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Egon Schiele, el erotismo de la melancolía…

Mujer sentada (1917)Sus cuadros reflejan melancolía, erotismo, soledad, el silencio de los placeres íntimos, el callado grito de los abrazos no dados… No hablan de amor, pero sí de la sensualidad de las amistades amorosas o del onanismo solitario y siempre fiel. Sus modelos son figuras desgarbadas, sueños rotos, delgadas formas que se buscan a sí mismas en posturas que evocan el placer que vendrá, el añorado placer perdido, el maravilloso placer vivido o quizá, simplemente, ese delicioso placer tan solo soñado o imaginado que nunca se hará realidad. Muchas veces están abstraídas en su búsqueda del placer, en la caricia tanto tiempo deseada, en ese amor ausente o quizá tan solo imaginado; otras, las más, se sienten descubiertas y miran al espectador que ha interrumpido su amoroso placer, pero lo hacen desde la naturalidad, sin esconderse de nada ni de nadie, porque nada hay de malo en hacer el amor aunque sea con uno mismo. En sus cuadros nunca hay culpa, tan solo sorpresa, incitación o invitación. La mayoría de sus modelos son mujeres jóvenes, extremadamente delgadas. Una de ellas, Wally, fue su gran amor. Ella tenía diecisiete años, él tan solo unos pocos más. La corta vida de Egon Schiele fue una constante búsqueda de su yo interior, de nuestro yo interior, ese que habla en soledad, que ama en soledad, que vive en soledad… Murió con 28 años. Nos dejó más de trescientos cuadros y casi tres mil dibujos y acuarelas, unos cuadros, dibujos y acuarelas donde es imposible no reconocerle, no sentirle, no amarle.

boceto de desnudoHabía nacido en 1890 en Tulln an der Donau, Austria. Su padre era un funcionario de ferrocarriles, una profesión que marcó profundamente al niño y al joven Schiele, como recuerda el crítico Arthur Roessler al describir la tarde que pasó en su casa: “Schiele estaba sentado en el suelo en medio de la habitación, era fantástico verle jugar y escuchar el virtuosismo con el que reproducía todos los sonidos: el silbido del vapor, los pitidos de las señales, el traqueteo de las ruedas, los golpes de los raíles, el rechinar de los ejes, el chirrido del acero al frenar… resultaba asombroso todo lo que podía hacer. Con aquello podría haberse ganado la vida en cualquier escenario de variedades…”

Cuando Schiele tenía quince años, murió su padre. Le enviaron a vivir a Viena con un tío suyo que no tuvo más remedio que desistir de obligarle a estudiar para ferroviario y dejarle estudiar Bellas Artes, su verdadera pasión. Sin embargo, la rigidez de la Academia de Bellas Artes no iba con su carácter independiente e inquieto y, en 1909, abandonó la Academia para formar la Neukunstgruppe (grupo del nuevo arte) con algunos compañeros. Unos años antes había conocido a Gustav Klimt, que tendría una influencia enorme en la vida y en la pintura de los primeros años de Schiele. Fue Klimt quien le ayudó a introducirse en el mundo artístico vienés, un mundo artístico en plena N-S0014-0194-woman-with-green-turbanebullición al amparo de la llamada Secesión, un movimiento artístico que, con el lema de “A cada época su arte, al arte su libertad”, rompió todos los moldes de la anquilosada sociedad del imperio austrohúngaro y alcanzó unas metas a las que la historia de la humanidad solo había llegado en contados momentos: pintura, arquitectura, música, literatura… la belleza floreció en todas las ramas artísticas de la mano de artistas como Klimt, el propio Schiele, Kokoschka, Mahler, Moser, Olbrich, Otto Wagner…al tiempo que Freud cambió nuestra concepción del mundo al introducir el psicoanálisis.

La efervescencia de la vida en Viena le agobiaba. Necesitaba vivir en la tranquilidad y el silencio que solo podía encontrar lejos de la gran ciudad. Por eso alquiló una casa de campo en Krumau con el escenógrafo Erwin Olsen. Una carta escrita a su cuñado, Anton Peschka, describe perfectamente el agobio que Schiele sentía en Viena: “Quiero Desnuda  (1917)salir muy pronto de Viena. Qué espantosa es la vida aquí. Toda la gente me envidia y conspira contra mí, antiguos colegas me miran mal. En Viena reinan las sombras, la ciudad es negra y todo son prescripciones…tengo que ver algo nuevo y quiero investigarlo, quiero paladear aguas oscuras y árboles que se quiebran, ver vientos salvajes; quiero mirar asombrado verjas mohosas, escuchar bosques jóvenes de abedules y las hojas tiritando, quiero ver luz y sol, y disfrutar al atardecer de Dos mujeres jóvenes (1915)los húmedos valles de color azul verdoso. Sentir cómo brillan los peces dorados, ver cómo se forman las nubes blancas, quiero hablar con las flores. Ver con cariño los prados y las gentes sonrosadas, conocer iglesias antiguas y dignas, y pequeñas catedrales, quiero correr sin parar por redondeadas colinas y amplias llanuras, quiero besar la tierra y oler las suaves y cálidas flores del musgo; después crearé tanta hermosura: campos de colores…”

Wally con blusa roja (1913)A Krumau se fue con Valeria (Wally), la que fue su gran amor. Su modo de vida escandalizó a los vecinos del lugar. Hartos de tanta habladuría y beatería dejaron Krumau para irse a vivir a Neulengbach, pensando que allí la mentalidad sería más abierta, pero no fue así. Su costumbre de usar como modelos a niñas y niños de la vecindad a los que pintaba desnudos, y la edad de Wally (18 años frente a los 22 de él) le valieron más de una denuncia que acabó con sus huesos en la cárcel durante algunas semanas y que quemaran uno de sus dibujos de una joven vestida de medio cuerpo para arriba. Solo faltaba aquello para que su particular estilo fuese calificado por muchos como pornográfico.

Decidió regresar a Viena, donde su amigo Klimt volvió a abrirle de nuevo todas las puertas de la sociedad vienesa y de los círculos artísticos Desnuda ante el espejo (1910)centroeuropeos. Agobiado por su situación económica, decide casarse por conveniencia con Edith Harms, una joven burguesa de buena familia. Wally sigue muy enamorada de él y por eso rechaza su propuesta de hacer un viaje de recreo con ella cada verano. Se casa en 1915, cuando ya ha estallado la Primera Guerra Mundial. Wally no quiere volver a verle y se alista en la Cruz Roja. Schiele pinta el cuadro “La muchacha y la muerte”, en el que fácilmente se reconocen él y Wally para expresar la ruptura. Es un cuadro tremendo en el que ella trata de abrazarle y él, con la mano, parece rechazarla. Wally no volvió a ver jamás a Schiele. Murió en 1917. Solo un año después también moriría Edith, su mujer, embarazada de seis meses a causa de la llamada gripe española, una gripe que mató a más de veinte millones de personas en Europa. Tres días después de la muerte de Edith murió Schiele, también a causa de la gripe. Klimt había muerto pocos meses antes. La gripe española, la guerra mundial y una sociedad caduca que no sabía adónde iba, acabaron con el imperio austrohúngaro y con la secesión vienesa.

Son muchas las cosas que llaman la atención de la pintura de Schiele: el trazo firme con el que dibuja las figuras (un trazo continuo, hecho sin levantar el 1lápiz), la soledad que reflejan las atmósferas que pinta, la ausencia de fondos en los retratos resaltando con ello la importancia de las figuras, el fuerte contenido erótico de su obra, la utilización puntual de prendas de marcado carácter erótico, como las medias, unas medias que suele resaltar a través de colores muy vivos… pero hay una que destaca sobre todas las demás: el particular ángulo desde el que suele pintar la mayor parte de sus cuadros, tanto sean desnudos como paisajes. Schiele suele pintar “a vista de pájaro”, desde arriba, a sus modelos (en ocasiones llegaba a subirse a una escalera para poder pintarlas). Ese particular punto de vista nos ofrece a los espectadores del siglo XXI, acostumbrados al lenguaje cinematográfico, un efecto que aumenta la sensación de aislamiento y soledad de sus cuadros. En cine se utilizan este tipo de planos, llamados picados, para expresar que el personaje al que vemos lo está pasando mal o es un perdedor. En la época de Schiele los espectadores no tenían tan arraigado como ahora este lenguaje audiovisual, desde luego, pero no me cabe duda de que él era consciente de que ese “encuadre” de sus figuras producía ese efecto, y por eso lo utilizaba.

amantesTodo en Schiele es soledad, desolación, no hay alegría en sus personajes, aunque tampoco tristeza, son simples seres que pasan por la vida intentando entenderla, conocerla para conocerse, disfrutarse para disfrutarla. En sus cuadros hay belleza, mucha belleza, la belleza que habita en nuestros sueños, en nuestra incomprensión de lo que nos rodea, en todo lo que quisiéramos vivir más allá de las rígidas fronteras de lo correcto y lo apropiado, en todo aquello que nos atrevemos a ser y a vivir, en todo lo que querríamos compartir con esas almas gemelas que, perdidas como nosotros, también deambulan por este mundo en busca de un encuentro, de una caricia, de un amor… Schiele supo expresar el erotismo de la melancolía, el callado placer de lo no vivido, el silencioso encuentro con nuestras emociones y sentimientos más profundos, la desgarrada soledad del alma humana en un mundo, como el de hoy, que cada vez sabe menos de sensualidad, pasión, ternura, placer, sexo o amor.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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