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Jose Luis Sampedro: una lección de vida, de dignidad y de compromiso

2Tenía noventa y seis años, había vivido todas las vidas y perdido muchas batallas, pero había ganado la guerra, esa difícil guerra que tan pocos ganan, esa guerra constante que es llegar a ser uno mismo frente a todos y frente a todo. Seguía siendo joven, nunca dejó de serlo, porque era un hombre sabio. Puede que en sus ojos no estuvieran todas las respuestas, aunque había muchas, pero lo que siempre veías en ellos eran todas las preguntas, esas preguntas que nos hacen avanzar, que nos hacen crecer para alcanzar a ser seres humanos. Son muchas las palabras que podrían definirle: humildad, sencillez, valentía, lucidez, generosidad, compromiso, voluntad, ilusión, alegría, coherencia, talento,… aunque quizá una lo haga por encima de todas: dignidad, porque eso es lo que fue ante todo Jose Luis Sampedro: un hombre que jamás perdió su dignidad. Su vida, como la de tantos, no fue fácil. Le tocó vivir en el tiempo de la incomprensión, de la censura, de la represión de una dictadura asfixiante para todo aquel que no claudicara, para todo el que se atreviera a pensar diferente. Y él sobrevivió sin renunciar jamás a ser él mismo. Y también le tocó vivir, como a todos ahora, en este injusto y cruel mundo que agoniza, en este sistema podrido y moribundo que se nos está llevando a todos por delante en su inevitable caída. Y lo hizo luchando contra él, denunciando lo que estaba pasando. Por eso su figura sobrevivirá como un faro que ilumina en la niebla de la estulticia de estos tiempos para guiarnos en el camino que nos lleva a ser libres, ese camino, duro a veces y largo siempre, que solo podemos recorrer si en nuestra mochila llevamos las provisiones que verdaderamente alimentan nuestra alma: generosidad, altruismo, bondad, amor, solidaridad, sencillez, humildad, valentía… y dignidad.

Había nacido en 1917 en el seno de una familia conservadora. Cuando tenía un año la familia se trasladó a Tánger, donde viviría hasta cumplir los trece 3años. De esta época son sus recuerdos más felices, unos recuerdos en los que sus amigos pertenecían a tres religiones diferentes que convivían en paz y armonía, eran de mundos aparte entre los que ellos, con sus juegos de infancia, creaban puentes, esos puentes de diálogo y comprensión que ya nunca le abandonarían: “Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones. Ahora bien, en medio de aquella cosmópolis se alzaba una isla rodeada de muro y puertas: el recinto donde los moros del campo vendían hortalizas y otros productos frescos, bajo cañizos con ramajes frecuentemente mojados para resguardarse del sol. Se vendía y gritaba en árabe y sólo se admitía moneda hassani del Imperio marroquí. Mi madre la obtenía, antes de entrar en el zoco, de los cambistas judíos sentados a la puerta, cada uno detrás de su cajón-mostrador, con una pizarra anunciando las cotizaciones del día. Así, en el corazón de la ciudad moderna e internacional se pasaba de pronto a casi la Edad Media y a lo que luego aprendí a llamar el Tercer Mundo. Entonces, claro está, yo no era consciente de ello, pero atravesar la puerta me impresionaba siempre y aún recuerdo el rostro de un viejo cambista, de barba blanca y cubierto con un negro sombrero, instalado a la puerta como guardián de aquel mundo antiguo”

13A Tánger le sigue una breve estancia en el que, sin duda, fue para él un paraíso: Aranjuez: “Poco más tarde ya viví conscientemente otras fronteras cuando un cambio de residencia familiar me llevó, en edad todavía adolescente, a habitar en Aranjuez. El Real Sitio fue decisivo para orientar mi vida y por eso ha permanecido siempre en mi corazón, a pesar de alejamientos geográficos. Allí, a mis catorce años, empecé a sentir doblemente la magia de lo fronterizo, porque en Aranjuez existe una frontera temporal, entre el siglo XVIII de los palacios y el siglo XX de la villa, a la vez que otra frontera espacial separando el mundo mítico del cotidiano. En este último transitan las gentes por calles y plazas, mientras que en aquél habitan los dioses de mármol, franqueando las avenidas o alzándose sobre fuentes o pedestales en las glorietas. La frontera entre ambos espacios era y es muy visible, formada por las grandes puertas cortesanas, entre jambas de piedra de Colmenar, o las larguísimas verjas de los jardines. En uno de éstos, el del Rey, la mitología se hacía aún más patente por el foso circundante, cuyas aguas tomadas del caudaloso Tajo venían a reproducir aquel río Océano que, según los griegos, envolvía el orbe.

Algunos muchachos teníamos el privilegio de poder penetrar bajo las frondas de los árboles centenarios y de quedarnos a solas frente a los dioses, 12viendo cruzar el sendero a un faisán macho con el arco iris de su larga cola, sintiendo la presencia de invisibles sombras y escuchando inaudibles voces que aún me siguen acompañando. La última de mis viviendas en Aranjuez tenía ventanas al Jardín del Príncipe, del que sólo me separaba la arbolada calle de la Reina, y de noche, en el verano, me gustaba acercarme a la alta verja y permanecer largo rato con la cara entre dos barrotes que mis manos aferraban. El mundo mítico se me mostraba entonces más verdadero que nunca, con sus fragancias, rumores, voces de aves, crujidos de hojas caídas como rumor de pasos furtivos y ecos de misteriosas profundidades, A veces la claridad lunar encendía aquel mundo del tal manera, haciéndolo a la vez cristalino y fantasmal, que cuando regresaba a mi casa me llevaba a mis sueños un tesoro de fantasías. Fue en mis últimos tiempos de Aranjuez cuando ya empecé a imaginarme escritor, sin duda al impulso de tales vivencias y, para acabar expresando lo que aquella doble frontera significó para mí, me limitaré a decir que ya hacia 1950 empecé a situar en el Real Sitio una novela, aunque sólo hace un año he podido decidirme, venciendo mi respeto por aquel lugar mágico, a trabajar definitivamente en ella. Entonces ignoraba que me estaba empezando a poseer ya la adicción a lo fronterizo. Lo barrunté poco después, cuando mi primer destino en una aduana me convirtió en habitante de una frontera. Y poco más tarde, ¡qué horrenda frontera, en el tiempo y el espacio, en las ideas y en la conducta, fue la mal llamada guerra civil! Salimos de ella con el país erizado de muros con cristales rotos en lo alto. Desde entonces he detectado fronteras por todas partes, aunque muchas no reciban ese nombre”

10La guerra civil le pilla con diecinueve años. Es movilizado por el ejército republicano y combate en un batallón anarquista. Allí se da cuenta de que los anarquistas no eran los fundamentalistas analfabetos y violentos de los que su familia le había hablado. Los avatares de la guerra hacen que también tenga que combatir en el bando de los sublevados. Tampoco tarda en darse cuenta de que aquellos no son los suyos.
Acabada la guerra obtiene la plaza de funcionario de aduanas. Tras un breve paso por Melilla pide plaza en Madrid, adonde se traslada. En 1944 se casa con Isabel Pellicer. Son tiempos en los que trabaja mientras estudia la carrera de económicas, de la que se licencia con Premio extraordinario, en 1947. Es nombrado profesor encargado en la Universidad. Un año después entra a trabajar en el Banco Exterior y escribe su primera obra de teatro: “La paloma de cartón”

En 1955 se convierte en catedrático de Estructura Económica por la Complutense de Madrid. Compagina las clases, donde se siente feliz en contacto 20con los jóvenes, con el trabajo en el banco, del que llegará a ser Subdirector General. No debió ser fácil para un hombre de su sensibilidad, creatividad y talento, trabajar en un banco donde no son esas, precisamente, las virtudes que más se valoran. Quizá por eso cada día se levanta de madrugada para escribir novelas, unas novelas que no verían la luz hasta décadas después. Cuando le alcanzó la fama como escritor Sampedro llevaba más de cuarenta años escribiendo cada día en el silencio de su casa. Y siempre lo hizo igual: sentado en un sillón escribiendo a mano sobre una tabla que apoyaba en sus rodillas. Esa imagen es la viva imagen de un náufrago apegado a su tabla de salvación en el proceloso mar de la monotonía del mundo bancario.

Sé, por experiencia, que ser escritor no es algo que esté muy bien visto en los 4ambientes bancarios y empresariales. Recuerdo con horror la época en la que trabajaba en la banca. En las interminables comidas de “negocios” con clientes los temas de conversación eran, inevitablemente, siempre los mismos: política, si eras políticamente correcto; economía, para echar la culpa de la falta de competitividad a los trabajadores y sindicatos y a la falta de decisión de los políticos para liberalizar el mercado; deportes, del Barça si estabas en Barcelona, o del Madrid si estabas en Madrid; y cine, tan solo para elogiar la última de James Bond o de la guerra de las galaxias. Una vez se me ocurrió sacar el tema de la literatura. Jamás debí hacerlo. Se hizo un silencio absoluto, y mencionar que soy un amante de la poesía y que he publicado algún pequeño poemario hizo que todos, colegas y clientes, me mirasen espantados y escandalizados. Tiempo después me despidieron de aquel banco sin darme ningún motivo. Eso es algo natural ya que para los bancos los empleados no son personas, sino “recursos”, recursos de usar y tirar. Aun así siempre he sospechado que mi afición por la poesía pudo tener algo que ver con aquella decisión que acabó con mis huesos en el paro. La única forma que encontré para sobrevivir en aquel entorno tan ajeno y hostil a mí fue la literatura. La mayor parte de las novelas que he escrito pertenecen a esa época. Por eso entiendo perfectamente que Sampedro se aferrase durante cuarenta años a esa tabla de salvación que es escribir, algo que para él, realmente era vivir.

18El mundo universitario sí era el mundo en el que se sentía más a gusto. El contacto con el saber, con la docencia y con los jóvenes siempre le apasionaron. Cuando el régimen franquista destituyó a catedráticos como Aranguren o Tierno Galván, Sampedro se hizo profesor visitante de algunas universidades europeas y norteamericanas. Es en esos años cuando, con otros profesores, crea el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA), que sería cerrado por el Gobierno tres años después de su creación.

El éxito literario le llega a mediados de los ochenta, cuando él tiene ya setenta años, con novelas como “Octubre, Octubre” o “La sonrisa etrusca”, y la reedición de novelas escritas décadas antes (“El río que nos lleva”, “Congreso de Estocolmo”, etc.) La vida a veces es cruel y hace coincidir ese éxito con la muerte de Isabel, su mujer. Jubilado ya del banco, puede dedicarse por entero a la literatura en los que serán años muy prolíficos para él.
19Sampedro fue un humanista, un ser preocupado por su entorno y ocupado en intentar mejorarlo. Siempre se consideró como parte del mundo que le había tocado vivir, y jamás dejó de luchar para intentar mejorarlo. Fue una de las conciencias más lúcidas de su tiempo, una conciencia desde la que nos alertaba de los peligros que nos acechan, como la manipulación de las masas, la inutilidad de la libertad de expresión si no existe libertad de pensamiento, una libertad de pensamiento imposible sin acceso a la educación y a la cultura, una libertad de pensamiento que nos permite tener opinión propia frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, que nos da la posibilidad de ser verdaderamente libres. Su carácter abierto junto a su vocación y formación humanista hicieron de él un hombre profundamente espiritual, que no religioso, y un hombre libre, por encima de todo libre.

Su formación de economista le permitió vislumbrar con total claridad que el sistema capitalista que rige nuestro mundo había entrado en una decadencia irreversible porque había antepuesto el egoísmo, la especulación y el afán de beneficio a todo lo demás. Un proceso que ha llevado a las consecuencias que todos estamos padeciendo hoy. Así, ya en el célebre discurso “En la frontera” que leyó cuando ingresó en la Academia Española de la Lengua, en 1991, decía:

“Lo esencial del capitalismo no está en que utilice el mercado mucho más que el plan. Lo fundamental es su creencia de que, gracias a la competencia 9privada, cuanto más egoístamente se comporte cada individuo, tanto más contribuirá al progreso colectivo. Por tanto, es deseable que cada uno aumente al máximo su beneficio a costa de quien sea y a partir de esa creencia se pasa insensiblemente a pensar también que en la vida sólo importa lo que produce ganancia monetaria. Así se desprestigian todas las actitudes cuyos móviles no sean los económicos; es decir, lo que no se cotiza en el mercado no tiene valor. «Cualquier necio», escribió Machado, «confunde valor y precio». Hablando en general, nuestra civilización padece esa necedad. Y si en el siglo XVIII, en que nació esa doctrina, la práctica religiosa podía paliar los excesos del sistema, en estos tiempos secularizados los valores no económicos pasan a segundo plano y el texto sagrado es el Evangelio según San Lucro. En el altar mayor son adorados el Becerro de Oro y su pareja la Técnica, santa madre de la productividad multiplicadora de los beneficios, de la que se espera la solución de todos los problemas. Los capitalistas y sus técnicos cuidan de ese altar, controlando los medios de producción y repitiéndonos a los fieles —reducidos a meros productores/consumidores— que lo que no vale dinero no merece la pena”

Para él los economistas se dividían en dos grupos: los que querían hacer más ricos a los ricos y los que querían hacer menos pobres a los pobres. 5Siempre tomó partido por los perdedores, por los ninguneados, por los nadies de la historia: “No es propio de esta ocasión intentar una respuesta y paso por ello al segundo ejemplo de frontera mundial, menos definida pero más real y profunda. Me refiero a la existente entre el norte y el sur; es decir, entre el «centro» y la «periferia», denominaciones éstas popularizadas desde hace tres o cuatro décadas para designar, entre economistas, a los países ricos y pobres respectivamente. Es una frontera cruel, es el permanente foso entre los que derrochan y los que no tienen, entre los dueños del poder y los sometidos a él. Un foso que además se ahonda cada año, pues pese a las ayudas organizadas y los sucesivos Decenios para el Desarrollo de las Naciones Unidas, en la pasada década muchos países han retrocedido en vez de progresar.

Cuando, hace casi treinta años, se convocó una magna conferencia internacional para tratar el problema del subdesarrollo en el sur, los economistas de 16la periferia pusieron en evidencia que la actual situación del escenario mundial, enteramente dominado en los mercados y en las finanzas por los países ricos, impedía al sur progresar siguiendo la mismas vías trazadas por las grandes potencias europeas en el siglo XIX, cuando colonizaban el planeta sin ningún rival de su talla. Sordos al argumento, aunque esa situación esté a la vista, los expertos del norte y los organismos internacionales siguen recomendando las recetas de antaño, recordándoselas a sus interlocutores del sur con la misma sonrisa de superioridad, entre el desdén y la tolerancia, con que se habla a los niños o a los ignorantes. Incluso prometieron al sur un Nuevo Orden Económico Internacional que no llegó a nacer ni hubiera podido ser nuevo, porque tales promesas quedan sin cumplir cuando han de llevarlas a cabo quienes se están aprovechando del viejo orden, como le ocurre al norte. Visto desde mi frontera, el resultado es hoy un mundo con medios técnicos suficientes para alimentar a todos, pero en cuya mitad sur persiste injustamente el hambre. Es decir, un mundo viciado en el que presumir de racionalidad económica es un sarcasmo, porque las recetas económicas impuestas desde el norte están desfasadas respecto del mundo actual y perjudican a la periferia en beneficio del centro”

En cuanto a su percepción del mundo y del tiempo que le tocó vivir, la lucidez y sencillez de su análisis y la facilidad con la que expone lo que piensa, 21hacen de él un ser irrepetible: “Muy colmado de ciencia está Occidente, pero muy pobre de sabiduría. Es decir, del arte de vivir, más abarcante que la ciencia porque, contando con ella, incluye además el misterio. Ahora no se procura alcanzar la iluminación, sino sentir el latigazo del deslumbramiento. Se busca el estrépito, lo aparatoso, los focos publicitarios; no el silencio, lo auténtico, ni el resplandor tranquilo de la lámpara. Un símbolo de nuestro tiempo es preferir la ducha, rápida, ruidosa y acribillante, en vez de envolverse voluptuosamente en la líquida seda del baño, lento y sosegado. Los países de la periferia conservan, aun en su atraso técnico, más sabiduría y eso es una esperanza para todos, porque cada día es más urgente compensar el desajuste esencial de esta civilización: el de tener muchos medios sin saber ponerlos al servicio de la vida”

Consideraba que la banalización del mundo, la superficialidad con la que vivimos nuestras vidas, había desacralizado los valores que realmente 14importan, como el amor. Y si el amor ha sido desacralizado en nuestra sociedad, “¿cómo no se va a desacralizar la muerte?” solía repetir una y otra vez. Para él la muerte formaba parte de la vida. No porque creyera en otra vida más allá de esta, eso no le preocupaba lo más mínimo, sino porque es la presencia de la muerte la que nos hace sentirnos vivos, es la posibilidad de la muerte la que hace que cada instante, que cada segundo, merezca ser vivido intensamente. La vida, para él, siempre fue ese río que nos lleva, somos esos gancheros que magistralmente describía bajando los pesados troncos por el Tajo, ocupados en nuestras penas, en nuestros sueños, en nuestros amores y desamores mientras, irremisiblemente, vamos bajando corriente abajo, dejando atrás paisajes, pueblos, querencias o familias. Y la muerte, para Sampedro, era ese inmenso, bello y libre mar al que todos los ríos, suave e inexorablemente, van a dar: “A primera vista parece no haber frontera más evidente sobre el planeta, pues en las aguas el hombre perece, sin aire para su vida. Finis terrae se ha llamado más de una vez a esa frontera, como si fuera un límite. Pero a mí, frente al océano, los ojos y el pensamiento se iban a la lejanía, sobrepasando la orilla. El mar es como la dulce llama de la chimenea: nos lleva a un más allá, nos sorbe la imaginación, se disfraza de figuras y sugerencias. Como en nuestra divisa columnaria, un Plus Ultra planeaba sobre mis contemplaciones y así como la brisa marina penetraba en la tierra adentro, así también mi ánimo trascendía la bien recortada línea de la orilla, frontera pero no límite. El mar no era confín ni barrera sino la más ancha de las aperturas a la libertad”

No había tristeza o miedo en Sampedro cuando hablaba de una muerte que sentía tan próxima. Sabía que pronto dejaría de ser río para convertirse en mar, y también sabía que jamás dejaría de ser agua.

Fueron su sencillez, su humildad, la libertad y profundidad de su pensamiento, su coherencia, su inquebrantable compromiso las que hicieron que fuera 25un referente para todos. Eso es lo que hizo que los jóvenes creyeran en él cuando, con su voz cálida y pausada, les decía ¡Indignaos! Movimientos como el 15M fueron para él un símbolo de esperanza, esperanza en ese nuevo mundo regido por valores como libertad, igualdad y fraternidad que vendrá, y él fue para el 15M y todos los movimientos que luchan por la justicia social un estandarte capaz de unir la disparidad, de acercar a los opuestos y de hacerlos caminar a todos juntos en el camino que nos lleva a ser seres humanos. Nunca fue amigo del boato y los oropeles. Huyó de protagonismos y homenajes, aunque muchas veces no pudiera evitarlos. Recuerdo como si fuera hoy cuando, hace unos años, en un concierto en el Liceo de Barcelona, el público le reconoció sentado en un palco y se puso en pie para aplaudirle en una ovación que se prolongó durante minutos. El, fatigado y emocionado, se puso en pie para agradecer aquella muestra espontánea de cariño pidiendo que dejasen de aplaudirle. No lo consiguió. Todos seguimos aplaudiendo porque necesitábamos agradecerle todo lo que había hecho por nosotros y demostrarle lo mucho que le necesitábamos. El domingo pasado se fue, su río llegó al mar. Nos enteramos dos días después. Había pedido a Olga, la que fue su mujer e inseparable compañera durante sus últimos años, que su muerte no se hiciera pública hasta que hubieran incinerado su cuerpo. Se fue en silencio, sin homenajes, como había vivido. Nos ha dejado la palabra, la palabra y la mejor lección que un maestro puede dar a un alumno: enseñarnos a ser libres.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/esta-es-mi-tierra/esta-tierra-rio-lleva-jose-luis-sampedro/1756731/

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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