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Danzad, danzad, malditos

“They shoot horses, don´t they” (A los caballos se les dispara, ¿no?), es una novela de Horace McCoy publicada en 1935 y llevada al cine por Sidney Pollack en 1969. Su título en España fue “Danzad, danzad, malditos”, y es una desgarradora historia de perdedores destrozados por el sistema que les promete un suculento premio como zanahoria tras las que les obliga a correr, a bailar en este caso, sin descanso. En la década de los treinta y los primeros años cuarenta en EEUU se pusieron de moda los maratones de baile que consistían en un criminal concurso en el que los participantes se comprometían a bailar y bailar hasta que solo quedase una pareja en pie. Con solo diez minutos de descanso cada dos horas, “Danzad, danzad, malditos”, nos muestra cómo podían resistir en pie más de mil horas, ¡más de cuarenta días seguidos bailando! en un interminable gira y gira hacia ninguna parte en el que lenta, inexorablemente, los participantes van perdiendo su dignidad, sus esperanzas, sus ganas de vivir y todos, absolutamente todos, sus sueños. La crueldad de la competición llega al extremo de obligarles a correr carreras de diez minutos cada cierto tiempo alrededor de la pista eliminando a las tres últimas parejas que lleguen a la meta. Es el todos contra todos, el todo vale elevado a la máxima potencia. Los participantes son patéticos, sí, pero lo más desgarrador es ver la reacción del público que les jalea, que les tira monedas como si fueran cacahuetes tirados a los monos y que disfruta viendo que otros están peor que ellos. Es el tiempo de la gran depresión, de la crisis, del derrumbe del They Shoot Horses Don't They (2)sueño americano, ese tiempo donde por sobrevivir se es capaz de renunciar a todo lo que significa ser un ser humano. Fue una novela visionaria, fue una película que se anticipó a su tiempo. Nunca como ahora “Danzad, danzad, malditos” ha estado más actual. El profundo pesimismo que irradia la película me marcó profundamente cuando la vi en los cines en los setenta. Me ha vuelto a revolver las tripas cuando ahora, cuarenta años después, la he vuelto a ver. Toda 4la sociedad, toda nuestra sociedad, está reflejada en esos pobres desgraciados que dan vueltas y más vueltas sin ir a ninguna parte, en todos esos energúmenos que, desde las gradas, descargan su frustración gozando de las miserias ajenas, en ese presentador omnipresente y manipulador que controla perfectamente hasta dónde llegar con la crueldad de su negocio. El público quiere morbo, sí, y él se lo da, desde luego, pero con la suficiente inteligencia como para no permitir que el drama alcance cotas irreversibles que harían que se diera cuenta de que lo que en realidad está viendo no es un espectáculo, sino un horror. El negocio es el negocio y no es bueno que el cliente vea lo que hay en la trastienda, en ese cementerio sin flores de los sueños rotos que es lo que hay tras el escenario.

Una formidable Jane Fonda encarnado a Gloria, esa perdedora plenamente consciente de su derrota que ha huido a California, persiguiendo como Bob_Willoughby_Jane_Fonda_on_the_set_of_They_Shoot_Horses_Dont_Th_2569_41tantos otros el sueño de entrar en el mundo del cine, es el eje fundamental de la historia. Se ha apuntado al concurso porque ya no le queda nada, absolutamente nada, que perder. El azar, o el destino como prefieras llamarlo, hace que el tribunal médico no admita a su pareja y se inscriba en el concurso con Robert, un joven soñador que pasaba por ahí, magistralmente encarnado por Michael Sarrazin. Son polos opuestos aunque, quizá sin saberlo, también son almas gemelas. Son las dos caras de una misma moneda: la del desencanto y los sueños destrozados. Junto a ellos compiten una pareja en la que ella está embarazada y que no concibe no ganar el concurso porque necesitan los 1.500 dólares del premio para alimentar a ese hijo que está a punto de nacer. También está una, otra, aspirante a actriz que ha llegado a California dispuesta a todo porque la vean y le den su oportunidad. Y también vemos competir a un viejo marinero curtido en 2todas las batallas defendiendo a una patria que ahora le niega la más mínima posibilidad de sobrevivir dignamente. Todos ellos giran y giran tras ese premio que se llevará un único ganador: la última pareja que aguante en pie. Todos los demás serán los perdedores. En ese juego, como en la vida, solo hay un ganador y cientos, miles, millones, de perdedores. Todos los valores de la sociedad capitalista, de esa gran mentira que es el sueño americano, están ahí: la competencia, la agresividad, el todo vale, el premio para el “mejor”, la ley del más fuerte, la derrota para el cobarde, para el que se rinde, para el que no sirve, la dictadura del poder, la manipulación de las masas, el individualismo, el egoísmo, la falta de solidaridad, de generosidad o de altruismo… sí, todos esos valores están ahí empujándoles a dar vueltas y más vueltas en una absurda noria sin fin alentados por unos espectadores más patéticos aún que los concursantes, pues, ilusos, creen que son unos privilegiados que no han de jugar a ese cruel y absurdo juego sin saber que son ellos, todos ellos, las víctimas últimas de esa barbarie concebida para explotar las miserias humanas.

Mención aparte merece el maestro de ceremonias y director del evento. Un ser sin escrúpulos capaz de todo con tal de que el espectáculo alcance las Gig-Youngcotas máximas de morbo que el público puede aguantar. Incansable, azuza a las masas para que animen y tomen partido por sus concursantes favoritos, para que patrocinen a su pareja preferida, para que “vivan” la emoción que supone ver sufrir a los demás. Y al tiempo que manipula al público, un público magistralmente reflejado por Pollack que va llenando la sala conforme van quedando menos participantes y la tragedia de los que quedan es mayor y, sobre todo, más visible y evidente, también juega con el destino y las vidas de los concursantes. Siempre atento a la más mínima oportunidad de negocio, no duda en explotar las miserias de cada uno de los participantes, en pedirles que se exhiban en un juego decadente y denigrante donde nadie puede ganar porque el precio que pagan por jugar es renunciar a su dignidad. Aprovecharse de las debilidades, hacerles propuestas deshonestas, mentir o provocar la destrucción personal de los concursantes es algo que forma parte del juego, algo intrínseco a la vida misma, esa vida concebida como una competición en la que solo uno, el más fuerte, puede quedar en pie.
Decía que tanto la novela como la película habían sido visionarias porque se adelantaron a su tiempo, janefonda_danzad1o acaso ¿no son en esencia todos esos realities que las televisiones emiten día sí y día también exactamente lo mismo que ese maratón de las miserias humanas? ¿En qué se diferencia ver a esos pobres desgraciados bailando sin parar hasta sucumbir de ver a todos esos concursantes de la televisión felizmente dispuestos a renunciar a su dignidad y a su integridad a cambio de su minuto de gloria? Quizá la única diferencia está en que en el maratón el público asistía a esa decadencia, a esa podredumbre humana, en directo, como en el circo romano, mientras que el público que los ve por televisión lo hace confortablemente sentado en el sillón de su casa saboreando su cena o una cerveza con palomitas. Hasta su participación en directo está contemplada a través de los mensajes del móvil con los que financian a las televisiones.
7Son tantas las analogías que ese criminal concurso tiene con la vida actual… Si trasladar público, concursantes y presentador de la pista del maratón al plató de la televisión resulta obvio, también podemos ver una clara similitud con lo que está pasando hoy si consideramos que los concursantes somos nosotros, los simples ciudadanos de a pie, el presentador es el político de turno y el público, ese público que hace inclinar la balanza del presentador en favor de unos o de otros, son los medios de comunicación ávidos de saciar su infinita hambre de morbo centrándose en las miserias humanas y ninguneando las muestras de valores que no sean noticia en ese mundo de depravación, corrupción, estulticia y mediocridad que, entre todos, hemos creado.
they-shoot-horsesSartre o Simone de Beuavoir vieron en “They shoot horses, dont´t they?” la versión norteamericana del movimiento existencialista. El desencanto de los años marcados por la guerra de Vietnam impulsó un movimiento crítico de denuncia por parte de muchos artistas e intelectuales norteamericanos. Pollack fue uno de ellos. “Danzad, danzad, malditos” aparece de pronto en la época en la que nos tenían acostumbrados a los finales felices, a contarnos las victorias de los héroes, y lo hace para que el espectador de la película, que ha asistido impotente a ese claustrofóbico viaje a la denigración humana que ha visto durante dos horas en la pantalla, reaccione y se dé cuenta de que de quien danzadvisagesverdaderamente habla esta película no es de todas esas Glorias o esos Roberts, sino de él, de ti y de mí, de todos los que vivimos en esta sociedad aceptando unas reglas de juego injustas y criminales sin luchar por cambiarlas, sin negarnos a aceptarlas, sin rebelarnos contra ese mundo en el que no nos dejan otro papel que el de simples marionetas movidas tras los hilos por manos invisibles que se autoesconden tras eufemismos como mercado, ese mundo tan familiar a nosotros en el que no hay trabajo, ni pan, ni casa, sino miseria, depresión y derrota.
They shoot horses, don´t theyEl título en inglés “They shoot horses, don´t they?”es terriblemente desgarrador ya que hace referencia a lo que se hace con los caballos heridos: matarlos para que no sufran. Y es terriblemente desgarrador porque no se está refiriendo a los caballos que caen, sino a las personas que caen, a los derrotados, a los perdedores, a los que se rinden. La adaptación que se hizo en España, “Danzad, danzad, malditos”, no respeta literalmente el título original, aunque sí su espíritu transmitiendo un claro mensaje desesperado sobre esa realidad que vivimos pretendiendo no darnos cuenta, no ser conscientes de que todos giramos en la absurda noria en la que nos suben al nacer y en la que damos vueltas y más vueltas sin ir a ningún lado, esa noria que nos roba la vida, esa noria de la que pocos, muy pocos, son capaces de bajar para emprender un camino que les lleve a alguna parte…
Aquí tienes la película entera. Tómate tu tiempo. Abre tu mente y tu corazón para poder contemplarte en ese diáfano espejo que Pollack ha puesto delante de ti.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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