Cine/Teatro General

Marcello Mastroianni, la seducción de la humildad

Fue un genio, uno de los más grandes y, como todos ellos, jamás lo admitió ni se vanaglorió de ello. Si algo le caracterizaba era la humanidad y la humildad. Rodó más de 120 películas, fue uno de los actores más camaleónicos que han existido y a todos sus personajes les imprimió ese sello tan personal y suyo que les hizo irrepetibles. Seductor, pícaro, galán, ingenuo, perdedor, pillo, antihéroe, nadie, señor, vividor, honesto, soñador… él era todas esas cosas y muchas más. Amó la vida como el que más y adoró a las mujeres y al amor como pocos lo han hecho. Hizo sus mejores amigos en las pausas de los rodajes de todos esos diminutos pueblos italianos donde trabajó, entre vaso y vaso, entre partida y partida. Su vida no fue fácil, él la hizo fácil. Nunca se rindió ante las dificultades y ante el sufrimiento. Cuando los alemanes le encerraron en un campo de concentración se escapó y sobrevivió escondido hasta el final de la guerra. Fue otro de los más grandes, Visconti, quien le descubrió para el teatro, pero empezó su carrera en el cine como simple figurante. Compaginó sus figuraciones estudiando interpretación por las noches. Ganó dos veces el premio a la mejor interpretación en Cannes y estuvo tres veces nominado para los Oscar. Triunfó, claro que triunfó, pero eso a él nunca le importó. El dinero y la fama nunca estuvieron entre sus prioridades. Se contentó con ser feliz viviendo su vida, una vida que nunca dejó que otros escribieran por él. Jamás entendió a esos actores que para meterse en un personaje necesitan sufrir engordando, adelgazando o viviendo durísimas penurias porque, para él, interpretar era un juego, el juego de ese niño que jamás dejó de ser. Se llamaba Marcello. Marcello Mastroianni.

Había nacido en un pequeño pueblo italiano en 1924 en el seno de una familia humilde. Cuando tenía catorce años su padre le hizo dejar los estudios para ponerle a trabajar. Necesitaban dinero para poder sobrevivir con las malas cartas que el destino les había dado para la partida de la vida. Puede que fuera aquella educación, aquel ambiente, el que hizo que, tras la aparente fragilidad de su rostro, tras aquella vulnerabilidad que mostraba a flor de piel, se escondiese un carácter indomable que le permitió ser lo único que quiso ser: un hombre libre. Sus comienzos en el mundo de la interpretación no fueron fáciles. Le descubrió Visconti, sí, y protagonizó varios montajes dirigidos por él, pero en aquella época Visconti todavía no era Visconti. Sus primeras apariciones en el cine fueron como figurante en una decena de películas. Allí se familiarizó con el mundo del cine y aprendió el oficio como se debe aprender: delante de la cámara. Complementó aquella formación estudiando interpretación por las noches porque necesitaba sentirse más seguro, más confiando en sí mismo, frente a la cámara. Fellini se fijó en él en la película Los miserables y no dudó en escogerle para el papel del paparazzi de La dolce Vita. Mastroianni nunca creyó que lo hubiera escogido por ser un buen actor, sino porque sencillamente estaba buscando el rostro de un hombre común. Su forma de interpretar tan natural, tan auténtica, le catapultó a la fama tras la mítica escena del baño con Anita Ekberg en la fontana di Trevi.

Realmente pocos han mostrado frente a la cámara lo que sienten, lo que piensan o sufren con la claridad con que lo ha hecho Mastroianni. Su rostro era un libro abierto. No le hacía falta un texto para expresar lo que estaba sintiendo: su rostro, ese espejo donde todos podemos vernos, era para él el mejor de los textos. Hacía fácil la interpretación porque la vivía intensamente, porque, como un niño, creía todo lo que hacía y vivía: “Me fastidia ese cuento de los actores que estudian el papel meses y meses para meterse en el personaje, impregnarse de él. A lo mejor se retiran un tiempo infinito a un convento, engordan o adelgazan para estar más en situación y, acabado el trabajo, necesitan otros meses de descompresión para olvidarlo, para volver a ser ellos mismos. A mí no me pasa. Me estudio el guion un par de días, recito mi parte y se acabó… Lo nuestro, lo de los actores, es un juego. Eso es el teatro, sea comedia o tragedia, y también el cine: siempre juego, como la vida, porque el cine y el teatro son como la vida”. Para él los actores eran como cajas vacías que cuanto más vacías estuvieran mejor ya que ello les permitía llenarlas con sus personajes. Siempre se identificó con la anécdota que contaban de Gary Cooper cuando un día le vio su padre ensimismado con la mirada perdida en silencio y le preguntó: ¿En qué piensas, hijo? “Absolutamente en nada”, contestó. “Entonces serás un buen actor” concluyó el padre.

En la vida real tuvo una única esposa de la que jamás se separó, Flora Clarabella, y muchas parejas, entre las que se encontraban las actrices Catherine Deneuve o Faye Dunaway. Pero si alguna fue su mujer en el cine esa fue Sophia Loren. Formaban la pareja italiana por excelencia. Con ella hizo una decena de películas que forman parte de la historia del cine no ya italiano, sino universal: “Los girasoles”, de Vittorio de Sica, “Una jornada particular”, de Ettore Scola… De él dijo Sophia Loren que era “tan humilde, tan grande, que era único”. La química entre ellos se dio desde su primer encuentro. Ella siempre lo dijo: “Ese tipo de cosas en el cine a veces se dan. Es magia. Con Marcello pasó desde el primer momento”

Y si el trabajo con Sophia Loren se repitió muchas veces a lo largo de su carrera, su colaboración con Fellini también fue una de las constantes de su vida: “La dolce vita”, “8 ½”, “Roma”. Pero eso de repetir con los directores con los que trabajaba no fue algo atípico en su vida, ya que lo hizo con muchos otros: Ettore Scola, Luchino Visconti, Mario Monicelli, Ludovico Emmer, Alessandro Blasetti o Vittorio de Sica. No deja de ser curioso que Mastroianni protagonizase su primera película con de Sica (“Ayer, hoy y mañana”), veinte años después de haber trabajado como figurante para él en una de las primeras películas de ambos (“I bambini ci guardiamo”, de 1944)

Su relación con Fellini fue muy estrecha: “El director vive todos sus personajes y todos a un tiempo. Me acuerdo cómo trabajaba Fellini. Era fantástico: bailaba, lloraba, reía, prestaba su voz a la enamorada, al seductor, a la puta, se tiraba al suelo, mimaba todo y a todos. Mientras trabajabas tenías la impresión de que era un dios, en el sentido de que creaba. Visconti era lo mismo, aunque sus métodos fueran distintos. Fellini siempre decía que yo era un seductor, pero en realidad el seductor era él y adoraba vivir por persona interpuesta. Una de esas personas interpuestas fui yo, y por eso él me atribuía capacidades y aptitudes de las que yo carecía totalmente…”

Mastroianni era bueno en el drama y en la comedia, era un actor versátil donde los haya, porque siempre encarnaba sus personajes desde la verdad, desde el creérselos, desde el vivirlos. Nunca tuvo miedo a mostrar vulnerabilidad en la pantalla. Si tenía que interpretar un cobarde, él era un cobarde, si tenía que ser un viejo, él era el viejo, si tenía que ser un Don Juan, él era el Don Juan…

Lo de envejecer era algo que supo admitir con elegancia, aunque no sin reparos: “Envejecer es algo que no se decide. Te cae encima cuando menos te lo esperas. En cierto momento empiezan a llamarte maestro. Maestro ¿de qué? Y te contestan: “Es por respeto” Maestra lo será tu madre te dan ganas de decirles, pero comprendes que algo ha pasado, que ha cambiado algo. Será cuando una ruedecilla del engranaje ya no funciona como antes, será un pliegue en la boca, una arruga en medio de la frente, no sé: un modo distinto de mirar a las mujeres, más dulce, menos agresivo… Las mujeres, además, te das cuenta enseguida, se ponen maternales de repente. Hasta los hijos adoptan una actitud protectora. Mi hija, en París, cuando cruzamos la calle, me coge de la mano… Aunque, como todo, la vejez tiene su lado positivo, y es que por fin nos hace libres, libres de decir y hacer lo que sea, total ya nadie puede quitarnos nada…”

Siempre huyó de la fama de irresistible seductor que le perseguía: “Lo de que los actores somos unos conquistadores es un vuelo. Quienes de verdad ligan son los técnicos, los ayudantes de cámara, los directores de fotografía… para mí lo difícil de las relaciones de pareja es la ruptura. Si por mí fuera nunca rompería con nadie y cargaría con todo… No conozco bien el amor. A veces creí sentirlo, pero vete a saber si no era mi sentimiento por el hecho de sentirme rechazado. He sentido mucho sufrimiento. ¿De qué otro modo se puede sentir la pasión? Cuando se sufre por su culpa. Si todo va bien se construye una relación serena, de cariño, querencias, estima, apoyo recíproco; sentimientos muy profundos que incluso pueden durar una vida entera, pero que yo no llamo amor… Mi experiencia me lleva a la conclusión de que la mujer es muy superior al hombre. Es más fuerte físicamente y también más inteligente, más sensible, más capaz de cariño y de amor. En mi opinión las mujeres deberían gobernar el mundo…”

Para él estar ante la cámara era fundamental: “Yo solo existo cuando estoy en una película. Frente a la cámara me siento sólido, satisfecho, pero fuera de ella soy vacío y confuso…” Pero desde esa vacuidad y confusión con las que él se definía a sí mismo, era un hombre maravillosamente lúcido que adoraba la vida, al mundo y a las personas, un hombre libre que, como dijo su hija Bárbara: “Me dejó la sabiduría de mirar las cosas desde el lado positivo, de aceptar a quien está a tu lado sin la presunción de querer cambiarlo…”
Nunca entendió que ser actor fuera un privilegio porque fuera algo que permitiese vivir más vidas que al resto de los mortales: “Todos estamos dotados de fantasía, todos nos imaginamos historias de las cuales somos protagonistas, pasiones que en realidad no tenemos, cultivando ilusiones inexistentes. Si eso es vivir muchas vidas, no es un privilegio de los actores. La verdad es que la vida, la de veras, es muy breve… Un plus de vida me consolaría; me irrita mucho la idea de tener que desaparecer, porque además no tengo una fe que me sostenga. Incluso así, medio hundido como estoy, preferiría quedarme aquí un rato, y hasta un buen rato” Murió en 1996. Tenía 72 años. Acababa de rodar su última película.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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