Cine/Teatro General Literatura

Con la claridad aumenta el frío…

6¿Qué hacer cuando vas a entrevistar en su casa a Thomas Bernhard, un mito viviente de la literatura universal famoso por no conceder entrevistas, por ser huraño y tremendamente ácido en sus críticas y que te sorprende con cada una de sus respuestas? ¿Cómo reaccionar cuando le preguntas por los premios que ha conseguido y él te habla de una fantasmagórica casa medio en ruinas perdida entre la niebla y la nieve o del traje inglés que se compró para asistir a una ceremonia? ¿Qué pensar cuando, al hablar de la cultura y del mundo del teatro, no deja títere con cabeza y tira con bala contra todos los que viven de ella sin entenderla ni, desde luego, amarla? ¿Cómo no emocionarse cuando, rompiendo todo protocolo y hablando con el corazón en la mano, empieza a contarte la muerte de Paul Wittgestein, el que fue su mejor amigo? Ese es el dilema al que me enfrento cada tarde cuando salgo al escenario del teatro de la Abadía para representar la obra “Con la claridad aumenta el frío”, la espléndida adaptación que Pep Tosar ha hecho junto a Evelyn Arévalo, también encargada de la producción del montaje y de las tareas de ayudante de dirección, de la obra “Mis premios” de Bernhard, según la siempre acertada traducción de Miguel Sáenz. Trabajar en la Abadía siempre había sido un sueño para mí, y hacerlo con este texto y con esos verdaderos monstruos de la escena que son el propio Pep Tosar e Inma Colomer, es una de las mejores experiencias que he tenido en mi vida como actor.

Antes de esbozar lo que es el fascinante, misterioso e inescrutable universo Bernhardiano, quiero hablar de esa claridad que aumenta con el frío y de la 21experiencia de trabajar en el teatro de la Abadía. Pep Tosar e Inma Colomer son dos de los máximos representantes del teatro catalán. Repasar sus trayectorias es adentrarse en la historia del teatro hecho en Cataluña. A su talento como actor, Pep une su demostrada sabiduría como dramaturgo y como director en todos los montajes que ha hecho. De Inma basta decir que es una de las fundadoras del Teatre Lliure o de Els teatro-de-la-abadia-16273Comediants. Cuando Pep, tras haber coincidido con él en el rodaje de la película Lasa y Zabala, me llamó para proponerme participar en esta aventura no me lo podía creer. ¡Un Bernhard, en la Abadía y con Inma y Pep! Nos vimos unos días en Barcelona para grabar el material para la promoción y quedamos en volver a vernos a finales de septiembre para ensayar y preparar el estreno en la Abadía, donde estaremos las tres primeras semanas de octubre. Ver a Pep interpretando a Bernhard es una de esas experiencias imposibles de olvidar. Todo en él es energía, matiz, sutileza y verdad. Y qué decir de Inma en la prodigiosa interpretación que hace de esa Hedwig a la que vemos en lo que dice, en lo que calla, en cada uno de sus movimientos, en ese formidable sentido del humor que las une en una simbiosis extraordinaria en la que actriz y personaje se diluyen una y otra vez para recordarnos lo que es el teatro, el verdadero teatro. Cada tarde salgo de los camerinos con Pep e Inma, y cada tarde entro en el escenario con Thomas y Hedwig, esa entrañable mujer 37 años mayor que el escritor con quien compartió toda su vida.

7Pep es un director meticuloso, apasionado y conocedor profundo de autores, textos y públicos. Con un solo gesto, un movimiento, una mirada, una inflexión de voz es capaz de agarrar al público y no soltarlo hasta el final. La obra, basada en una novela, adopta una puesta en escena muy intimista en la que un periodista entra en el salón de la casa de Hedwig para entrevistar a Thomas. El periodista no es más que el motor de arranque de la representación que, de no ser por las fantásticas intervenciones de Inma/Hedwig, sería un monólogo ininterrumpido de un Pep/Berhnard en estado puro. Cada tarde me quedo fascinado y aprendo más de ese monstruo de la escena que es Pep. Estar en escena durante hora y media, hacerlo con un monólogo que exige tanta energía y atención como el que tiene, llevarte de la carcajada a la lágrima sin saber cómo lo hace, no decaer en ningún momento, y repetir a diario esa interpretación sin bajar nunca su elevadísimo nivel es algo que solo está al alcance de muy pocos.

El montaje es aparentemente muy sencillo: el salón de una casa, un tresillo, tres personajes y una pantalla en la que las transiciones se suceden viendo a otro genio inigualable, Glen Gould, interpretar las variaciones Goldberg de Bach como nunca antes nadie había hecho. Sin embargo, a nivel interpretativo, las dificultades son máximas. Para Pep, ser el incansable motor de la escena con un discurso ágil, inteligente, rápido y apasionado que mantiene en vilo al espectador desde la 3primera hasta la última frase. Escucharle matizar cada palabra, cambiar de ritmo, evocar imágenes y sensaciones con una exquisita sobriedad de movimientos es toda una lección de interpretación. Todo en él es verdad. El papel de Inma también tiene todas las dificultades que los que nos dedicamos a esto conocemos bien: escucha atenta, intervenciones cortas y directas en el momento justo y preciso, nunca antes ni después, monólogos cargados de emoción y sutiliza…Y en cuanto a mi papel, decir que Pep me lo definió muy bien: eres el nexo entre el público y los personajes, ellos ven por tus ojos, escuchan por tus oídos… y quizá decir, también, que es el aparentemente más sencillo pero en realidad uno de los más difíciles que he hecho en mi vida: es escucha ininterrumpida durante la hora y media que dura la representación, es intervenir con frases cortas o exclamaciones que apoyan el discurso de Pep sin interrumpirlo pero pisando los textos para que la obra no pierda ritmo, es cuidar en todo momento la proyección de la voz ya que me paso casi toda la obra hablando de espaldas al público… Sin duda estoy aprendiendo y disfrutando un montón de esta experiencia.
Cada actor tiene su método y su particular y única forma de preparar la función. La de Inma es calentar la voz en los camerinos cantando alegre 4canción tras canción y comentando en tono jocoso los avatares del día. La de Pep es subir al escenario, descalzarse, y empezar a decir sus textos y a realizar ejercicios para calentarse. La mía es subir al escenario cuando no hay nadie, respirar ese aire místico y poético de los escenarios vacíos, dejar que mi mirada recorra lentamente la platea vacía y empezar a calentar mi voz con sonidos guturales que me preparen para proyectarla después. Antes de empezar cada representación, mientras vemos al público desde bambalinas, nos cogemos los tres de la mano y nos transmitimos toda la energía positiva y el amor al teatro que llevamos dentro. Cuando se encienden las luces llega el momento de dejarse llevar, de no pensar más en el texto, de escuchar y vivir esa experiencia que cada tarde nos enseña que el teatro es algo vivo, que no 12hay dos representaciones iguales, que cada momento es único e irrepetible…

Acostumbrado a trabajar en teatros privados y salas alternativas, llegar cada tarde al camerino y encontrarme con el vestuario perfectamente lavado y planchado es algo que siempre me sorprende. Como también me sorprenden las generosas sonrisas cómplices de todos los técnicos y del personal que trabaja en la Abadía, que hacen suyo cada proyecto dando lo mejor de sí mismos, o la cálida voz de la taquillera que, antes de entrar en camerinos, me informa de cómo estará la sala y, siempre resuelta, me dice, “Hoy hay un grupo muy bueno” o “Hoy tenemos mucha gente”…

En fin, que esta experiencia Bernhardiana, Tosariana y Colomeriana en la Abadía está siendo algo inolvidable porque, ¿Cómo poder olvidar, además de todas estas cosas, a esa deliciosa Inma que, cada tarde, cuando mi personaje sale de escena y me acompaña hacia la pequeña escalera oscura que lleva a los camerinos, me dice con todo su sentido del humor: “Despéñese usted primero”? La adoro. Les adoro.

Como bien dijo Pep en la presentación a la prensa de este montaje, Bernhard es adictivo. Considerado por muchos como el Shakespeare del siglo XX 1por la profundidad con la que conoce y habla del alma humana, sus textos son tremendamente poéticos y teatrales a un tiempo. Escuchar sus palabras es ver una cadena de imágenes que, surgidas de lo más hondo, te transportan a un universo particular e insólito donde solo la lucidez y la verdad tienen cabida. La lucidez de Bernhard está más allá de toda duda. Basta escuchar el monólogo final de esta obra, que no es otro que el discurso que dio al recibir el premio Bremen en 1963, para sentir un escalofrío por como, hace ya más de cincuenta años, describió el sinsentido de la realidad del mundo de hoy. En ese discurso, entre otras cosas dice:

“Estimado público, miembros de la academia, señoras y señores,

Aquello de lo que hablamos permanece inexplorado, así que yo no quiero contar nada; pero es cierto: los cuentos de hadas han pasado, los cuentos de hadas de las ciudades y de los Estados y todos los cuentos de hadas científicos; también los filosóficos; ya no hay ningún mundo de los espíritus, el propio universo ya no es un cuento de hadas; Europa, la más bonita, ha muerto; esta es la verdad y la realidad. La realidad, como la verdad, no es ningún cuento de hadas, y la verdad no ha sido nunca un cuento de hadas.

Hace cincuenta años Europa todavía era un único cuento de hadas, el mundo entero un mundo de cuento. Hoy son muchos los que viven en este mundo, pero viven en un mundo muerto, y se trata también de muertos… 4908_10todo ha continuado en la realidad, y todo ha cambiado, en verdad; durante cinco décadas en las cuales todo se ha revoloteado y en las cuales todo ha cambiado, en las cuales los cuentos de hadas de siglos se han convertido en la realidad y en la verdad, siento como cada vez tengo más frío, mientras un mundo viejo se convierte en uno nuevo, una naturaleza vieja se convierte en una nueva…Vivir sin cuentos de hadas es más difícil, por eso es tan difícil vivir en el siglo XX; ya solo existimos; no vivimos, ya no vive nadie… Nos encontramos en el territorio más terrible de toda la historia. Estamos aterrorizados, el terror es el material del nuevo ser humano y del nuevo conocimiento de la naturaleza y de la renovación de la naturaleza; todos juntos somos, en la última mitad del siglo, solamente un único dolor; este dolor de hoy, esto es lo que somos; este dolor ahora es nuestro estado espiritual.

Thomas-Bernhard-y-Hilde-Spiel-1988Tenemos sistemas completamente nuevos, tenemos una concepción del mundo completamente nueva, realmente la más excelente entorno al mundo y tenemos una moral completamente nueva y tenemos ciencias y artes completamente nuevas. Sentimos mareos y tenemos frío… Todo ha cambiado porque nosotros lo hemos cambiado, la geografía exterior ha cambiado exactamente igual que la interior. Ahora tenemos grandes pretensiones, no podemos tener unas pretensiones más grandes; en ninguna época se ha tenido unas pretensiones tan grandes como en la nuestra; existimos ya de forma megalómana; pero como sabemos que no podemos despeñarnos y tampoco morirnos de frío, nos atrevemos a hacer lo que hacemos. La vida es solo ciencia, ciencia de las ciencias. Ahora, de pronto, hemos brotado de la naturaleza. Nos hemos vuelto confiados con los elementos. Nosotros hemos puesto a prueba a la realidad. La realidad nos ha puesto a prueba. Ahora conocemos las leyes de la naturaleza, las infinitas Altas Leyes de la naturaleza y podemos estudiarlas en la realidad y en la verdad. Ahora ya no dependemos de suposiciones. Cuando miramos la naturaleza ya no vemos en ella ningún fantasma.

Thomas_Bernhard_1988_OttnangEsa claridad de la cual se compone, de pronto, nuestro mundo, nuestro mundo científico, nos tiene aterrorizados, pero a esta claridad la hemos querido tener, la hemos conjurado, así que ahora no podemos quejarnos de la claridad que ahora reina. Con la claridad aumenta el frío. Esta claridad y este frío reinarán a partir de ahora. La ciencia de la naturaleza será para nosotros una claridad más grande y un frío mucho más penetrante de lo que ahora podemos llegar a imaginarnos.

Todo será claro, de una claridad cada vez más grande y más profunda, y todo será frío, un frío cada vez más terrible. En el futuro tendremos la impresión de un día cada vez más claro y más frío…”

Marcado por una enfermedad pulmonar que le tuvo encerrado en un sanatorio durante toda su adolescencia y que le acompañó toda su vida, Bernhard era un genio capaz de sobresalir en cualquier disciplina artística que se propusiera. Eligió la literatura, como podría haber elegido la música o la interpretación. Bueno, quizá la interpretación no porque, como él mismo reconoció en más de una ocasión, tenía problemas para memorizar los textos y solía quedarse en blanco en el escenario. Amado y odiado sin remedio por sus compatriotas austríacos, jamás cedió a la presión de lo políticamente correcto, nunca buscó fastos y oropeles y combatió denunciando abiertamente a los políticos y artistas que utilizaban el arte para su beneficio personal, a los “conseguidores” de ayudas y subvenciones, a los cómplices de la prostitución del arte y la cultura que pululan por Europa, a esa extrema derecha que intenta revivir los tiempos de desolación y barbarie que él sufrió en su juventud. Bernhard dice que admiramos a quienes dicen la verdad y despreciamos a los que nos mienten. El no mintió cuando se refirió a Austria como “un negocio sin escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos estafan a todos por todo” Muchos de sus compatriotas no le entendieron, o se negaron a admitir su responsabilidad en aquella realidad que Bernhard ponía frente a ellos.

13Ser atípico entre los atípicos, hasta en su vida sentimental fue una persona fuera de lo común: con diecisiete años inició una estrecha relación con Hedwig Stavianicek, una mujer 38 años mayor que él con la que convivió hasta que ella murió. Él murió poco después. Su vida, sin ella, no tenía sentido: “Con la muerte de ella todo terminó. Se está solo. Luego se busca entre todas las personas que aún tenemos. De pronto me volví cien veces más receloso que antes. Y más frío. Con ella sabía que estaba ahí. Sentía el pulso lento de su mano. Luego más lento, más lento. Todo termina. Todavía tengo su mano en la mía. Llega la enfermera y me dice “vuelva más tarde”. Me confrontaron inmediatamente con la vida. En silencio me levanté, recogí las cosas. Mientras, vuelve la enfermera y cuelga un número en el dedo de su pie. Me dice: ‘llévese también su yogur’. Afuera, los graznidos de los cuervos. En realidad, era como una pieza de teatro…Fue una relación que duró más de treinta y cinco 9años. Todo lo que a mí se refería provenía de esta persona, de ella lo he aprendido todo. Y con su muerte también desapareció todo.

Entonces uno se encuentra solo. Al principio a uno le gustaría morirse también; después se pone a buscar a todas las personas que todavía se tienen, a las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la vida. Entonces se encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello. Entonces aparece la mala conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de culpa… Me siento incapaz de volver a los sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en cualquier lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he tenido nunca mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo donde lo hacía. Incluso he escrito sumido en el máximo ruido. Nada me molestaba. Ni el ruido de una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los chirridos de un tranvía, ni una lavandería o un matadero debajo de mi piso. Siempre me ha gustado trabajar en países donde no entiendo el idioma. Es un estímulo increíble… Cuando me encontraba solo, fuese donde fuese, siempre he sabido que esta persona me protegía, me mantenía, y también que me dominaba. Después, todo desapareció. Uno está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que tuvo algún significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana con una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo. Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece feo, y desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre uno con todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de puertas afuera se sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno, que siempre está al acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco que uno las deje aflorar, abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar de hipocresía. Entonces la hipocresía se llama compasión. Es la definición más bella de la hipocresía… Tal como he dicho antes, es difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona, encontrarse de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han vivido una experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más desconfiado que antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le catalogaba. Aún más reservado. Lo único que le salva a uno es que no hay que morirse de hambre”
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Para Bernhard el mundo real, el que le interesaba, era el de las mujeres. Solo un hombre, su abuelo, que murió cuando él tenía diecinueve años, le enseñó algo. Todo lo demás lo aprendió de las mujeres: “Sólo puedo decir que, desde hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con mujeres. No soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven loco. Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de hombres me son insoportables. Prefiero la cháchara de las mujeres. Para mí, las únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de mi abuelo, lo he aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido nada de los hombres. Los hombres siempre me han puesto de mal humor. Curioso. Después de mi abuelo, se acabó, ni un hombre más. Siempre he buscado protección y salvación entre las mujeres, que también se han mostrado superiores a mí en muchas cosas. Y además saben dejarme en paz. Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería totalmente incapaz de producir nada en un entorno de hombres”

Este es, a grandes rasgos, el perfil de un genio que nunca renunció a ser él mismo, que jamás se vendió, que denunció una y otra vez el sinsentido de su época y nos advirtió de lo que nos esperaba si persistíamos en la absoluta degradación de valores en la que se ha gestado la época que a nosotros nos ha tocado vivir. Leer sus obras es, a la vez, fascinante y terrible. Fascinante porque su conocimiento del alma humana hace que te veas reconocido en sus líneas; terrible, porque también te ves reconocido incluso cuando habla de las partes más oscuras.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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