Cine/Teatro General Literatura

“Yepeto”, ¿edades para amar?

Un viejo profesor de literatura, de vuelta ya de todo menos de su verdadera pasión, la belleza, se enamora de una de sus alumnas. Se llama Cecilia. Tiene diecisiete años. Ha conseguido devolverle la ilusión, las ganas de vivir, la alegría de amar… Un joven desconocido llama un día a la puerta de su casa. Es el novio de Cecilia…Este es el trepidante arranque de “YEPETO”, la maravillosa obra de Roberto Cossa que subiremos al escenario de Garaje Lumière todos los sábados de diciembre. Tengo la inmensa fortuna de que me hayan ofrecido el papel del profesor, un papel con el que me identifico como pocas veces he podido hacerlo hasta ahora en mi carrera profesional, y de compartir la obra con un joven actor de esos que lo dan todo porque de verdad aman y viven el teatro: Gonzalo Grillo. La sabia mano de otro joven talento como Juan Vinuesa en la dirección ha sido uno de los descubrimientos más fascinantes que he tenido como actor. Es una formidable mezcla de intuición y talento que, como gran actor que también es, sabe transmitir a los actores todas las sutilizas y los matices que esconde uno de los textos más bellos que he leído jamás. La experiencia y el profundo conocimiento teatral de otro actor de los imprescindibles, Chema del Barco, asesorándonos en la dirección de este montaje es un lujo imposible de pagar. Llevamos meses hablando de la obra, saboreándola, disfrutándola; llevamos semanas ensayando y cada día aparecen nuevos detalles, aparentemente pequeños o insignificantes, que nos permiten vivir toda la grandeza de un texto que es un verdadero clásico en la Argentina natal de Cossa, donde lleva años en cartel.

De alguna manera, de Luis Eduardo Aute, puede ser, si quieres, una buena compañera para este viaje:


¿Qué siente un profesor que ve pasar su vida perdiendo el tiempo intentando trasmitir su amor por la literatura a un montón de chiquillos mediocres que, en la mayoría de los casos, están allí sin saber ni siquiera por qué? Todavía se siente joven, es capaz de apasionarse y de vivir la vida con toda la pasión. Hablando, conviviendo con los alumnos, se siente un chaval de veinte años. Pero cada día, al acabar las clases y verles irse juntos a tomar esa copa a la que no le invitan a él, a esa cena que él jamás compartirá, se da cuenta de que la juventud, su juventud, ya pasó. Los recuerdos, la nostalgia y la soledad son ahora sus fieles compañeros. Pocas palabras como las de Pavese para expresar lo que él siente cuando ve que su tren hace tiempo que partió: “Mas la noche ventosa, la límpida noche que el recuerdo rozaba solamente, está remota, es un recuerdo…” Perdido en un mundo que no le comprende, y al que él prefiere ni siquiera intentar comprender, es un náufrago solitario que va a la deriva de isla en isla, de mujer en mujer, de belleza en belleza, en ese viaje que le llevará a ese no lugar donde ya solo se vive de recuerdo en recuerdo… Solo su profundo amor por la belleza y la literatura, su capacidad de amar y su formidable sentido del humor, le permiten no ahogarse en ese viaje. Es capaz de reírse de todo y de todos y, como buen sabio que es, siempre es capaz de reírse de sí mismo. El paso del tiempo es cruel. Por dentro te sientes como siempre, joven, lleno de vida, capaz de ilusionarte y de vibrar frente a cualquier estímulo. Poco a poco, sin embargo, te vas haciendo consciente de que a los veinte te miraban al entrar en un bar, a los treinta y pico dejaron de mirarte, y a los cincuenta y pico ya ni te ven… Si tienes la fortuna de compartir tu vida o tu profesión con gente joven te sientes uno más, compartes sus ilusiones y sus sueños, de verdad crees que eres uno más de ellos… hasta que te ves reflejado en un espejo. Frente a ti ves a un desconocido que te mira fijamente y al que no reconoces. Tú no puedes ser él. No te sientes como le ves a él. Sigues sintiendo ese intenso cosquilleo interior que descubriste en la adolescencia y que sientes cada vez que cruzas una mirada o una caricia con una persona que te gusta, a la que deseas o a la que amas… ¿Cómo es posible que ese desconocido que está frente a ti pueda sentir todo eso que tú sientes?, ¿Quién es?, ¿Cómo ha llegado hasta allí?, ¿Qué queda del que se fue, del que ya no eres, del que ha dejado su sitio en el espejo a ese desconocido, dónde ha ido…? Intentas volver la vista atrás, intentas saber dónde o cuándo lo perdiste, pero te das cuenta de que jamás existió un día, un momento concreto, en que él se marchara, sino que día a día, segundo a segundo, beso a beso, se ha ido yendo de tu vida. Son tus cincuenta y pico los que te gritan ¿cómo no te dabas cuenta?, ¿cómo pudiste dejar escapar, como si no fueran importantes, todos aquellos días que te pertenecían y que ya nunca podrás volver a tener…? El tiempo pasaba tan lento entonces, y tan rápido ahora… Intuías que el hecho de que al principio te gustasen solo de diecisiete a veinticinco, que después fueran ya de diecisiete a cuarenta y que ahora sean de diecisiete en adelante podía ser un aviso de que te estabas haciendo mayor. Ese era el único síntoma que sentías, pero te preocupaba, porque te asustaba la idea de hacerte mayor, de perder tu juventud, tu vitalidad y tu “gusto exquisito”. Hoy, por fin, has comprendido que aquello no era más que la lección que te estaba dando la vida enseñándote a admirar la belleza y que la belleza, aunque tú no la vieras cegado como estabas por la falsedad de la apariencia, estaba allí, a todas las edades, en todas las personas…

Serrat cantaba: “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí…”  Ese ha sido uno de los mantras de tu vida. Pero hoy, consciente ya de que has vivido más de la mitad y de que puede escapársete en cualquier momento, te das cuenta de que la belleza y el amor solo vivían en ti, que siempre te han acompañado, que han estado junto a ti en los momentos de alegría y en los de dolor, en los de tristeza y en los de esperanza, que siempre han estado ahí… Ese es el regalo de la madurez: ayudarnos a entender que la belleza y el amor están dentro de nosotros y, por eso, reconocerlos y apreciarlos en cosas y en personas donde antes éramos incapaces de verlos…

Ese es el milagro, la maravilla, de la vida: descubrirnos a nosotros mismos, ver que tras ese cuerpo desconocido que nos mira desde el espejo vive un ser que es capaz de emocionarse y de amar, capaz de sentir y hasta de enamorarse como cualquiera de los adolescentes que le rodean. Ese es el milagro que vive el viejo profesor en Yepeto: descubrirse a sí mismo, no como había creído poder hacerlo hasta ahora, a través del arte y la literatura o encerrándose en sí mismo, sino con las personas que le rodean, con todos esos tú y yo que están frente a él, compartiendo con ellos su mundo interior, dándose a los demás, entregándose, derribando todos los muros que había construído a lo largo de su vida…

Pero esta obra también nos muestra la otra cara de la moneda: la de ese joven novio de Cecilia que no entiende qué ve ella en ese viejo que tiene frente a él y al que desearía romperle la cara. La obra, para él, es un viaje interior, un viaje que emprende de la mano del viejo profesor para aprender a conocerse a sí mismo, a entenderse a sí mismo, a quererse a sí mismo para poder darse a los que le rodean… Son muchas las cosas que aprende en ese viaje: a amar, a admirar la belleza, a conocerse y aceptarse a sí mismo, a entender que en el mundo hay alguien más, a ponerse en el lugar del otro… Son tantas las cosas que plantea el texto de Cossa, tantas las vivencias con las que nos podemos identificar, tantos los recuerdos que vienen a nuestra mente de las ocasiones vividas, de las ocasiones perdidas, de los sueños que nunca fueron, de los que aún nos habitan…Es una obra que rezuma melancolía pero que, por encima de todo, es una invitación al espectador para que, de la mano de los dos personajes, emprenda ese viaje interior que le permitirá responder a todas las preguntas que su desconocido particular le hará cuando se lo encuentre frente al espejo. Y lo hace como se deben hacer las cosas en la vida: jugando y con sentido del humor, porque como dice el viejo profesor: “¿Por qué todas las cosas tienen que tener sentido? Eso es un síntoma de vejez. La racionalidad. Solo hago lo que tiene sentido. A tu edad, cágate en las cosas que tienen sentido. ¡Juega!”

En estos tiempos que corren donde no solo no se apoya a la cultura, sino que se la criminaliza por parte de las autoridades eliminando todo tipo de ayudas y cargándola de impuestos como el IVA más alto de Europa, hay que apostar por la autogestión, no dejar que se salgan con la suya callando el teatro y todo lo que pueda suponer una voz disidente. Es el tiempo de demostrar que el amor al teatro, a la cultura, es un arma invencible contra los que lo consideran fiscalmente como un lujo o como un mero entretenimiento en una calculada estrategia para acabar con él. Este montaje no hubiera sido posible sin el entusiasmo de todos los que participamos en él, trabajando sin cobrar los ensayos, corriendo con todos los gastos, yendo a taquilla sabiendo que, aunque llenemos la sala, no viviremos de esto… No es solo una apuesta por parte de los actores o de la dirección, sino de todos los que, de una u otra forma, reivindicamos la necesidad de que el teatro no muera. Sin el entusiasta apoyo de la gente de Garaje Lumière, ese grupo de jóvenes que, contra viento y marea, se han atrevido a abrir una sala independiente a la que se dedican en cuerpo y alma para conseguir que el teatro, nuestro teatro, siga vivo, este montaje no hubiera existido. Hacer teatro hoy es un signo de rebeldía. ¡Y apoyarlo también!

Para mí será un verdadero placer compartir esta experiencia contigo. Si quieres venir a vernos ya puedes comprar tu entrada a través de atrápalo (www.atrapalo.com), reservarla telefónicamente en la sala de lunes a viernes de 11h a 14 h. (911192905) o comprarlas con descuento directamente en la web de Lumière (www.garajelumiere.net)

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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