General Literatura

Ana María Matute, la niña que nos enseñó a ser niños…

1“El niño no es un proyecto de hombre, sino que el hombre es lo que queda de un niño, que es un mundo total y cerrado y redondo, y ahí no entra nadie más que su fantasía y otros niños. Los adultos no entran, y por eso el niño es un ser solitario; no porque no pueda expresarse, que lo hace perfectamente con los suyos, y conmigo también. Yo me entiendo muy bien con los niños, no con todos, eh, a algunos se les ve en los ojos lo que van a vender en cuanto puedan: esos no son niños. Hay gente que, aunque no lo parezca, no es niño nunca, y eso se nota después” Ana María Matute fue siempre una niña, una niña que acaba de morir a sus casi noventa años y que nos ha enseñado a tod@s a ser niños, a ver y vivir la vida con la intensidad, la imaginación y la inocencia de un niño. Ganadora de los más importantes premios de la literatura española y nominada cuatro veces al Nobel, en sus libros viven los sueños, todos los sueños que habitan el mundo de la infancia que jamás desaparece, una infancia que a ella le robaron como niña y como madre.

4Nacida en Barcelona en 1925, pasó algunos años de su infancia en Madrid y, sobre todo, en Mansilla, el pequeño pueblo riojano de su madre. Allí su tata y su cocinera le abrieron la puerta del mundo de los cuentos, un mundo que ya nunca abandonaría y al que entregó su vida. Su cocinera, que no sabía leer ni escribir, le contaba los cuentos que a ella le habían contado, esos cuentos que pasan de generación en generación creciendo con las vivencias de quienes los cuentan. Su tata, en cambio, le leía los cuentos de Andersen. Allí, con cinco años, es cuando ella decidió ser escritora, viendo aquellas pequeñas moscas negras pintadas en un papel blanco en las que vivían todos los cuentos, todos los mundos…

Su infancia fue un paraíso que ella no perdió, sino que se lo robaron: “Mi madre era de La Rioja, y tenía una finca maravillosa allí. En verano, íbamos allí y ocurría la mar de cosas. ¡Éramos felices! Aquello sí que era el paraíso, había una libertad total, pero, desgraciadamente, cuando vino la guerra, nos fuimos, y después de la guerra, cuando volvimos, hicieron un pantano. Ahora está debajo del agua. ¡Hasta eso me quitan! Yo todo lo que amo, parece que me lo quieren quitar, que me lo arranquen, me lo quiten, y ya, pues no existe aquello…” Con estas amargas palabras recuerda los duros años en los que, tras separarse de su primer marido en 1963, las leyes otorgaron la custodia de su único hijo a su padre y a ella no le dejaban siquiera verlo.

MansillaPor eso su defensa de la infancia, de ese mundo único que nunca ha de volver, ha sido una de las constantes de su vida: “Se están cometiendo muchos errores con los niños, se les está quitando la capacidad de imaginar, se les está quitando la isla desde muy niños, lanzándoles al mar. Cada vez dura menos la infancia, pero tampoco se logra a cambio una madurez. Son niños expulsados muchos de ellos, lo que yo llamo adolescentes con cara de náufragos. Hay mucho niño náufrago, adolescentes que a lo mejor ya tienen 40 años, pero no han sabido madurar. Se está educando muy mal. Les quitan la capacidad imaginativa. Por ejemplo, la televisión. No estoy en contra de ella, sino de su uso. Tampoco hablo de la violencia, un niño siempre lleva dentro la violencia, y si no le compran pistolas las fabrican con las pinzas: mis hermanos lo hacían. La televisión les ha hecho perezosos, se lo dan todo hecho, los personajes, las músicas, los colores. Entre el cómic y la tele lo tienen todo. La lectura en cambio es una fábrica de sueños. Yo de niña me imaginaba los personajes, las ciudades. Tenía una idea fabulosa de la ciudad de Copenhague por lo que leía en Andersen, y cuando realmente la conocí, encontré mi sueño. Había un ilustrador ruso del siglo pasado que nunca pintaba al protagonista, lo ponía de espaldas para que el lector lo imaginara. O sea, que si además de ver las películas de dibujos leyeran… Pero no, están amorrados a la televisión todo el día. Yo recuerdo que cogía libros de la biblioteca de mi padre y no entendía nada, pero lo inventaba a mi modo…”

Ana-Maria-Matute-Reviviendo quizá su historia personal, una de sus novelas, “Paraíso inhabitado”, en la que contaba la historia del descubrimiento del mundo de los adultos de una niña, empezaba con una de las frases más impresionantes con las que se puede empezar una novela: “Nací cuando mis padres ya no se querían…” Su universo literario lo componían las novelas y los cuentos, unos cuentos jamás reconocidos en los países del Sur y que para ella eran lo más próximo a la poesía: “Tengo mucho respeto por lo que escribo, me parece muy importante, no lo banalizo. Cuando me pongo a escribir es que tengo una necesidad interna muy grande de expresar algo. Realmente escribir es protestar por algo, y luego hay que darle una forma literaria. Yo cuento historias, porque las vidas están llenas de historias y a mí me interesan las personas. Escribo sobre el dolor, las lágrimas. Mientras haya alguien que llore en el mundo, no somos lo que deberíamos ser, no habremos progresado. Ahora vamos a Marte, muy bien, y por qué no nos miramos a nosotros. Es como si hubiéramos desarrollado muchísimo un brazo y el otro se nos hubiera quedado muy corto, atrofiado… Para mí el
5cuento es un elemento literario importantísimo. Tan importante en prosa, como la poesía. Porque a mí, lo que más me gusta, lo que más me atrae, lo que más me fascina de la literatura, es la poesía. Pero yo nunca he sido capaz de escribir ni un poema. En prosa lo que más se aproxima a la poesía es el cuento. El cuento que tiene que tener las palabras justas, ni una más ni una menos, ni una coma más, ni un punto menos, si me apuras, lo justo. Digo que debe tener, no que yo lo haya conseguido, que eso es otra cosa. Es curioso porque en los países anglosajones el cuento está valoradísimo. Ahí hay grandes escritores, que solamente han escrito cuentos, que han ganado Premios Nobel. En nuestros países latinos no es así. El cuento parece que es una cosa de viejas, de niños. No hay literatura menor, hay Literatura, y nada más, buena y mala, y nada más… A veces, lo aparentemente leve, pequeño, resulta que para un niño, por ejemplo, es un desastre, un terremoto, un acontecimiento tremendo, cuando para una persona mayor es una anécdota. Todo depende, de cómo se escribe, sobre qué se escribe… No hay que ser demasiado explícito, hay que dejar que el lector cree a su vez. Yo siempre, tanto en cuentos como en novelas, dejo que el lector contribuya conmigo a escribir el libro o el cuento. Eso sí es muy importante. La fantasía forma parte de la realidad porque es un producto nuestro; forma parte de nosotros, porque forma parte de la realidad…”

paraisoinhabitadoAna María Matute no tuvo una vida fácil. Además de su infancia y a su hijo, fueron muchas las cosas que le robaron. Sin embargo ella nunca se quejó de eso, sino que tomó la vida y el amor, del que decía que era una enamorada sin remedio, como una maravillosa equivocación: “Me han pasado cosas muy malas en la vida, y cosas maravillosas. Lo que sí sé es que he vivido mucho, muy intensamente: la vida es una equivocación muy maja, no sé qué es aburrirse”.

Ese espíritu libre y luchador ha hecho que Ana María siguiera escribiendo hasta sus últimos días. En septiembre aparecerá su última novela, una novela póstuma que, como ella, no morirá jamás porque vivirá en el corazón de tod@s l@s que aprendimos de ella que somos niños, niños capaces de ilusionarnos por la vida y por las cosas, niños capaces de vivir todas las vidas, todos los amores y todos los sueños. ¿Qué importa si también hundieron el mundo de nuestra infancia en un pantano? Ese niño que tod@s llevamos dentro, ese niño que habita en los bosques de la memoria y en las procelosas aguas del olvido, vendrá a rescatarnos del sinsentido de la vida adulta en la que nos han encerrado. Ana María le dio a ese niño la llave que abre la celda de nuestra alma. De ti, y solo de ti, depende que pueda abrirla, porque en esa celda hoy ya no hay más carcelero que tú.

Cuando le preguntaron cómo le gustaría ser recordada, ella no lo dudó: “No sé si los niños del futuro leerán muchos cuentos, pero quisiera que me recordaran como “la mujer que los hizo soñar” Eso es lo mejor que podrían decir de mí, como yo podría decir de Andersen, “el hombre que me hizo soñar…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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