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Silvia Pérez Cruz, alma, sueño y “quejío”

1Su voz suena a Mediterráneo, a fado y flamenco. El jazz, siempre el jazz, corre por sus venas. Todo en ella es auténtico, esencial. De su aparente fragilidad surge, poderoso, un grito de libertad. En su rostro de niña habita el pueblo, todos los pueblos, y en en su mirada soñadora, renacen Lorca, Alfonsina, Chicho y todos los poetas locos que cambiaron el mundo. Su corazón es de habanera; su alma, alma gitana, y ella una mujer humilde y sencilla en la que viven todos los sueños. Esa es la grandeza de esta catalana universal que es capaz de cantar desde lo más hondo el lamento de cualquier pueblo oprimido, el dolor de cualquier corazón roto o la sempiterna melancolía de todo lo que nunca debió dejar de haber sido. Su nombre es Silvia, Silvia Pérez Cruz, nació en Palafrugell, tierra de viento y luz que ha alumbrado genios, y vive en el corazón de todos los que la escuchan.

Desde muy pequeña mamó el ambiente artístico. Sus padres le hicieron el que, posiblemente, es el mejor regalo que unos padres pueden hacer a sus 2hijos: la sensibilidad y la libertad para poder captar y vivir toda la belleza que hay a nuestro alrededor. Su padre, que sigue viviendo en lo más hondo del corazón de Silvia, fue un cantor de esas baladas cargadas de taberna y nostalgia que son las habaneras, agridulces melodías que hablan de soledad, distancia y exilio: “Se ha exagerado tanto. Nos hemos tragado la leyenda de la niña que cantaba habaneras por los bares de Palafrugell pero el especialista en habaneras era mi difunto padre, Cástor Pérez. Yo igual iba dos o tres veces al año a La Bella Lola y mi bandera era Alfonsina y el mar, de Mercedes Sosa. Un poco fuerte, ¿no? El drama de una poetisa que se suicida. Crecí en un ambiente donde se nos trataba como adultos. Mi madre daba clases de expresión artística e insistía que debíamos ser auténticos en todo lo que hacíamos” Sin duda, Silvia aprendió aquella lección. Aquí la tienes cantando “Veinte años” junto a su padre

Autenticidad, esa es la palabra clave para definir a Silvia y a lo que hace. Todo en ella es auténtico, real, verdadero, porque lo hace desde el alma, Silvia-Perez-Cruz-y-Javier-Colinadesde su yo más profundo, desde ese no lugar donde no caben las mentiras, los mirar a otro lado o las medias tintas. Y si la autenticidad está en todo lo que ella hace, el amor es otra de las constantes en la música de Silvia Perez Cruz: el amor que es, el que fue y el que nunca dejará de ser, el amor a alguien o a todos, el amor al milagro que es estar vivo. Su voz es la vida que habita en nuestro interior y son los sueños que nos empujan a vivirla en esa búsqueda constante que es nuestro paso por el mundo. Su voz es la voz de esa búsqueda: “Yo he estado a la vez en once grupos, con once formaciones distintas y once repertorios distintos. Si los grupos duran mucho, hay que saber ver cuándo ha llegado el final. Yo necesitaba ser libre, en la música necesitas espacio para perderte, investigar, equivocarte”

Esa actitud abierta a la búsqueda sin miedo al fracaso de Silvia, ese estar abierta a todo, es la mejor escuela para crecer y poder encontrarse a sí 11misma. De todo aprende y en todo vive: “El flamenco me llega al estómago, saca mi parte más animal. El jazz me enseñó a improvisar, a reaccionar en una décima de segundo. Cantar boleros con el grupo de Javier Colina fue todo un máster, siento debilidad por las canciones más tristes. Me encantó acompañar a bailarines tan vanguardistas como Israel Galván… He oído mil veces lo de ‘debes centrarte, Silvia’. Pero estoy ampliando mi vocabulario y lo único importante es que el relato final, sobre el escenario, resulte coherente…Mi cultura musical es instintiva, no erudita. Puedo jurar que sí, que Caetano Veloso es un gran artista… e igual solo he escuchado un disco suyo, en casa de alguien…Todavía me siento como una obra inacabada. Sigo buscando estilos y personas que me acompañen en esta aventura”


Su participación en la banda sonora de la película “Blancanieves” con ese desgarrado “quejío” hizo que muchos la descubrieran. Tuve la suerte de 7asistir a una de las proyecciones de la película con la música en directo. Ver y escuchar a la orquesta bajo la pantalla es una experiencia imposible de olvidar, como lo es también la de sentir la voz de Silvia inundando por completo la sala. La fuerza de las imágenes en blanco y negro y el imponente sonido de la música nos hicieron traspasar todas las fronteras. Atrás quedaban cosas como espacio o tiempo. Ante nosotros solo la belleza, la atemporal belleza de ese eternidad sin tiempo que es la vida.

Muchas de las canciones que ella elige versionar tienen un claro componente político, un 9elemento referencial sobre lo que está pasando, sobre el duro tiempo que nos ha tocado vivir. Esa elección no es, sin embargo, algo premeditado, sino que es lo que le sale, lo que le pide el alma. Silvia habla de política, hace política, a través de su música, una música que denuncia el vacío y el sinsentido de la realidad que nos rodea y el necesario anhelo de un mundo mejor: “Me gusta la idea de hacer una revolución emocional en este tiempo de desánimo y tristeza que vivimos”


Muchas han sido las influencias que han forjado a Silvia. Sin duda Mercedes Sosa fue una de ellas. Sueño con que su búsqueda la lleve a las 8desgarradas coplas de otro argentino inmortal: Atahualpa Yupanqui. “Los ejes de mi carreta” en la voz de Silvia, desde el alma de Silvia, formaría parte de la banda sonora de todos los que, a pesar de los pesares, jamás renunciaremos a encontrar la belleza en este desolado mundo que nos ha tocado vivir. Como lo forma también esta versión que ella hace del “Abril 74” de Lluis Llach cantando a la revolución portuguesa de los claveles, ese canto de sueños y añoranza de lo que pudo haber sido y que, sin duda, algún día será.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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