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Parroquia de Entrevías (Vallecas), una opción por los pobres, por la justicia y por la libertad

enrique-de-castro y Javier BaezaEn estos tiempos de cambios en la iglesia “oficial” con la elección de un nuevo Papa que presenta sus luces y sus sombras y al que habrá que dar un margen de gracia para ver si realmente quiere y puede cambiar todo lo que debería cambiar para que su iglesia se acerque de verdad a la de los pobres, a la de los ninguneados, los perseguidos y los castigados a la que se dirigía Jesús, yo prefiero fijarme en otra iglesia, en esa iglesia no “oficial” y muchas veces perseguida por la propia iglesia “oficial” que vive en los barrios, con los humildes, con los desposeídos, con los nadies, y que lo hace tendiendo su mano abierta a todos los que la puedan Javier, Pepe y Enriquenecesitar, con independencia de su condición social, sexual, religiosa o legal. Están en la  resistencia, en las trincheras y barricadas en las que el poder ha arrinconado hoy a la justicia y a la razón. Uno de los ejemplos de esa iglesia a la que sí sigo porque puedo identificarme plenamente con lo que dice y, sobre todo, con lo que hace, es la de la Parroquia de San Carlos Borromeo, en Entrevías, en el barrio madrileño de Vallecas. Allí tres curas obreros entendieron que el mensaje de Jesús hoy estaría con los chavales que cayeron en la droga, con los presos, con los inmigrantes criminalizados por no tener un papel, con los que están presos en los CIES pendientes de repatriación por no tener ese papel, con los presos que sufren el trato injusto y cruel en nuestras cárceles, con todos los que están criminalmente aislados en régimen FIES, con todos los desahuciados, con todos parados, con todos a los que les roban a diario los subsidios de desempleo o las pensiones no contributivas mediante trabas ilegales legalizadas por decreto ley… con todas las víctimas de esta criminal lucha de clases declarada unilateralmente por la clase privilegiada a la que llaman crisis.

Ubicada en un barrio obrero, hace ya más de treinta años que esta parroquia, convertida en centro pastoral por la curia “oficial”, tomó partido por 7la opción por los pobres. La llegada a la parroquia de un joven cura, Enrique de Castro, es la que lo cambió todo. Se dio cuenta de que si quería que la iglesia se acercara a las necesidades del pueblo debía hacerlo integrándose plena e incondicionalmente en él. Por ello trabajó como taxista para ganarse el pan como los demás, sin depender de la ayuda de la iglesia “oficial”, por ello vivió en un humilde piso como los demás, un piso en el que acogió a todos los chavales que necesitaban un refugio o un techo bajo el que poder dormir, por eso se quitó los hábitos, alzacuellos y demás parafernalias para ser simplemente uno más, por eso abrió la parroquia a los movimientos ciudadanos, a los inmigrantes, a los que profesan otras religiones, a los ateos y los agnósticos, convirtiéndola en lo que nunca habría tenido que dejar de ser: un lugar de encuentro y comunión de todos.

La propia liturgia oficial era una barrera a ese diálogo abierto que él pretendía impulsar. Por ello no dudó en cambiar la disposición de la 3iglesia convirtiendo el altar en una simple mesa ubicada en el centro a la misma altura que todos los bancos que dispuso en semicírculo alrededor de él. Había que dar la palabra a la gente, y el tenerles a todos sentados en bancos mirando hacia un altar elevado y viendo solo los cogotes de los que tenían delante no podía funcionar. La gente habla cara a cara, frente a frente. En contra de la liturgia oficial, en sus misas no se leía el Antiguo Testamento, tan cargado de imágenes de ese dios vengativo y cruel que nada tenía que ver con el Dios en el que él creía, y dio a leer el Nuevo Testamento a cualquiera que lo quisiera leer, sin importarle que fuera hombre o mujer, algo realmente revolucionario dentro de una iglesia que solo permite que sea leído en público por los curas. Pero la sorpresa el día que inauguraron la nueva distribución de la iglesia todavía fue Enrique de castro con Leonardo Boffmayor ya que, tras la lectura del Nuevo testamento, en lugar de soltar el sermón que todos los curas dicen tras él, pidió que fuesen los asistentes quienes tomasen la palabra, que quien quisiera hablase de lo que le había parecido la lectura, de lo que le pasaba en la vida, en su barrio, en su familia. El silencio fue sepulcral. Nadie se atrevía a tomar la palabra, esa palabra que la tradición había reservado siempre en exclusiva a los curas. Enrique tenía claro que eran ellos quienes debían iniciar aquel diálogo al que les había invitado, así que guardó silencio todo el tiempo que fue necesario, y fue mucho, hasta que se decidieron a hablar. Finalmente fue una mujer la que dio un paso al frente, se acercó a la mesa, tomó el micrófono y dijo: “Siempre he visto a los curas al lado de los ricos, no de los pobres, esta idea me gusta, pero no sé si esto será una trampa más”.

A partir de aquel día se inició ese diálogo profundo y sincero que sigue tan vivo hoy en día. Si asistes cualquier domingo a la eucaristía en la parroquia 11de Entrevías, conocida por todos como la parroquia “roja”, verás que allí va gente de todas clases, creyentes y no creyentes, ateos, musulmanes, cristianos… que lo primero que hacen es conversar entre todos sobre las cosas que han pasado durante la semana, sobre las cosas de la comunidad y de las del mundo, las cosas que les afectan, que nos afectan. Tras ese coloquio alguien lee la lectura que toca del Nuevo Testamento para, a continuación, empezar a dialogar entre todos sobre lo que esa lectura les sugiere y su aplicación en el mundo de hoy, en sus vidas, en sus dolores y sus alegrías. La oración del Padre Nuestro se hace en pie, todos cogidos de la mano. La comunión es con pan recién cortado y vino, y mientras comulgan cantan juntos “Himno de la libertad” de Labordeta, el “Gracias a la vida” de Mercedes Sosa o el “Clandestino” de Manu Chao. Acabada la celebración, quien quiere sube al piso de arriba a compartir una espléndida paella comunitaria que todos pagan a escote. Todo allí es alegría y buen humor, la alegría y el buen humor de los que saben que vivir es luchar contra el sufrimiento, compartir ese sufrimiento, darte a los demás. Allí puedes encontrarte a esas luchadoras infatigables que son las madres contra la droga y a drogadictos, a abogados y a presos, a médicos y a enfermos, a jóvenes marroquíes y a chavales del barrio, a inmigrantes subsaharianos y a trabajadores sociales. Todos los que están allí son iguales, seres humanos con su propia historia que han aprendido que el único remedio universal que tenemos para todos los problemas es amar, compartir, darse incondicionalmente a los demás, tender tu mano abierta a quien la pueda necesitar. Son personas anónimas, desconocidos a los que, a los pocos segundos, reconoces como si los hubieras conocido toda tu vida, personas sin nada que se acercan a ti para contarte su historia, para interesarse por la tuya y que solo te hacen una pregunta: “¿En qué te puedo ayudar?”

Y si en la parte religiosa esta parroquia es tan atípica, en su vertiente social lo es mucho más. El contacto con la gente del barrio llevó a Enrique a 1290284075613gallinerodnconocer la realidad del mundo de la droga. La heroína que inundó los barrios obreros en los ochenta se llevó a toda una generación por delante. La droga le llevó a conocer el mundo de las cárceles, las cárceles el del sida y la hepatitis, el de la marginación y la pobreza criminalizada, el de El gallinero, la barriada de chabolas que está en la Cañada Real, el mayor supermercado de la droga de Europa, al que, cada mañana, acuden dos voluntarios de la parroquia a repartir bocadillos y refrescos para que los niños vayan a la escuela, El gallinero el mundo de los desahucios, de los sin papeles, de los nadies, de todos los nadies…

A Enrique se le unieron dos curas más: Pepe Díaz y Javier Baeza. Los tres convirtieron esa humilde parroquia en un faro de esperanza que ilumina cada 6día el camino de los desheredados, los ninguneados y los perseguidos. Hoy Enrique y Pepe ya están jubilados. Siguen viviendo allí, en el barrio. Solo Javier está al frente de la parroquia manteniendo el inquebrantable espíritu de rebeldía ante la injusticia y la profunda lección de amor que edificaron la parroquia de Entrevías para demostrar que otra iglesia es posible, que otro mundo es posible, y que la utopía existe para marcarnos el camino.

Los locales de la parroquia están abiertos a todo el que los pueda necesitar. Allí se reúnen la asamblea del 15M de Vallecas, Amnistía Internacional ha dado charlas sobre la situación palestina, reciben visitas de teólogos como Leonardo Boff, trabaja la asociación de madres unidas contra la droga y la recién creada de madres contra la represión, se organizan cursos y talleres gratuitos para ayudar a la reinserción socio laboral de quien opte por esa vía y se acoge y ayuda al que opta por seguir en la marginalidad. El propio Ricardo Darín escogió el local de la parroquia para la presentación de su película “Elefante Blanco” en Madrid. Y a toda esa actividad, se añade el reciente cierre de los locales okupados del barrio que ha hecho que la parroquia esté permanentemente utilizada por todos los que defienden alternativas de lucha y resistencia no violenta contra el criminal sistema que nos aboca a todos a la pobreza y a la exclusión social.

El primer día que me acerqué por allí, de la mano del dramaturgo Paco Romeu, que está escribiendo una obra de teatro sobre la parroquia, me encontré 2con gente humilde y alegre, con gente siempre dispuesta a dar y a compartir los sueños y la nada que tienen. Allí te enteras de la realidad que estamos viviendo en este país, esa realidad dura y cruel que raramente aparece en los telediarios, la realidad de la marginación, de los CIES, de los presos… Recuerdo que aquel día me presentaron a un chavalín rumano que parecía tener ocho años. Tenía trece. La desnutrición de los habitantes de El gallinero, la barriada de gitanos rumanos de la Cañada Real, es desoladora. El chaval llevaba la cabeza rapada. La ocultaba 6-2-11bajo una gorra de lana negra. Me contó su historia. Tres días antes había ido, junto a dos amigos del barrio, a robar cuatro tonterías en un centro comercial. Su robo fue bien y no le pillaron, pero su inocencia le hizo volver a entrar en el centro con las cosas que había robado para buscar a sus dos compañeros. Les pillaron a los tres. Llamaron a la policía. Se los llevaron detenidos. En comisaría los policías decidieron no hacer un atestado ni llevarles ante el juez. No llamaron a ningún abogado del turno de oficio, ¿para qué?. Habían decidido darles un castigo ejemplar. Les humillaron y les raparon la cabeza al cero a los tres. A uno en forma de cruz, a otro por la mitad y al otro en círculos. Tenían trece años. No había nadie que les defendiera. Horas después les dejaron marchar. Al enterarse en la parroquia les acompañaron inmediatamente a poner una denuncia. Les hicieron declarar por separado. Las declaraciones de los tres coincidían hasta en los más mínimos detalles. No mentían. Decía la verdad, la descarnada verdad de lo que está pasando en comisarías de la democrática España de hoy.

La historia de la parroquia de Entrevías está íntimamente ligada a la de la Asociación de Madres Unidas Contra la Droga. El libro “Para que no me 2007060318iglesia_rojaolvides”, que acaba de aparecer, cuenta la historia de estas luchadoras anónimas que se encontraron de bruces con la realidad del infierno de la droga. Aprendieron a convivir con él, a luchar contra él ayudando a sus hijos y denunciando la connivencia de la policía y los poderes políticos en el exterminio de una generación entera de jóvenes. Muchas tienen a sus hijos en la cárcel, otras los han perdido para siempre, pero ellas siguen allí, juntas, trabajando por los demás, organizando actos y acciones de denuncia de todas las situaciones injustas que ocurren a su alrededor. Han perdido a sus hijos y a sus hijas, pero no su alegría, su dignidad y su firme compromiso por hacer de este mundo un mundo más justo.

En 2007 la parroquia fue el centro de atención de los medios de comunicación porque el arzobispado de Madrid, con Rouco Varela a la cabeza, decidió cerrarla. Les propuso Pepe Díazconvertirla en un centro de Cáritas. Ellos se negaron y entregaron las llaves de la parroquia a las madres contra la droga. El local de la parroquia no había sido construido con el dinero de la Iglesia, sino con el de las aportaciones voluntarias de la gente del barrio. Por eso, y por lo que había sido y era, les pertenecía a esas gentes y no a la Iglesia. Finalmente alcanzaron un acuerdo: convertirla en un centro pastoral, algo a medio camino entre parroquia y centro de Cáritas. Les quitaron los libros y ya no pueden oficiar bodas, bautizos, comuniones, etc. pero siguen siendo la verdadera iglesia del barrio, la verdadera iglesia de Jesús, la iglesia de los pobres, esa iglesia más necesaria que nunca y que con personas como Enrique, Pepe o Javier no morirá jamás. Si quieres conocerla no tienes más que visitar su página web www.sancarlosborromeo.org, o acercarte personalmente. No importa quién seas o en qué creas, te recibirán sonriendo, con los brazos abiertos, y solo te preguntarán: “¿En qué te puedo ayudar?”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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