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Matthieu Ricard, solo me queda lo que di…y por eso soy feliz

El budismo, como la parte espiritual y mística de la mayoría de religiones, lleva siglos recomendándonos practicar el arte de la meditación. No se trata solo de obtener la calma mental, sino de profundizar en la contemplación de lo que se esconde tras lo aparente. Vivimos en un mundo en el que es prácticamente imposible ver la verdadera realidad, esa que se esconde tras las apariencias y muy difícil, por no decir imposible, alcanzar la paz mental. Todo son prisas, impulsos, continuos estímulos que impiden que nuestra mente descanse, que podamos escuchar el silencio. Nuestro instinto nos lleva a poner miedos y esperanzas fuera de nosotros impidiéndonos mirar en nuestro interior. Tenemos una visión individualista del mundo, una visión egoísta y egocentrista de un mundo que hemos fragmentado olvidándonos de que todo está relacionado, de que pertenecemos a ese todo, de que no somos más que una parte de ese todo. Nuestra mente se halla presa de los pensamientos, de los miedos, de los anhelos, de las preocupaciones y eso nos hace creer que la realidad son esos pensamientos, esos miedos, esos anhelos y esas preocupaciones. Pero no es así. Todas esas emociones no son más que las circunstancias a través de las que percibimos la realidad, las gafas con las que vemos la realidad. La realidad es lo que pasa, es el hecho en sí. Pero nosotros, a través de nuestra mente contaminada por todas esas circunstancias subjetivas, no vemos ese hecho tal y como es: lo que vemos es el efecto que causa en nosotros. Si una persona te pisa un pie te dolerá el pie; si además crees que te lo ha pisado intencionadamente, sentirás ira y rabia. El pisotón será el mismo, el dolor físico el mismo, pero a ti te afectará de manera diferente: puede que el dolor haya pasado y tú sigas todo el día irritado acordándote del cretino que se divirtió pisándote el pie. Esa visión egocentrista y egoísta del mundo nos hace presuponer intenciones en los actos de los demás. Y son esas intenciones las que más daño nos hacen, porque nos afectan directamente en nuestro plano emocional. La práctica de la meditación, dedicar veinte minutos al día a relajar tu mente para que pueda aprender a ver la realidad, la verdadera realidad, es lo que te permitirá conocer tus emociones y, por tanto, controlarlas. No podemos cambiar la realidad, pero sí la forma en que nos afecta. Esa es la clave de la meditación.

La neurociencia lleva años estudiando el efecto que la práctica de la meditación tiene en nuestra mente y en nuestro cuerpo. Mediante electroencefalogramas y escáneres han podido identificar las partes del cerebro que se ven afectadas por la actividad de meditar. Indudablemente los meditadores expertos producían efectos mucho más impresionantes que los meditadores novatos con apenas experiencia, pero incluso en estos sus efectos se empezaban a notar rápidamente. Entre esos efectos se aprecia una reducción de la ansiedad, de la ira, de la violencia, un fortalecimiento del sistema inmunológico, una disminución en la presión sanguínea… Todos estos efectos permiten que el meditador pueda concentrarse en las cosas y mantener su concentración mucho más que los no meditadores y, sobre todo, que experimente la felicidad, entendida como un estado mental saludable que irradia a todas nuestras emociones. Este es un campo nuevo para la neurociencia que está descubriendo un universo de posibilidades realmente fascinante y cuyas consecuencias podrían cambiar el mundo.

Una de las aplicaciones prácticas con la que ya se está trabajando es introducir la meditación en la educación. Y esto supone una verdadera revolución en el modelo educativo porque lleva a relegar los actuales planes de estudio que se limitan a llenar nuestro cerebro de conocimientos para prepararnos para llegar a ser buenos trabajadores, y a sustituirlos por unos nuevos planes en los que el objetivo fundamental no sea convertir al niño en un buen trabajador, sino en una persona que pueda ser feliz. Esta revolución individual es la que hará cambiar la sociedad, porque los estudios neurológicos actuales están demostrando lo que el budismo lleva milenios practicando: que, a diferencia de lo que pensamos en Occidente, cuanto más das más tienes, que el altruismo, el darse a los demás, el darse incondicionalmente a los demás, es el camino de la felicidad.

La práctica meditativa budista tiene dos fases: la primera, alcanzar la calma mental, la shiné, que se logra a través de la concentración en algo que nos permita olvidarnos de los pensamientos que, continuamente, invaden nuestra mente. Recomiendan, por ejemplo, concentrarse únicamente en el hecho de respirar, en cómo el aire entra, fresco, por nuestra nariz y en cómo luego, más caliente, sale. Concentrados solo en esto serán muchos los pensamientos que nos asaltarán impidiéndonos alcanzar la calma mental, ese no pensar en nada que es la puerta de la segunda fase de la meditación: la de la contemplación. Si vienen esos pensamientos es normal, no pasa nada, no debemos intentar apartarlos de nuestra mente, de hecho cuanto más lo intentemos más permanecerán en ella, simplemente debemos dejarlos pasar y olvidarnos de ellos concentrándonos en nuestra respiración.

La fase de la contemplación en la meditación budista se centra en la compasión y en otra serie de cuestiones filosóficas que nos permiten avanzar en nuestro camino (el vacío, la impermanencia…) Para quienes no estén familiarizados con el budismo quizá cabe recordar que no es una religión teísta en la que un dios, llámese como se quiera, dicta desde arriba unas normas y dogmas que sus fieles deben creer y practicar, sino que es una forma de vida, un camino espiritual que parte de la propia persona que únicamente pretende alcanzar la iluminación. El budismo no tiene normas, es un camino individual en el que cada uno busca y elije su propia senda, no tiene dogmas, de hecho se puede ser cristiano y budista al mismo tiempo. El budismo parte de la propia persona, de su opción voluntaria de entender y de vivir vida para crecer, para avanzar, a través de la compasión. La mayoría de las lenguas occidentales han tergiversado el significado de la palabra compasión haciéndonos creer que es sentir pena de alguien. La compasión no es sentir pena de alguien, sino sentir pena con alguien, es querer aliviar su pena, es impulsarnos a ayudarle para que no sufra. Tener compasión es amar, es darse a los demás, es el altruismo llevado a las últimas consecuencias en nuestra forma de pensar y, con ello, en nuestra forma de vivir. Matthieu Ricard es un renombrado científico francés que un día, hace ya cuarenta años, se sintió atraído por la palabra y la forma de vida de los monjes budistas. Intuía que, aunque su vida era satisfactoria y se dedicaba a lo que realmente le gustaba, la biología, le faltaba algo, le faltaba un sentido. Eso es lo que le llevó a acercarse hasta esos monjes de India. Allí descubrió otra forma de ver el mundo. Tras pasar unos años escapándose para estar con ellos cuando su trabajo se lo permitía, decidió abandonarlo todo para irse a vivir con ellos. Se hizo monje budista. Desde entonces vive en Nepal. Escribe libros, da conferencias por todo el mundo, es el traductor al francés del Dalai Lama, gestiona infinidad de proyectos solidarios, una quincena de colegios y jamás deja de practicar la meditación. Es esa doble faceta de hombre y científico occidental al mismo tiempo que monje budista y meditador experto la que ha hecho que su caso sea mejor entendido y estudiado en Occidente. Los escáneres, electros y demás pruebas que le hicieron en la universidad de Wisconsin demostraron que su cerebro ha desarrollado, muy por encima de la media, aquellas partes que proporcionan felicidad, y ha reducido considerablemente aquellas en las que se concentran el miedo, la ansiedad o la ira. Por eso han llegado a la conclusión de que es el hombre más feliz del mundo. No deja de ser sorprendente para nuestra mentalidad egoísta y egocentrista que el hombre más feliz del mundo dedique su vida a ayudar a los demás y que sus únicas posesiones sean dos pares de zapatos (uno para dentro del templo y otro para cuando sale a la calle). En estos videos entenderás por qué.

En el cmaino de la sabiduríaSi quieres conocer directamente lo que está haciendo Matthieu Ricard y el alcance de sus proyectos solidarios, no dejes de visitar la web de Karuna, su fundación: www.karuna-shechen.org o su web personal, donde podrás encontrar su propio blog: www.matthieuricard.org/en/index.php/index

Hace ya tres años que empecé con La placenta del Universo. Hasta hoy nunca le había dedicado personalmente una entrada a alguien. Hoy quiero dedicársela a una persona muy especial que, a través de la meditación y de la compasión, está luchando contra su enfermedad, una enfermedad que le dificulta mucho poder mover su mano, y una compasión que hace que, cada día, pese a la dificultad y el dolor, pese al sufrimiento, ella tienda su mano abierta a quien la pueda necesitar. A Merche Uranga. De corazón, gracias. Tashi Delek.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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