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Grândola, Vila morena

revolucion-de-los-claveles (1)Esta semana se cumple el 40 aniversario de un hecho que pudo cambiar el mundo: la revolución de los claveles. El 25 de abril de 1974 los capitanes del ejército portugués, hartos de una dictadura que duraba más de cuarenta años y que había convertido a Portugal en el país más pobre de Europa, con más de un 20% de analfabetismo, donde las desigualdades sociales eran cada día más sangrantes, y que se hallaba inmerso en guerras para negar la independencia de sus colonias africanas, dieron un golpe de estado que les llevó a tomar el poder sin disparar un solo tiro. Una canción, “Grândola, vila morena” fue la señal que utilizaron para hacer su revolución. Cuando esa canción sonó en la radio tomaron todos los centros estratégicos del país. El pueblo, desoyendo las consignas del régimen que les indicaban que debían permanecer en sus casas, salió a las calles a abrazarse con los militares revolucionarios. Un clavel rojo en la boca de un fusil era la imagen de aquella revolución. A aquel clavel le siguieron cientos, miles de claveles rojos que inundaron las calles. Nunca en la Historia se había dado un hermanamiento tan grande entre un ejército y su pueblo.

En pocos meses la revolución de los claveles nacionalizó las grandes corporaciones y los bancos, y el ejército, a través de las campañas de
Otelodinamización cultural, recorría los pueblos enseñando a la gente a leer y a escribir. Fueron días de esperanza, días de una alegría inmensa. El estratega de todo aquello se llamaba Otelo Saraiva de Carvalho, un militar concienciado políticamente que, al mando del COPCON, fue el encargado, tras la revolución de abril, de impedir un contragolpe auspiciado por la derecha del país. Otelo defendía (y defiende) una democracia participativa, asamblearia, una política de acción directa. Los principales partidos políticos de la izquierda portuguesa (el socialista y el comunista), asustados por un planteamiento político tan avanzado, le dieron la espalda y aquella Portugal que soñó y nos hizo soñar a muchos con que ese otro mundo posible estaba al alcance de nuestra mano, derivó hacia una democracia burguesa que, como la nuestra, está a años luz de ser una verdadera democracia.

Hoy, viendo cómo son la Troika y los grandes bancos quienes en realidad gobiernan nuestras democracias, el mensaje de Otelo está más actual que nunca. De hecho, en una reciente entrevista ha manifestado que, de seguir las cosas como están y si se sobrepasaran ciertos límites, no 2descarta que pueda volver a producirse una nueva revolución de los claveles. No será él quien pueda hacerla, como hizo hace cuarenta años, ya que fue ninguneado, condenado a prisión y apartado del ejército por haber defendido públicamente sus ideas revolucionarias.

Cuando aquellos capitanes dieron su golpe de estado aquí, en España, estábamos viviendo los estertores de otra dictadura, la franquista, que también llevaba camino de durar 40 años y que, lejos de suavizarse, seguía reprimiendo brutalmente al pueblo y asesinando impunemente (los últimos cinco fusilados del franquismo se produjeron en septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte del dictador). Aunque el gobierno de Franco se sustentaba en el apoyo de los altos mandos del ejército español, también aquí, dentro del ejército, había militares concienciados políticamente que soñaban con emular a sus homólogos portugueses: eran los “úmedos”, los de la Unión Militar Democrática (UMD) que, desde la clandestinidad, se oponían al régimen franquista. No pretendían dar un golpe de estado, sabían que con el ejército español no era posible, pero sí democratizar las fuerzas armadas y “mojar la pólvora” del régimen.

Constituidos oficialmente en septiembre de 1974, llegaron a ser unos doscientos y representaban una amenaza que el ejército franquista no iba a permitir. Casi todos sus principales dirigentes fueron detenidos en el verano de 1975. Nueve de ellos fueron condenados a penas que sumaban 43 años de cárcel y fueron expulsados del ejército. La amnistía del 77 les sacó de la cárcel pero no pudieron reintegrarse en el ejército hasta 1987, cuando pudieron hacerlo pero pasando obligatoriamente a la reserva. En 2010 el Ministerio de Defensa, al fin, reconoció su labor y concedió la medalla al mérito militar a catorce de sus máximos dirigentes.

Soldados - Revolución de los claveles 1974En 1974 yo tenía 17 años. Los vientos de libertad que venían de Portugal me empujaron, como a tantos otros, a ir a Lisboa para vivir la revolución. Recuerdo el entusiasmo popular en las calles, la inmensa alegría que había en los mítines políticos y también los avisos que hacía la megafonía de la organización avisando cuando las cámaras de la televisión iban a grabar para que los españoles nos tapásemos la cara y no pudiera reconocernos la policía española. El miedo que tenía nuestra policía a la revolución portuguesa era enorme. Recuerdo que, al volver de aquel viaje, varios policías entraron en el compartimento del tren en que viajaba y empezaron a registrarlo todo. No quedó un bulto ni una maleta sin abrir. Consciente de la situación, había renunciado a traerme ni uno solo de los cientos de libros que podías comprar libremente en Portugal y que aquí estaban prohibidos. Como recuerdo tan solo me traje un poster de un paisaje bucólico de un bosque con una cabaña de madera. Mi sorpresa fue cuando el policía lo requisó porque en la parte de abajo, a la izquierda, junto al nombre de la imprenta que lo había hecho, había una diminuta estrella roja ¡que yo ni siquiera había visto!

X3e_13121969Tuve la inmensa fortuna de vivir de cerca la revolución de los claveles porque mi madre y el que fue su inseparable compañero hasta su muerte, Rafael Lorente, fundadores de los comités AntiOTAN y sempiternos luchadores de todas las causas que para muchos parecen perdidas, la vivieron a fondo. Rafael, además de diplomático en excedencia, era militar de carrera y miembro de la UMD (su nombre de guerra fue el del Comandante Félix). Tras la revolución pasaron muchos meses en Portugal donde conocieron a la mayoría de los capitanes que habían hecho la revolución y a personajes clave del ejército portugués como el Almirante Rosa Coutinho y el propio Otelo, con quien entablaron una profunda amistad. Años después, cuando Otelo venía a Madrid para participar en mítines contra la entrada de España en la OTAN, era en casa de mi madre y Rafael donde vivía. Esa amistad se ha mantenido durante estos años. Aún hoy, cuarenta años después de la revolución, siguen hablando de lo que fue y confiando en que, algún día, otra revolución será posible.

revolucion-de-los-clavelesLas falsas democracias que estamos padeciendo españoles y portugueses han hecho que hoy vuelva a cantarse, como entonces, “Grândola, vila morena” La retomaron militantes portugueses del movimiento “Que le den a la Troika” en febrero del año pasado para interrumpir el discurso del primer ministro portugués en el Parlamento, y la ha cantado también la solfónica del 15-M en la Puerta del Sol. Grândola es el símbolo de un sueño, el sueño de un pueblo que decidió un día tomar las riendas de su destino al son de ese himno compuesto por el inolvidable Zeca Afonso que dice “Grândola, el pueblo es el que más ordena dentro de tu ciudad”, ese himno que cantamos tod@s l@s que creemos que otro mundo es posible y luchamos por conseguirlo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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