Cine/Teatro General

Misántropo, o la filantropía de Miguel del Arco

cartel (2)¿Sobreviviría en nuestra sociedad una persona que solo dijera la verdad, que odiase la mentira, el engaño, la hipocresía, lo políticamente correcto, la adulación, el interés, las “buenas costumbres”, la mal llamada educación, la cortesía…?,¿Es posible vivir hoy sin mentir, sin pretender ser otro, sin necesitar aparentar, sin renunciar a ser nosotros mismos? En un mundo, el nuestro, donde hipocresía, mentira o corrupción se han adueñado de nuestros actos, condicionando por completo nuestra forma de ser y de vivir, la figura del misántropo de Molière es más necesaria que nunca. A lo largo de la historia, este personaje siempre ha creado antipatía en el público, un hombre que se cree en posesión de la verdad y trata de vivir de acuerdo a ella sin que nada más le importe no es una figura que cree empatía, que se haga querer. Sin embargo, en esta versión libre que nos trae Miguel del Arco llegamos a entender a ese hombre, a admirar y respetar a ese Alcestes solitario y perdido que trata de sobrevivir en un universo de hienas y serpientes donde la palabra, la amistad o el amor no valen nada.11 No sé si son la mágica mano de Miguel del Arco y el extraordinario trabajo de Israel Elejalde quienes obran ese milagro, o es la orgía de hipocresía, cinismo, corrupción y mentira que nos está tocando vivir, quien lo ha hecho, pero lo cierto es que conforme va avanzando la obra cada vez te sientes más identificado con ese héroe solitario condenado al desierto y al destierro por quienes vanagloriándose de una felicidad que jamás llegarán a alcanzar, le expulsan de su falso paraíso temerosos de que la integridad de un solo hombre acabe con su mundo. Quizá sea una mezcla de todo ello, porque la mano de Miguel y el trabajo de Israel están presentes en ese milagro, como también lo está en la mente y el corazón de todos los espectadores el sinsentido del mundo en que vivimos.

12 (2)Este montaje tiene el claro sello de Kamikaze producciones (Veraneantes, La función por hacer, deseo, etc.) La química entre los actores (clavando sus papeles con una riqueza de matices excepcional) se palpa en cada palabra, en cada movimiento, en cada silencio, como también se palpan la sabiduría y la sensibilidad de Miguel del Arco al ensamblar a la perfección el trabajo de los actores con la escenografía, la luz y el sonido, protagonistas también de esta versión libre de uno de los textos más actuales y necesarios del teatro clásico. En todo momento se percibe la grandeza del trabajo conjunto de los actores con los técnicos de luces y sonido, una grandeza conseguida a partir de los ensayos conjuntos que han hecho al estilo de lo que un día fue esa especie hoy en peligro de extinción que es el teatro de compañía. La inclusión de palabras y elementos del siglo XXI o la de un poema de Cernuda (“Si el hombre pudiera decir”) son elementos que hacen que la obra se acerque mucho más que la original al 2espectador de hoy. Combinando la comedia y el drama, del Arco convierte al espectador en un “voiyeur” que, clavado en su butaca, asiste al devenir de ese duro y desigual combate del solitario misántropo contra los molinos de su espíritu que transcurre en el oscuro callejón al que da una sala de fiestas donde está celebrándose lo que para los demás es la vida y para él tan solo una farsa y una mentira, otra más. La sala es la vida, esa alfombra roja en la que, al son de la música y las luces, todo reluce. El callejón es todo lo que hay debajo de esa alfombra. Allí veremos cómo unos y otros se clavan las puñaladas más traperas sin perder jamás la sonrisa, dándose las sempiternas palmadas en la espalda con las que los que se llaman a sí mismos amigos, incapaces siquiera intuir el significado de lo que en verdad significa la amistad, nos muestran a diario el “cariño” que nos tienen y los “favores” que nos hacen. Jamás llegamos a ver lo que pasa en el interior de la sala. Solo cuando se abre la puerta alcanzamos a escuchar el estridente ruido de la música que todo lo ahoga y las sombras de quienes salen, preciosa metáfora de esa sombra en vida en la que una gran parte de nuestra sociedad se ha convertido.

10._misantropo1._foto_eduardo_moreno (2)Nuestro Alcestes, porque poco a poco vamos sintiéndonos cada vez más identificados con él, deambula por ese callejón de encuentro en encuentro. Amante del amor, no duda en entregarse por completo a su adorada Celimena (una soberbia, como siempre, Barbara Lennie) que, creyendo que el mundo gira alrededor suyo y que lo puede manejar a su antojo, sobrevive de mentira en mentira y de engaño en engaño sin darse cuenta de que a la única que miente y engaña es a sí misma. El desencadenante de la tragedia de Alcestes no es otro que el desmedido ego de Oronte (un Cristóbal Suárez formidable) que, obstinado en triunfar en el mundo de la canción, se empeña en que Alcestes le regale el oído diciéndole lo que de verdad piensa de su música. Y Alcestes, para quien la verdad es el mejor regalo que puede darle a alguien, le dice sin tapujos que su canción es un bodrio insufrible. A partir de ahí Oronte pone en marcha toda la maquinaria para que la sociedad, como si de un partido político en plenas elecciones se tratase, le condene y le expulse de su seno si no rectifica públicamente y retira su ofensa, si no se atiene a esa disciplina de voto en la que hemos dejado que se convierta nuestra mal llamada democracia.

3En un mundo que confunde verdad con ofensa, ¿Vale la pena ir por la vida diciendo siempre la verdad, o es mejor renunciar a lo que creemos, a lo que consideramos justo, y fluir de mentira en mentira para que la sociedad nos acepte, glorifique y regale todos sus parabienes? En estos tiempos en los que la corrupción, el egoísmo, la mentira y la ambición se han adueñado del mundo, ser un misántropo requiere de un valor que muy pocos tienen: el valor de no ser lo que los demás quieren que seamos, el valor de ser nosotros mismos, de no vendernos, de no renunciar a lo que creemos, de no callarnos, de no entrar en el juego, de navegar contra la corriente, de elegir la integridad y la soledad, de no renunciar al Miguel del Arcocompromiso con la verdad y con nosotros mismos… Gracias, Miguel, por haber tenido la filantropía de ponernos frente al espejo de este misántropo que hoy es más necesario que nunca.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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