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Lucía Sócam, la necesaria voz de la utopía…

lucia-socam-cd-15941¿Qué fue de los cantautores? Se preguntaba Luis Pastor en una de sus últimas canciones. Cada lucha, cada revolución, cada defensa de un derecho ha tenido un himno. Paco Ibáñez, Luis Pastor o Luis Eduardo Aute los compusieron para la generación que luchó contra el franquismo en España, como Imanol o Benito Lertxundi lo hicieron en el País Vasco, Raimon, Llach, María del Mar Bonet y tantos otros lo hicieron en los Països Catalans, Rodríguez lo hizo para luchar contra el apartheid en Sudáfrica, aunque él no llegara a saberlo, Woddy Guthrie, Bob Dylan, Pete Seger o Joan Baez en Estados Unidos, Georges Brassens y Léo Ferré en Francia, Quilapayún o Inti Illimani en Chile o Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui en Argentina. Son tantos y tantos los que han prestado su voz a los sin voz de todo el mundo, tantos los que han compuesto la banda sonora de nuestras vidas… Cada lucha, cada paso en el camino, tiene su propia música, su propia canción, su propio himno… pero hacía ya tiempo que esos himnos no sonaban. ¿Habían desaparecido todos los problemas del mundo? No. Simplemente nos habíamos dormido en la peligrosa duermevela del engaño de las hipotecas y el llegar a fin de mes. Habíamos dejado de mirar a los demás porque estábamos demasiado ocupados mirándonos a nosotros mismos. Los cantautores jamás dejaron de cantar, pero nosotros ya no les escuchábamos. Se produjo un vacío, un gran vacío. Muchos de aquellos cantautores ya no están, han partido, otros peinan canas y algo más. Un nuevo vacío, más grande todavía que el anterior, amenaza con privar de voz a los jóvenes de hoy. Pero, afortunadamente, no es así. Otras voces, voces jóvenes, voces nuevas, voces frescas, van apareciendo cargadas de compromiso, de ideales y esperanza. Una de ellas es la de la joven de Guillena Lucía Sócam, que ha optado por adentrarse en la profunda fosa en la que yacen enterradas las víctimas del franquismo y en el aterrador precipicio al que, con lo que ellos llaman crisis, nos están tirando a todos. Ella, como los otros en su época, canta a lo que ve, a lo que la rodea, a lo que le ha tocado vivir. Su voz es un bello canto de esperanza, la esperanza de saber que nuestra lucha no fue en vano y que cuando nosotros caigamos otros seguirán la lucha…porque, como decía Miguel Hernández, “para la libertad sangro, lucho, pervivo… porque aún tengo la vida”

La conocí en el acto “Memoria contra la impunidad. Homenaje a las víctimas del franquismo” que celebramos en el Teatro Bellas Artes de Madrid en febrero de 2012, en el que LUCIA_~1interveníamos varios músicos y actores. Ella nunca falta a estos homenajes. La recuerdo entre bambalinas, agarrada a su guitarra, sencilla, humilde, grande. Llegado el momento avanzó sola por el escenario, enchufó su guitarra, saludó y empezó a cantar con esa voz que sale de las entrañas de la tierra, de su tierra, esa tierra de todos que es Andalucía. Verla desde cajas es una experiencia que nunca olvidaré. Sola, frente a un público silenciado durante tantos y tantos años de injusticia, dolor y olvido, nos hizo sentir a todos un nudo en la garganta, ese nudo que solo saben crear las emociones más intensas y sinceras. Era tal la comunión que había entre ella y todas las víctimas del franquismo que, sin poder contener las lágrimas, la escuchaban en silencio, en el silencio de quien puede al fin escuchar su propia voz, que pronto e irremediablemente hizo que también las lágrimas empezasen a caer por mis mejillas. Jamás la había visto antes. La conocía como si hubiésemos compartido todas las vidas, porque la voz de Lucía es la voz de todas las hijas e hijos de los fusilados, de los desaparecidos, de los nietos y nietas que jamás pudieron conocer a sus abuelos, a sus tíos, a sus hermanos. Son más de ciento treinta mil los que todavía hoy siguen enterrados en las cunetas y las fosas comunes de este país. Desaparecieron. Los desaparecieron. La mayoría no tuvieron juicio. Los que lo tuvieron ni siquiera tuvieron abogado defensor. Habían cometido el peor de los delitos: ser maestros, obreros o campesinos que habían apoyado al gobierno democrático y legítimo de la República contra los golpistas.

En su intento por dar voz a los que durante tantas décadas fueron obligados a callar, Lucía se ha acercado a las historias reales, a veces tan cercanas, de los represaliados del 6franquismo. No me cabe duda de que, estén donde estén, se sentirán felices y orgullosos de escuchar su propia historia en la voz de una joven nacida cincuenta años después de que les asesinaran. Su canción “Las 17 rosas de Guillena” está dedicada a las diecisiete mujeres asesinadas por los fascistas en su Guillena del alma. Ellas son las raíces del frondoso árbol que hoy es Lucía, un árbol capaz de darnos a todos sombra en estos nuevos tiempos de injusticia y barbarie, y de alimentarnos a todos con los frutos que ella tiene para todos.

Muchos dicen que reivindicar la memoria histórica es cosa del pasado, que es reabrir viejas heridas. Allá ellos con su ignorancia o su conciencia. ¿Cómo pueden decir que es cosa lucia socamdel pasado que más de trescientos mil bebés robados durante los años del franquismo no sepan quiénes son sus verdaderos padres? ¿Cómo pueden defender que se les niegue el derecho a que los conozcan?¿Quiénes son ellos para negar la justicia a los que han sido perseguidos durante décadas? España es el único país de Europa que no ha podido juzgar a los responsables de la dictadura que padeció, una de las más sanguinarias de la historia. Son delitos que no prescriben porque son de lesa humanidad. Son heridas que no están cerradas porque solo la justicia y la reparación pueden cerrarlas definitivamente. Reconciliación sin justicia no es reconciliación, es ignominia y olvido, un olvido interesado por quienes apoyaron la dictadura, por quienes se convirtieron en demócratas de toda la vida de la noche a la mañana, por quienes desconocen la historia y con su silencio quieren que los demás no puedan conocerla.

pintada de frco javier verdejoLas canciones de Lucía brotan del alma, de lo más profundo del alma, de esa alma limpia y generosa que, como su mirada, todo lo ilumina. Son un canto de esperanza, un necesario canto de esperanza que nos recuerda que, aunque jamás podremos alcanzar la utopía, sin ella nunca nos habríamos puesto a andar. Sus canciones no solo tratan de lo que fue, sino también de lo que es, de lo que será y de lo que jamás debería haber dejado de ser. Son canciones que hablan de la memoria 220px-Diamantino_Garcia_Acostay los sueños, y también de la lucha y el trabajo, ese trabajo que, juntos, tenemos que hacer para que, algún día, todos podamos vivir en ese mundo nuevo y necesario que ya asoma. Por eso también canta a otros luchadores por la libertad como las mujeres saharauis, o al joven Javier Verdejo, asesinado por la policía en Almería mientras escribía “Pan, Trabajo y Libertad”. No le dejaron pasar de la “T” y a tantos y tantos otros, como el cura obrero Diamantino García Acosta, el cura de los pobres, que trabajó junto a su gente como jornalero y fue fundador, junto a Diego Cañamero y Juan Manuel Sánchez Gordillo, del Sindicato de los Obreros del Campo (SOC). Y también canta a los poetas, a los cantautores que tanto le han enseñado y tanto le han marcado. El espíritu de Carlos Cano revolotea alegre en sus canciones. Y les canta porque sus venas corre su sangre, esa sangre universal de todos los que lucharon y luchan por la libertad.

Lucía ha visto lo que pasa a su alrededor, lo que le pasa a su gente, a todos nosotros, y por eso canta, canta libre y alto allí donde haga falta: junto a los nadies, a los ignorados, 2con los perseguidos, con los ninguneados, con los que puño en alto gritan para defender la justicia y la libertad, por los que no tienen voz, por las mujeres, sempiternas víctimas de todas las barbaries, por los que desaparecieron, por los que les buscan, por todos a los que obligaron a callar, por los que nunca callaron, por los que no callan, por los que sufren, por los que cayeron, por los que se volvieron a levantar, por los que prefieren morir de pie a vivir de rodillas, por los que siempre tienden su mano a quien la pueda necesitar…y la podrás escuchar allí donde veas a un niño hambriento llorar, a un anciano hablar, a un joven luchar por lo que es suyo y de todos, a una mujer defendiendo su derecho a ser mujer, a un obrero luchando por sus derechos, a un parado buscando el pan… y eso es algo que puedes ver en la calle, en todas las calles, por eso, cuando Lucía se despide te da un beso, te mira, te sonríe y dice: Nos vemos en las calles.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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