Cine/Teatro General

Peter O´Toole, el entrañable loco irlandés

1Fue uno de los más grandes. Su capacidad para meterse en la piel de personajes psicológicamente difíciles y atormentados fue legendaria. Su Lawrence pasó a la historia de la interpretación a pesar de haber sido el primer papel protagonista que hizo en el cine. Luego hizo otras interpretaciones magistrales, como ese Henry II que hizo dos veces (de joven en “Beckett”, junto a Richard Burton, y ya de mayor en “El león en invierno”, dando la réplica a otro monstruo de la interpretación como era Katharine Hepburn). Llegó a estar nominado en ocho ocasiones para el Oscar (que nunca ganó y la Academia finalmente le otorgó uno honorífico que él recogió casi por obligación), aunque la sombra de su Lawrence siempre planeó sobre él. Perteneciente a una generación de actores británicos legendaria (Richard Burton, Richard Harris, Peter Finch, Albert Finney, Alan Bates etc.), compartió intensamente con ellos escenarios, rodajes y pubs. En más de una ocasión tuvieron que ir a buscarle al pub de enfrente del teatro porque la función debía haber comenzado y él seguía acodado a la barra. Salía del pub borracho perdido, pero pisaba el escenario y era capaz de regalar la mejor de sus interpretaciones. Así fue Peter O´Toole, que nos dejó hace unas semanas, un ser irrepetible para el que la comedia no era más que un drama sin pantalones.

16Este “loco irlandés”, como le llamaban sus amigos, era hijo de una enfermera y de un corredor de apuestas. Pasó su infancia en Leeds y abandonó los estudios a los quince años para trabajar como periodista. Ingresó en el ejército y estuvo en la guerra de Corea embarcado en un navío de la Royal Navy. No guardaba muchos recuerdos de aquello porque, como él decía, estuvo mareado todo el tiempo. Aunque él siempre contaba que entró porque pasaba por ahí, lo cierto es que ingresó en la Academia Real de Arte Británico, donde coincidió con Bates y Finney. Su verdadera pasión era el teatro, Shakespeare su única bandera y el Quijote el personaje con el que más se identificaba y a quien más quería. Debutó en el Bristol Old Vic Theater y en el London´s Royal Court Theater donde encarnó papeles secundarios de las principales obras de Shakespeare. Esa fue su mejor escuela porque la mayoría de los secundarios de Shakespeare son personajes mayores y él, con 24 años, tenía que interpretar a personajes que pasaban de sesenta. Cuando pudo encarnar papeles principales, como el inolvidable Hamlet al que dio vida, no tardó en convertirse en una leyenda de la escena. Era un auténtico monstruo del teatro. Hizo sus pinitos en el cine con papeles de reparto hasta que, en 1962 David Lean le eligió para protagonizar Lawrence de Arabia, una película que ocupa un lugar entre las más grandes de la historia del cine y que fue el primer papel protagonista que O´Toole hizo para la pantalla.

4La vida, a veces, es generosa y esa vez quiso serlo con él. El papel de Lawrence había sido ofrecido antes a Marlon Brando y a Albert Finney, que lo rechazaron por lo complejo del personaje y las extremas condiciones del rodaje. O´Toole, sin embargo, no dudó ni un momento de que él podría hacerlo y David Lean, que solo había podido ver unas pocas secuencias de las tres películas que había hecho hasta entonces, lo apostó todo por él. El papel atormentado de Lawrence, como los que hizo después en La noche de los generales y tantos y tantos otros, hicieron que la crítica y el público pensasen que O´Toole debía ser una persona muy desequilibrada en su vida real. Su empeño en guardar para sí su vida privada puede que también contribuyera a eso. Sin embargo, él siempre reconoció que ni uno solo de los personajes que interpretó a lo largo de su vida se parecía a él. Para O´Toole actuar era adecuarse a cualquier papel, por eso nunca entendió a los que decían que este actor no va para ese papel o que la elección de aquella actriz para aquel papel no había sido buena. “¿Qué es eso de que un actor no es adecuado para un papel? ¿Para qué nos sirve entonces interpretar?”

con David LeanLa versión original de Lawrence de Arabia duraba veinticinco minutos más que la que se vio en los cines cuando se estrenó. No es que faltara ninguna secuencia, sino que faltaban fotogramas en casi todas las secuencias. Nunca se aclaró la causa de aquel misterio y no fue hasta veinticinco años más tarde, muerto ya el productor, cuando aparecieron los fotogramas cortados. David Lean no lo dudó, quería la versión íntegra. El problema es que no estaba la banda sonora con los fotogramas. Por eso los actores que todavía estaban vivos tuvieron que doblarse a sí mismos en aquellas mini secuencias que habían sido eliminadas. O´Toole siempre reconoció que le hizo mucha gracia tener la oportunidad de ver en profundidad el trabajo que había hecho veinticinco años atrás.

22Su afición a la bebida estuvo a punto de costarle la vida a principios en los setenta cuando tuvo una pancreatitis que le obligó a retirarse de los escenarios y los rodajes. Años después retomó su carrera de actor. En esta segunda época tuvo algunos éxitos de taquilla importantes, aunque ninguno como Lawrence de Arabia. No obstante, las nominaciones a los Oscar le seguían llegando. De hecho le llegaron hasta casi el final de su carrera ya que la última fue en 2006 por su prodigioso papel en Venus. Pero lo que verdaderamente le apasionaba de verdad era el teatro, y a él se dedicó principalmente. Su imponente presencia escénica y esa capacidad de transmitir todo lo que le sucedía a sus personajes, por interno que fuera, hicieron de él un animal de la escena.

9Si algo no toleraba era la mediocridad. Era algo que odiaba y despotricaba contra los gestores teatrales mediocres que jamás entendieron lo que es el teatro. Por eso siempre fue reacio a las subvenciones para la cultura porque creía que si aceptabas dinero de un mediocre jamás serías libre para hacer algo genial. O´Toole era un apasionado de la literatura y de los sonetos de Shakespeare en particular. Por eso amaba el teatro como lo amaba. Dos facetas de su personalidad marcaron indeleblemente su relación con los demás: su permanente sentido del humor y una generosidad sin límite para con sus amigos. Por eso amaban a O´Toole como le amaban. Se definía sí mismo como una persona no común porque se reservaba el derecho a no ser común. En la puerta de su casa, cuando había una fiesta, colgaba un cartel que decía: “La fornicación, la locura, el asesinato, la embriaguez, gritos, chillidos, destrozar la conversación educada y la rotura de huesos, tales alegrías constituyen el comportamiento aceptable, pero ninguna interpretación está permitida”

Recogiendo su Oscar honoríficoPara él la interpretación era como el jazz: “Verás, un actor reconoce a otro cuando se miran a los ojos. Y eso es como el jazz: un actor debe ir allí con su trompeta y competir” Aunque había anunciado su retirada definitiva en 2012, poco antes de cumplir los 80 años, no resistió la tentación de encarnar al orador Cornellius Gallus, un sabio romano que defiende a una mártir cristiana ante el emperador Constantino el Grande en la película Catalina de Alejandría, que se estrenará dentro de unos meses. Fue el último papel de uno de los más grandes de la historia del cine que siempre fue fiel a sí mismo y que jamás ocultó su afición a la bebida en un entorno en el que admitir esa dependencia podía haberle cerrado todas las puertas: “Richard Burton, Richard Harris y yo encarnamos el auténtico espíritu de los sesenta porque nos atrevimos a hacer en público lo que todo el mundo hacía en privado, y además a convertirlo en un show” Así fue este entrañable loco irlandés que dedicó su vida a pasarlo bien, a ayudar a sus amigos y a hacer lo que más le gustaba: interpretar.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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