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Piranesi, o las cárceles del alma…

Nació hace casi trescientos años, pero su mundo interior, su particular visión del universo y de la vida, han trascendido los siglos haciendo de él un genio atemporal capaz de superar barreras tan débiles como espacio y tiempo. Fue un pintor magistral que jamás pintó un cuadro. Su sueño era ser arquitecto, y quizá podría haber sido uno de los más grandes de todos los tiempos, pero no le dejaron construir ni un solo edificio. Tan solo restauró una iglesia de la Orden de Malta en la que está enterrado. Fue arqueólogo, humanista, diseñador de muebles y objetos decorativos, decorador, anticuario… fue todo eso y mucho más. La historia, esa historia de la humanidad que tanto le debe, le recuerda como grabador. Sus más de mil grabados de las ruinas de la antigua Roma que estudió, imaginó y representó, junto a sus diseños y a sus grabados y estudios sobre la ingeniería civil del Imperio romano y, sobre todo, su serie de dieciséis grabados sobre las cárceles imaginarias que solo existían en su mente son la prueba que hoy nos queda de que ese hombre, Giovanni Battista Piranesi, existió. Ha sido, posiblemente, uno de los genios que más ha influido en el arte y la cultura de la civilización occidental. Panini, Goya, Picasso, Kafka, Warhol y tantos y tantos más han mamado de las ubres de este hombre que nunca representó lo que veían sus ojos, el mundo que le rodeaba, sino que siempre buscó en lo más hondo que veía su alma: el glorioso pasado marchitado por el paso del tiempo, ese pasado que no ha de volver, y el aterrador futuro del laberinto que anticipa el sinsentido del mundo actual que él ya intuyó al diseñar sus cáceles imaginarias, esas cárceles oscuras, macabras y siniestras repletas de escaleras, pasadizos, puentes y puertas que, como los laberintos del mundo que hemos creado o dejado que creen, conducen a ese no lugar que existe entre la nada y ninguna parte y en el que se han empeñado en confinarnos.

Piranesi nació en 1720 en el seno de una familia en la que convivían los artesanos, los profesionales liberales y el clero. Desde muy pequeño destacó por sus dotes de pintor. De hecho ese talento para la pintura fue un obstáculo para encontrar su primer trabajo en un taller de grabado ya que le consideraban “demasiado buen pintor” para ser un buen grabador. Él no quería ser grabador, sino pintor o, sobre todo, arquitecto. Pero nadie quiso darle una oportunidad. Por eso no tardó en aprender la técnica del aguafuerte y todos los secretos del universo del grabado para poder crear todos aquellos espacios imaginarios que sabía que jamás le dejarían construir. Fascinado por la cultura de la antigua Roma, compaginó su aprendizaje de la técnica del grabado con sus estudios sobre la cultura clásica y la arquitectura. En un mundo en el que el turismo no había nacido y las postales no existían ni en sueños, los grabados eran el recuerdo que los contados viajeros de la época se llevaban de los lugares que visitaban. Piranesi no quiso contentarse con eso, sino que una y otra vez representó en sus grabados las ruinas de lo que fue, los vestigios de lo que pudo haber sido, o el simple sueño de lo que a él le hubiera gustado que hubiera sido. En sus vistas de Roma y de otros enclaves históricos, nos ofrece una visión grandiosa y magnífica del  esplendor de una cultura no igualada hasta la fecha. Las ruinas de ese pasado siguen mostrando una belleza y una dignidad inigualables. La inclusión de figuras humanas en sus grabados nos da la inmensidad de proporciones de los edificios en los que se hallan. Piranesi, anticipando también el mundo que nos ha tocado vivir, no representa a artesanos o posibles miembros de una clase “media” en sus grabados, sino que en ellos solo aparecen nobles o mendigos, ricos o pobres, lujosas levitas o zarrapastrosos harapos…

Obsesionado por demostrar las raíces etruscas del arte romano y su importancia frente al tan valorado arte griego, todo en sus grabados gira en torno a este propósito. El arte egipcio y su simbolismo también están presentes en esas ruinas que nos hablan de un esplendoroso pasado donde el arte y la belleza ocupaban una parte esencial en la vida del hombre. Nadie como él ha sabido reflejar la impiedad del paso del tiempo que, día a día, segundo a segundo, lo va destruyendo todo. Los árboles asoman entre los muros de esos otrora esplendorosos edificios que ahora pugnan por no caer, asoman raíces entre los bloques caídos que ya no son más que enormes pedestales de estatuas que jamás existieron. La sombra, esa sombra que anuncia la inevitable llegada de la noche, lentamente va inundándolo todo…

Y si en las ruinas de los grabados de Piranesi vemos el esplendor de lo que fue, de lo que hemos perdido, en los que hizo de sus cárceles imaginarias asistimos, boquiabiertos, a la representación de esas prisiones del alma que atenazan al hombre de hoy, perdido en interminables caminos y enormes salas que le llevan a ninguna parte. En estas cárceles Piranesi no ha representado ni un atisbo de vida que no sea la carcelaria: no hay árboles, ni hojas, ni siquiera pájaros. Tan solo algunas figuras humanas aisladas, oscuras, impasibles… son presos y guardianes: unos presos que saben que jamás saldrán de esa prisión y unos guardianes que, quizá sin saberlo, tampoco hallarán jamás la salida de ese laberinto infernal del que nadie puede escapar. Sus cárceles son el mundo en el que todos vivimos presos: unos sabiéndolo, otros creyendo que son libres simplemente porque tienen poder sobre los demás. ¿Qué pudo llevar a un hombre de veinticinco años a imaginar un mundo así?;  ¿Qué inmensa soledad y desasosiego debía sentir para crear un mundo tan macabro y siniestro, un mundo donde no entra la luz y donde interminables escaleras y pasadizos conducen a nuevas salas que dan paso a más y más escaleras y pasadizos que no llevan a ningún sitio, un mundo donde solo hay instrumentos de tortura, crueldad, silencio y soledad?

Si el diminuto tamaño de las figuras humanas que emplea en sus grabados sobre lo que en un día fue la esplendorosa Roma nos sirven para darnos cuenta de la grandeza de los edificios, el aislamiento aterrador y la extrema soledad de los pobres desgraciados que representa aquí  Piranesi nos muestran todo lo contrario: la vacuidad, el insondable vacío de las cárceles, de todas las cárceles. Para hacernos ver la inmensidad de esos laberintos carcelarios, Piranesi se vale aquí de romper la continuidad de nuestra visión anteponiendo elementos estructurales o decorativos que interrumpen nuestra percepción de la perspectiva de las salas para retomarlas, tras ellos, en una escala diferente que nos da la sensación de lejanía, de inmensidad…

Como bien señala Sergei Eisentstein al comparar las cárceles de Piranesi con los paisajes verticales de la pintura china y japonesa (los kakemonos): “Si en Piranesi todo es dinamismo, borrasca, ritmo frenético de penetración en profundidad hacia el interior, en los kakemonos todo es apaciguamiento, ascenso solemne hacia unas citas iluminadas. Piranesi parece reflejar la agresividad del éxtasis occidental (español, italiano) en oposición al quietismo extático, panteísta, de Oriente (India, China). Las aspiraciones del italiano lo impulsan a hacer, por todos los medios, de la superficie plana impresa un cuerpo tridimensional, realmente perceptible. Las aspiraciones del chino consisten en hacer de la realidad tridimensional una imagen bidimensional de la contemplación. De ahí los cánones figurativos: perspectiva exagerada en uno y… perspectiva inversa en el otro… Lo común a las dos es la ruptura de la continuidad de la representación. En Piranesi, la continuidad de la perspectiva es rota por los pilares, los arcos y los puentes. En los kakemonos la unidad de la imagen queda simplemente rota por capas de nubes…”

La exposición que sobre Piranesi ha realizado Caixaforum en Madrid es una invitación a quedarnos extasiados horas y horas frente a ese viaje al fondo de nosotros mismos al que nos invita a través de sus grabados, ese viaje hacia lo más hondo de nuestro imaginario en el que Piranesi nos lleva de la mano. Y si Piranesi fue un maestro en trascender barreras como espacio o tiempo, esta exposición recoge esa herencia a través del trabajo hecho por Factum Arte en el que, con los más avanzados medios técnicos actuales, se han construido por primera vez algunos de los objetos que diseñó Piranesi y que jamás pudo ver realizados. Una de las joyas de esa exposición es el video en 3D realizado por Grégoire Dupond a partir de los grabados de las cárceles imaginarias de Piranesi, un video que nos adentra en los misterios de esas construcciones imaginarias de las que nadie, ni el propio Piranesi, puede escapar. La Suite nº 2 para Cello de Bach interpretada por Pau Casals es el mejor compañero de viaje que él habría podido escoger para acompañarnos en este viaje. ¡Que lo disfrutes!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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