General Pintura

Paul Gauguin, la infinita belleza de la utopía…

“Acaso llegue el día, quizá muy pronto, en que me perderé en las espesuras de alguna isla de Oceanía para vivir el éxtasis, la calma y el arte. Con una nueva familia, y lejos de esta lucha europea por el dinero. Allí, en el silencio de las hermosas noches tropicales de Tahití, podré escuchar la dulce, murmuradora música de los latidos de mi corazón, en armonía con los misteriosos seres que me rodeen. Libre, al fin, sin problemas de dinero, podré amar, cantar y morir” Estas son las palabras que Paul Gauguin escribió a su mujer en 1890. Meses después se embarca rumbo a Tahití iniciando un viaje que le aparta definitivamente de esa podrida Europa empeñada en la loca carrera de los estertores del colonialismo que la llevó a la I Guerra mundial. Eran, y somos, muchos los que están hartos de un mundo dominado por el egoísmo, la avaricia y la superficialidad. Eran, y somos, muchos los que buscan perderse en algún paraíso lejano aislados de todo lo que suene a la mal llamada civilización. Pero fueron, y son, pocos, los que se han atrevido a dar ese gran paso de dejarlo todo atrás para adentrarse en la aventura de vivir su propia vida. Gauguin, sin duda, fue uno de ellos.

Para hablar de Gauguin puede que nada sea tan adecuado para acompañarnos, si quieres, como la voz de otro genio que lo abandonó todo para irse a vivir sus últimos días en las islas del pacífico:Jacques Brel

Nacido en París en 1848, hijo de un periodista francés antimonárquico y de madre peruana, con solo tres años huyó con su familia del golpe de Estado de Napoleón III. En el viaje murió su padre. Gauguin pasó su primera infancia en Perú. Cuatro años después regresa con su madre a Francia, donde estudia hasta los diecisiete años. Su alma inquieta le empuja a dejar las aulas para ir a recorrer el mundo, se embarca en la marina mercante y más tarde en la Armada Francesa. En 1870 regresa a Francia y empieza a trabajar en la Bolsa. Se casa con una joven danesa. El éxito que tiene en los negocios le permite llevar una vida acomodada. Tiene cinco hijos. Es en esa época cuando descubre la pintura y se apasiona por ella. El impresionismo le ha llegado muy hondo y Pisarro es su pintor favorito. Esa pasión le lleva a tomar clases de pintura y a pintar sus primeros cuadros. Expone en varias exposiciones colectivas y empieza a coleccionar cuadros de los principales pintores impresionistas. La crisis de la Bolsa de 1882 le empuja a dejarlo todo para dedicarse profesionalmente a la pintura. Los apuros económicos por los que atraviesa en esos años le obligan a irse a vivir a Dinamarca con la familia de su mujer, a la que aguanta 3 años hasta que, harto, decide volver a París para intentar vivir como pintor. Deja a su mujer y a sus hijos en Dinamarca. Tras una breve etapa en Ruan se embarca rumbo a Panamá, donde trabajará en la construcción del canal. Pero Panamá no es el paraíso soñado y prosigue su viaje rumbo a la isla Martinica, a la que llegará en 1888. Es allí donde conoce un universo sensual y lleno de color totalmente alejado de la civilización occidental y de la pintura que se hace en Europa, un universo que le marcará para siempre. Es también entonces cuando descubre la sencillez de la vida “primitiva”, en contacto directo con la naturaleza, rodeado de seres todavía no contaminados por el mal llamado progreso. Sin embargo, su salud se resquebraja y tiene que regresar a Europa. Conoce a los hermanos Van Gogh. Theo será su marchante y se irá a pasar una temporada con Vicent en Arlés. La explosiva personalidad de ambos choca irremediablemente. Gauguin decide acabar con aquella convivencia y se marcha. La penuria económica es su fiel compañera de viaje. Con el dinero obtenido en una exposición compra un billete para irse hacia la Polinesia. Se establece en Tahití. Aquella estancia, sin embargo, dura poco. Una grave enfermedad y la falta de dinero le obligan a regresar a Francia. La vida le tenía reservada una agradable sorpresa: la herencia de un tío suyo. Eso, junto al dinero conseguido con la venta de algunos de sus cuadros, le permite regresar definitivamente a Polinesia. En 1901 encontró en Hiva Oa, en las islas Marquesas, un reducto de sociedad todavía no contaminado por la civilización. Gauguin huyó de su mundo como de la peste, e intentó integrarse en la cultura y las formas de vida de los nativos polinesios. Allí tuvo varias parejas y un nuevo hijo. Sin embargo, esa imbricación con el mundo primitivo, con lo salvaje, no era una asimilación, sino una profundización en el derecho a la diferencia, en la admiración y el amor hacia lo diverso: “No nos preciemos de asimilar las costumbres, las razas, las naciones, de asimilar a los demás, sino por el contrario, alegrémonos de no poderlo hacer nunca; reservémonos así la perdurabilidad del placer de sentir lo Diverso” Su deteriorada salud y sus endémicos problemas económicos le acompañaron en sus últimos años. Murió el 9 de mayo de 1903 en Atuona (Hiva-Oa)

La figura de Gauguin es la de un espíritu inquieto que busca su lugar en un mundo que está a punto de desaparecer para siempre bajo el peso de la cultura occidental. En esa época el turismo todavía no lo había invadido todo, por aquel entonces se viajaba, entendiendo el viaje no como un mero desplazarse de un lugar a otro, sino como un profundo viaje interior del viajero impulsado por los estímulos exteriores que recibe. Y, sin embargo, a Gauguin le cuesta horrores encontrar un territorio todavía no contaminado, no conquistado por la técnica y la economía, ese paraíso virgen con el que todos, de una forma u otra, hemos soñado. Gauguin decidió dejarlo todo atrás, desnacerse para renacer de nuevo, reinventarse a sí mismo para poder vivir su propia vida. Es uno de los que se bajó del carro, de los que antepuso su búsqueda personal, sus ansias de libertad, a la seguridad y la falsa promesa de la sociedad occidental. Era un espíritu libre, un ser libertario que, como Thoreau y algunos más, decidió construir su propio destino lejos del mundo que le vio nacer. No es fácil romper las cadenas que te impiden ser libre. Como diría Zorba el griego, el inolvidable personaje creado por Nikos Kazantzakis, hace falta un poco de locura para romper las cadenas,  esa locura que nos hace libres. Gauguin lo reflejaba perfectamente en su forma de vida, en su obra y en sus escritos: “Estar solo, no tener ya mujer ni hijos que renieguen de uno. Ser indiferente al insulto e impasible ante la miseria. Asumir una actitud, una manera de ser, asumirlo como un trabajo. Asumir un método, un método que podríamos llamar de la contradicción. Confiar en las abstracciones más extremas. Hacer todo lo que estaba prohibido y construir, reconstruir, sin miedo, sin temor a exagerar: exagerando también. Aprender de nuevo y luego volver a empezar, volver a aprender; superar todas las timideces, sea cual sea el ridículo que pueda venir. Ante el lienzo, el pintor no es esclavo ni del pasado ni del presente, ni de la naturaleza, ni de su vecino…” Gauguin es un hombre en permanente búsqueda, nunca satisfecho con lo ya hecho, siempre intentando ir más allá. No fue un artista precoz, sino todo lo contrario. Su encuentro con el mundo de la pintura no se produce hasta que pasa ya de los 25 años y su decisión definitiva de abandonarlo todo para dedicarse por entero a ella la toma con 35 años. Sin embargo, el hecho de que no hubiese tenido contacto con el arte hasta entonces no hace que todo lo vivido durante aquellos años fuera algo ajeno al mundo artístico. Todo en su vida, en su aventurera experiencia vital, desde los colores del Perú de su infancia a los paisajes franceses, los barrios parisinos o los mares navegados, fueron forjando en él una necesidad de expresión, de ir más allá, de no quedarse en la forma sino de necesitar expresar lo más hondo de las cosas… y eso es lo que le hizo grande. Su influencia en el mundo de la pintura y en el de los soñadores de su época fue enorme. Fue uno de los precursores del arte abstracto y, como Picasso, se enamoró sin remedio del arte primitivo, de esa expresión pura y sobria que ha atravesado todas las épocas y todas las geografías para expresar lo que es el ser humano.

Sus cuadros son una explosión de color, todos los colores están allí, en sus lienzos, en su paleta. Van Gogh decía que sus cuadros “no habían sido pintados con un pincel, sino con un falo, cuadros que al mismo tiempo que arte son pecados… esta es la gran pintura que sale de las entrañas, de la sangre, como el esperma sale del sexo…” Puede que muchos consideren que el arte de Gauguin, que la vida de Gauguin, era una permanente huida, pero se equivocan: eran un viaje, un viaje al fondo de sí mismo porque, como el propio Gauguin decía: “Tengo sangre india, sangre inca, y esto se refleja en todo lo que hago. Es la base de mi personalidad. Intento confrontar la civilización podrida con algo más natural basado en lo salvaje…”

La pintura de Gauguin está llena de símbolos. Adentrarse en ella es emprender un viaje único y personal, un viaje hacia el silencio que habla, hacia el color que ilumina y la luz que todo lo oscurece. Su espíritu anarquista no está reñido con un profundo misticismo que le acerca al budismo, al islam o al hinduismo. Todo en él es búsqueda, permanente búsqueda de lo infinito, de lo nunca expresado, de lo desconocido, del cotidiano misterio que es la vida. El mundo de Gauguin, su particular universo, es un mundo femenino. En sus representaciones del paraíso Adán no suele aparecer. Puede que se haya ido a cazar o a pelearse con otros adanes, pero quien habita el paraíso es Eva, siempre Eva, solo Eva…En uno de sus cuadros más conocidos, “¿De dónde venimos?, ¿Quiénes somos?, ¿A dónde vamos?”, Gauguin nos presenta una visión del paraíso como un jardín donde habitan mujeres y niños y donde el único hombre que existe es quien coge la fruta prohibida del árbol, porque para Gauguin no es la mujer, sino el hombre, el culpable de nuestra caída, de nuestros penares y desgracias… Gauguin es un mendigo de silencio, de la paz y la tranquilidad que su sociedad le niega. Para él el hombre no debe estar condenado a trabajar como un esclavo para vivir. Por eso sus cuadros no suelen representar escenas de trabajo, sino apacibles conversaciones, baños en el río, exóticos frutos caídos del árbol del paraíso…ese paraiso que jamás debimos perder.

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

Todas las entradas
Categorías
Clandestino en Facebook
Facebook By Weblizar Powered By Weblizar