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Yolanda, eternamente, Yolanda…

2Tenías 19 años, una intensa vida a tus espaldas, la que nos diste a los demás, y mil vidas por vivir, las que te pertenecían, las que eran tuyas, las que te robaron. Eran tiempos difíciles, tiempos de esperanza, tiempos lucha y compromiso, tiempos de darlo todo… y tú, por dar, nos diste hasta tu muerte. En tus ojos, en esos enormes ojos tuyos donde habitan nuestros sueños, aparece, reflejado, el mundo que vendrá, ese mundo que quienes te dispararon no podrán evitar, que quienes te asesinaron a sangre fría nunca podrán matar. Pronto entendiste que, como decía Bergamín, vivir es pensar y pensar es comprometerse. Y lo hiciste. No lo dudaste ni un momento. A los dieciséis te afiliaste a las juventudes socialistas. Pronto las dejaste atrás para incorporarte al Partido Socialista de los Trabajadores. Eras trotskista, trotskista y pacifista. Por eso eras un arma cargada de futuro. No podían perdonarte que tuvieras la razón y que quisieras defenderla desde la no violencia. Paradojas de la vida, a ti, que condenaste la violencia, te asesinaron diciendo que eras de ETA. A ti, que eras internacionalista, te torturaron acusándote de abertzale. A ti, que eras ese nuevo mundo que nace, te asesinaron los que querían anclarnos a todos en el pasado más cruel y rancio de su dictadura.

Tus asesinos andan sueltos. Los diferentes ministros del Interior de nuestra mal llamada democracia les han cobijado y dado trabajo. Lo siguen 10haciendo en nuestros días contratándoles como expertos de sus Audiencias Nacionales y “educadores” de sus policías: Policía Nacional, Guardia Civil, Mossos d´Esquadra, Ertzaina… todos han contratado a esos lobos para que formen a sus lobeznos. ¿Quién te condenó?, ¿Quién, sin juzgarte ni darte la más mínima oportunidad, ordenó tu ejecución?, ¿Quién vive impune entre nosotros habiéndote asesinado? Esas son las preguntas que nuestra democracia no quiere contestar. Han pasado treinta y cinco años ya, Yolanda, treinta y cinco años de ignominia y cobardía paseándose impune y altanera por los despachos de nuestra democracia, por todos los despachos de nuestra democracia. Treinta y cinco años de vergüenza e injusticia. En este país hablar de terrorismo de Estado está prohibido. Hablar de víctimas del franquismo, de ese franquismo que sigue tan enraizado en nuestras democráticas instituciones, es un sacrilegio. Hablar de los GAL, del Batallón Vasco Español, de Fuerza Nueva o de las salvajes torturas metódica y sistemáticamente practicadas en nuestras comisarías es un crimen. Solo se puede hablar de las víctimas de ETA, y no de todas, las que quieren la reconciliación y la paz también están proscritas. A ti te asesinaron al grito de “Una, Grande y Libre”, al grito de “¡Arriba España!”, ese grito que los herederos del franquismo repiten hasta la saciedad sin siquiera disimulo.

Eras hija de obreros, de jóvenes burgaleses que emigraron al País Vasco que te vio nacer, y fue la cuenca del Nervión la que acunó tu sueño de 5libertad. Eran tiempos de revueltas, de decir ¡No!, de gritar ¡Basta! Y tú dijiste ¡No!, y tú gritaste ¡Basta!, y lo hiciste como se han de hacer estas cosas: en primera línea, desde la praxis, en las asambleas de estudiantes, repartiendo octavillas en las fábricas, conspirando en la clandestinidad, hablando, imaginando, soñando…

Por eso aquella noche del 1 de febrero de 1980 llegaste tarde a casa. Llevabas dos años, solo dos años, viviendo en Madrid. Tu escuela estaba en Vallecas, y tu casa en Aluche. Aquella noche no estaba tu chico. Tampoco vuestra compañera de piso. Alguien llamó a la puerta. Desconfiaste, pero abriste al ver que quienes llamaban se presentaban como policías. Te engañaron, aunque no tanto porque varios policías habían estado siguiéndote los días anteriores, espiándote, tomando nota de todos tus movimientos…Eras joven, eras vasca, eras roja… eras peligrosa. Te metieron en su coche. Durante más de una hora estuvieron 8torturándote para que confesaras tu pertenencia a ETA y que les proporcionases información. De nada sirvió que les dijeras que no eras de ETA, de nada que no tuvieras ni idea de ETA. La orden que aquellos esbirros habían recibido era la de ejecutarte. Y lo hicieron. Te llevaron a un descampado. Te dijeron que bajaras del coche. Quizá pensaste, por un momento, que la pesadilla había terminado, que te dejaban libre, que solo habían querido darte un susto… Pero no fue así.

Emilio Hellín no tardó ni dos segundos en dispararte dos tiros a quemarropa en la cabeza y en ordenar a su cómplice, el entonces estudiante Ignacio Abad, que te rematase. Lo hizo sin siquiera pestañear. Dejaron tu cuerpo tirado sobre la tierra. Aquellos dos héroes de la Una, Grande y Libre, huyeron. Al que te remató se le pudo ver incluso en primera fila, impávido, en las asambleas universitarias que se hicieron para denunciar tu asesinato. Les cogieron, sí. Y les condenaron. Pero de poco sirvió. Pronto empezaron a concederles permisos
6penitenciarios a pesar de todos los informes que lo desaconsejaban. En uno de ellos Emilio Hellín huyó a Paraguay, a refugiarse en la siniestra dictadura del general Stroessner. Allí le recibieron con honores y vítores. Solo la tenacidad de un reportero de Interviú hizo que la interpol actuase ante sus denuncias. Le arrestaron y regresó a España donde ingresó en la cárcel de la que había escapado. En total cumplió catorce años de los cuarenta y tres a los que había sido condenado. En cuanto salió, las fuerzas de seguridad no tardaron en contratarle como formador de policías y experto en espionaje electrónico. Para evitar ser descubierto de nuevo, se cambió el nombre por el de un supuesto hermano. Desde entonces ha vivido de lo que las fuerzas de seguridad le han pagado por sus servicios, de lo que tú y yo, con nuestros impuestos, le hemos pagado por sus servicios. El último trabajo conocido que le han encomendado ha sido el de rastrear las llamadas telefónicas de Bretón, el asesino convicto de sus dos hijos que inundó las primeras páginas de nuestros periódicos hace solo unos meses.

Este país anda necesitado de Yolandas, de jóvenes como tú capaces de soñar y de hacernos soñar, capaces de darse a los demás desde el primer al 11último aliento. Quienes te dispararon creían que acabarían contigo. Pero se equivocaban. Hoy salgo a las calles, a nuestras calles Yolanda, y estás en cada una de las jóvenes que grita, que exige, que sueña, estás en la marea de la sanidad, la de la educación, la Pah, el 15-M… Y tu mirada, esos ojos que todo lo ven, sigue viva en los de todos esos millones que nos hemos levantado para, treinta y cinco años después, volver a decir ¡No!, y a gritar ¡Basta!

De lejos me llega una preciosa canción de Pablo Milanés. Cada vez que la escucho no puedo dejar de acordarme de ti, de lo que representas, de lo que nos diste. La letra dice: Te amo, te amo, eternamente te amo… porque eso es lo que yo, y tantos como yo, sentimos por ti. No has muerto, Yolanda, sigues viva en el corazón de quienes te conocieron, de quienes supimos de ti, de quienes se manifiestan en las calles, de quienes dan su vida por los demás, de quienes tienen hambre de justicia, de quienes, simplemente, vemos nuestra alma cuando nos ponemos frente al espejo de tus ojos. Te amo, Yolanda, te amo, eternamente te amo…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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