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No dejéis nunca de mirarnos a los ojos

foto-2Sois lo mejor de vuestra tierra, los mejores de cada calle. de cada aldea. Salís de un mundo que agoniza para llegar a otro que rebosa muerte. Atrás dejáis lo que sois, lo que no tenéis, dejáis lo que amáis, a vuestra gente, esa gente que a diario muere de hambre mientras nosotros miramos a otro lado. Sois su esperanza, su única esperanza. De que saltéis una valla pende su destino, de que crucéis un mar su vida. Por eso no hay valla o mar que os pueda detener. Os va la vida en ello y lo sabéis, pero también sabéis que serán ellos los que morirán si no lo intentáis. Esa es vuestra tragedia. Esa es vuestra grandeza. Cuatrocientos de vosotros moristeis el lunes, setecientos más esta noche en el oscuro mar de nuestra incomprensión. Mil cien jóvenes que no podrán gritar “Bossa”, “Victoria”. Mil cien muertos que por no tener no tendrán ni sepultura. Mil cien cadáveres en el mar de la ignominia. Mil cien sueños rotos en el oscuro universo de las noches sin luna. Mil cien desgarrados gritos en el silencio de nuestros sordos corazones. Mil cien golpes en la oxidada puerta de nuestra conciencia. Mil cien razones para tender nuestra mano abierta,,, Mil cien muertos en una semana ¿Cuántos más hacen falta para que reaccionemos?, ¿Hasta cuándo tendréis que morir para que admitamos vuestro derecho a vivir?

Nos hablan de vosotros como si fuerais una amenaza, un peligro, una catástrofe. Nos callan de vosotros que 5sois esperanza, sueños y alegría. Vuestro viaje, como el que desde que el hombre es hombre hicieron vuestros antepasados, no es más que un viaje hacia la vida, una huida de la muerte. Venís sin equipaje, solo con esperanza. Llegáis a un mundo nuevo que pensáis que es como lo habéis visto por la televisión, infernal máquina que oculta la verdad para pregonar la mentira y el sinsentido de nuestra existencia. Sabéis que será difícil llegar, también sabéis que, una vez aquí, no lo tendréis fácil. Pero en la partida de la vida nadie quiso daros buenas cartas. Lo asumís. Lo aceptáis. ¡Qué remedio! No os han dejado otra alternativa. Son las reglas de un juego inventado por otros que os obligan a jugar. Se llama libre mercado y, quienes lo crearon, solo quienes lo crearon, dicen que es equitativo y justo. De nada sirve que tengáis razón o que el derecho esté de vuestro lado. La partida de vuestra vida se juega con cartas marcadas. Imposible ganar. Imposible dejar de jugar.

Vuestros abuelos os dijeron que Dios creó al hombre. La vida os ha enseñado que han sido los hombres los que han creado a sus dioses, esos dioses 12que callan y miran a otro lado mientras vosotros morís, esos dioses que no escuchan vuestras plegarias, que ignoran vuestro rezo, esos dioses a los que nadie ve, quizá porque nunca han existido… Pero vosotros sabéis que los verdaderos dioses existen, que están en el fondo de cada ser humano, de cada atardecer, de cada gota de lluvia, de cada árbol, de cada fruto… Por eso seguís adelante, siempre adelante. Es imposible que esos dioses, los dioses de la vida, los únicos que existen, os den la espalda. La muerte está ahí, meciendo la patera, acechando en la noche, disfrazada de concertina, uniformada de policía, trajeada de político, vestida de juez… La muerte está ahí, siempre está ahí. Pero vosotros seguís adelante, siempre adelante, porque sabéis que vuestros dioses, esos que no ha creado el hombre, os acompañan, siempre os acompañan…

Setecientos de vosotros habéis muerto esta noche. El agua, símbolo de vida, se ha tornado realidad de muerte para vosotros. Setecientos habéis muerto esta noche. No habrá funerales de Estado, ni primeras planas en los diarios, no titulares en los noticiarios… porque vosotros no existís, sois nadies, sois números: Setecientos. Tampoco tenéis nombres, solo sustantivos: no sois 3Abdul, Fatoumata o Mohamed, sois inmigrantes, subsaharianos o clandestinos. No quieren que conozcamos vuestros nombres, que tengáis cara, que escuchemos vuestra historia. Debéis seguir sempiternamente condenados a ser sustantivo, número y olvido. En caso contrario podríais cobrar vida, ser personas, ser como nosotros, y eso, nuestros dioses, no lo aguantarían.

Venís aquí con vuestros sueños y con los sueños de todos los que dejasteis atrás. En vuestra aventura no cabe otra cosa que eso, el valor y la alegría, la inmensa alegría de luchar por lo que es justo, por lo que es vuestro: el derecho a vivir. Cuando llegáis aquí os recibimos con muros y vallas, os saludamos con pelotazos de goma, os ahogamos con botes de humo. Son los guardianes de nuestro imperio, de nuestro estado del bienestar, de nuestro modo de vivir, quienes nos defienden de vosotros, de lo que representáis, de lo que sois: seres humanos que solo aspiran a no morir de sed en el helado océano de nuestra codicia, diáfanos espejos del egoísmo que anida en nuestros corazones. Traéis vuestras canciones y vuestros colores a un mundo que muere por falta de amor, que agoniza por falta de generosidad, que expira por falta de solidaridad…

ConstanzaHace doce años el Constanza, un barco de guerra de la marina rumana, realizó una travesía por diferentes puertos del Mediterráneo en un proyecto llamado ODISEA 2003. A bordo llevaba artistas. Al llegar a cada puerto los actores, músicos, poetas y gentes del circo actuaban gratuitamente en la cubierta del barco llevando un mensaje de paz y esperanza. Cuando el Constanza navegaba entre Lampedusa y Argelia, al llegar a la posición donde se había hundido una patera y habían muerto ahogados decenas de inmigrantes, pararon las máquinas y el capitán leyó este poema anónimo:

“Llegasteis desde muy lejos para alfombrar nuestro mar.

Sois nuestros invitados.

Hermanos venidos en un barco sin nombre.

Vosotros habéis llegado desde África para alfombrar nuestro mar.

Con vuestros cuerpos. Con lo único que os quedaba en la vida.

Nos habéis dado todo.

Sois nuestros invitados, hermanos anónimos.

Venid. Entrad en nuestras conciencias. Estáis en casa.

Tomad nuestras flores, nuestras palabras, nuestras músicas.

Ponéoslas.

17¡Os sientan tan bien!

Que ellas os alimenten durante la travesía.

Que los delfines acompañen vuestro silencio.

Y las sirenas velen vuestro sueño.

Nosotros os inventaremos nombres.

E imaginaremos vuestras sonrisas.

Y pasearemos una y otra vez sobre esta alfombra regalada.

Para que el mundo que pretendíais alcanzar se hunda en su

propia vergüenza.

¡Salud, hermanos de negritud!

¡Salud, hermanos de soledad!

¡Salud, hermanos de nuestro mar!

8Venís del Sur, venís con vuestros sueños para traernos vuestra pasión por vivir. Atrás dejáis el sufrimiento, el dolor, la injusticia, la guerra, el hambre o la miseria. Llamáis a nuestra puerta, pero nadie abre. Pedís ayuda, pero nadie responde. Miráis a nuestros ojos, pero nadie os ve. No quieren que os veamos. Os quieren lejos, muy lejos, solo en el periódico o la televisión. El odio y la ignorancia con el que nos educan, con el que nos mienten, permite que nuestros 1420814300_756873_1420817007_noticia_normalpolíticos levanten vallas cada vez más altas. Ellos, que llamaban muro de la vergüenza al muro de Berlín, levantan hoy esas vallas que, como nuevos muros de la vergüenza, intentan negaros la entrada a un mundo que es tan vuestro como nuestro, porque la dignidad, la justicia, el amor o el hambre no saben de fronteras. Intentan alejarnos de vosotros negándoos un nombre, convirtiéndoos en un adjetivo, siendo un número, ocultando que sois personas, haciéndoos invisibles. No dejéis nunca de mirarnos a los ojos, porque solo en vuestra mirada, solo en vuestros ojos, hallaremos la luz de nuestro corazón, esa luz que hace desaparecer la ignorancia y el odio. No dejéis nunca de mirarnos a los ojos. Sois nuestra esperanza.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?