Cine/Teatro General

La isla mínima

La_isla_m_nima-276450591-large“La isla mínima”, de Alberto Rodríguez, es una película que pasará a la historia del cine español. Un guion impecable, unas interpretaciones sobresalientes, una dirección que convierte lo difícil, cuando no lo imposible, en aparentemente fácil, una ambientación extraordinaria, una música que acompaña, sin robar protagonismo nunca, a la historia y, sobre todo una fotografía que, en cada plano, te deja boquiabierto. Thriller genuino, del que te engancha desde la primera secuencia, donde, además, puedes empatizar con todos los personajes porque todos, absolutamente todos, están muy bien dibujados y excelentemente interpretados. Para mí, sin duda, es una de las mejores películas que he visto en años. El sello personal e inconfundible de la dirección de Alberto Rodríguez, tras haber trabajado con él en “Grupo 7”, es algo que conozco bien y que cada espectador puede apreciar en cada plano, en cada secuencia, en ese sutil lugar donde emplaza la cámara, en la forma en que la mueve, en la meticulosa y sabia dirección de los actores… y en esa forma tan magistral y única que tiene de crear una atmósfera que envuelve al espectador convirtiéndole en testigo mudo de la historia.

la-isla-minima-inicio-de-rodaje-2Son muchas y variadas las influencias que ha tenido Alberto para desarrollar este proyecto. El cine negro, al que adora y con el que se educó, las novelas de Bolaño y la fotografía de las marismas del Guadalquivir de Atín Aya. Fue precisamente ver, junto a su inseparable director de fotografía Álex Catalán, una exposición de este fotógrafo en el año 2.000 lo que le decidió a escribir una historia que llevar al cine donde la desolación de la marisma, su agobiante atmósfera donde por no haber no hay ni árboles, fuese una de sus protagonistas. La historia, como la marisma, se fue gestando poco a poco, gota a gota, pulso a pulso hasta que, en 2009, junto a Rafael Cobos, su guionista habitual, empezó a tomar cuerpo: “La isla mínima comenzó a 7gestarse hace unos cuantos años, en una exposición de fotos a la que acudí con Álex Catalán. El fotógrafo sevillano, Atín Aya, se había dedicado a captar los últimos vestigios de una forma de vida que se desarrolló en las marismas del Guadalquivir durante medio siglo. Muchas de las fotografías eran retratos de lugareños y desprendían una especie de resignación, desconfianza y dureza que acompañaba a aquellos rostros anclados en el pasado y que, con la mecanización del campo, quizás no tendrían sitio en un futuro inmediato. La exposición era el reflejo del fin de un tiempo, de una época. Éste fue mi primer contacto con La isla, un paisaje crepuscular, el decorado de un western de fin de ciclo. Durante unos meses, en 2009, Rafael Cobos y yo estuvimos planteándonos la posibilidad de escribir una “historia negra” teniendo como inspiración la novela de Bolaño (2666) y películas como El cebo de Vadja, Mistery of Murders, Chinatown,

Conspiración del silencio, 20etc… Sumado a eso, todo lo que nos evocaban las marismas, un lugar mágico y misterioso, donde la riqueza y el poder convivían con el dolor y la miseria de unos personajes fruto del pasado político y social del país. Comenzamos a escribir una historia. Decidimos ambientarla en 1980, año de gran tensión entre las dos Españas; esa tensión, como un rechinar de dientes, tenía que oírse por debajo. La marisma se nos aparecía desde el principio como un territorio inmenso, muy duro; magnético, pero realmente inhóspito y cruel. Y lo fue. Ha sido una película muy difícil de rodar, muy física para todos y cada uno de los miembros del equipo. La cosecha de arroz nos obligó a adelantar todo el rodaje. La climatología nos mostró todas sus caras, con máximas de 42 grados al final del verano, y mínimas de 2 grados bajo cero, a finales de noviembre. Cualquier paso que dábamos por la vastísima extensión del lugar era un desafío logístico… La isla mínima se adentra en la investigación de la desaparición de dos niñas. Encontrar personas desaparecidas es una de las principales tareas de los investigadores de homicidios. Aún hoy en día lo sigue siendo: tratar de encontrar seres humanos que se han desvanecido, perseguir el rastro de fantasmas…”

11Sin duda Alberto ha conseguido crear una película donde todo eso está presente, y lo está, como la marisma, de una forma casi agobiante. Cuanto más te adentras en la historia más te das cuenta de que no sabes nada, de que esa tierra inhóspita guarda muchos más secretos de los que puedes imaginar. Es una historia de género, sí, y una historia local, también, pero tan de género y tan local que la convierten en una historia universal. Los planos cenitales con los que acaban algunas de las secuencias te hacen sentir la inmensidad de ese universo inexplorado del alma de los seres que pueblan las marismas, del propio corazón de la marisma. Todo allí es vasto, enorme, misterioso… desierto paisaje donde cruje el silencio de la soledad, donde el alma humana siente la oscuridad de los días y la luz de las noches, la inevitable superioridad de la muerte frente a la vida, y la eterna terquedad de la vida por no perder esa invencible batalla.

15Acaba de estrenarse la película y es todavía pronto para saber hasta dónde llegará, pero la entusiasta acogida que ha tenido por parte de crítica y público, y los galardones a mejor fotografía y mejor interpretación masculina en el recientemente clausurado Festival de San Sebastián, presagian que tendrá una carrera larga y brillante hasta ocupar ese puesto que, sin duda, merece en la historia de nuestro cine, un cine que, como aquellos lejanos paisanos de las marismas que inspiraron la película, lucha por no morir, por no desaparecer en este cambio de época que, a todos, nos toca vivir…

Y si hasta ahora he resaltado la inmensa presencia de la marisma en la película, quiero ahora destacar las enormes interpretaciones de todos los que intervienen en ella. No hay actor o actriz que no se haya dejado la piel, que no haya dado todo lo que lleva dentro, para sacar adelante esta película. Destacar la interpretación de alguno o de alguna sería una injusticia: la enorme altura interpretativa y la generosidad ilimitada con la que todos y todas encarnan sus papeles hace que nadie destaque por encima de nadie porque todos, absolutamente todos, dan una lección magistral de interpretación en la pantalla.

1Como bien señala la dramaturga Paloma Pedrero al referirse a La isla mínima, el mundo de la marisma que nos ofrece esta película es un mundo masculino, terriblemente masculino, un mundo de hombres donde el silencio ahoga a la palabra, donde la violencia acaba con los sueños y con todo lo que nos hace ser seres humanos. Solo en el personaje de esa madre que se rebela ante la opresión y el terror del universo que la rodea, magistralmente encarnada por ese monstruo de la pantalla que es Nerea Barros, nos muestra que otro mundo es posible, que ese otro mundo donde valores como diálogo, comprensión, cariño o ternura ocupen el lugar que nunca les debían haber robado, es imprescindible. La fuerza de esa mujer para enfrentarse a ese mundo hostil que la esclaviza y la asfixia aparece como el perfecto contrapunto a la necesidad de salir de allí como sea y al precio que sea, que es el denominador común de todas las adolescentes que, víctimas de la ruda masculinidad de la fuerza bruta y la absoluta falta de miras e ideales del mundo que les ha tocado vivir, ven en la huida su única posibilidad de supervivencia. Aparece ahí el dilema al que todos, tarde o temprano, nos enfrentamos alguna vez en la vida: luchar por cambiar la injusticia que nos rodea o huir de ella para evitar que acabe con nosotros.

2Y esa no es la única dicotomía que aparece en la película: los dos mundos enfrentados y totalmente opuestos de los dos policías, esa versión en carne y hueso de las sempiternas dos Españas, es otro de los ejes centrales de La isla mínima, como lo es también el desgarrado enfrentamiento entre un mundo que agoniza y otro al que nadie parece querer dejar nacer. Son muchas, tantas y por desgracia tan actuales, las lecturas que nos regala La isla mínima, que la convierten en una película que va mucho más allá de una película de género, de un thriller al uso, incluso más, mucho más allá, de una película.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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