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Georges Moustaki, adios al último Ulises

albumphoto1Le conocimos a finales de los sesenta. Por la foto del disco sabíamos que era un tipo simpático, con barba y melenas. Cantaba en francés, en aquella época todavía nos llegaban aquí las canciones francesas. La canción con la que entró en todas nuestras casas tenía claros aires griegos. La alegría, la nostalgia y el sabor a aventura sonaban en sus acordes. Aquella canción hablaba de un extranjero y olía a Mediterráneo. Se llamaba “Le métèque” y quien la cantaba Georges, Georges Moustaki. Con aquella canción entró en nuestra vida para invitarnos a bailar y a soñar. Ya nunca salió de ella. Pocos como él han sabido poner voz a nuestra ternura y música a nuestra melancolía. Sus canciones supieron entrar en lo más profundo de nuestros corazones para encontrar allí lo que necesitábamos decirle a la persona que amábamos, a la que habíamos amado, a la que amaríamos durante toda nuestra vida sin que siquiera se diera cuenta, a ese abuelo para el que jugábamos, al joven cartero que murió, a las cartas de amor que escribimos y ya nadie pudo entregar, a nuestra adorada soledad, a la amistad, a la necesaria filosofía, al tiempo de vivir, de soñar y de amar, a ese hombre del corazón herido que todos conocemos, al Mediterráneo y, por encima de todo, a nuestra libertad.

Había nacido en Alejandría, Egipto, en 1934, en una familia judía de origen griego. Sus padres eran políglotas y él no tardó en aprender también a poissonsexpresarse en la multitud de lenguas que escuchaba en el colegio: árabe, italiano, francés, inglés, griego, turco, armenio… Aquel ambiente es el que hará de él un viajero, un vagabundo que nunca pasará más de un mes en el mismo país. Durante toda su vida fue un ciudadano del mundo que jamás fue extranjero en ningún lugar. “La Alejandría de mi infancia – recuerda – era el mundo en pequeño con todas las razas y todas las religiones. Soy raramente extranjero en alguna parte porque siempre encuentro una referencia con Alejandría en los idiomas que he escuchado ahí, los olores que ahí he respirado o los colores…”

Su padre tenía una librería (La ciudad de los libros) en la que él, ya de niño, se perdía leyendo todo lo que caía entre sus manos. Es allí donde aprendió a amar la cultura francesa: su música, su literatura y su cine le abrieron las puertas de un mundo nuevo que él hizo suyo sin renunciar jamás a ser él mismo, porque esa fue una de las constantes de su vida: la inquietud que le llevaba a conocer otras tierras, otras gentes, otras formas de ver y de vivir la vida, que él fue siempre incorporando a la suya, a aquella Alejandría de su infancia que jamás abandonó:

“Les canto mi nostalgia
no se rían si me sonrojo
mis recuerdos no han envejecido
tengo siempre añoranza!
-Alejandría-

“Grand-Pere” es una de sus canciones más conocidas. La compuso recordando a su abuelo y a aquel particular universo que juntos compartieron: “Es por ti que yo juego, abuelo, es por ti. Los demás me escuchan, pero solo tú me entiendes…”

La canción francesa había entrado a formar parte de su vida: Henry Salvador, Ives Montand, Luis Mariano… Jamás olvidó el concierto al que fue con su Georges Moustakimadre cuando solo tenía trece años. Quien cantaba era Edith Piaf, a la que conoció diez años después para regalarle la letra de una de sus canciones más emblemáticas, Milord, y con quien tuvo una bella historia de amor. Fue Henri Crolla quien les presentó. Le habló a la Piaf de lo maravillosas que eran las canciones de aquel joven venido del Mediterráneo. Ella quiso escucharlas. Fue un verdadero desastre: “Tomé la guitarra y estuve lamentable. Pero algo debió tocarle. Ella me pidió ir a verla esa misma noche en el Olympia y mostrarle más tarde las canciones que yo acababa de masacrar” El segundo pase fue otra cosa. Moustaki pudo cantar como él sabía y a ella le fascinó. Quería que le escribiera canciones pero, para hacerlo, tenía que conocerla mejor. Así nació su historia. Ella grabó algunos de sus temas y le pidió que georges-brassensescribiera una canción sobre una pena de amor, un domingo, en la ciudad más triste que conocía, Londres. Leyendo el primer borrador ella señaló con el dedo la palabra “Milord”: “¡La canción está ahí!” Tenía razón. La canción estaba allí.

Él había ido a vivir a París con diecisiete años, en 1951. Estaba enamorado de aquella ciudad que le veía vender libros de poesía de casa en casa y cantar en bares y clubes donde trabajaba como pianista de ambiente y, si se terciaba, colaba alguna de sus canciones. Fue entonces cuando conoció a quien cambiaría su vida para siempre: Georges Brassens http://clandestinodeactores.com/laplacenta/georges-brassens-la-calida-voz-de-la-anarquia/ . De hecho Moustaki eligió el nombre de Georges como nombre artístico en honor a él (en realidad se llamaba Giuseppe Mustacchi)

Los vientos de revolución que volaban en el París del Mayo del 68 calaron muy hondo en él. Eran tiempos de grandes ilusiones, tiempos donde todo era posible, los tiempos que él refleja en la canción que les dedica: “Le temps de vivre”

Lo curioso de la carrera musical de Moustaki es que él empezó componiendo para otros cantantes. Piaf, Barbara, Montand http://clandestinodeactores.com/laplacenta/yves-montand/ , Dalida, Juliete Grecó o FRANCE-MUSIC-MOUSTAKI-DEATH-FILESSerge Reggiani son quienes habitualmente cantan sus temas. De hecho, tras probar fortuna en los clubes y bares, grabó su primer disco con el seudónimo de la orquesta de Eddie Salem y sus cantantes árabes. Fue Barbara quien quiso que él la acompañase interpretando el tema “La longue dame brune” en su gira de conciertos en moustakipacolos principales auditorios de Francia. Una leve indisposición de la cantante hizo que Moustaki debutase en solitario frente a aquel público multitudinario. Eso, unido al éxito que estaban teniendo sus temas interpretados por Serge Reggiani, le abre las puertas de los estudios para grabar sin tener que esconderse ya tras un seudónimo. El tema “Le métèque”, que había sido rechazado por todos los estudios tres años antes, se graba y alcanza el número uno de ventas en setenta países: “Canté “Le métèque” en el programa de televisión “Discorama” de Denise Glaser: dos sillas, dos micros… Un intercambio apacible en el que cada palabra tomaba importancia. Al día siguiente las prensas de Polydor comenzaron a funcionar para hacer frente a la demanda: 5000 ejemplares por día. ¿Por qué una canción así recibió una acogida así en ese momento? Nuca lo sabré”

Su claro compromiso político por la revolución y la libertad le hacen acercarse a los perdedores y a los perseguidos. De ahí surge el encuentro con el cantante Paco Ibáñez www.clandestinodeactores.com/laplacenta/paco-ibanez-porque-la-poesia-vive-en-la-calle, exiliado en París de la dictadura franquista, y con el músico griego Mikis Theodorakis, www.clandestinodeactores.com/laplacenta/mikis-theodorakis-la-leyenda-de-un-hombre-indomable también exiliado en París tras haber pasado años en las cárceles de la dictadura de los coroneles griegos. Desde el primer momento, la sintonía entre ambos es total y Moustaki trabaja mano a mano con Theodorakis para adaptar las canciones del músico griego al francés. Una profunda amistad les ha unido desde entonces. Aquí les tienes ensayando dos temas que Theodorakis había compuesto en la cárcel y que Moustaki popularizó en todo el mundo: “L´homme au cor blessé”, dedicada a sus compañeros de prisión e “Imaste dio”, un himno para todos los griegos que luchaban, y luchan, contra la dictadura que Moustaki tradujo por “Nous sommes deux”

3María del Mar Bonet www.clandestinodeactores.com/laplacenta/maria-del-mar-bonet , gran amiga de Moustaki que ha cantado con él en muchos escenarios, habla siempre con gran cariño de él. Le conoció en 1971 mientras ensayaba en el escenario del Palau de la Música de Barcelona. Ella estaba en proscenio cuando, de entre las bambalinas apareció una cabeza melenuda y barbuda que le sonrió y le dijo ¡Ah, qué maravilla! María del Mar le recuerda en su moto por las calles de París, con su guitarra al hombro dirigiéndose al aeropuerto para ir a cantar a cualquier país. Poco le importaba cuál fuese. En todos tenía grandes amigos. En todos se sentía como en casa. Ella jamás olvidará el día que coincidió con él en un avión rumbo a Atenas. Al aterrizar él le dijo que unos amigos le esperaban para comer y que por qué se unía a ellos. La comida fue en casa de Theodorakis, también gran amigo de María del Mar. Fue una delicia. Ella es la que me contó que cuando viajaba Moustaki no solía frecuentar los hoteles porque siempre tenía algún amigo que le invitaba a su casa. También es ella la que me habló de la pasión de Moustaki por la belleza y por las mujeres. Las había amado de todas las edades, aunque mostraba una clara debilidad por las jóvenes. La que compartía su piso en la Ile de Saint Louis en París por aquellos días rozaba los veinte. Él los sesenta pero, como dijo Picasso, cada hombre tiene la edad de la mujer a la que ama.

dessinscouleur7Su pasión por el placer y la belleza le llevaron a Brasil, donde se enamoró sin remedio de su música y de sus gentes. Si Theodorakis había impregnado su música de aires griegos, Chico Buarque y Vinicius de Moraes www.clandestinodeactores.com/laplacenta/vinicius-de-moraes-porque-vivir-es-devorar-la-vida lo hicieron de los brasileños. Moustaki amaba la vida, una vida entendida como una oportunidad de disfrutar plenamente de todo aquello que nos hace ser seres humanos: el amor, la amistad, la fraternidad… Era una persona abierta y afable, con un gran sentido del humor, una persona a la que le gustaba compartir la vida con amores y amigos, pero una persona que también amaba la soledad, esa soledad que acompaña a los poetas y a los soñadores, esa soledad en la que jamás estamos solos…

Devorador de la vida, el paso del tiempo era uno de los temas que más frecuentaba en sus canciones. Era consciente de que, aunque hubiese vivido mil albumphoto8años, no habría podido vivir todas sus vidas, amar a todas sus mujeres, entregarse a todos sus amigos, o luchar en todas las revoluciones en las que creía. Moustaki era un ser que se empapaba hasta lo más hondo de todo lo que encontraba en su camino y que se implicaba a fondo en todo lo que creía justo. De cada lugar, de cada concierto, de cada cena con amigos, de cada noche de amor extraía algo que le hacía crecer, algo que poder compartir con los demás. Recuerdo haberle visto en muchos conciertos, y en cada uno sorprendía incorporando algo que había aprendido en ese viaje de Ulises solitario y soñador que hizo de su vida. En el que le vi en el teatro romano de Sagunto nos pidió a todos que invitásemos a bailar a la persona que teníamos a nuestro lado. Si la conocíamos bien, y si no ¡mejor! Era algo que le habían enseñado en Argentina, de donde acababa de llegar. Lo encontró hermoso y decidió integrarlo en sus conciertos porque era algo con lo que se sentía identificado. Moustaki era de esas personas capaces de sacar a bailar a una desconocida en el metro para acompañar a ese músico callejero que trata de ganarse unas monedas, ese músico al que él conocía tan bien porque desde siempre lo llevó dentro.

Son muchas las palabras que deberíamos emplear para definir la personalidad de Moustaki: bonhomía, ternura, amor, amistad, belleza, calma, Georges-Moustaki-en-1972_54373769278_54028874188_960_639melancolía, sueños, utopía… aunque una le define por encima de todas: Mediterráneo, porque eso es lo que Moustaki era: un hombre Mediterráneo. Su Mediterráneo era un mar de encuentro, de intercambio, de fraternidad y solidaridad, un mar de alegría y sueños compartidos. Toda su música rezuma Mediterráneo, huele a Mediterráneo, sabe a Mediterráneo… Y al Mediterráneo le compuso una canción por la que fue expulsado de España: En 1971, en plenos estertores del franquismo, Moustaki, animado por su amigo Paco Ibañez, visitó Barcelona para hacer su primera actuación – y la única en cinco años – en el estado español. El concierto – aquel en el que conoció a Maria del Mar Bonet – fue en un Palau de la Música abarrotado hasta los topes. Los censores franquistas de la época le habían informado de las canciones que no podía cantar. Pero cantó una canción que no estuvieron a tiempo de prohibirle: “En Méditerranée”, una canción en la que dice que libertad es una palabra que no puede decirse en español. Por interpretar esta canción Moustaki fue invitado a salir del país y no pudo volver hasta abril de 1976

Moustaki fue un hombre de un fuerte compromiso político, un compromiso libertario que, sin embargo, no tradujo a todas sus canciones ya que no le 1369298817_232345_1369299352_portada_normalhacía falta hablar de política para trasladarnos a ese mundo nuevo en el que él creía, ese mundo donde los hombres y las mujeres serán iguales, los ricos y los pobres serán iguales, los blancos y los negros serán iguales… En su voz palabras como amor, ternura, felicidad, soledad o amistad eran suficientes para traernos ese otro mundo posible y ya imprescindible. Solo en contadas ocasiones habló en sus canciones de sus convicciones más profundas. “Declaration” es una de ellas.

Moustaki fue muchas cosas: poeta, músico, pintor (ahí están sus pinturas y sus dibujos reflejando su particular forma de ver la vida y el mundo), escritor (de los muchos libros que publicó quizá el de sus memorias, “Las hijas de la memoria”, como en Grecia llaman a las musas, sea el más íntimo y dessinscouleurlogopersonal), pero sobre todo fue un hombre enamorado del amor y de la vida, un ser generoso capaz de darlo todo por sus amigos y también por los desconocidos, un ser irrepetible que se ha ido de este mundo habiendo hecho todo lo posible porque fuera mejor, y lo ha hecho como él sabía: amando y cantando. Uno de sus temas más conocidos es el que dedicó a algo que era fundamental en su vida: la libertad. “Ma liberté” es, posiblemente, una de las más bellas canciones que se han escrito jamás.

Quiero acabar esta entrada con una canción del músico griego Manos Hadjidakis, otro gran amigo suyo, que Moustaki hizo suya, “Le facteur” (el cartero), una canción que nos habla de la ausencia y de la muerte, y lo hace contándonos la historia de la muerte de un joven cartero de 17 años que ya nunca más podrá llevar las cartas de amor que él escribía. Es un canto a los que se han ido. Yo tenía 24 años cuando murió mi padre. Jamás olvidaré lo cerca que le sentí cuando, mirando las nubes desde la ventanilla de un avión que me llevaba a cualquier parte, esta canción sonó en mis auriculares. Hoy, al escucharla, también siento cerca, muy cerca, a Moustaki.

“El joven cartero ha muerto.
No tenía más que 17 años
el amor no puede viajar más
ha perdido su mensajero.

moustakiportraitEs él quien venía cada día.
Los brazos cargados de todas mis palabras de amor
Es él quien llevaba en sus manos
la flor de amor recogida en tu jardín

Se fue en el cielo azul
como un pájaro, al fin libre y feliz,
y cuando su alma le abandonó,
en alguna parte,
cantó un ruiseñor

Te amo tanto como te amaba
pero no lo puedo decir a partir de ahora
Se llevó con él
las últimas palabras que te había escrito

El no irá más por los caminos
floridos de rosas y jazmines
que conducen hasta tu casa.
El amor no puede viajar más,
ha perdido su mensajero,
y mi corazón está como en prisión

Se ha ido el adolescente
que te llevaba mis alegrías y mis tormentos.
El invierno ha matado a la primavera
todo ha terminado ahora para nosotros dos”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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