General Literatura

César Vallejo, la luz de los heraldos negros

cesar-vallejoTodo en él fue búsqueda, incansable búsqueda de lo que significa ser humano. Rompió con todo y con todos para seguir su camino. Recorriéndolo encontró la poesía, el cuento, la novela, el teatro y el ensayo. Todo le era válido para hallar su expresión más profunda. Vanguardista entre los vanguardistas, jamás dejó que un molde le aprisionara o que un lenguaje le enmudeciera. Inventor de palabras, de todas las palabras, y rompedor de reglas, de todas las reglas… Cantó al paraíso perdido, al amor que se fue, al que nunca debió haber sido, a ese encuentro entre eros y tánatos que es la vida, al combatiente que toma partido por los débiles, al utópico que jamás se rinde a la razón de los fuertes, a la madre desaparecida que todo se lo dio, y a ese Dios ausente que tempranamente se la arrebató. Pródigo en pasiones y amores, generoso en cantos y vivencias, comprometido con su mundo y con su tiempo, César Vallejo es, posiblemente, uno de los más grandes poetas del alocado, convulso, violento y difícil siglo XX

Uno de sus poemas, “Los heraldos negros”, es el que eligió el Che Guevara para despedirse de su mujer cuando fue a luchar al Congo. Aquí tienes la grabación que le envió como despedida:

Nacido en Santiago de Chuco (Perú) en 1892, de abuelas indígenas y abuelos gallegos, era el pequeño de once hermanos. Sus padres querían que cesar-vallejo-companerafuese cura, pero les salió rana. Acabados los estudios de secundaria, con dieciocho años entró en la universidad. Pronto lo tuvo que dejar por la penuria económica que le acompañó toda su vida. Regresó a su pueblo para trabajar como administrativo junto a su padre. Es entonces cuando conoce de primera mano la precariedad de la vida de los mineros. Un año más tarde vuelve a intentar estudiar una carrera, medicina esta vez, pero nuevamente tiene que abandonarla por falta de dinero. Tras pasar unos meses en una hacienda como preceptor de los hijos de un terrateniente, trabaja como administrativo en una azucarera desde la que conoce la explotación de los campesinos indios. Dos años después se traslada a Trujillo para entrar por tercera vez en la universidad, en esta ocasión para continuar con la carrera de Letras que había comenzado. Para financiar sus estudios da clases y entra a formar parte de la bohemia de Trujillo, formada por escritores y artistas locales, que sería luego conocida como Grupo Norte.

En 1916 se enamora locamente de María Rosa Sandoval, una joven inteligente y atractiva con la que mantiene una relación que, pocos meses después, se truncará cuando ella desaparezca de su vida para refugiarse en la sierra de Otuzco. Padecía tuberculosis. No quiso que él la viese sufrir. Murió un año después. Su recuerdo es el que inspiró el primer libro de poemas de Vallejo: “Los heraldos negros”, en el que dialoga amargamente con Dios que, en poco tiempo, le ha arrebatado a su amor y a su madre, que también se llamaba María:

“Los dados eternos”

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
cesar-vallejo (1)hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.

Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado…
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

Vallejo decide dar un golpe de timón a su vida y, dejándolo todo, se marcha a Lima. Allí entra a formar parte del grupo de escritores e intelectuales 3limeños y empieza a trabajar como docente en el colegio Barrós, del que, pocos meses después, con veintiséis años, pasa a ser director. Una pasional historia de amor con Otilia Villanueva, una joven de quince años cuñada de otro de los docentes, le cuesta su carrera y tiene que abandonar el colegio. Varios de los poemas que aparecerán en su siguiente libro, Trilce, estarán dedicados a ella. Es uno de los libros más rompedores y vanguardistas de la literatura en castellano.

Tras pasar un año dando clases de gramática castellana en otro colegio decide regresar a su pueblo. La coincidencia de su regreso y sus nunca escondidas ideas revolucionarias hicieron que le culpasen del incendio de la casa de uno de los hacendados de la zona. Tras pasar casi cuatro meses en la cárcel regresa a Lima. Es en esa época cuando empieza a ganar sus primeros premios literarios. Harto de una sociedad tan limitada como la limeña de aquella época y deslumbrado por las vanguardias europeas, decide dar un nuevo vuelco a su vida y se embarca para París en 1923. Jamás regresó a Perú.

Su nunca buena salud y el hartazgo de la sociedad y el mundo en el que vive se trasladan a sus poemas que rezuman al mismo tiempo una gran profundidad espiritual y una abisal amargura.

Espergesia

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

paco-yunque-cesar-vallejo-653105-0-s-307x512Hermano, escucha, escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico… y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben… Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda…
Y no saben que el misterio sintetiza…
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

TRILCE XXIII
Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.
Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente
mal plañidas, madre: tus mendigos.
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto
y yo arrastrando todavía
una trenza por cada letra del abecedario.
En la sala de arriba nos repartías
de mañana, de tarde, de dual estiba,
aquellas ricas hostias de tiempo, para
cesar-vallejo3que ahora nos sobrasen
cáscaras de relojes en flexión de las 24
en punto parados.
Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo
quedaría, en qué retoño capilar,
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar. Hoy que hasta
tus puros huesos estarán harina
que no habrá en qué amasar
¡tierna dulcera de amor,
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto!
en las cerradas manos recién nacidas.
Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?

TRILCE XVIII
vallejo2Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número.
Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.
Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
más dos que nunca. Y ni lloraras,
di, libertadora!
Ah las paredes de la celda.
De ellas me duele entretanto, más
las dos largas que tienen esta noche
algo de madres que ya muertas
llevan por bromurados declives,
a un niño de la mano cada una.
Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
esta mayoría inválida de hombre.

Las penurias económicas se embarcaron con él y en París malvive como puede. Son muchas las noches que pasa a la intemperie. Sobrevive cesar-vallejo (2)trabajando como periodista y como traductor. No tarda en entrar en contacto con los intelectuales de habla hispana: Huidobro, Neruda…Son los años de las vanguardias, de la constante búsqueda, del traspasar cualquier frontera o límite que cercene la creación. De periódico en periódico, de revista en revista, y de amor en amor, Vallejo va tirando durante aquellos años. Su profundo instinto de rebeldía frente a la injusticia le lleva a profundizar en el estudio del marxismo y, tras varios viajes a Rusia, funda el Partido Comunista Peruano. La defensa de estas ideas le costará la expulsión de Francia. Una beca del gobierno español le permite desplazarse a Madrid a estudiar derecho. Allí le pillará la proclamación de la II República. En Madrid entabla amistad con Lorca, Alberti, Unamuno y Bergamín.

El pan nuestro

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno… La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor…!

Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!

4cvallejo1Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón…!

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mundo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
frase-el-literato-de-puerta-cerrada-no-sabe-nada-de-la-vida-la-politica-el-amor-el-problema-cesar-vallejo-181862la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador, cosa terrible,
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

En 1932 decide regresar a París, donde ya no le tenían prohibida la entrada, y continúa malviviendo de trabajo en trabajo pero esta vez ya no de amor en amor, pues se casaría en 1934 con Georgette, la que llevaba varios años siendo su compañera. El estallido de la guerra civil española hace que se vuelque apoyando a la República y luchando contra el fascismo. Uno de sus poemas más famosos, “España, aparta de mí este cáliz” ve la luz entonces. Participa activamente, junto a Pablo Neruda y otros muchos intelectuales, en la creación de comités de apoyo a la República y visita el frente varias veces. Uno de sus poemas dedicados a la guerra civil española lleva toda la fuerza y la transgresión poética de los versos de Vallejo donde la invención de palabras o la intencionada utilización de faltas de ortografía están siempre presentes:

“SOLÍA ESCRIBIR CON EL DEDO GRANDE EN EL AIRE”

Solía escribir con el dedo grande en el aire:

“¡Viban los compañeros! Pedro Rojas!”,
de Miranda del Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre. Pedro y sus dos muertes.

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
1¡Abisa a todos los compañeros ¡pronto!

Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado a la vez, a Pedro, a Rojas!

¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir!

Registrándole, muerto, sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo, para
el alma del mundo,
y en su chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer
entre las criaturas de su carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto o bien cuando dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos los compañeros pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para
siempre!

CesarVallejopoeta-thumb-350x228Lo han matado, obligándole a morir
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquel
que nació muy niñín, mirando al cielo.
y que luego creció, se puso rojo
y luchó con sus células, sus nos, sus todavía, sus hambres,
sus pedazos.

Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.
Pedro Rojas, así, después de muerto,
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
¡¡Viban los compañeros! Pedro Rojas”.

Su cadáver estaba lleno de mundo

En 1938, de regreso en París, trabaja como profesor y sigue, desde allí, la tragedia española. Su delicada salud se agrava y muere el 15 de abril, en aquella mañana de soledad y llovizna que él había descrito en uno de sus más desgarrados poemas:

Piedra negra sobre una piedra blanca

Celebres - Cesar Vallejo - Yo naci un diaMe moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París y no me corro
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

César Vallejo fue un hombre incorruptible que nunca se plegó a las exigencias de los demás. Vivió su vida como pudo, sin perder jamás su libertad ni su dignidad. Sufrió como muchos, amó como pocos, devoró intensamente los 46 años que le dejaron vivir, y nunca, nunca, renunció a sí mismo, a su inquebrantable búsqueda y a su compromiso por hacer de este mundo algo mejor

LA CENA MISERABLE

Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones
por haber padecido
Ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado…
cesar_vallejoY cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos.
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
De codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará.
Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba…
Y menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!
Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para siempre. Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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