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Nosotros, la generación del desencanto…

1¿Qué nos ha pasado?, ¿Qué queda de aquellos ideales por los que estábamos dispuestos a jugarnos la vida, por los que corríamos delante de la policía, por los que nos detenían y encarcelaban?, ¿Dónde han ido nuestros sueños?, ¿Qué queda de nuestra utopía?, ¿Qué queda de nosotros?, ¿En qué nos hemos convertido…? Hoy, cuando los jóvenes indignados toman como referentes a los intelectuales de la generación de nuestros padres, a los Saramago, Sampedro o Hessel que, a los noventa años siguen siendo un ejemplo de coherencia y compromiso, y sin embargo no tienen un solo referente de nuestra generación, de los cincuentones de ahora, no puedo dejar de hacerme todas esas preguntas. Al ver a esos jóvenes concienciados y comprometidos, a esos jóvenes capaces de dar un paso al frente para defender a otro, para defender sus valores, para defender lo que es suyo, sampedro-hessel--644x362recobro un hálito de esperanza en que no todo está perdido. Pertenezco a esa generación del desencanto, a esa generación que luchó contra una dictadura y se dejó adormecer por una falsa democracia en la que nos creemos libres sin darnos cuenta de que somos esclavos que no solo no están dispuestos a luchar por su libertad, sino que no son capaces de reconocer que son esclavos. Los grilletes y las cadenas se han truncado por el trabajo y las hipotecas y eso nos hace creer que somos libres. No nos damos cuenta de que lo que esclaviza no son los grilletes, ni las cadenas, ni el trabajo, ni la hipoteca, sino el miedo, y ese no solo no ha desparecido sino que cada día nos domina y nos paraliza más. Miedo a perder un trabajo, a no encontrarlo, a no poder pagar la hipoteca, a que nos desahucien… Vivimos pensando que tenemos, que somos algo, y en realidad no somos más que individuos desahuciados de sí mismos, de todos sus ideales, de todo lo que daba sentido a sus vidas…

Ver a esos jóvenes indignados salir de nuevo a las calles es una luz en esta terrorífica oscuridad a la que nos habíamos acostumbrado. Vimos, 15m-puertas-del-solcallados, cómo los referentes se iban degradando: del Che Guevara se pasó a admirar a Mario Conde, y de Mario Conde a Belén Esteban… La tendencia estaba clara, pero callamos, miramos a otro lado y callamos. El miedo nos venció. Esa Transición que jamás se produjo nos venció. Y callamos. Todos callamos. Solo se mantuvieron firmes en sus convicciones y en sus ideales esos ancianos sempiternamente jóvenes en los que ahora se miran los indignados. Ellos no callaron porque siempre fueron conscientes de adónde íbamos, de adónde nos llevaban, de cómo nos estábamos vendiendo. ¿Dónde están hoy los intelectuales de mi generación?, ¿Es que, acaso, es la única generación en la Historia que no tiene intelectuales?, ¿Son censurados y por eso no nos llega su voz ni sus palabras? No. Están callados. Muertos de miedo, engullidos por el desencanto o simplemente integrados en el sistema atrapados en la loca carrera de la corrupción y la especulación que lo arrasó todo. Vivimos adormecidos en la sociedad del bienestar que nos hizo creer que todos podíamos vivir como millonarios si aceptábamos sus reglas de juego. Vendidos, sí, ¡y a precio de saldo!

Digo que ver a esos jóvenes indignados es un motivo de esperanza, un faro en la niebla, porque el panorama, antes de su aparición, era 4desolador. Si una generación que tenía ideales y que estaba dispuesta a luchar por cambiar el mundo, por darse a los demás para conseguir la igualdad, la libertad y la justicia para todos acabó como la nuestra, totalmente integrada en la sociedad más injusta y despiadada que ha conocido la Historia, qué esperar de la que venía detrás, esa que nos llamaba rojos trasnochados, utópicos y perdedores mientras se subía al tren del falso progreso y las mentiras asumiendo que las ideas, las ideologías y hasta la propia Historia habían muerto, que solo importaba el individuo, y que esto era la jungla del todo vale, y que lo único que querían era vivir en un constante botellón y ser “famosos” (extraña nueva profesión que consiste en aparecer en televisión montando escándalos basados en las proezas sexuales reales o simplemente declaradas, aunque nunca probadas, a cambio de una sustanciosa y obscena cantidad de dinero).

Nos quedamos anclados en las viejas ideologías, creíamos que hacíamos la revolución por leer a Marcuse o a Kropotkin, pero nos vendimos, nos dejamos comprar, renunciamos a nuestros ideales a cambio de una falsa promesa de seguridad y confort. Ese fue nuestro gran error. Como lo es 8ahora el de muchos jóvenes que se creen revolucionarios por darle al “Me gusta” o colgar un tweet. Saramago, Sampedro o Hessel fueron referentes, fueron grandes, porque nunca callaron, porque nunca se vendieron, porque nunca se dejaron vencer por el miedo, ni se contentaron con darle al “Me gusta”. El mundo ha cambiado. Seguimos pensando que somos revolucionarios porque conocemos la teoría, porque sabemos lo que es el anarquismo o el marxismo, pero nos olvidamos de que el mundo se cambia en la praxis, en la acción directa, en las calles, en el compromiso diario con el que más lo necesita. Y eso es lo que están haciendo esos jóvenes indignados. Puede que muchos no conozcan la teoría, que no hayan ni oído hablar de Bakunin o de Rosa Luxemburgo, pero están ahí, en la calle, luchando contra los recortes, impidiendo los desahucios. Esa es la diferencia, el abismo que nos separa de ellas y de ellos. Nosotros nos quedamos hablando en el confortable salón de nuestra casa de que la propiedad privada es el mayor de los robos, mientras son ellos los que impiden en la calle que los bancos desahucien a quien no puede pagar, que nos roben la sanidad o la educación públicas.

El sistema es condenadamente listo… y nosotros rematadamente tontos. En los setenta pudimos cambiar el mundo. El régimen parecía asustado 6y vencido. Solo el ruido de sables nos podía parar, y eso no hubiera estado bien visto por la comunidad internacional, así que se sacaron un as de la manga: el de la falsa democracia con la que nos adormecieron. El miedo nos llevó a aceptar una Constitución que ya nació castrada, que no reconocía el derecho de autodeterminación de los pueblos, ni tantos otros derechos. Pero la aceptamos para evitar un golpe de Estado y una posible nueva dictadura. En 1981 creímos que habíamos vencido a los golpistas y que nuestra Transición nos llevaría a esa adorada democracia tantos años deseada. Gran mentira. Lo que nos vendieron como una Transición ejemplar no fue más que un hacer que todo cambiara para que todo siguiera igual. Y nos lo creímos ¡Y tanto que nos lo creímos! Fuimos muchos los que nos alegramos al ver, al fin, a un Presidente de Gobierno socialista en nuestro país. La alegría duró poco, porque de socialista tenía bien poco. A la renuncia del marxismo le siguió el meternos de cabeza en la OTAN y de ahí a la guerra sucia contra ETA solo fue cuestión de tiempo, de muy poco tiempo… Apoltronados por un sistema electoral que blinda las mayorías, se instauró un bipartidismo que cerró por completo la posibilidad de las alternativas de izquierda en
soy libreeste país. La socialdemocracia del PSOE y la derecha del PP ocuparon el espectro político en el que, con la inestimable ayuda de la manipulación de los medios de comunicación, se movía la mayor parte de los ciudadanos de este país. La posible revolución de los barrios obreros fue masacrada con ese genocidio nunca juzgado del exterminio de una generación entera mediante la heroína. Fue un crimen planificado y preconcebido cuidadosamente para evitar que el sistema saltase por los aires. Y a los demás nos durmieron con las migajas del Estado del bienestar, con las hipotecas y las promesas de prosperidad urbi et orbe que hacían todos nuestros políticos. La izquierda, la verdadera izquierda, se desvaneció, se atomizó y se calló a sí misma en su sempiterna lucha por el quítame de aquí esas pajas. Y mientras, los herederos del franquismo, reconvertidos de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida, seguían ocupando los más altos cargos de la Administración, de la magistratura, de las fuerzas de seguridad, de los medios de comunicación…

Y así siguió la cosa. La economía crecía, los ricos y los políticos se hacían cada vez más ricos, y nos dejaban a los demás las migajas del pastel con las conformismoque nos hacían creer que éramos privilegiados. Todo era mentira, todo era una gran mentira, una inmensa burbuja que tarde o temprano estallaría, pero eso poco o nada le importaba a quienes dirigían el cotarro. Fueron los años en los que se privatizaron (léase se regalaron a los amiguetes a precio de saldo) las principales empresas públicas de este país, empresas en las que, no podía ser de otra manera, los políticos que las habían privatizado encontraron suculentos puestos de consejeros al abandonar su carrera política. Fueron los años en los que nadie salía a la calle a protestar, pero todos a vitorear a esa selección de fútbol que tan felices nos hacía. Y los ricos siguieron enriqueciéndose mientras los demás mirábamos a otro lado viendo como el precio de nuestra flamante vivienda en propiedad subía y subía cada año… La burbuja siguió hinchándose con el inestimable aliento de los bancos hasta que explotó y nos quedamos con cara de gilipollas mirando en nuestras manos el arrugado plástico en que se había convertido nuestro bienestar. El precio de nuestra casa cayó, ya valía menos que la hipoteca que teníamos, y encima nos quedamos sin trabajo. Al principio aguantamos porque teníamos algunos meses de cobertura de desempleo y la cosa no duraría mucho, pero pronto vimos que nos quitaron el desempleo y que lo que llamaban crisis no iba a acabar, porque en realidad era un robo fríamente calculado y ejecutado: se había acabado el estado del bienestar. Y se había acabado porque privatizándolo había un suculento negocio para los bancos y los ricos que necesitaban ganar cada vez más y más…

13Y así estamos hoy: hipotecados, en paro, sin perspectivas y acojonados. Normal pues que no seamos un referente para nuestros hijos, normal que nos vean como los culpables del expolio del mundo que les pertenecía y nunca llegaron a “disfrutar”, culpables de habernos vendido integrándonos en un sistema que nos hizo creer señores cuando no fuimos más que siervos, culpables por habernos dejado engañar, o por haber mirado a otro lado…

Fuimos nosotros quienes dejamos que todo esto pasara, quienes nos vendimos creyéndonos sus promesas de convertirnos a todos en millonarios, quienes renunciamos a nuestros valores y a nuestros ideales de querer cambiar el mundo, quienes nos quedamos en casa sin hacer nada viendo como todo esto pasaba… Hay excepciones, gente que ha mantenido firme su compromiso, sus valores y su coherencia durante todo este tiempo ¡Claro que las hay! Pero el drama de nuestra generación no solo es que sean excepciones, sino que, para la mayoría, no fueron más que buenistas, idealistas, trasnochados, utópicos y perdedores…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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