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Glenn Gould, el éxtasis del alma

Glenn-GouldMuy pocos le entendieron, pero todos le admiraron. Rompió, uno a uno, todos los cánones en los que los academicistas y puristas habían encerrado a la música. Pegado siempre a una pequeña silla desvencijada, enfundado hasta en verano en su sempiterno abrigo de lana, perdido en un traje siempre dos tallas demasiado grande, huidizo y amante de su independencia y su soledad como nadie, capaz de abandonar para siempre los conciertos a los treinta y dos años cuando era considerado una figura mundial, tarareando siempre la música que tocaba, aunque estuviese grabándolas, levantando una mano, una de esas manos que siempre tocaban desde debajo del teclado para exasperación de los más clásicos, para dirigirse a sí mismo, encorvado… así era Glenn Gould, posiblemente el genio que mejor ha interpretado e interpretará jamás a Bach y al que, si te lo cruzabas por la calle, con toda seguridad confundirías con un sin techo.

8Empezó a jugar con un piano con apenas tres años. A los cinco tocaba como un virtuoso y muchos le consideraban un nuevo Mozart, al que él, por cierto, aborrecía, cuando empezó a componer con seis años. A los diez un pianista chileno, Alberto Guerrero, lo toma como alumno. Es Guerrero quien le enseña a sentarse de forma tan antiacadémica frente al piano y de quien aprende que las notas suenan mejor cuando las teclas son pulsadas desde abajo. Aún así no será hasta cumplidos los veinte cuando Gould da sus primeros conciertos. Nunca le gustaron y los consideró una pérdida de tiempo tanto para él como para el público. La música, decía, se ha compuesto para auditorios pequeños, íntimos, no para esas salas llenas de gente donde la destrozan habitualmente. Esa fue la razón por la que a los treinta y dos años, en plena vorágine de su fama mundial, decidió no dar un solo 2concierto más y encerrarse a tocar él solo el piano: “Ser concertista me parecía una suerte de existencia frívola e insustancial, en la que no me vi nunca envuelto por mucho tiempo. Pero pensé que valía la pena hacer el experimento de hacer conciertos y giras, darle una oportunidad, y me siguió pareciendo algo espantoso” Accedió, eso sí, a grabar discos, y lo hizo como solo él podía hacerlo: como si estuviese tocando para él en el salón de su casa. Fascinado por los avances de la tecnología y las técnicas de grabación, su perfeccionismo halló en ese mundo su paraíso perfecto, ese del que nunca más salió. Su obsesivo perfeccionismo y su carácter reconcentrado encontraron en la grabación el espacio con el que durante toda su vida había soñado.

Siempre había dicho que al cumplir los cincuenta años dejaría de tocar. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Es uno más de los innumerables secretos que alfred-eisenstaedt-pianist-glenn-gouldse llevó a la tumba. Lo cierto es que, dos días después de cumplir los cincuenta murió de un derrame cerebral. Durante toda su vida había estado aquejado de dolores musculares y había estado obsesionado con la posibilidad de caer enfermo. Nadie llegó a saber nunca la cantidad de pastillas que tomaba para eso. Hay quien dice que su dificultad para relacionarse con la gente era producto del síndrome de Asperger que padecía. Nunca se lo diagnosticaron porque en aquella época casi nadie sabía que existía.

Escucharle tocar las Variaciones Goldberg, tanto en la primera grabación de 1955 como en la que realizó en 1981, apenas un año antes de morir, es adentrarse en un universo fascinante donde cada nota, cada silencio, nos habla de la infinita pasión que un hombre puede sentir por la música. Puede parecer extraño que quisiera volver a grabar Goldberg con Leonard Bernsteinveinticinco años después de haber hecho una grabación antológica de ellas, pero Gould sabía perfectamente por qué quería hacerlo: “Conforme he ido haciéndome mayor, encuentro que muchas de mis interpretaciones tempranas son demasiado rápidas para reconfortar. Con texturas complejas contraponiéndose, uno requiere cierta deliberación y (…) es la falta de esa calma lo que me molesta en la primera versión de Goldberg” Hasta que llegó Gould, las Goldberg siempre habían sido consideradas como ejercicios asépticos y fríos escritos por Bach para adentrarse en la técnica mecánica del piano. Con Gould el mundo entero descubrió que en aquellas notas había una pasión y una emoción sin límites. La sensibilidad de Gould y su amor por esta partitura elevan las Variaciones Goldberg a la esencia misma de la belleza. Todo está en ellas, aguardando a que nos atrevamos a sumergirnos para llevarnos a ese viaje a los desconocidos y amados mundos de nuestra imaginación. Pasión, fuerza, ternura, misterio… todo está allí, invitándonos a conocer el alma de Bach a través del éxtasis de un joven canadiense capaz de atravesar los trescientos años y los mil mundos que le separaban de él.

stoelGlGOULD50Quevedo, sin duda, habría dicho de él que era un hombre a una silla pegado. Jamás se separó de ella. Construida por su padre, le acompañó no solo en todos los conciertos que dio, sino todas las veces que se puso delante del piano. La figura de un hombre encorvado enfundado en un abrigo corriendo con una silla en la mano por las calle era un paisaje conocido para sus vecinos. Una vez, al ser preguntado por su silla, contestó: “¿Esto…? Está siendo usted muy irrespetuoso con un miembro de mi familia. Esta silla es una compañera de viaje inseparable; sin ella no puedo funcionar. No he dado un solo concierto sin ella en veintiún años”.

Y si silla y Gould eran inseparables, también lo fueron la mágica y extraña simbiosis del sonido del piano con el de su voz tarareando las notas que iba tocando, en una comunión perfecta, como si quisiera glengould.org2perfeccionar el sonido de las propias cuerdas. En las grabaciones los técnicos de sonido se desesperaban con él. Pero eso a él nunca le importó: abstraído en su mundo poco le importaba que los demás no le entendieran. Escuchar su voz, su suave y constante tarareo, es como escuchar un mantra que lenta, muy lentamente, se va apoderando de nosotros. Escuchar las grabaciones de Gould es escucharle como si estuviera tocando en el salón de nuestra casa. Nadie como él ha sido capaz de crear una intimidad así. A él nunca le importó que los técnicos no le entendieran porque sabía que tú, al cerrar los ojos, sí le entenderías. Pruébalo, relájate, cierra los ojos y deja que él te lleve a uno de los mundos más bellos que el ser humano ha sido capaz de crear.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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