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Miguel Gila, una lección de compromiso, humanidad y ternura

5Fue uno de nuestros más grandes humoristas, sus monólogos ácidos y absurdos sortearon la censura franquista, como también lo hicieron las viñetas que publicaba en La codorniz, para llegar a lo más hondo de nuestro corazón. Fue un referente del humor en este país, un humor tierno e inteligente que revolucionó la forma de entender y de hacer el humor. Su imagen con el teléfono en la mano forma parte de nuestro imaginario colectivo, como también lo forma su célebre frase: “¿Está el enemigo? ¡Que se ponga!” Se llamaba Miguel Gila, todos le conocemos por Gila y su vida fue, quizá, la mejor de sus historias, porque en su vida pasó de todo: la risa, el dolor, el hambre, la cárcel, el exilio, el éxito… Por 26pasar, por su vida pasó hasta la muerte cuando, con dieciocho años, fue fusilado por el ejército franquista aunque, como él siempre decía, “a mí me fusilaron mal”. Fue el único de los fusilados que se salvó aquella noche. Su mirada aparentemente ingenua de la sociedad y su personalísima forma de expresarse le llevaron a revolucionar el humor y los monólogos, unos monólogos donde la ternura y el absurdo se mezclan en una deliciosa combinación capaz de traspasar todas las fronteras y de llegar a todas las almas.

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Cuando nació su padre ya había muerto y eso hizo que, muy pronto, su madre se trasladara a vivir desde Madrid a Barcelona, donde Miguel fue al colegio hasta los trece años. Abandonó los estudios y empezó a trabajar como pintor de coches y en los más diversos oficios. El ambiente izquierdista en el que se crio hizo que no dudase en alistarse voluntario para luchar contra las tropas franquistas cuando empezó la guerra. Tenía 17 años. Un año después fue hecho prisionero y puesto frente a un pelotón de fusilamiento. La forma en que relata aquel suceso en su libro de memorias “Y entonces nací yo. Memoria para desmemoriados”, habla de la sensibilidad y la humanidad de un hombre que, por encima 3de todo, amaba la vida y hacerla más llevadera a los demás: “Los moros nos quitaron las cazadoras o los tabardos, la manta y las botas, luego nos ordenaron sentarnos en el suelo, bajo la lluvia. Una mujer, que tendría unos treinta años, salió de una casa gritando vivas a Franco, los moros llegaron hasta ella, la metieron en la casa y sus vivas a Franco se convirtieron en gritos desgarradores. Instantes después, los moros salían satisfechos, habían violado a la mujer y llevaban en las manos gallinas, botellas de vino y algunos objetos robados con el “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. Dicen, o decían, nunca supe si esto era cierto o no, que los mandos de la división del general Yagüe, cuando sus tropas tomaban un pueblo les daban Miguel Gilaveinte minutos para apropiarse del botín que encontrasen en el lugar conquistado. Ni lo puedo asegurar ni lo puedo desmentir, me limito a contar lo que oí decir. Lo de la violación lo puedo afirmar porque los moros nos ordenaron que nos levantásemos y nos encerraron en la misma casa de aquella mujer que había gritado los vivas a Franco y que, aterrorizada y con sus ropas desgarradas, lloraba sentada sobre la cama en que los moros habían abusado de ella. En el corral de la casa había un pozo, pero el agua estaba estancada y verdosa. Con tres cantimploras en la mano, me acerqué al moro que vigilaba la entrada y le rogué que me dejara salir a buscar agua. El moro sin decir ni una palabra me golpeó con la culata de su fusil en una cadera. Fue un golpe dado con saña, que me produjo un dolor tremendo. Desistí de mi petición y volví de nuevo al corral de la casa. A los pocos instantes de haber recibido el golpe en el costado me brotó un hematoma de un color morado. Recordé la gangrena que había causado la muerte de mi padre por un golpe en el mismo lugar donde el moro me había golpeado y pensé que, tal vez, mi muerte iba a ser igual a la suya. Pensaba si el destino no me habría buscado la misma forma y la misma edad para morir. No le tenía miedo a la muerte. Estaba tan agotado, tan devorado por los piojos, por el hambre, el frío, el cansancio y la sed, que morir podía ser una liberación.

Como la sed iba en aumento no tuvimos otra opción que beber agua del pozo, nos quitamos los cinturones, 30los unimos uno con otro y conseguimos que la cantimplora llegara hasta el fondo. Bebimos el agua y a los pocos minutos nos retorcíamos de dolores en el estómago. El dolor nos duró tan sólo un par de horas. Cuando estaba por anochecer, los moros nos sacaron de la casa y nos empujaron hasta un descampado a las afueras del pueblo. Ya nos habían despojado de la ropa de abrigo. El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas con el ya mencionado “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. El frío y la lluvia calaba los huesos. Y allí mismo, delante de un pequeño terraplén y sin la formalidad de un fusilamiento, sin esa voz de mando que grita: 1“¡Apunten! ¡Fuego!”, apretaron el gatillo de sus fusiles y caímos unos sobre otros. Catorce saltos grotescos en aquel frío atardecer del mes de diciembre.

Las gallinas tuvieron poco tiempo para respirar, el que emplearon los del piquete de ejecución en apretar sus gatillos. Y sobre la tierra empapada por la lluvia nuestros cuerpos agotados de luchar día a día. Catorce madres esperando el regreso de catorce hijos. No hubo tiro de gracia. Por mi cara corría la sangre de aquellos hombres jóvenes, ya con el miedo y el cansancio absorbidos por la muerte. Por las manos de los moros corría la sangre de las gallinas que acababan de degollar. Hasta mis oídos llegaban las carcajadas de los verdugos mezcladas con el gemido apagado de uno de los hombres abatidos. Ellos, los verdugos, bañaban su garganta con vino, la mía estaba seca por el terror. No puedo calcular el tiempo que permanecí inmóvil. Los moros, después de asar y comerse las gallinas, se fueron. Estaba amaneciendo. 10La muerte en las guerras tiene mucho trabajo. La muerte en las guerras nunca tiene prisa. Se lleva a unos y deja a otros para más adelante. Me dejó a mí y dejó al cabo Villegas. De mí no se llevó nada, del cabo Villegas se llevó una pierna, la izquierda. Sangraba abundantemente, me arranqué una manga de la camisa y le hice con ella un torniquete a la altura del muslo. Me fue difícil cruzar el río, sucio y revuelto por las lluvias. Lo crucé con mi carga al hombro. El cabo Villegas no pesaba mucho y yo, con mis veinte años, era un muchacho fuerte, pero el terror del fusilamiento había aflojado mis piernas. Al otro lado del río quedaba un paisaje gris de llovizna, con sabor amargo de guerra y doce hombres jóvenes con la vida quebrada en el sueño de alcanzar el final de esa guerra, no importa si como vencedores o vencidos. 14El llanto por aquellos hombres jóvenes brotaría más tarde, cuando la espera de doce madres se hiciera dolor por la noticia. La muerte de las gallinas sólo se haría maldición en la boca de algún campesino. Conseguí llegar con el cabo Villegas sobre mis hombros hasta Hinojosa del Duque, ya en poder de los nacionales, fui hasta la parroquia y se lo entregué al cura. Pensé en huir hacia Portugal cruzando sierra Trapera, pero sabía que si alguien del ejército rojo entraba en tierras portuguesas, era entregado a las tropas de Franco. Así las cosas, tomé la determinación de buscar dentro de aquel desbarajuste algún vestigio de gente con vida. Llegué a Villanueva del Duque, vi una hoguera en el interior de una casa y entré. El miedo se había quedado atrás, en el lugar del fusilamiento. Entré sin importarme quiénes eran los que estaban alrededor del fuego, si rojos o nacionales, el hambre y el frío me habían dado el valor o me habían eliminado la cobardía, lo mismo da. 22Mi entrada y mi aspecto asombró a los que estaban alrededor del fuego. Ninguno echó mano a su fusil, mi cara demacrada y mis pies, que aunque me los había envuelto con trapos me sangraban, los desconcertó. Les dije que pertenecía al ejército rojo y que formaba parte de una columna de prisioneros que venía hacia el pueblo.

Ellos, los de la hoguera, eran legionarios y odiaban a los moros. Uno de los legionarios al oírme hablar me preguntó si yo era de Madrid, le dije que sí, él también, y estuvimos charlando unos instantes. Me dejaron que secara mi ropa y mis pies, me dieron agua, una lata de carne, otra de sardinas, pan, tabaco, algunos tomates, una manta y unas alpargatas, después me dijeron que me fuese, para que si llegaba alguno de sus mandos no se vieran comprometidos. Así lo hice. Me senté a las afueras del pueblo y esperé la llegada de la columna de prisioneros en la que iban algunos de mis compañeros. Cuando llegaron donde estaba yo se llevaron una gran alegría al verme vivo. Me uní a ellos. En dos columnas, en fila, una a cada lado de la carretera caminábamos bajo la lluvia, vigilados por los moros desde sus caballos. Muchos de los prisioneros cargaban a sus espaldas sacos llenos de vainas vacías de los Mauser y si alguno, por debilidad, caía al suelo, los moros le disparaban y allí, en la cuneta de la carretera, amortajado por la lluvia, terminaba su sufrimiento”

Estuvo internado en un campo de concentración hasta que acabó la guerra, y luego varios años más en las cárceles de Yeserías, Carabanchel y 4Torrijos. Fue en esa época de cautiverio cuando conoció a Miguel Hernández, un encuentro que le marcó ya que, aunque jamás se los enseñó a nadie, Gila nunca dejó de escribir poemas. También fue en la cárcel cuando empezó a dibujar, su gran pasión. Al salir de la cárcel fue obligado a hacer el servicio militar durante cuatro años con el ejército vencedor. Ya con 27 años se reincorporó a la vida civil para intentar trabajar en lo que más le gustaba: el dibujo. Su primer trabajo como humorista gráfico fue en la revista “La Exedra”, a la que siguió “La Codorniz”, “Hermano Lobo” o “El periódico” de Barcelona. 9Compaginaba su trabajo con colaboraciones en radio y no fue hasta 1951 cuando subió a un escenario y triunfó. Fue en el teatro Fontalba de Madrid en un homenaje al actor Antonio Casal cuando subió como un espontáneo para soltar un monólogo antibelicista sobre su experiencia en el ejército. A partir de aquella noche ya nunca le faltó trabajo en los escenarios. El éxito fue total. Agobiado por una dictadura que cercenaba su libertad, en 1968 decidió exiliarse a Latinoamérica. Fijó su residencia en Buenos Aires y siguió trabajando como humorista en diferentes países latinoamericanos hasta que, en 1985, decide regresar a España. Durante su etapa latinoamericana conoció a personas como Hemingway o Anthony Quinn, que le empujan al mundo cultural descubriéndole a los grandes novelistas rusos. 32Tras su aparente ingenuidad se escondían la curiosidad de un niño y la profundidad de un adulto que dedicó su vida a buscar su lugar en el mundo. Hablando de la autobiografía que estaba escribiendo, dijo en una ocasión: “Yo siempre digo que me nacieron, porque uno no nace, lo nacen sin consultarle nada. Así que me nacieron en Madrid, aunque vine a Barcelona como espermatozoide: fui concebido en la ronda de San Antonio, en una de aquellas camas altas y llenas de muelles de la época. Así, más o menos, empieza la trilogía que estoy escribiendo, que no es un libro de memorias exactamente, sino una serie de aguafuertes de las cosas que más me impactaron en tres 31épocas claves de mi vida: infancia, juventud y adultez… No tengo identidad política. Pero sí una ideología y un sentimiento que surgen de mi casa, donde se leía La Libertad, y en las comidas se hablaba de Blasco Ibáñez y de Largo Caballero, a quien conocíamos porque era vecino nuestro. Mi abuelo era socialista, y mis tíos también. Creo que el ser humano se nutre de su entorno, de lo que le rodea, de lo que vive y de lo que ve, y todo ello le crea un sentimiento que rige su manera de relacionarse con el mundo. A mí, por ejemplo, no puede pasarme inadvertida la miseria que he visto en América Latina” 16Sus monólogos en la televisión y sus viñetas hacen de Gila un referente imprescindible de los años ochenta y noventa. Siguió trabajando hasta poco antes de morir, en 2001, de una insuficiencia respiratoria. Siempre crítico con los poderosos y con las instituciones, siempre al lado de los pobres y los marginados, Gila supo alegrarnos la vida en los grises tiempos del franquismo y nos enseñó a reírnos de nosotros mismos en los de la transición. Nunca renunció a sus ideales, unos ideales por los que a punto estuvo de morir y que condicionaron su vida siempre. Esa es una de las muchas grandezas de este hombre pequeño y enjuto que, desde la socarronería y la 6ternura, nos animó, con su ejemplo, a no desfallecer nunca, a seguir adelante, a levantarnos una y todas las veces que sean necesarias. Cómo me gustaría escuchar uno de sus monólogos sobre lo que está pasando ahora en este país al que él tanto amó. Quiero que sean sus propias palabras las que despidan 15esta entrada. Son las que escribió en su autobiografía para introducirnos en un mundo, el suyo, que fue el de todos nosotros: “Creo -es decir, estoy seguro- que mi identidad política terminó en diciembre del año 1938, en el frente de Extremadura, cuando, unos instantes antes de caer prisionero en manos de los moros de la 13.ª División del general Yagüe, tuve que romper mi carné de las Juventudes Socialistas; pero la ideología que mamé en mi niñez, en mi casa de gente humilde y en las fábricas o talleres donde trabajé, sigue latente en mí. Lo que van a leer es el testimonio de un hombre que fue joven en una generación en la que el hambre, las humillaciones y los miedos eran los alimentos que nos nutrían”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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