Calvary-252161359-largeHacía años que una película no me impactaba tanto. Calvary, de John Michael McDonagh, es una de esas películas que te llegan a lo más hondo. La historia es tremendamente original: un cura escucha en confesión que un vecino de su pequeño pueblo le va a asesinar. Ese cura es un buen hombre, un hombre de mirada y corazón limpios, una víctima inocente de la locura de alguien a quien destrozó la Iglesia. A partir de ahí, en un Calvario renacido, ese sacerdote vive una semana de dolor intentando averiguar quién y por qué le quiere matar, quien y por qué le ha dado un plazo de una semana para poner en orden sus cosas y despedirse del mundo, una semana en la que decidir si huye o se enfrenta cara a cara a la muerte, una semana en la que saber si realmente es capaz de perdonar. En ese particular vía crucis el sacerdote irá viendo que la realidad de su comunidad, esa realidad que él sentía tranquila y sosegada, no es lo que parece. En su pequeño pueblo viven todas las miserias, en sus vecinos todas las ignominias, en su corazón solo la esperanza. Sobre los hombros de ese buen hombre vemos una Iglesia desgarrada y un mundo que agoniza. Esa es su cruz: enfrentarse a un universo que se derrumba, y hacerlo solo, absolutamente solo. Calvary bebe de otras películas míticas, como “Yo confieso” o “Solo ante el peligro”, en cierta medida es un thriller y es un western, pero sobre todo es una historia que nos interpela sobre nuestro papel en el mundo, sobre qué hacer frente a la injusticia, sobre qué hacer frente a la muerte…

Ambientada en Irlanda y contada a través de los ojos de un cura católico, ni es una película irlandesa ni un panegírico religioso, sino una historia universal de amor, de entrega y compromiso, una profunda reflexión sobre la fe en Dios y, sobre todo, sobre la fe en el ser humano.

La película no puede tener un inicio más impactante. Un plano secuencia de cuatro minutos del cura en primer plano dentro del confesionario al que la 8
voz del hombre que se está confesando empieza diciéndole: “Probé el semen por primera vez a los siete años” Es en ese momento cuando el cura se entera de que otro cura destrozó la vida de ese hombre y que, como venganza, le va a asesinar a él. Plantear esa secuencia como un plano fijo del cura escuchando su sentencia de muerte es uno de los inicios de película más impresionantes que he visto en mi vida.

La historia que nos plantea McDonagh se basa en un guion formidable, una dirección portentosa y unas interpretaciones antológicas de todo el 11reparto en el que Brendan Gleeson, dando vida a ese cura, hace, para mí sin duda, una de las mejores interpretaciones de la historia del cine. Ver actuar a Gleeson es adentrarte en sus entrañas, es sentir la angustia y la lucha interior que vive su personaje, es compartir ese calvario con él. Presente en casi todas las secuencias del film, la impresionantemente sobria presencia de Gleeson da vida a la película. Actor irlandés que, antes de dedicarse a la interpretación, fue profesor de escuela y que, además es un consumado interprete del fiddle, el violín celta, ha desarrollado su carrera profesional a ambos lados del Atlántico encarnando, 7normalmente, personajes secundarios de “malos” a los que les ha dado su sello personal (Bravehart, Gangs of New York, algunos episodios de Harry Potter, Misión Imposible II, Las flores de Harrison…) Es uno de esos actores “secundarios” que tienen un potencial impresionante aguardando a que alguien les quiera dar una oportunidad. Fue precisamente de la mano de McDonaugh cuando tuvo la oportunidad de tener uno de los papeles protagonistas que le han permitido dotar a su personaje de todos los matices que él es capaz de ofrecer. Fue en “The guard”, conocida aquí como “El irlandés”, en la que interpretaba a un policía irlandés corrupto y racista. Fue rodando esa película cuando McDonaugh le habló de Calvary y le preguntó si estaría dispuesto a interpretar a un hombre bueno. “Sí, sin duda” le contestó Gleeson, consciente de que interpretar ese papel suponía un reto personal al que no podía resistirse.

1La humanidad del personaje que Gleeson interpreta en Calvary viene dada por la historia personal que vivió antes de hacerse cura, la historia de un hombre felizmente casado, que tiene una hija a la que quiere pero de la que vive distanciado, y al que la pérdida de su mujer lleva al alcoholismo. Su fe en el ser humano y su proceso de búsqueda de sí mismo y de su lugar en el mundo le han ayudado a dejar la bebida, pero conocer el abismo, el horror de la autodestrucción, le permite comprender el sinsentido de las personas con las que vive. La visita de su hija, convaleciente de un frustrado intento de suicidio, marcará la semana de dolor que le ha tocado vivir. Tendrá que enfrentarse a sus propios demonios, a su infierno personal, a sus dudas y sus miedos. En ese cura tan humano vemos reflejado el drama del ser humano actual, el drama de quien, con unas convicciones muy sencillas y un profundo amor a todo lo que le rodea, intenta ayudar a los que lo necesitan no dándoles consejos o moralinas, sino escuchándoles, simplemente escuchándoles y haciéndoles sentir que él siempre está ahí, abierto y desarmado, para quien lo pueda necesitar.

Conforme van pasando los días y su cita con la muerte se acerca, le vemos deambular solitario por las calles de su pequeño pueblo visitando a sus vecinos, ocupándose de ellos, dándose a ellos… y enfrentándose en soledad y silencio a su destino. En 21cada encuentro aprende algo nuevo, cada persona le muestra algo que él no conocía, cada instante de su vida es una oportunidad para probar su fe en el ser humano. El cura al que Gleeson da vida es un hombre bueno, pero no un hombre perfecto. Tiene sus momentos de duda, de miedo, de debilidad. Eso es lo que le hace tan humano, tan tremendamente humano. No es un héroe, simplemente es una persona como tú o como yo, que se enfrenta a su destino. ¿Cómo reaccionaríamos si conociésemos cómo y cuándo vamos a morir?, ¿Qué haríamos frente a esa situación?, ¿Seríamos capaces de enfrentarnos a la muerte, o intentaríamos luchar con todos los medios a nuestro alcance para seguir vivos?, ¿Huir es un acto de cobardía o de sentido común?, ¿Enfrentarse a la muerte es una locura, un suicidio, una rendición?, ¿Cómo afrontar los que pueden ser últimos días de nuestra vida, qué hacer con los seres a los que queremos, qué hacer con nosotros mismos?, ¿Qué queda en ese momento de nuestras más firmes convicciones, de nuestra fe en Dios o en lo que sea, de todo aquello en lo que creíamos…? La muerte es una maestra de la vida. Enfrentarnos a ella nos enseña a amar.

Las películas de McDonaugh están llenas de símbolos, cada fotograma es un símbolo. Su cine es poesía, cada imagen es un verso, un verso que nos 15interpela y nos llega a lo más hondo, allí donde realmente somos nosotros mismos. Por eso suele decir que hace películas para que sean vistas varias veces, porque solo viéndolas una y otra vez eres capaz de captar todos los detalles, todas las sutilezas y matices que, pacientemente, ha depositado en sus films durante los años que le lleva hacerlos. Fueron más de cuatro los que Calvary estuvo rondándole por la cabeza, más de cuatro años de escribir y reescribir la historia, de vivir y revivir las situaciones por las que sus personajes tendrían que pasar, de crear y recrear el particular, y a la vez universal, mundo en el que se iban a mover. calvary-movie-brendan-gleeson-movie-review-film-re21McDonaugh es de los que no dejan nada a la improvisación. Le da una y mil vueltas a todo, lo habla con sus actores, lo vive en las localizaciones, comparte hasta lo aparentemente más nimio con los miembros del equipo para, una vez decidido el camino a tomar, dejarse guiar únicamente por su instinto. Un instinto que le permite adentrarse en universos aparentemente tan inconexos como el ambiente irlandés de Calvary y el tema que ha escogido para los títulos de crédito finales de la película: Subo, de Eduardo Falú, una canción argentina de 1962. Y McDonaugh tiene razón. Sus películas son para ser vistas muchas veces. No hace ni tres días que vi Calvary… y ya he vuelto a verla.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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