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Lhasa de Sela, la voz de la carretera

De pocas personas como de ella puede decirse que son hijas de la carretera. Hija de padres hippies (mejicano él, norteamericana ella) que la educaron en una caravana recorriendo Méjico y los EEUU, empezó a cantar en una taberna griega de Los Ángeles cuando tenía trece años. El arte corría por sus venas. Su madre y antes sus abuelos y sus tatarabuelos habían sido artistas y llevaban la música en la sangre. A los diecinueve se fue a Canadá a visitar a sus hermanas que estudiaban en una escuela de circo. Aquello le gustó tanto que decidió quedarse a vivir allí haciendo lo que más le gustaba: cantar en pequeños clubes nocturnos. A veces tenía que fregar los platos para poder cobrar algo con lo que poder comer. El dinero nunca fue importante para ella. Acostumbrada a escuchar de niña a Chavela Vargas, a Víctor Jara, a Violeta Parra, a Atahualpa Yupanqui, la música de los gitanos del este de Europa, el folk, el blus, el jazz, el Klezmer, la música árabe y aquella música de los setenta que nos hacía soñar, no dudó en grabar su primer disco, “La llorona” en español. El éxito, tanto en Canadá y EEUU como en Europa, fue inmediato. Al lanzamiento del disco siguió una gira con sus músicos de varios años. Cansada de aquel ajetreo se retiró a Francia donde sus hermanas trabajaban en un pequeño circo que ellas mismas habían formado. Se unió a ellas y cantó en aquel circo compaginando las canciones con otras atracciones circenses. Durante aquellos meses siguió componiendo nuevas canciones que dieron lugar a su segundo disco (The living road), donde ya cantaba en inglés y francés además de en español. De nuevo de gira por infinidad de países de concierto en concierto y de ciudad en ciudad. Tras la nueva gira regresa a su querido Quebec donde prepara su tercer disco (Lhasa) que ya nunca vería una gira de promoción. Le diagnosticaron un cáncer contra el que luchó durante casi dos años. Murió en la nochevieja del 2010. Tenía treinta y siete años. Se llamaba Lhasa de Sela. Su madre decidió llamarla así porque cuando ella tenía pocos meses estaba leyendo el libro tibetano de la vida y de la muerte, de Sogyal Rimpoché, y vio que su hija tenía los ojos rasgados y reía siempre. Lhasa fue una mujer que sufrió mucho. Jamás perdió aquella sonrisa.

Aquella infancia nómada, aquel ser hija de la carretera, le produjo una permanente sensación de soledad, de aislamiento. No tenían televisión ni hacía las cosas que otras niñas y niños de su edad hacían. Vivía inmersa en aquel entorno familiar totalmente atípico y libertario donde la felicidad y el arte eran los valores supremos. Pero aquella sensación de aislamiento, lejos de encerrarla en una burbuja en la que protegerse del mundo, la impulsaron a empaparse de todo lo que veía a su alrededor. Por eso reconoce que “no sólo la música, sino los viajes, los países, las personas que he encontrado en el camino han influido en mi forma de componer y de cantar. Me encanta cantar en el sur de los EEUU porque hay muchísimos chicanos y creo que los chicanos son como yo. Ni una cosa, ni la otra. Somos una mezcla, tenemos un mestizaje cultural y creo que eso es algo que me hace sentir muy cómoda: cantar para un público bilingüe, que no solamente habla en inglés o en español, sino que han vivido también lo que yo he vivido, en dos idiomas, en dos culturas. No soy mejicana, pero tengo algo en mi alma de ello que nunca va a desaparecer y eso es algo que me ha alimentado en mi música y en mi vida. Cuando estaba en Méjico me sentía gringa, pero cuando estaba en Estados Unidos me sentía mejicana y por eso hablaba español”

Su propia experiencia con el dolor y el sufrimiento hicieron que tuviese una visión de la vida cargada de esperanza, aunque siempre sintiera predilección por las baladas tristes: “Hay que aceptar que la vida es como es: unas veces estás arriba y otras abajo. La vida es dramática, pero llegó un momento en que me di cuenta de que ya no quería sufrir, por eso luché con la finalidad de estar bien. Ahora veo que esta es una lucha de todos los días. Hay que diferenciar el dolor del sufrimiento. El dolor es algo que pasa; el sufrimiento es cuando agarramos el dolor y lo gozamos. Es más fácil ser infeliz que feliz, y como he sufrido bastante en mi vida, el perfume de belleza de la tristeza se ha quedado en mí de manera indeleble, no lo tengo que trabajar, allí está. Escribir es muy difícil para mí, y muchas veces he tenido que estar muy deprimida y no tener otra salida que escribir; sin embargo, ahora estoy aprendiendo a abrir esta puerta sin estar en el fondo del abismo y sin saber qué hacer. Para muchos artistas el dolor es un catalizador necesario que los empuja. Ahora mismo no considero que eso deba ser así. Es un mito. Para mí hay otros elementos. En definitiva, yo no uso el dolor y el sufrimiento, sino que ellos me usan. Para mí, escribir una canción es ante todo tratar de decir la verdad, cuando siento algo que me causa incomodidad. Cuando trato de entender qué me está causando problemas dentro de mi cuerpo. Eso escribo y canto…” Un alma inquieta como la de Lhasa necesitaba expresar todo lo que ardía en su interior, esa llama que la iluminaba y que le indicaba el camino a seguir. Por eso no se limitó a componer y a cantar bellísimas canciones o a actuar en el circo. En 2008 publicó un libro, La route qui chante, en el que recogia sus vivencias más personales. El libro es una verdadera joya que, por desgracia, no ha sido traducido y solo puede encontrarse en el francés que lo escribió.

Esa filosofía de vida que expresaba para definir su forma de componer, su necesidad de crear y de cantar, la aplicaba a todas las facetas de su vida: “Me queda claro que el amor no es un tango. Antes quería vivirlo de esta forma porque pensaba que debía ser así, pero ahora es muy sencillo. Menos desesperado y peligroso…” Siempre supo defender su libertad y su independencia al mismo tiempo que siempre se entregaba por completo a lo que amaba y a los que amaba.

Lhasa era profundamente tímida y le costó mucho subirse a un escenario y cantar. Lo había hecho desde muy niña, pero solo para su familia y sus amigos. El escenario la imponía: “Cuando comencé a dar conciertos tenía un sentimiento de culpa por atraer tanto la atención de la gente; me sentía muy incómoda, no sabía qué hacer. Sin embargo, un día me di cuenta de que era una cantante y eso es lo que hace un artista: atrapar la atención y dar su arte a la gente. Puedo ejemplarizar así mi modo de ver las cosas: una flor no se va a esconder por ser la más bella y la de esencia más profunda. Lo que he vivido con la música es casi un milagro: he hecho mi camino exactamente como yo quiero hacerlo, sin atarme a compromisos y aprendiendo de los errores… El escenario es mágico y cada gesto tiene un impacto, por eso me entrego a todo lo que tengo y muchas veces lamento no poder dar más, no poder llegar más lejos de mis posibilidades para complacer el cariño que el público me entrega. Alguien que da su música de corazón y que deja abrir su intimidad convierte al escenario en un espacio espiritual, chamánico, donde lo material y lo espiritual se yuxtaponen…”

Su relación con la soledad es algo que la ha marcado profundamente. Para ella la música es un medio de compartir la soledad y la canción es como una destilación, igual que cuando hierves algo se evapora el agua y queda la esencia, esa esencia que hace que, cuando la compartes tu soledad ya no esté sola. Una de sus canciones (Abro la ventana) está inspirada en un cuadro de Edward Hopper, el pintor de la soledad: “Es una canción que vi como una canción de Hopper pintando un cuarto vacío con el sol entrando y cosas en las que parecía haber mucha soledad, pero a la vez mucha luz. En esa canción hay un profundo sentimiento de soledad, pero también hay mucha luz, esa luz que necesitamos para poder vivir. Con las canciones hay que sentir la luz y el viento… Yo soy muy visual y, a veces, cantando, cerraba los ojos y veía colores. Luego intentaba explicárselo al resto de los músicos. Es muy útil para hacerles entender lo que buscas y lo que sientes”

Siempre tuvo claro que amaba la música y que necesitaba cantar, pero que no lo podía hacer sin vivir. Por eso para ella su vida, sus propias vivencias, eran fundamentales: “Tras la gira de mi primer disco necesitaba alejarme de la música, de mi carrera de cantante, necesitaba ver a mi familia y vivir una vida que no tenía nada que ver con eso. Vivir cosas personales, cosas humanas. Sentí el peligro de perderme en todo eso y de escuchar muchísimas voces y ya no poder oír mi propia voz. Me tomé cuatro años para sentirme libre, independiente, sentirme como un ser humano que tiene cosas que decir que son sencillas, que son humanas. Eso fue muy importante para mí, ese sentimiento de dignidad humana y no ser un animal de circo al que le dicen da un salto y da un salto y ya no sabe quién es o lo que está haciendo. Vale la pena alejarse de todo para volver a apreciarlo todo.”

Era una persona que se entregaba por completo a lo que hacía: a cantar, a vivir, a los suyos… Su vida cuando estaba de gira, en esas giras que duraban años, era muy sencilla porque necesitaba sentirse muy concentrada en lo que hacía: “hay que tener un respeto enorme a tu instrumento, que es tu cuerpo, y también al equilibrio mental y emocional. Es muy difícil mantener ese equilibrio cuando estás de gira y por eso mi vida se vuelve muy sencilla. Amo la música, y es muy sencillo saber que yo amo la música, que la gente ama la música y que nos encontramos en ella”.

La muerte le impidió hacer la gira de promoción de su último disco y grabar el que era su siguiente proyecto: un disco versionando las canciones de Violeta Parra y de Víctor Jara. Pero su voz no ha muerto, porque la desgarrada voz de Lhasa es una voz ancestral, una voz que nos llega a lo más hondo. Su forma de cantar, esa forma de cantar tan única y tan suya, atraviesa todas las fronteras porque nada sabe de mapas ni barreras. Es la voz del camino, la voz nómada de esa carretera sin nombre que une todos los destinos…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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