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SE ACABÓ. ME BAJO DEL ESCENARIO

El-disfraz-del-cielo,-cortometraje_dp747v5yEl teatro es mi pasión, lo amo como quizá pocos puedan amarlo, y precisamente por eso, por el profundo amor que siento por él, he decido dejarlo, bajar del escenario y no volver a subirme a él hasta que este país deje de asesinar a la cultura con un 21% de IVA. Hace dos años gané el premio de periodismo cultural Paco Rabal con un artículo titulado “El teatro es un acto de resistencia” en el que defendía que hacer e ir al teatro era la mejor manera de luchar contra el linchamiento de la cultura que está cometiendo el gobierno del Partido Popular. Durante estos dos años he hecho más teatro que nunca: he estado en varias salas alternativas, en el teatro de La Abadía y en el Alfil, y hoy he de reconocer que me equivocaba, que seguir haciendo teatro es hacerle el juego a este gobierno y a su política de exterminio cultural. El paro en nuestro sector supera el 90%, la precariedad de quienes tienen trabajo es del 98% y la retribución máxima que se cobra dejándote el lomo en salas alternativas no llega a 50 céntimos la hora. Hemos sido los actores y las actrices de este país quienes, con la mejor de las intenciones y por el amor que sentimos a lo que hacemos, hemos llegado a prostituir nuestra profesión trabajando sin cobrar y en condiciones de auténtica esclavitud. Esa es la realidad, nuestra realidad. Eso ha ib_p005_16_1permitido que muchas salas alternativas sigan hoy abiertas, que muchos teatros públicos sigan programando como si aquí no pasase nada. Y el público, cegado por esas alfombras rojas en las que nos pasean a diestro y sinisiestro, cree que somos unos vividores, que cobramos millones y no pegamos un clavo. El público desconoce la realidad del teatro, no sabe lo que hay entre bambalinas, las precarias condiciones en las que nos vemos obligados a trabajar día sí y día también. Cegados por nuestra ilusión y nuestro amor a esta profesión hemos contribuido, sin querer, a que siga sin conocerlo, a que piense que aquí no pasa nada. Se han cerrado algunas salas, sí, pero son muchas las que siguen abiertas. Muchos actores y actrices se han tenido que ir fuera a trabajar o han abandonado definitivamente su profesión, pero quedan otros muchos y se sigue haciendo teatro. Por coherencia, por amor al teatro y, sobre todo, por dignidad, considero que seguir trabajando en estas condiciones es ser cómplice del genocidio de la cultura que está llevando a cabo este gobierno.

Son muchas, tantas, las cosas que el público desconoce: que mientras los cines aparecen gratuitamente en las carteleras de los periódicos, los portada1359452871_portadateatros, y más concretamente las compañías, tenemos que pagar para hacerlo; que los ayuntamientos hace años que dejaron de pagar a las compañías, que deben millones que no pagan, que ya ni contratan y no se hacen giras; que las compañías vamos a taquilla hasta en los teatros públicos; que son las propias compañías las que tienen que hacer su propia promoción porque los teatros no tienen presupuesto para ello; que las ayudas oficiales son escasas y están a años luz de las que reciben nuestros colegas europeos; que las artes están cada vez más marginadas en nuestro sistema educativo; que no tenemos una ley de mecenazgo, tantas veces prometida, que incentive la inversión en la cultura; que nuestro IVA duplica al más alto de nuestros socios europeos y considera la cultura como un lujo; que mientras el IVA cultural es del 21% el de la pornografía en nuestro país es del 4%; que las restricciones presupuestarias están haciendo que nuestros teatros oficiales no puedan programar lo que deberían programar; que nuestros autores contemporáneos sean marginales en la programación oficial; que en este país la cultura depende del gobierno de turno y no de un pacto de Estado como tienen la mayoría de nuestros socios… Sí, son tantas y tantas cosas las que el público desconoce.

ib_p005_24_1Soy consciente de que el IVA no es el mayor de nuestros problemas. Es tan solo uno más. Podrá parecer entonces mi decisión difícilmente entendible. Para mí no lo es. Este gobierno nos ha declarado la guerra y las guerras se ganan batalla a batalla. El IVA es una batalla, una simple batalla, una más… pero nos va la vida en ello. Por eso he condicionado mi vuelta a los escenarios a que el impuesto que grava nuestra actividad sea, al menos, como el que tienen el resto de los países de la Unión Europea. Un camino se recorre paso a paso, y la reducción del IVA tan solo es un paso más.

Me ha sorprendido la rápida y feliz acogida que mi decisión ha tenido en el sector, reflejada en una avalancha de “me gustas” y comentarios en las redes sociales. Os agradezco de corazón vuestra respuesta y que hayáis entendido mi decisión. Es una decisión personal. No pretendo con ella empujar a nadie a que lo haga o liderar movimiento alguno. Si hay compañeros y compañeras de profesión que se unen a ella y abandonan también los escenarios, bienvenidos sean. Tan solo he pretendido invitar a la reflexión, a que nosotros, los profesionales del teatro, nos paremos a pensar y actuemos en consecuencia. Respeto a quienes siguen en los escenarios. Es su forma de vivir y de defender lo que es suyo. Yo, desgraciadamente, no puedo. Seguir ahí, tapando las miserias de nuestra realidad, me hace sentir cómplice de lo que están haciendo con nuestra profesión.

Mi decisión de abandonar los escenarios es irrevocable, e incluye los escenarios y los montajes de todo tipo: salas alternativas, microteatro, salas demencia 15comerciales, teatros oficiales… Entiendo que solo así puedo ser coherente con lo que creo. Por dignidad, me niego a trabajar en condiciones de esclavitud en salas alternativas, y por solidaridad con mis compañeros y compañeras de profesión, también me niego a hacerlo en teatros comerciales o públicos. Como dice la canción, no tengo planes más allá de esta noche. Seguiré trabajando en cine y televisión mientras pueda y nunca, nunca, lo haré por debajo de las condiciones de convenio. Si los precarizan como han hecho con el teatro, también los abandonaré y trabajaré solo en cortometrajes o proyectos solidarios en los que crea y sin cobrar, porque en mi dignidad y en mi hambre, le pese a quien le pese, mando yo.

Ayer, al acabar la última función, cuando salimos a saludar, pedí al público la palabra. Interrumpí su aplauso, un aplauso que, sabiendo que era el Funcion-benefica-en-favor-de-ninos-con-enfermedades-mitocondriales,-Leganes,-23-de-diciembre-de-2014_b75fi31uúltimo, me llegó a lo más hondo. Les agradecí su asistencia, el calor con el que vivieron la representación, y les dije que la que habían visto era mi última representación en un escenario. También les dije que podrían verme en todas las funciones benéficas o solidarias a las que me inviten y que yo considere que puedo apoyar, pero que no me verían nunca más actuando para tapar las vergüenzas de una política que precariza, persigue y destruye nuestra profesión. No me extendí más. La emoción no me lo permitía. Lo que sentí cuando, entre bambalinas, escuché que se habían puesto en pie a aplaudir, es algo que no olvidaré jamás. Salí junto a mis compañeros a agradecerles con el corazón su aplauso, un aplauso que, como los miles de comentarios de ánimo que me habéis hecho llegar a través de las redes sociales no olvidaré mientras viva. ¡Gracias y larga vida al teatro!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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