas, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de una película rodada en 1965 cuando los efectos especiales estaban a años luz de lo que son ahora. Realmente impresionantes, desgarradoras y tremendamente reales. Las imágenes de las mujeres argelinas tomando parte activa en su lucha por la independencia o desafiando al ejército invasor gritando su escalofriante “yuyu” animando a sus hombres a combatir desmontan muchos mitos sobre el papel de la mujer en las sociedades musulmanas y te ponen los pelos de punta. Hay tanta verdad en esas escenas, tanta rabia y dignidad en ese grito… “La batalla de Argel” estuvo prohibida durante años en Francia porque fue la primera vez que la tortura y la guerra sucia practicadas por el ejército francés en Argelia aparecieron en una película. Pocas películas, quizá ninguna, retratan la lucha de un pueblo por su independencia como lo hace “La batalla de Argel”, un profundo y sincero alegato contra el colonialismo y la injusticia.

Pontecorvo y BrandoPontecorvo siempre optó por utilizar el cine para retratar la realidad desde una perspectiva profundamente política (Queimada, Operación Ogro, etc.), y nunca huyó de abordar los conflictos con valentía, sin trampa ni cartón. Podrás estar o no de acuerdo con sus planteamientos, pero, sin duda, su cine te obliga a reflexionar profundamente y a tomar partido. “La batalla de Argel” te lleva a cuestionarte muchos de los conceptos que, a fuerza de repetidos y defendidos desde los medios de comunicación y desde todas las instancias políticas, la mayoría da por sentados: ¿En un escenario de violencia está todo justificado?, ¿Quiénes son los verdaderos terroristas?, ¿El fin justifica los medios?, ¿Qué es y qué no es violencia?, ¿Dónde está, si la hay, la frontera entre el “bien” y el “mal”?, ¿Tiene derecho el Estado a imponer su violencia?, ¿Debe el pueblo someterse al imperio del Estado sin defender su libertad con todos los medios a su alcance…? Son preguntas que te sacuden, que te llevan a replantearte tus más firmes convicciones, que te obligan a crearte tu propia opinión, y a hacerlo con visiones o puntos de vista que, hasta ahora, no habías contemplado.

batalla-argel-4¿Por qué calificamos o admitimos la calificación de terrorista a quien elige la violencia para defender su ideología o sus derechos? Lo que para unos es un terrorista, para otros es un luchador por la libertad de un pueblo. ¿Por qué a la lucha violenta que ejercieron miles de franceses contra los nazis se le llama Resistencia y no terrorismo, y se considera héroes y no terroristas a quienes formaron parte de ella? ¿Acaso no ponían bombas y cometían atentados?, ¿Acaso no mataban?, ¿Quién tiene la potestad de calificar a unos como terroristas y a otros como héroes? ¿Solo los vencedores, los que escriben la Historia? ¿Matar llevando un uniforme, perteneciendo a un ejército regular que defiende los intereses de un Estado, no es terrorismo? ¿Apretar un botón en Los Ángeles que hace que un dron dispare una bomba en Irak que acaba con uno de los llamados terroristas y con toda su familia no es un acto de terrorismo? ¿Qué diferencia un asesinato de otro? ¿Quién fija las normas para calificar un acto como atentado y otro como acción de guerra?

18899037.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxEl concepto de guerra al que históricamente estábamos acostumbrados era el que enfrentaba a dos o más ejércitos entre sí. Allí había muerte y destrucción, pero el vocablo “terrorista” no existía. Quienes ganaban eran héroes y paseaban victoriosos y aclamados por las calles de sus ciudades, y quienes perdían eran los vencidos que, sin desfiles ni aplausos, se retiraban y pagaban las consecuencias de haber perdido la guerra. Incluso estábamos acostumbrados a que en aquellas lejanas guerras hubiera “buenos” y “malos”. Los que defendían nuestros intereses eran los “buenos”, los otros los “malos”. Todo estaba claro en aquel mundo. Poco o nada importaba que se utilizasen los métodos más crueles para acabar con el enemigo: gasearle, bombardear sus ciudades matando a miles de inocentes, fusilarles… Aquello era una guerra y en guerra todo estaba permitido. Hoy el mundo es diferente. Hay tanta o más violencia que entonces, pero disfrazada de otros ropajes 5que nos la hacen más llevadera: coaliciones internacionales, mandatos de Naciones Unidas, intervenciones multilaterales o de la OTAN… y eso solo por hablar de las acciones militares realizadas con armas tradicionales, porque las guerras actuales utilizan otro tipo de armamento tanto o más cruel y devastador que el de antes pero más “civilizado”: endeudamiento de los países, políticas de recortes que cuestan vidas, etc. En las nuevas guerras se han sustituido los uniformes militares por las corbatas y los campos de batalla por los despachos, pero la violencia, el sufrimiento y la muerte de miles de inocentes permanece exactamente igual. Al analizar hoy cualquier conflicto armado es difícil saber quiénes son los “buenos” y quienes son los “malos”. Este mundo globalizado nos ha quitado los referentes y, para auto justificarse, nos intenta imponer esas nuevas verdades que ni son nuevas ni argel6son verdades. En un momento de “La batalla de Argel” un periodista le pregunta a un líder detenido del Movimiento de Liberación Nacional cómo puede justificar la barbarie de utilizar a mujeres y niños para cometer los atentados indiscriminados que acaban con la vida de cientos de inocentes. La respuesta de ese líder no puede ser más elocuente: “ustedes tienen aviones que asesinan a miles de los nuestros. Deme esos aviones y nuestra guerra será como la de ustedes, mataremos como ustedes”. Apunta ahí Pontecorvo, hace ya cincuenta años, a la realidad que vivimos hoy: terrorista es quien defiende por medios violentos sus derechos sin medios económicos, y policía o ejército quien lo hace con medios que le permiten contar con las armas propias de los ejércitos. Y también apunta a otra de nuestras realidades: terrorista es quien no está amparado por el imperio de un estado o de una ley, por injusta que sea, y policía o ejército quien sí lo La-batalla-de-argel-1está. Que ambos asesinen, infundan el terror, cometan injusticias, barbaridades y atrocidades poco o nada importa. La existencia de la llamada “guerra sucia”, el terrorismo de Estado, la utilización de la tortura o de un sistema judicial que tiene potestad para encerrar en prisión a todo el que osa alzarse contra él, aunque lo haga por medios no violentos, parece que nada importa. El poder constituido es quien fija las normas y las reglas de este criminal juego y quien, saltándose sus propias normas negándose a investigar y juzgar los casos de torturas, indultando a sus criminales o dictando leyes que poco o nada tienen que ver con la justicia, impone su ley por la fuerza, utilizando una violencia muchas veces no reconocida como tal, de la que tiene el monopolio.

Esta película describe a unos y a otros sin maniqueísmo. Los miembros del Movimiento Nacional de Liberación son personas de la calle que, ante unas circunstancias que no les permiten más opción que resistirse a la injusticia, defienden su causa con las armas. Y unos miembros del ejército francés que, ante el ataque que supone la acción violenta que hace tambalear los cimientos del sistema y la propia presencia francesa en Argelia, utiliza todos los medios que tiene a su alcance para defender sus derechos y la seguridad de sus ciudadanos. Ver que entre el cuerpo de paracaidistas de élite que destina Francia para sofocar la rebelión haya antiguos miembros de la Resistencia contra los nazis rompe cualquier esquema maniqueo de buenos y malos. Allí cada uno tiene su razón de ser y de defender lo que hace: unos para expulsar al invasor que les impide vivir, otros para acabar con quienes les están matando. Y también narra perfectamente la realidad de todo proceso revolucionario: desde cómo se gesta, quiénes los componen, cómo, al principio, solo actúan contra policías y militares, por qué esa violencia específicamente dirigida contra los cuerpos de seguridad pasa a ejercerse sobre civiles, cómo de nada sirve la acción violenta si no cuenta con respaldo popular claro y mayoritario, cómo el proceso de acción/reacción va llevando a unos y a otros a cometer cada vez actos más crueles y sangrientos, cómo los valores democráticos y el Estado de Derecho llegan a ser un impedimento para luchar contra una oposición que utiliza la violencia, llegando a la perversión de pisotear la legalidad y la justicia precisamente para defender la legalidad y la justicia…

Uno de los grandes aciertos de “La batalla de Argel” es el de reflejar la realidad de dos mundos que nada tienen que ver entre sí y que están totalmente enfrentados: el de la Casbah y el de la ciudad europea, el mundo donde viven los árabes y el reservado para los franceses destinados allí, el mundo de los pobres y el de los ricos, el de las estrechas callejuelas donde todos viven hacinados y el de las calles limpias, amplias e iluminadas. 3El muro que separa ambos mundos es una realidad palpable que, conforme aumenta la violencia, llega a convertirse en el muro de una prisión donde los árabes viven confinados. Esos muros, muchas veces invisibles, existen en todas nuestras ciudades: son los muros que separan a quienes tienen derechos de quienes no los tienen, a quienes cuida y protege el Estado de aquellos a quienes criminaliza y persigue. Esos mundos, esas realidades opuestas, no solo se ven en las calles, sino que lo inundan todo: las instituciones, las empresas, los juzgados, las cárceles… Esa es la clave del origen de la violencia. Mientras no derribemos esos muros que nos separan, que convierten a unos en “buenos” y a otros en “malos”, a unos en privilegiados y a otros en parias, a unos en personalidades y a otros en “nadies”, no superaremos la situación de violencia que vivimos hoy. Hay que acabar con la violencia, con todas las violencias, las llamemos como las llamemos y vengan de donde vengan, pero eso jamás se logrará si no atajamos las causas que las provocan y no solo sus consecuencias.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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