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Luis Eduardo Aute, ese niño que miraba el mar…

Hablar de Luis Eduardo Aute es hablar de poesía, de pintura, de escultura, de independencia, de libertad, de compromiso, de amor, de integridad, de generosidad, de misticismo, de curiosidad, de sabiduría, de melancolía, de desencanto, de sueños, de todo lo que somos, de todo lo que habríamos podido ser y, por encima de todo, siempre por encima de todo, es hablar de belleza. Pocos como él han sabido expresar nuestros sentimientos, nuestras tristezas y anhelos, nuestro mundo, ese pequeño mundo que habitamos desnortados en una sociedad que ni comprendemos ni nos comprende. Su música es profunda, sensual, tierna, cargada de poesía, esa poesía que él tanto ama. Es una música que, venida desde lo más hondo de su ser, nos eleva a ese otro mundo en el que ya solo se escucha nuestra voz, esa voz misteriosa y amiga, que nos invita a escuchar el silencio de las galaxias. La música, la voz de Aute, es una llave para el alma. Y si su música es capaz de llevarnos tan lejos, el resto de ese particular universo, ese universo que él necesita expresar, ofrecer, compartir, nos abre puertas antes cerradas a mundos donde lo imaginario es real, donde la ficción habita la realidad, donde la ausencia se ilumina a la luz de unos versos desnudos, de unos sutiles trazos, o de unos fotogramas esculpidos en esa fugacidad sin tiempo que es la vida.

Nacido en Manila, donde trabajaba su padre, en 1943, pasa sus primeros años en Filipinas. Allí es educado en castellano, inglés (el del colegio donde estudiaba), tagalo y en el catalán de su padre. Con ocho años viene con su familia por primera vez a España. Tres años más tarde, tras una estancia en Barcelona, la familia se traslada definitivamente a vivir a Madrid. Su inquietud insaciable le lleva desde muy pequeño a la expresión artística. Escribe poemas, dibuja, pinta y, con nueve años, descubre el mundo del cine al ver “La ley del deseo”. Su primera actuación cantando en público la hace a los ocho años acompañando a una orquesta en el Hotel Avenida de Madrid. La canción que cantó no era otra que “Las hojas muertas”. Sus padres no solo no se opusieron, sino que apoyaron aquella vocación artística. Fue su padre quien le regaló su primera guitarra, una guitarra con la que tocaría con dos amigos en el colegio, formando parte de los grupos Los Tigres y Los Sonor, aunque aquella incursión en el mundo de la música, más que una verdadera vocación, para él era más bien un divertimento y una buena herramienta para ligar. Aute se considera pintor y, aunque la música le atrae, orienta sus pasos hacia la pintura.

En plena España franquista se siente agobiado y sin poder vivir la libertad que necesita. Quizá por eso solo aguanta dos semanas estudiando la carrera de aparejadores y se va a vivir a París. Allí ve películas prohibidas en España y descubre un universo absolutamente nuevo que le marcará para siempre: el de la filosofía. Nietzsche y su “Más allá del bien y del mal” no se separan ni por un momento de su mesilla de noche. Sus cuadros empiezan a venderse y él a malvivir de ellos. El mundo del cine le sigue apasionando. Eso, unido a su fluidez con el inglés y el francés, hace que le contraten como intérprete y segundo ayudante de dirección de la segunda unidad del rodaje de la película “Cleopatra”, de Joseph L. Mankiewicz. Compone varias canciones y sigue pintando. Es seleccionado para participar en la Bienal de Sao Paulo. Allí descubre la música de un cantautor que le sacude profundamente: Bob Dylan. Massiel graba algunos de los temas compuestos por Aute. “Rosas en el mar” se convierte en un éxito inmediato. Otro de sus temas de esa etapa, “Aleluya nº1”, alcanza todavía un éxito mayor y es versionado en muchos países. En EEUU llega incluso a figurar en los primeros puestos de las listas de ventas. Acompañando en un estudio una tarde a la guitarra a un amigo que quería grabar algunos de sus temas, les escucha Juan Carlos Calderón que, sin dudarlo, le pide a Aute que los grabe él. Pero él no está por la labor. Eso de grabar discos y tener que cantar en público no va con él y se resiste. Prefiere seguir pintando y viviendo su vida. La insistencia de Juan Carlos Calderón acaba por convencerle y accede a grabar esas canciones, que se convierten en un éxito.

Cansado del mundo de la música y de lo mucho que le aparta de su verdadera vocación como pintor, meses después abandona su faceta de cantante para seguir pintando alejado de todo aquel universo tan ajeno a él. Trabaja entonces como diseñador de carpetas para discos y realizador de lo que más tarde se conocerá como videoclips. También esos años son una época fecunda para su faceta como poeta y para su faceta de compositor, ya que sigue componiendo canciones y bandas sonoras para algunas películas. Su infatigable curiosidad artística le lleva a escribir y dirigir cortometrajes como “A flor de piel”, con la participación de Ana Belén y Jaime Chávarri.

Debemos a la sensibilidad y las dotes de persuasión de José Caballero Bonald, además de gran poeta productor musical, que Aute volviese al mundo de la música. Convencerle no fue fácil. Tuvieron que prometerle que le permitirían grabar lo que quisiera, como quisiera y que no le obligarían a cantar en público ni en la televisión. Aute aceptó. Todos ganamos.

No es este el lugar para diseccionar lo que ha sido y es la carrera musical de Aute. Se necesitaría mucho más que una entrada del blog para poder hablar detalladamente de toda su obra, compuesta por más de treinta discos. Tan solo quiero recordar algunos de los momentos que más han marcado esa larga carrera que le ha permitido componer la banda sonora de las vidas de muchos de nosotros. Su descubrimiento de los trovadores cubanos como Silvio Rodríguez o Pablo Milanés le lleva a colaborar con ellos en muchas ocasiones. En una de ellas, invitado por el gobierno cubano a participar en el Festival Mundial de la Juventud que se celebra en La Habana, se ve afectado por una tuberculosis que le obliga a guardar reposo durante cinco meses. La lectura es su principal compañera de fatigas durante ese tiempo y, en concreto, la filosofía. A partir de ese momento cambia su concepción de la vida y la espiritualidad pasa a ocupar un lugar destacado que se traduce en su obra posterior.

Aute siempre ha sido una persona generosa y solidaria. Ha apoyado todas las causas que considera justas y siempre ha tenido su mano, esa mano de dedos finos y largos, esa mano que habla, tendida a quien la pudiera necesitar. Son muchas las veces que le he pedido que colaborara apoyando actos o acciones solidarias (dedicando una foto para ayudar a los campamentos de refugiados tibetanos en el exilio, participando en el homenaje a Miguel Hernández que organizamos desde la Unión de actores con motivo del centenario del nacimiento del poeta, en el concierto de bienvenida a la marcha de los mineros en Aravaca, grabando para un disco benéfico una canción compuesta por personas en riesgo de exclusión social que hacían un taller de música, etc. etc. etc.) y su respuesta siempre ha sido un claro y decidido sí. Llegué incluso a proponerle hace unos años hacer una versión escénica de La placenta del Universo con lectura de poemas y música en directo en acústico junto a Paco Ibáñez y a María del Mar Bonet en teatros de pequeño formato para que el público pudiera vivirlas muy de cerca y él, sin dudarlo, aceptó. No llegamos a hacerlo por problemas de calendario porque no hubo forma de hacer coincidir las apretadas agendas de los tres, pero su respuesta, nunca lo olvidaré, fue un sí como los que solo él sabe dar.

El carácter renacentista y creativo de Aute le ha llevado a explorar caminos nunca recorridos por otros. La experiencia de la película “Un perro llamado dolor” es una buena muestra de ello. Escrita y dirigida por él, se trata de un largometraje de animación para el que el propio Aute dibujó a lápiz todos los dibujos que aparecen en pantalla (más de cuatro mil) y compuso, junto a sus amigos Silvio Rodríguez, Moraíto Chico y Suso Sáiz la banda sonora. Es una película extraordinaria y fascinante en la que Aute nos ofrece su visión de la relación entre el artista y la modelo a partir de la experiencia de varios artistas como Goya, Velazquez, Buñuel, Dalí, Picasso, etc. en la que el hilo conductor que nos transporta de un mundo a otro es un perro, un perro llamado Dolor en honor al que tenía Frida Kahlo.Aquí tienes un fragmento de esa película

Otro de los momentos más importantes en la vida y la obra de Aute fue, sin duda, el de los últimos fusilados del franquismo. Tres miembros del FRAP, José Humberto Baena Alonso, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, y dos de ETA, Ángel Otaegui y Juan Paredes Manot, “Txiki”, fueron fusilados el 27 de septiembre de 1975 tras ser condenados a muerte en sendos consejos de guerra plagados de irregularidades y carentes de las mínimas garantías legales. Fue un asesinato legalizado perpetrado menos de dos meses antes de la muerte del dictador, un asesinato que, como el de dos años antes de Salvador Puig Antich, nos marcó a muchos para siempre. En la madrugada del 27 de septiembre de 1975 la pólvora acabó con las vidas de aquellos cinco jóvenes. De nada sirvieron las innumerables protestas que desde dentro y fuera del país exigían que no les matasen. La dictadura franquista nació con sangre, vivió con sangre y murió con sangre. Aute compuso una canción que, como ninguna otra, ha sabido reflejar lo que muchos de nosotros sentimos entonces y seguimos sintiendo ahora, después de tantos años: la infinita rabia de la impotencia ante la injusticia y el crimen. Esa canción es “Al alba”. La censura franquista no entendió que la letra. Por eso no la prohibió.

La mirada de Aute es una mirada limpia que mira y ve lo que ocurre a su alrededor, que le impulsa a recorrer ese camino de la vida como lo hace la gente que se rebela contra la injusticia y lucha por un mundo nuevo: tendiendo la mano a los demás, dando a los demás, amando a los demás. ¡Y es tanto lo que nos ha dado! Quizá uno de los momentos más inolvidables en la vida musical de Aute fue el del concierto en Las Ventas en 1993 que dio junto a Silvio Rodríguez en un “Mano a mano” inolvidable. Aquí tienes un resumen de lo que se vivió aquella noche…con él te dejo en el que ha sido el viaje de hoy, un viaje acompañando a Eduardo, ese niño que miraba el mar…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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