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La leyenda del pianista en el océano

La_Leyenda_Del_Pianista_En_El_Oceano_1Nació en un barco que iba rumbo a América, cuando América era un sueño. Nadie supo jamás quiénes fueron sus padres. Le abandonaron en una cesta sobre un piano. Quizá quisieron que alguien de primera clase lo adoptara y le diera una vida mejor. Lo encontró un fogonero. Negro. Pobre. Libre. Y lo adoptó. Fue él quien le enseñó los secretos de la vida. Jamás llegó a bajar de aquel barco. No tenía papeles. No existía. Pero eso a él no le importó. Supo hallar su camino entre la proa y la popa de aquel barco. Conoció el mundo, todo el mundo porque, como él decía, en cada viaje dos mil personas vienen a contarme sus sueños y sus penas. Y su camino fue la música. Tenía un talento prodigioso frente al piano. No se sentaba frente a las 88 teclas, sino que las 88 teclas le llevaban a viajar por paraísos perdidos, por esas islas que todavía no han nacido y que jamás existirán en eso que llamamos mapas. Su forma de tocar era su forma de vivir. Mientras sus manos acariciaban el piano sus ojos se posaban en todos los que había a su alrededor y él imaginaba cómo eran sus vidas, sus amores, sus desengaños… y dejaba que surgiera, desde lo más profundo de su alma, la canción de cada uno de los que compartían la travesía con él. Esta es la historia de Novecento, la leyenda del pianista sobre el océano, la bella historia escrita por Alessandro Baricco maravillosamente llevada al cine Giussepe Tornatore.

¿Qué puede empujar a un hombre a no bajar jamás del barco en el que nació, a no caer en la tentación de bajar a tierra para realizar las promesas que todos le FLIX_V~1hacen, para seguir incluso a la mujer que ama? Dejemos que sean las palabras del propio Novecento contando a su amigo Max, el trompetista, porqué desistió de hacerlo cuando, a solo tres escalones del muelle, decidió darse la vuelta y volver a subir la pasarela que le aislaba del mundo: “Toda aquella ciudad. No se veía el final. Todo iba muy bien en la escalerilla. Y yo estaba impecable, con mi abrigo. Iba a bajar. Te lo prometo. No fue lo que vi lo que me detuvo. Fue lo que no vi. ¿Puedes entenderlo? Lo que no vi. En toda aquella inmensa ciudad había de todo menos un final. El final del mundo. Fíjate en un piano. Fíjate en un piano, las teclas empiezan, las teclas acaban. Sabes que hay 88, nadie puede discutírtelo. No son infinitas. Tú eres infinito. Y en esas teclas, la música que puedes hacer es infinita. Eso me gusta. Así, sí puedo vivir. Pero si bajo por esa escalerilla me pones delante de un teclado con millones de teclas, millones y millones de teclas que no tienen fin, y ésa es la verdad, Max, no tienen fin. Ese teclado es infinito. Y si ese teclado es infinito no hay 02música alguna que puedas tocar en él. Te has equivocado de taburete. Ese es el piano de Dios. Cielo santo, ¿viste aquellas calles? Sólo las calles. Había miles de calles. ¿Cómo lo hacéis allá abajo? ¿Cómo escogéis una sola? Una mujer, una casa, una parcela de tierra que sea tuya, un paisaje que contemplar, una forma de morir. Todo ese mundo pesa demasiado y ni siquiera sabes dónde acaba. Es decir, ¿no te asusta? ¿Nunca te has hundido sólo de pensarlo, de pensar la enormidad de vivir en él? Max, yo nací en este barco. Y el mundo ha pasado ante mí. Con 2.000 personas cada vez. Y aquí había deseos, pero no más de los que cabían entre proa y popa. Yo interpretaba mi felicidad, pero en un piano que no era infinito. Aprendí a vivir de esa forma. ¿La Tierra? La Tierra es un barco demasiado grande. Una mujer demasiado hermosa. Un viaje demasiado largo. Un perfume demasiado fuerte. Es una música que no sé tocar. Nunca podría bajarme de este barco. Como mucho, podría bajarme de mi vida. Al fin y al cabo, yo no existo para nadie. Tú eres la excepción, Max. Tú eres el único que sabe que estoy aquí. Eres una minoría. Y más vale que te acostumbres…”

La leyenda del pianista sobre el océano es una historia que nos habla de amor, de amor y de amistad. En el viejo fogonero vemos el amor de un padre hacia su hijo, 7en Novecento su descubrimiento del amor más puro en esa chica a la que descubre en un viaje y que, aunque jamás la vuelva a ver, siempre vivirá en él. Y, sobre todo, esta bella historia es un profundo canto a la amistad, esa amistad entre Novecento y Max, el trompetista, que nos recuerda que no hay nada más intenso que una amistad, porque, como decía el inolvidable y cada día más añorado Jordi Dauder, son más fuertes los vínculos de sangre que nos unen a nuestros amigos que los de verdad.

Ambientada en 1900 (de ahí el nombre con el que el fogonero le bautiza), época del nacimiento del Jazz y de la gran emigración europea a América, a bordo del Virginian viajan miles de seres anónimos con maletas únicamente llenas de sueños. Es un canto poético a quienes deciden tomar las riendas de su vida, a quienes 6son capaces de dejarlo todo atrás para emprender un nuevo camino, a quienes están dispuestos a empezar de nuevo. Y también es un bello canto a la vida en el mar, a ese quedarse a bordo de los tripulantes cuando los pasajeros se van para no volver, a ese convivir compartiendo lo único que se tiene: un mendrugo de pan y un puñado de sueños. Y también es un canto a la música, un profundo canto a esa música que hace que Novecento encuentre la felicidad al compartirla con los demás. Es feliz tocando. Es feliz haciendo felices a los demás. ¿Qué más puede desear? ¿Para qué bajar de ese barco, de ese único mundo que él conoce, en busca de una felicidad que ya tiene? ¿Por qué hay que ir siempre detrás de una promesa o de una zanahoria? La rutina de los viajes de ida y vuelta a lo largo del Atlántico le ha enseñado a Novecento que lo importante no es el destino, sino el viaje, y que solo el presente, nuestro aquí y nuestro ahora, es lo que existe.

Pocas escenas tan bellas en la historia del cine como la de Novecento improvisando la música que siente al ver, por el ojo de buey del compartimento donde está tocando el piano, a una joven que, distraída, pasea soñadora por cubierta. Todo está ahí, en sus dedos acariciando las teclas, en la exquisitez de la música que brota 12de su alma, en esa mirada limpia que acaricia y abraza a esa muchacha que, ajena a todo eso, vive su vida como un ave en libertad. Novecento canta al amor, sí, pero también a la libertad de un ave a la que no podría amar si viviese encerrada en una jaula. Ella necesita volar. Él lo sabe. Por eso, cuando ella baja la pasarela, él la sigue con una mirada en la que no hay tristeza. A su manera ha vivido la más bella historia de amor, esa que da sentido a una vida y que no le abandonará jamás.

La vida a bordo no es siempre fácil. Novecento divide su tiempo tocando en los lujosos salones para los pasajeros de primera y en los sencillos compartimentos de los de tercera. Adapta su música a lo que cada uno de ellos quiere, pero siempre sin dejar de ser él mismo, sin renunciar a su manera de ser, de vivir y de tocar. Y no todas las travesías cuentan con la complicidad de un mar apacible. La escena en la que Novecento le cura el mareo a Max en una noche de furiosa tempestad es, sencillamente, inolvidable.

Una de las escenas más célebres de esta película es la del duelo a piano entre Novecento y el pianista de Jazz Jelly Roll Morton. La sobriedad y la humildad de Novecento parecen quedar apabulladas por la prepotencia y la superioridad de Roll Norton, el hombre que inventó el Jazz. Pero en esta película, como en la vida, nada es lo que parece y lo grande, lo verdaderamente grande, vive siempre en lo más pequeño.

Quizá el Virginian, el barco de Novecento, es también el barco en el que navegamos todos, porque todos tenemos un Virginian. Unos lo utilizan para viajar hasta the legend 9América, a su América, otros, como Novecento, eligen quedarse en él saboreando una forma de vivir contra la corriente, una manera de devorar la vida que muy pocos entienden. No es fácil renunciar, como hace Novecento, a las promesas de seguridad, éxito o dinero que nos hacen a cambio de renunciar a ser nosotros mismos, a cambio de nuestra dignidad y de nuestra propia vida. Novecento es un ser que elige ser libre, que se contenta con lo poco que tiene y que no se deja engañar por los cantos de sirena y las falsas promesas de felicidad que a lo único que le llevarán es a dejar de ser feliz, porque él ha aprendido, y esa es su grandeza, a ser feliz. Para muchos, quizá los más, es un perdedor. Pero para él, y para todos los Novecentos que navegamos en este mundo, son ellos los perdedores. De nosotros, solo de nosotros, depende lo que significan los Virginians, todos los Virginians.

Las palabras de Max con las que empieza la película nos hablan de nuestra vida, de nuestra propia historia, de esa difícil decisión que todos, tarde o temprano, debemos tomar: “Aún me pregunto si hice lo que debía al 8abandonar esta ciudad flotante, y no lo digo sólo por el trabajo. El caso es que un amigo así, un amigo de verdad, sólo se encuentra una vez en la vida. Si decides abandonar el bamboleo del mar, si quieres sentir algo más sólido bajo los pies, entonces dejas de escuchar la música de los dioses a tu alrededor. Pero, como solía decir él, nunca estás realmente acabado mientras tengas una buena historia y alguien a quien contársela. Lo malo es que nadie se creería ni una palabra de la mía…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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