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Rafel Lorente, el hombre que nunca existió

6Yo soy el hombre que nunca existió. Desisto del empeño de demostrar lo contrario: afirmar que he existido, incluso intensamente en ocasiones. De antemano, desisto humildemente. Según algunos ilustrados tratadistas España es un país dado al olvido y la desmemoria, donde solo han existido unos cuantos individuos a no dudar realmente fabulosos. Seres excepcionales, auténticos genios de la ciencia, la literatura y la política que, hoy en día, suscitan la admiración del mundo entero por sus hechos, ideas y escritos. Figuras únicas y excelsas que son objeto de los más encendidos y unánimes elogios por parte de la prensa, la televisión y la radio, medios de difusión cuya objetividad y seriedad están por encima de toda sospecha de partidismo o dependencia. El radiante esplendor de estos genios contrasta vivamente con la capacidad de ciertos personajes del pasado que, en opinión de unos pocos mitómanos, existieron también. Y, así, más de uno se empecina en hablarnos de poetas como Miguel Labordeta o Pepe Bergamín, cuando no de un tal Antonio Amat quien, según afirman tozudamente, se propuso hacer resurgir el Ave Fénix del socialismo español de sus propias cenizas.

Esos extraños personajes que, al parecer nunca existieron, forman parte de esa otra España tantas veces ninguneada y silenciada. Son los que 3habitan en el palacio de los olvidados. No busques sus nombres en los libros de texto, tampoco el mío, allí nunca aparecerán. Mi nombre era Rafael Lorente, pero tampoco existe. Ser poeta en este país es, para los voceros oficiales, sinónimo de no existir. ¿Qué puede aportar un poeta a una sociedad muerta en la que, incluso los privilegiados, tan solo aspiran a tener una alta calidad de vida no vivida?  Y si lo de ser poeta en este país es complicado, la profesión que elegí acabó por apartarme de todos los círculos oficiales. Sí, elegí la única profesión que uno podía desarrollar libremente en la España del hispánico Imperio hacia Dios: ser incomprendido. Y lo fui. Y a mucha honra. Yo, a lo único que aspiro es a estar en paz conmigo mismo, a encontrar la belleza allí donde nadie la ve, a tender una mano abierta a quien la pueda necesitar, a soñar con un mundo mejor y a luchar porque todas esas causas que, para muchos, parecen perdidas, algún día lleguen a dejar de serlo. Por eso acepto mi destino de sombra errante, mi pasado de sombra entre las sombras. Poco o nada me importa lo que puedan decir, o mejor dicho callar, de un hombre que nunca existió. Eso sí, a fuerza de fantasioso, voy a esforzarme en recrear diversos períodos penumbrosos de la vida española, imaginando historias que muy bien pudieron haber ocurrido. Lo haré de una manera anárquica y, por supuesto, sin el menor rigor histórico.

1Nací, me nacieron, en Madrid, en un día de cuya fecha no quiero acordarme. Me licencié en derecho y acabé siendo diplomático. También militar. Mi sed de aventura me empujó a aceptar un destino en India donde estuve varios años aprendiendo lo que significa ser un ser humano. Lejos de los ghetos diplomáticos de rigor, me perdí por selvas, aldeas y templos en pos de esa mujer siempre buscada que sabía llegaría a encontrar un día. Allí, entre besos y abrazos alumbrados por las estrellas y las noches sin luna, descubrí lo que es amar. Y también allí tuve oportunidad de tomar más de una copa con seres irrepetibles como Somerset Maugham y Vicente Fatone y de charlar a fondo en más de una ocasión con el Pandit Nehru.

Años después, y precedido por la fama de mis controvertidos despachos oficiales, regresé a la vieja Europa para continuar, sin mucho ánimo todo sea dicho, mi carrera diplomática, carrera en la que era conocido como el cónsul “rojo” Ginebra y París fueron las escalas que hice antes de regresar a la vetusta Hispania. Acostumbrado al color y calor de la India, las calles y las gentes europeas me parecieron realmente abominables. La desilusión deambulaba por las calles y la mediocridad ocupaba los profilácticos despachos de diplomáticos, abogados y gerifaltes empeñados en construir una nueva Europa que ya nació ya muerta.

vinicius-de-moraes-facebook3A caballo entre Ginebra y París, donde estaba destinado, viví mis días con entrañables amigos como Guillermo Delgado, Jose Antonio Novais, Enrique Llovet o el mismísimo Vinicius de Moraes, que tenía la deliciosa y extraña costumbre de regresar de madrugada a casa entrando por la ventana de la buhardilla y maullando como un gato. Así pasé mis días y mis noches en la parturienta Europa de finales de los cincuenta. Miguel Ángel Asturias, escritor, como yo, diplomático como yo, y Premio Nobel de Literatura, no como yo, vino al consulado para pedir la visa para viajar a España. Se la expedí encantado y sin pedir autorización a nadie, sin saber que, a su llegada a España haría unas declaraciones que marcarían para siempre mi carrera diplomática. Sí, fue decir que España estaba cambiando porque incluso había conocido a un diplomático de izquierdas, y todos los sillones del Palacio de Santa Cruz se revolvieron intentando averiguar quién podía ser aquella oveja negra, bueno, roja, para ser exactos.

2Los de Exteriores no tardaron en descubrirlo y, temiendo mi presencia en las embajadas amigas, decidieron destinarme a una muerte segura en Haití.  Yo, ante tamaña perspectiva y no queriendo representar por más tiempo a una España que seguía siendo tan franquista como cuando la dejé, opté por pedir la excedencia de la carrera. Y lo hice como se deben hacer esas cosas: por todo lo alto, con un sinfín de actos y declaraciones a la prensa española, causalidad, que no casualidad, que hizo que empezaran a sucederme peligrosos y extraños fenómenos: la rotura de la dirección de mi coche, una botella lanzada por una mano anónima que pasó rozando mi cabeza… Fue entonces cuando, siguiendo el siempre sabio consejo del que fue mi maestro y uno de mis mejores amigos, Enrique Tierno, puse tierra de por medio para dejar pasar la ola. Retrasé mi regreso a España y me dediqué a vivir intensamente todos los besos, los sueños y las revoluciones. Ginebra me acogió con sus lagos abiertos.

Buscar trabajo no fue tarea fácil. Mis amigos ginebrinos, entre copa y copa y entre fiesta y fiesta, se habían acostumbrado a mí pero, apesadumbrados por mi brillante currículum, no se atrevían a ofender mi dignidad dándome un trabajo con el que pudiera subsistir. Mi deambular de despacho en despacho solicitando un humilde puesto de traductor fue totalmente inútil. Fue entonces cuando aprendí a sobrevivir a base de lo que comía en las fiestas que, permanentemente, alumbraban la noche ginebrina y fue allí cuando alumbré los sueños de conspiraciones y aventuras que, sin duda, emprendería a mi regreso a España.

“ALLÁ EN LA INDIA”

“Viaje tántrico sin retorno. ¿Deseábamos reencontrarnos, o perdernos, despojándonos de nuestros egos para siempre? ¿Volverás algún día a mí en la tarde? Como niños perdidos regresamos del bosque: ojerosos de hambres y pecados, enamorados y desesperadamente tristes. Atrás, en la quebrada abrupta de los sueños, quedó la luna verde…

Nos despedimos, ignoro dónde o cuándo; acaso muy al sur, frente a la mar inmensa y desolada de Cabo Comorín. Allá, entre el amor y la Antártida, me llegó el adiós de tu mirada, apasionada e intensa.

Tal vez, si todavía existimos, nos reencontraremos donde solo tú sabes, a la atardecida, y reemprenderemos nuestro peregrinar hacia el pasado. Aunque ya estaremos muertos.”

ESTIGIA

“Dejé la mar

y me llevé sus olas en mis lágrimas.

Dejé los montes

y me llevé su vértigo en mi vértigo.

Dejé el amor

y me llevé mi sino.

Dejé la fe

y me llevé su infierno.

Cuando vuelva a encontrar lo que dejé a mi paso

estaré yerto.”

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Recordando las palabras que, al calor de un café parisino me había dicho Juan Goytisolo sobre Mojácar y sus alrededores, no dudé en huir de Madrid para conocer aquel paraíso perdido que no conocían ni los propios almerienses. La luz de aquellas tierras, su color, su permanente olor a hembra en celo y su mar, ese mar que gritaba mi nombre con tanta fuerza, se apoderaron pronto de mí. Mojácar no era más que las ruinas de lo que un día fue, por sus estrechas y empinadas calles eran pocas las gentes que deambulaban. Luz o teléfono eran inventos que no habían llegado a aquel paraíso perdido donde los hombres trabajaban los resecos campos y las plañideras se ganaban la vida de entierro en entierro. Allí encontré las telúricas vibraciones que solo había sentido en la India. A Mojácar le siguió Carboneras, y a Carboneras una diminuta aldea llamada Agua Amarga donde sus escasos habitantes vivían de lo que el mar quería darles. Y tras Agua Amarga, El Plomo, Rodalquilar, Mónsul, Genoveses, la Isleta del Moro, el Cabo de Gata… Eran los principios de los sesenta, aquella década de utopías y sueños que pudo haber cambiado la historia. La vida en tierras almerienses, ajena a todo aquello, transitaba entre sus gentes, prodigiosos seres con alma anarquista desde que el hombre es hombre, y los innumerables curas y guardia civiles que, tiñéndolo todo de negro y verde, velaban por defender almas y costas de invisibles enemigos y pecaminosas tentaciones.

_DSC1509 PHEran los años del cine en Almería. Fueron muchos los rodajes de películas que se hicieron en aquellas tierras. No era extraño encontrarte en el bar del Gran Hotel de la capital a gentes tan variopintas como Brigitte Bardot, Clint Eastwood o Orson Welles. Pero el rodaje que mejor recuerdo fue el de Lawrence de Arabia, porque fue en Carboneras, cuando Carboneras era Carboneras: un diminuto pueblo de casas blancas con las calles sin asfaltar y sin teléfono. Convirtieron aquello en la ciudad de Aqaba y por ella deambulaban Omar Sharif, Peter O´Toole o Anthony Quinn totalmente integrados con las gentes del pueblo. De hecho para aquellas gentes la película se llamaba Lorenzo el de Arabia. Era fascinante ver cientos de caballos y camellos pululando por la zona. David Lean compró una preciosa casa aislada frente al mar en la costa del Algarrobico. Había llegado allí con todo su equipo y con Bárbara, su mujer, una espléndida neozelandesa alta y rubia que acostumbraba a vestir saris indios.

RodajeenCarbonerasAcabado el rodaje el equipo se fue y solo quedaron en Carboneras Fowley, el ayudante de David Lean que, enamorado de la zona, construyó un hotel que decoró con elementos de atrezzo de las películas que había rodado y que hoy sigue en pie, y Bárbara, la mujer de Lean que, tras separarse del director, se enamoró perdidamente de José, un aguerrido y bigotudo teniente de la guardia civil, con quien, cogidos del brazo, paseaban por aquellas calles sin asfaltar, con su inseparable sari ella, con su inseparable tricornio él.

Compartía entonces mi tiempo entre aquellas vírgenes tierras y la moribunda y reseca Madrid. Cada vez que volvía a la capital la encontraba más lela y empequeñecida. La Galería Mediterráneo era mi oasis en la gran urbe, galería que era un auténtico foco de conspiraciones, clandestinidades y quimeras. Por ella pasaron muchos de los que, después, llegarían a ser afamados pintores y muchos más de los que, con el tiempo, seguiríamos siendo impenitentes cambiadores del mundo. Fue allí donde empecé a hablar a amigos y demás soñadores sin remedio de las bondades de mi descubrimiento almeriense y no tardaron en unirse en procaz peregrinación a aquellas tierras toda clase de artistas, intelectuales, poetas y visionarios. Mi idea era reconstruir Mojácar sin prisas, conservando hasta el máximo el estilo local y el originario color ocre de las casas del pueblo y la sierra. Evitar a toda costa la edificación de hoteles y casas altas en el casco urbano. Se ofrecerían tierras a personas de interés: escritores, artistas y personajes con prestigio. Por aquel entonces coincidí en Mojácar con otro pionero: Rafael Lafuente, insólito personaje que fue muy conocido después por sus televisivas dotes adivinatorias. Convencido también de que el renacer de Mojácar debía ser cuidadoso y no masificado, aunamos nuestros esfuerzos junto al alcalde para dar vida a aquel sueño. Así pues, el alcalde ofrecía solares gratuitos, Lafuente cantaba las divinidades de la zona con sus idiomas, saber y fantasía, y yo removía, desde Madrid, los hilos del entramado.

mojacar-vieja-pueblo-playa-07Otro de los pioneros de la zona fue Enrique Arias, pianista de fama mundial que también se enamoró sin remedio de aquellas tierras. El alcalde le regaló la mejor parcela y él, correspondiendo a tan generoso gesto, organizó durante varios años unos conciertos de música clásica que atraían allí a cantantes y músicos de todo el mundo y, a británicos también de todo el mundo. Era un espectáculo ver a aquellas emperifolladas damas lucir sus mejores galas y a aquellos atildados caballeros sus sempiternos fracs paseando por las callejas mojaqueras rodeados de cabras y burros. En una ocasión una de aquellas bellas damas se acercó a mí para preguntarme por la toilette. No tuve más remedio que no había tal invento en todo el pueblo y la invité a compartir el precioso campito de chumberas que los lugareños utilizaban para aquellas lides. Jamás olvidaré lo iracundo de la mirada de aquella buena mujer. No volvió a hablarme en la vida.

Aquellos tiempos de soñadores y pioneros nos permitieron conocer a fondo los secretos mejor guardados de las tierras almerienses y a unas personas de lo más variopinto de las que, tan solo por falta de tiempo, solo traigo ahora a unas pocas colación.

“Muy atractiva la personalidad de Vicente Rodríguez-Belza de Aguirre, con quien en el acto nos entendimos e intimamos. Pequeño, esbelto y muy forzudo pese a su flacura, pelo y bigote rubios, las facciones correctas, con un talante de hidalgo y mosquetero a lo Aramís o D´Artagnan. Vicente Rodríguez-Belza era nuestro hombre: un caballero cartagenero más que dispuesto a asaltar medieval fortaleza, a desarmar a cualquier fogoso espadachín, romper con los dedos una herradura, escribir un poema, ingerir una botella de Vodka y medir España entera e islas adyacentes y territorios de ultramar… Aquella noche corrió el vino y se sucedieron las risas y mejunjes. Había arribado a Mojácar el día anterior y se había enamorado perdidamente del pueblo, donde pensaba vivir y trabajar… Tras unos cuantos vinos, empezó con el relato de sus proezas. Una de ellas tenía el mar por escenario. Desde joven fue un buen pescador y habíale dado por concebir una serie de inventos relacionados con la navegación y la pesca. Entre ellos, un artilugio fabuloso para ahuyentar a los delfines de las redes de los pescadores, que acostumbraban a destrozar para apoderarse de los peces. Un artilugio que llevaría su nombre, le inmortalizaría y le haría millonario en pocos años. Meses y meses trabajó en su perfeccionamiento, y, una vez patentado, optó por hacer una exhibición en zona de delfines, no lejos de Cartagena, en presencia de las autoridades militares, civiles y 86158-almeria-playa-de-los-muertoseclesiásticas, incluyendo al obispo de la diócesis y a un bizarro almirante. El esplendoroso cortejo se hizo un día a la mar, portando uno de los pesqueros el portentoso invento de Rodríguez-Belza. Se adentraron en aguas de delfines: serios, solemnes, expectantes, y procedieron a calar las redes, previamente atestadas de peces. Como era de esperar, los delfines no demoraron su aparición. Y en tal trascendental momento puso en marcha Vicente su artilugio. Una ráfaga de ansiedad recorrió a la distinguida concurrencia. Lentos discurrían los segundos y la espera se hacía interminable, angustiosa… Súbitamente se oyó un crujido, luego otro, y otro…y después siniestro traqueteo, que iría arreciando más y más. Los delfines huyeron despavoridos, y la barahúnda culminó en ensordecedor estampido, a la vez que cedían las cuadernas de la embarcación portadora del artilugio, que concluyó por irse a pique. A todo ello, seguiría un silencio alucinante. Los espectadores no sabían cómo reaccionar, con la única excepción del obispo, que se santiguó y entonó un responso de despedida. En medio de una confusión realmente delirante, se procedió al salvamento de los náufragos. Y por decisión del mando, quedó arrestado Vicente Rodríguez-Belza de Aguirre hasta nueva orden”

“Los recién venidos iban engrosando la partida. Entre unos y otros me llamó enseguida la atención Matilde del Pino, una almeriense más bien baja y Mojácar3gruesa, en extremo activa e inteligente. Tenía la cara ancha y un par de ojos castaños, muy separados, que denotaban un talento de excepción y una penetración psicológica nada corriente. A los pocos minutos intimé bastante con ella y capte que era capaz de reírse cariñosamente de todos, incluso de sí misma. Comprendí asimismo que podía ser una amiga entrañable. Su objetivo fundamental no era otro que vivir al día, instante tras instante, sin
preocuparse lo más mínimo por el porvenir ni el dinero. Lo que, unido a su hondo sentido de la solidaridad, ironía y perspicacia, le irían granjeando infinidad de adhesiones. La invitaban aquí y allá, dentro y fuera de España, pues tenía incondicionales en todas partes, desde Almería a Nueva York y Coopenhague, pasando por París, Madrid y San Sebastián. Gentes interesantes y variopintas: escritores, músicos, pintores, bohemios y millonarios… Y la querían tanto que, más de una vez, algunas parejas de recién casados la invitaron a que les acompañase en sus viajes de novios. Y así, de amigos en amigos y de luna de miel en luna de miel, recorría medio mundo, al socaire de una interminable procesión de afectos, admiraciones, cópulas, embarazos y ensimismamientos. De ahí sus ansias de aventuras intensas y su reconocido afán de ser violada en cualquier instante. Acostumbraba a decir con no escaso gracejo que por las noches solía dejar abiertas puertas y ventanas, de par en par, para propiciar la entrada de su hipotético violador. Y con la misma idea había llegado a enrolarse, como extra, en una película pornográfica rodada en Mojácar: “La flor del vicio”. Aunque, para su desgracia, no se le presentó la posibilidad de actuar como protagonista de ningún coito altamente libidinoso, ya que su participación se redujo a degollar a un cochino…”

“Ocurrió el desastre el 17 de enero de 1966, un día claro y más bien frío, con una mar en calma y un cielo azul sin nubes. Fuerte viento soplaba desde el norte aquella mañana invernal. Serían las diez cuando, aposentado en la terraza de El Puntazo, aguardaba la llegada de un amigo. Al borde del mar, entre Garrucha y la Sierra Almagrera, se asentaban dos apartados pueblecitos: el campesino Palomares y Villaricos, minúscula aldea de pescadores.

tss-980x450Pasadas las diez y cuarto torné a escuchar unos zumbidos familiares. Nuevamente, y como de costumbre, los aviones del SAC – Strategic Air Command – repostando encima de una extensión conocida por Roca de la Silla de Montar por el alto mando de los EEUU. Dos aparatos cisternas KC-135, procedentes de Morón, acudían a avituallar a dos superbombarderos B-52 llegados de latitudes ignoradas y que, desde allí, regresaban a sus bases de Norteamérica. Vuelos estos autorizados por un protocolo secreto, anexo a los acuerdos de 1953 entre Washington y Madrid, que concedían al SAC el vergonzante privilegio de repostar en pleno vuelo sobre nuestro territorio portando armas nucleares.

Era una maniobra que se repetía cada día, pero aquella mañana falló algo. Una gran nube envolvió a un superbombardero y a su cisterna, al par que resonaban dos explosiones, a las que seguiría la aparición de una aureola de un rojo anaranjado. Segundos después vi caer un diluvio de despojos, llameantes los más y esparciéndose por doquier de resultas del choque y las explosiones sucesivas, en tanto que el fortísimo ventarrón desplazaba casi todos los restos hacia Palomares y el mar.

Workmen-at-Palomares-in-1-007Emocionadísimo y con la intención de averiguar cuanto en Palomares acontecía, me dirigí hacia Garrucha. La rebasé, torcí acto seguido a mi derecha y me deslicé por la lamentable calzada vecinal. Columnas de humo brotaban por las proximidades de una de las escuelas. Ante la cual detuve el automóvil y me acerqué a pie. A unos cincuenta metros de distancia ardía un enorme trozo de avión. Por fortuna, al caer, no había alcanzado el centro escolar. Hombres y mujeres bullían por la plazuela del núcleo urbano balbuciendo frases incoherentes como: “El fin del mundo… ha sonado la hora del fin del mundo”

952437La impresión general era que no había acaecido nada irreparable. Nos equivocábamos. El balance distaba de ser halagüeño: tres aviones perdidos, numerosos aviadores muertos, tres bombas recobradas – dos de ellas rotas- con la Copia de palomares--478x270consiguiente emanación de plutonio y americio, y, al menos, una bomba extraviada en el mar. A partir de entonces, lo más grave sería la tenebrosa actuación del mando americano, que a los pocos minutos del accidente conocía con exactitud que habían caído bombas y despojos en una comarca habitada, lo que equivalía a la contaminación de vastas superficies en torno a los lugares en donde cayeron. La mayoría de los concurrentes comieron habas y tomates contaminados y se adueñaron de trozos de aviones que guardaron como recuerdo de la efeméride.

De cuanto pasó esos días nada se dijo entonces ni después. Indignante el comportamiento de los americanos y su absoluto desprecio hacia nuestro país. Y aún más desdeñable la pasividad servil del Gobierno español, encubridor y cómplice de tales felonías.

17139672fsdfsdfd--644x362A los cuatro días del siniestro se estableció un férreo cinturón de seguridad alrededor de Palomares y sus cercanías, sometiéndose a cuarentena el conjunto. Se conocía que algunas tierras y un elevado número de vecinos estaban contaminados por la radiactividad. Aquel pueblo antes próspero y tranquilo habíase arruinado por culpa de otros y sometido a secuestro por tiempo indefinido.

La situación se deterioraba. Había que horadar el espeso muro de desinformación y silencios. La oportunidad se presentó semanas después. Corresponsales de periódicos y radios extranjeras entraron en contacto conmigo – como diplomático y testigo presencial- y rompí el fuego con unas declaraciones al parisino Le Monde, que se publicaron el 10 de febrero. Hablé con su corresponsal en Madrid, José Antonio Novais para proponerle romper el bloqueo que asfixiaba a la población. Se entusiasmó Novais con la idea de lograr un reportaje en directo, el primero que se conseguiría in situ.

fraga-palomares-playa-bano-almeria-bomba-nuclearPronto apareció en Le Monde el extenso relato de Novais. Para responder a la intensa campaña desatada en el extranjero, no se le ocurrió a Manuel Fraga – entonces Ministro de Información y Turismo- mejor solución que ir a bañarse a la playa de Quitapellejos, cercana a Palomares, en unión del rumboso mister  Duke, embajador de Estados Unidos en España. Una idea descabellada, amén de surrealista, que culminaría en histórico y helado chapuzón en un mar invernal, con el solo objetivo de demostrar que sus aguas no estaban contaminadas. Y proseguía la farsa… la ininterrumpida oleada de afirmaciones, desmentidos, inicios de rescate del perdido ingenio nuclear y sucesivos fracasos de sus submarinistas. Por último, a las 8,40 de la mañana del 7 de abril, la postrera bomba, envuelta en su paracaídas,  fue izada a bordo del Petrel, de la poderosísima flota estadounidense. Al parecer, había pues, concluido la búsqueda.. Meses después, empezaba a ver cada día peor con el ojo izquierdo y fui al oculista, que diagnosticó una opacidad en dicho ojo y la inminente aparición de otra en el sano. Opacidades que, en lenguaje vulgar y corriente, equivalían a cataratas. Algo realmente absurdo en plena juventud y sin antecedentes familiares que justificasen tal precocidad. Ante tan gran anomalía los oftalmólogos de Barcelona aventuraron la hipótesis de que quizá se debiesen a algún traumatismo importante. Sin embargo, era más que alarmante que las referidas cataratas hubieran surgido de improviso, coincidiendo con mis idas y venidas de Palomares, cuando el pueblo estaba contaminado por las nubes de plutonio. Fuere como fuere, la cosa no tenía ya vuelta de hoja.

POR LAS RAMBLAS

“Camino, según creo, rambleo por las Ramblas

presagiando aventuras, siluetas fantasmales,

¿adónde voy? Lo ignoro, acudo desmadrado

en pos de sensaciones, de ausencias y momentos,

acaso hacia una cita tediosa y arriesgada.

Rumiaré yerbas mágicas, e insólitos brebajes,

escrutaré arbolarios y zorras disecadas,

ramblas-hotel-is-next-to-las-ramblas-of-barcelonapara luego embocar resuelto en mi andadura

las fauces de algún puerto sin naves ni horizontes.

Palomas, blancas parvas de procaces palomas,

me envuelven, me persiguen, me asfixian, palomean,

palomas gordinflonas, pesadas, agobiantes,

drogadictas palomas, palomas parturientas.

La rambla, que fue río, desciende desde el monte,

por doquier peces rojos, lustrosos, paranoicos,

apajarados pájaros, más libros, mujerío

al acecho del macho pedestre y trasnochado.

Proliferan los guardias, atardecen las hembras

en medio del ardiente clamor de las palomas

y el guirigay abstracto del tráfico rodado.

Guardias, gorriones, peces, palomas coñicortas,

escapo, desvarío, me refugio en el puerto,

subo a un barco indeciso, de derrotas inciertas,

tripulado por perros, gorilas y gaviotas,

los conejos fornican en la sala de máquinas

y un canguro borracho se masturba en el puente.

De las Ramblas al puerto cascadas de palomas,

rebullir de alas cálidas asediando la tarde.

fondo-landing-rambles-barcelonaMi mirada se pierde más allá de las olas

y se posa en islotes coralinos y abruptos,

las palmeras inician crepusculares danzas

y percibo el remoto palpitar de las frondas.

Peregrino de azul me alejo de las ramblas

escapando al embate procaz de las palomas.”

3“Apesadumbrado volví a Madrid. De nuevo la Galería, la actividad política, los encuentros y desencuentros, las aventuras pasajeras y un cierto desenfreno tras mi separación de la austríaca. A poco de llegar, me llamaron Lucía y Merche y sugirieron que las acompañase a una cena bastante íntima para celebrar la venida de Cristina, hermana joven de la primera. No me entusiasmó tal propuesta; una reunión más que sumar a la ininterrumpida procesión de cenas y almuerzos. Me equivocaba sin embargo. Había alguien importante en esa cena: la propia Cristina Maristany, una mujer muy bella y luminosa que, sin pretenderlo, me atraía irresistiblemente. Rubia, intensa, con ojos verdes, un tanto atigrados, que expresaban idealismo y nostalgia, había en su belleza espiritualidad y también un poso de lejanía e incertidumbre, como si permaneciera agazapada, al aguardo de algo trascendente. Sus ojos, su óvalo, el suave dibujo de su boca, su tez bronceada y el estilo… aquella mujer, ni alta ni baja, bien torneada y esbelta, tenía estilo y carisma.

Durante la cena, la observé y traté de adivinar su carácter. Acto seguido fuimos a bailar a una sala de fiestas, en El retiro y al aire libre. Pero yo no deseaba moverme de mi asiento, únicamente mirarla. En uno de los intermedios logré conversar con ella un buen rato. De viajes, de arte, de política, de revolución… un fascinante intercambio de ideas que me permitieron entrever una personalidad interesante, fraterna y similar a la mía en muchos aspectos. La inolvidable cena no pasó de ahí, de ese somero trueque de impresiones que me dejó lleno de añoranza. Meses después me dijeron que se había separado de su marido. Y, en Navidad, vino con Lucía a pasar una semana a Agua Amarga, en casa del arquitecto Díaz-Canedo. Llegaron al anochecer, y nos sentimos enamorados tan pronto como nos vimos allí. El reencuentro de dos seres quizás unidos desde siempre… Inesperado y maravilloso ese amor tan ardiente y profundo, en uno de los peores momentos de mi vida, ya en trance de quedarme ciego en breve plazo.

Anduvimos juntos de cala en cala. Y una mañana nos acercamos a la playa de Los Muertos: rocas oscuras, cuevas, arrecifes, y el colosal peñasco en 7el centro al borde del agua… En el mar, no lejos del peñasco, escolleras enanas hendidas por minúsculos fiordos alargados por donde discurría melodioso el oleaje. Nos tendimos al sol y nos dimos al amor y la ensoñación. Estábamos inmersos en una atmósfera de musicalidad y de misterio, a la vera de la Punta de Los Muertos, de la que brotaban sobrecogedores rumoreos cuando la mar batía los rompientes y penetraba sus cavernas.

Aquella tarde la conduje al Cerro de la Oficina. Su entusiasmo se desbordó ante la grandiosidad y la magia del paisaje que se divisaba desde la altura. Nos aposentamos en la balconada encima de los farallones y me expresó ella su pasión por el colorido del mar en Cadaqués, de un gris plateado. Y, como respondiendo a sus loas, se tornasoló entonces Thalassa prodigiosamente. Y advertí que Cristina, además de captar el encanto y la hermosura de la zona, había intuido su embrujo y su poder oculto…Mortificantes la sensación de claustrofobia y el vértigo producidos por una ceguera en estado avanzado. Tropezar con cualquier objeto, caerse a menudo, no poder leer ni escribir, ni percibir siquiera los rasgos de alguien; depender casi b8bfda_1132f42b8b9b4851890499ba86c97bb7totalmente de los demás y sentirse débil, inútil y desvalido; no abarcar con los ojos las distancias ni observar los relieves y siluetas; amar rodeado de sombras y oscuridades, sin ver a quien se ama… Mi situación iba haciéndose insufrible, en especial cuando me hallaba solo y asediado por negros resquemores. Fue en tan amargos días cuando se inició el Mayo Francés. Y a París marchamos Cristina y yo, representando a diversos sectores ideológicos de la universidad, con el fin de ponerlos en conexión con los universitarios europeos y abrigando el proyecto de crear una internacional estudiantil.

En aquellos momentos cruciales nos entrevistamos con algunos líderes y nos metimos de lleno en el vértice del remolino revolucionario. Maravillosa la vitalidad de esas semanas que pudieron cambiar el rumbo de la época. Días apasionantes, convertida mi compañera en una especie de lazarillo de un ciego que se esforzaba por disimular su invidencia. Idas, venidas y cambios de impresiones con ácratas y marxistas, sin alcanzar a contemplar lo que allí acontecía con mi mirada…

Pasó aquel tiempo entre viajes de aquí para allá. Había que operarse sin más demoras. Suiza era el lugar elegido. Pero cuando íbamos camino de Ginebra,  me sorprendió, en Barcelona, un glaucoma intensísimo en el ojo izquierdo. Unos dolores tremendos. Hubo, pues que cancelar el viaje a Suiza. Esa misma noche me condujo Cristina a la Clínica Barraquer, donde me sometieron a un tratamiento de urgencia. Imposible huir ya de la operación; viéndome obligado a aguantar dos operaciones en vez de una, al insistir el glaucoma en sus embestidas.

atahualpa-yupanqui-jpgDías duros e interminables, tendido y casi inmóvil en incómoda cama, tapados ambos ojos por unas hueveras. Un par de semanas de aislamiento y clandestinidad, pues eran pocos los que sabían dónde estábamos. La abnegación y el amor de Cristina fueron decisivos en aquellos momentos de postración y asfixia psicológica. Me animaba, se desvivía por cuidarme, me leía libros y periódicos, cuando no ponía en marcha el tocadiscos y me serenaba con las nostálgicas y bellas canciones de Atahualpa Yupanqui. Al escucharlas, mi pensar vagaba por las cumbres andinas y cabalgaba por las pampas y quebradas persiguiendo quimeras. Y de esta manera iban rompiéndose las horas, siempre a la espera de volver a ver y tornar a caminar. Al fin me dieron el alta y durante el transcurso de un mes seguí sometido a estricta revisión, al tiempo que reaprendía a andar normalmente, calculando los pasos con justeza, porque objetos y distancias se agigantaban al principio.

Pero no todo consistía en readaptarse físicamente. Gran desazón me causaba el tener que utilizar unas gafas extremadamente gruesas. Pesaban mucho e incidían en mi rostro y en mi expresión. No, no era yo el mismo con esas gafas de ratón de biblioteca o de coleccionista de escarabajos. Ante el espejo me veía envejecido y bastante deteriorado. Pero, ¿Qué importancia tenían esas nimiedades? Había recuperado la visión y me maravillaba como una criatura al contemplar cuanto me rodeaba y captar su belleza. Los árboles, las flores, las mujeres, los colores y perfiles, atardeceres, atardecidas y noches estrelladas… Pero sobre todo el mar, cuyo recuerdo me perseguía en los siniestros meses de cegazón…”

Agua_AmargaLas aventuras vividas por aquellas tierras fueron muchas y de lo  más variadas. Al conjuro de nuestra llamada eran muchas las personas, a cual más interesante, que aterrizaban por allí. Jamás olvidaré cuando, mostrándole Agua Amarga a Cristina y los terrenos que había ido comprando en la zona de poniente, me dijo que me había equivocado, que la verdadera grandeza y magia de Agua Amarga estaba en el monte que la protegía por Levante, ese viejo monte donde reposaban las ruinas del viejo embarcadero de la mina al que nosotros, cariñosamente, llamábamos Machu Pichu. Y lo compramos. Vendimos todo lo que teníamos para hacerlo. Machu Pichu sería nuestro sueño. Nuestro proyecto era hacer de aquella zona un paraíso ecológico, cooperativista, totalmente integrado en el paisaje en el que sus habitantes pudieran vivir en paz y armonía con la naturaleza.

Para ello no dudamos en traer a Agua Amarga a los más famosos arquitectos del país: El primero fue Roberto Puig, pionero como yo de la zona, que nos habló de una promoción asombrosa bordeando un lago artificial y un extraño teleférico que uniría Machu Pichu con la Mesa Roldán. Tras Puig fue Francisco Juan Barba Corsini quien apareció, precedido por su fama de ser el creador de Binibeca en Menorca. Tras estudiar la zona, también se
geocambiosdecantó por construir un lago y en reconstruir las ruinas de la vieja mina acompañando todo aquello de una habilitación de cuevas que se integrarían totalmente en el paisaje. Tras Barba, Mario Gaviria, un urbanista sociólogo, profundizó aún más en la idea de las cuevas. Y tras estos sabios arquitectos también vino a dar con sus huesos en Agua Amarga Ricardo Bofill que propuso que se reconstruyeran las ruinas y edificar, únicamente, un aparthotel en forma de pirámide  de tonalidad ocre o rojiza. Y no solo arquitectos vinieron a proponer sus sueños, sino pintores también, como Joan Fluviá o Manolo Calvo que, empecinado trotskista, nos propuso implantar una serie de kibutzs donde todo sería comunitario.

Y, entre tanto ir y venir de afamados arquitectos y pintores, la praxis arquitectónica se redujo a clavar unos postes de hierro y tender un cañizo en la terraza del bar que acababa de poner en marcha, un bar que, en honor a García Márquez y a la surrealista realidad de aquel diminuto pueblo, bauticé como Macondo. Novais, mi viejo amigo, al verlo fue quien mejor definió todo lo que había pasado: “Nunca se juntaron tantos para hacer tan poco”

Sobre Carboneras se cernía un ciclón, a no dudar devastador y siniestro. Una operación astutamente urdida consistente en la implantación de 1gigantesca factoría cementera en una zona próxima a la playa del Corral y no muy lejana de la de Los muertos. Para ello, protegidos por las autoridades de Almería, las de antes y las de después de Franco, emprendieron una campaña de mentiras y promesas que tuvo gran éxito entre un pueblo necesitado de futuro. Una intoxicación asombrosa y admirablemente orquestada. Los progresistas de siempre aparecíamos como reaccionarios, en tanto que los ultraconservadores predicaban la paz, la revolución social y el progreso a ultranza. De nada sirvió nuestra numantina resistencia o que organizásemos actos desenmascarando el engaño. Cristina, yo y los pocos que nos oponíamos a aquel desastre nos sentíamos como Gary Cooper en “Solo ante el peligro”. Nos hicieron el vacío y hubo hasta intentos de agresión. No pudimos impedirlo. Comenzaron las obras de la fábrica entusiásticamente apoyadas por las gentes del pueblo a las que les habían prometido trabajo y la construcción de un puerto pesquero. Desolador ver cómo crecía aquel monstruo fagocitando uno de los parajes más hermosos de aquella costa. Acabadas las obras y puesta en marcha la fábrica los carbonereños comprobaron en sus carnes el engaño del que habían sido objeto. Nos propusieron entonces unirnos a una plataforma que habían creado para exigir la demolición de la fábrica. Tarde, demasiado tarde…

También Mojácar había perdido encanto. Al contemplar las nuevas construcciones y las grisáceas y tediosas masas de turistas, resultaba difícil imaginar las maravillas de antaño. A no dudar, lo soñadores habíamos fracasado en cuanto emprendimos.

Hasta a Agua Amarga había llegado, en verano, la avanzadilla de la marabunta burguesa que acaba por conquistarlo todo. Pero el resto del año, ¡Ah el resto del año seguía siendo nuestra! Semana Santa era la época en que solíamos reunirnos allí la mayor parte del rojerío del país. Allí coincidían
ElPlayazolíderes estudiantiles, sindicales, y de casi todos los partidos no legalizados. Gentes de la ORT, del PC, del MC, de la Liga y ácratas de todos los colores solíamos encontrarnos allí por aquellas fechas y celebrábamos multitudinarias cenas en las que, por consenso, se había decidido hablar de todo menos de política. Así las conversaciones versaban sobre poesía, pintura, paisajes y demás bellezas. Una de esas noches ocurrió algo que marcaría el devenir de la zona. Reunidos una cincuentena de rojos rojísimos en torno a una mesa del Bar de Caparrós, bueno todos no, como siempre los de la ORT estaban en la mesa de al lado, estábamos dispuestos a gozar de una de nuestras ya célebres cenas. La cosa no fue como otras veces ya que, a la insípida ensalada y el aguado vino que nos pusieron le siguió una raquítica ración de cabrito. Hambrientos reclamamos que nos trajeran el resto de los tres cabritos que habíamos encargado para la cena. Inútil demanda. No había más. La nota, cuantiosísima, llegó junto a unos desangelados helados. El cabreo fue mayúsculo pues aquello era una estafa en toda regla. Caparrós padre delegó la negociación en Caparrós hijo, un casi adolescente tontilisto al que no se le ocurrió mejor idea para acallar nuestras airadas protestas que presentarse en el comedor con las cabezas de tres cabritos y arrojárnoslas a los pies. La respuesta no se hizo esperar. Los ácratas cogieron las cabezas y, tras empalarlas, salieron en manifestación por todo el pueblo. Todos les seguimos, excepto los de la ORT, que se quedaron en su mesa  cantando la Internacional, eso sí, en todos los idiomas. No tardó en llegar la guardia civil y conminarnos a que pagásemos y nos fuéramos a nuestras casas si no queríamos tener problemas. Cristina, no podía ser otra, se enfrentó al cabo y le dijo que aquello era una injusticia y que de allí no se iba ni Dios. Achantado, el cabo se dio media vuelta y regresó al cuartelillo.  Horas después, serían ya las seis de la mañana, nos despertó María, la encargada de los apartamentos para avisarnos de que la guardia civil iba a detener a todos los que habíamos estado en la cena. Avisamos como pudimos a todos los amigos y más de uno puso pies en polvorosa antes de que amaneciera.

Con JUlián Marcos y otros muchos amigosDos años después volvimos a coincidir muchos de los que estuvimos en la cena de “la cabra” con motivo de la manifestación de protesta por la muerte de Javier Verdejo, el joven almeriense asesinado por la guardia civil por escribir en un muro “Pan, Trabajo y Libertad”. Le mataron antes de que hubiera podido acabar siquiera su pintada. La represión de la manifestación fue brutal. Nos zurraron de lo lindo y hubo varias detenciones. Lo más curioso fue que, tiempo después, al comentarlo, los que fueron detenidos coincidieron al relatar que más que interrogarles por la manifestación o la vinculación con javier Verdejo, lo que querían que confesaran era quiénes habían estado en la célebre cena de la “cabra”. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo que aquella cena había significado para el Gobierno: entre los asistentes a ella los años de cárcel cumplidos superaban los cien.

1326723642292Fue en la época de la cena de la cabra cuando, en el hotel Tívoli de Lisboa, presentamos a Santiago Carrillo a Enrique Tierno. Por extraño que parezca, no se conocían. Yo había colaborado estrechamente con Tierno desde mis años de juventud, pero llevaba ya varios años militando con Cristina en el PCE. El encuentro fue del todo surrealista. Sentados a la mesa estábamos Cristina, Tierno, Carrillo y yo: una mujer y tres hombres operados de cataratas. No quiero ni imaginarme lo que debieron pensar los policías españoles que, a buen seguro, debían vigilarnos, oyéndonos hablar de maravillosas gafas, eróticas lentillas y milagrosos colirios. Aprovechando que Carrillo se levantó para ir al baño, le preguntamos a Tierno qué le había parecido: “Fantástico, contestó, todo ha ido muy bien porque los dos tenemos un marcado carácter eclesial”

“El 25 de abril nos conmocionó la noticia del final de la dictadura portuguesa. El aldabonazo del hombre ibérico llamando a la puerta del destino en medio de un clamor de canciones y claveles rojos. Una revolución liderada por un comandante del que nada sabíamos: Otelo Saraiva de Carvalho. Llenos de júbilo nos encaminamos a Lisboa, Cristina y yo, acompañados por Julián Marcos y el cámara Roberto Gómez. Con premeditada lentitud rodamos por las pintorescas campiñas del Alemtejo. Grupos de campesinos nos saludaban puño en alto y enarbolando escopetas, banderas rojas y guadañas. Estaba ya iniciándose la colectivización de los extensísimos latifundios y miles de voces entonaba Grândola Vila Morena. Una oleada de vitalidad y emoción nos estremeció en Lisboa. En los muros de las casas cantidades ingentes de posters a cual más imaginativo, revolucionario y poético. Y, por doquier, mítines, encuentros, conciliábulos, manifestaciones…

378_05Nos quedamos varias semanas en Lisboa donde participábamos en reuniones políticas y culturales, leíamos libros, periódicos y revistas, y entrábamos en relación con personalidades disparejas, desde el moderado Sa Borges, del Partido Democrático Popular, al avanzadísimo Partido revolucionario del Proletariado, encabezado por Isabel Do Carmo y Carlos Antúnez, además de breves entrevistas con Alvaro  Cunhal y Mario Soares. En la vivienda de Carlos e Isabel cenamos una noche con Otelo, sin discusión el hombre fuerte del ejército y quizá del país; hombre atractivo y carismático con el que intimamos en seguida. También iniciaríamos una interesante amistad con el almirante Antonio Rosa Coutinho, persona de gran talento natural, verdadero artífice del proceso de independencia de Angola, donde era muy querido. Creía Coutinho en una federación de Pueblos Ibéricos y en la confederación con todas las naciones a ambas orillas del Mediterráneo.

Pero no todo era claveles rojos, risas y optimismo en el país hermano. Existía también un considerable porcentaje de reaccionarios, en especial en las provincias norteñas. Hacia el norte, pues, marchamos acompañando a unas avanzadillas de las Fuerzas Armadas dedicadas a la alfabetización y esclarecimiento cultural y político de las comarcas deprimidas. Su cuartel general estaba en Braganza y, desde allí, nos encaminábamos por remotos parajes, impartiendo ideas y conocimientos, en tanto que los expertos construían escuelas, pozos y carreteras, repartían abonos y extendían líneas eléctricas y telefónicas por todas partes. Durante algún tiempo les seguimos en su evangélica andadura. En verdad, una experiencia intensa que jamás olvidaríamos.

descargaRegresamos a España a la vez eufóricos y más que preocupados por la situación peninsular. Poco cabía esperar de un país dominado  por una oligarquía y unos militares ultraconsevadores y desprovisto de una izquierda eficaz y con visión de futuro. Conocíamos bien a la mayoría de nuestros politiquillos, gente de escasa monta y ávida de trepar por las cucañas del poder. Únicamente Enrique Tierno y Santiago Carrillo… Tal vez únicamente…

Nuestras predicciones irían cumpliéndose. Hasta el poderoso Partido Comunista, el único eficaz y disciplinado de la oposición al franquismo, se avendría a pactar todo lo pactable y a ceder en cuestiones fundamentales. Los exiliados tenían prisa, demasiada prisa, en volver al país. Y los nuevos dirigentes de un socialismo escaso y dividido se apresuraban a obedecer los dictados de alemanes, ingleses y norteamericanos, participando unos y otros en la llamada Reforma, urdida desde dentro por quienes siempre detentaron el poder. Un más que habilidoso montaje con profusión de abrazos, cenas, almuerzos y demás reuniones. Había hambre de puestos y prebendas. Y todo estaba atado y bien atado desde las alturas del capitalismo internacional. ¿Para qué decir más? Los acontecimientos fueron acelerándose en el último año de la vida del dictador, culminando en la vergonzante retirada del Sahara, la muerte de Franco, la consiguiente implantación de la Monarquía y el triunfo de la No Ruptura. Para unos, un ejemplo de transición pacífica a la democracia; para los más coherentes, la renuncia a un verdadero cambio y el fin de un bello sueño…”

foto1Tras la legalización del PCE nos fuimos por su izquierda. Cada día tengo más claro que ni Cristina ni yo nacimos para soportar la disciplina de los partidos. Fuimos por libre, abrazando todas las causas que considerábamos justas: el pueblo saharaui, el derecho de autodeterminación de Euskal Herria, la revolución nicaragüense, Cuba, nuestra adorada Cuba… Conscientes de que el PSOE que nos trajo Felipe no iba a ser el socialismo tan largamente esperado por muchos y que nos metería de cabeza en la OTAN, a pesar de todas las promesas, decidimos movilizarnos y nos fuimos a Portugal a ver a Otelo, con quien habíamos mantenido una excelente relación que se había consolidado cuando le presenté a varios de los fundadores de la Unión Militar Democrática (UMD), en la que también yo participaba por mi antigua condición de militar con el nombre de guerra de Comandante Félix. Fue Otelo quien, en Lisboa, nos animó a crear un comité anti OTAN. En la primera reunión que mantuvimos en Madrid no éramos más de doce. Contactamos con los verdes alemanes. Petra Kelly y Gerd Bastian, con quienes entablamos una gran amistad, nos acompañaron en todos los actos. Llegamos aponer a medio millón de personas en la calle. Pero no fue suficiente. Felipe nos traicionó y pasamos de aquello del “OTAN, de entrada no”, a estar metidos hasta en la estructura militar, aunque en el referéndum se dijera que nunca perteneceríamos a ella. Fue él quien tuvo la idea de que creásemos un comité Anti Otan.

carlos-cano-carloscanoLos apuros económicos fueron una constante en mi vida. Fueron ellos los que me obligaron a pedir mi reincorporación a la carrera diplomática. Lo hice, y fui nombrado director de relaciones culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores. Fascinante trabajo aquel ya que me permitía apoyar a cuantas personas y proyectos de interés pasaron por mis manos. La gira por Marruecos del entonces casi desconocido Carlos Cano con sus Crónicas Granadinas fue una de las cosas que hice con mayor placer.

Poco después empecé a sentir una extraña fiebre que se empeñaba en acompañarme a todos sitios y a todas horas. Consulté con médicos, sabios y eruditos. Ninguno acertaba a diagnosticar el origen de mi mal. De consulta en consulta y de médico en médico, mi deambular me llevó a los sitios más insospechados hasta que la palabra cáncer entró en mi vida. Debía aguardar el resultado de unas pruebas que tardarían cuatro días en llegar. foto-cv-cristinaImposible la espera, imposible no hacer nada. Sin dudarlo, cogí el coche y me dirigí al Sur, a mi adorado Sur. Allí, frente a Thalassa, abrí mis brazos para fundirme en un abrazo cósmico con la naturaleza que tanto había amado. Una parte de mí, de ese hombre que nunca existió, murió dos años después, el 17 de noviembre de 1990. La otra sigue viva en Cristina, mi compañera de amores, sueños y quimeras durante veinticuatro maravillosos años de mi vida. Esta noche ella está aquí, con nosotros…

(Extracto del monólogo Rafael Lorente, el hombre que nunca existió, de Carlos Olalla)

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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