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El fin es mi principio, Tiziano Terzani

Eligió ser libre en un mundo que no lo era. Vivió a contra corriente para no renunciar a ser él mismo. Su vida fue un viaje y su carácter el de un aventurero. Pasó más de 30 años como corresponsal de prensa en Asia cubriendo guerras y revoluciones. Fue periodista, escritor y, por encima de todo, un buscador de lo que se esconde en el misterio de la vida. Siempre intentó conocer los dos lados de la verdad, conocer lo que pensaba el “otro” y respetar la diferencia, el derecho a ser diferente. Jamás dejó de apostarlo todo por la no violencia. Tras los atentados del 11-S se fue a Afganistán para intentar conocer de primera mano lo que pensaba y sentía el “enemigo” de Occidente. Cuando le diagnosticaron un cáncer se fue a vivir en soledad en el Himalaya, en un retiro que le marcó profundamente y le preparó para afrontar su último viaje: el de la muerte. Cuando supo que esta estaba ya cerca volvió a su pequeña casa en la Toscana junto a su mujer y sus hijos para morir en paz, para “dejar este cuerpo” como le gustaba decir a él. En aquellos últimos meses le dijo a su hijo Folco que quería hablar con él. Fueron unas conversaciones profundas e intensas entre un hombre viejo y sabio que sabe que se acerca su fin y uno joven e inquieto que quiere descubrir, que quiere entender. Fue el rencuentro entre un padre y uno hijo, un rencuentro para el que se quitaron todas las máscaras para hablar cara a cara de lo que es la vida, el mundo, la muerte… La grabación de aquellas conversaciones fue su último libro: “El fin es mi principio”, magistralmente llevado al cine por Jo Baier con Elio Germano en el papel del hijo y un impresionante Bruno Ganz dando vida al padre, a ese Tiziano Terzani que dedicó su vida a hacer de este mundo algo mejor.

Nacido en Florencia en 1938 en una familia de origen muy humilde, gracias a las becas y al esfuerzo de sus padres, llegó a licenciarse en derecho y a realizar un master antes de empezar a trabajar en Olivetti como ejecutivo de recursos humanos. El destino quiso que la empresa le enviase a impartir unos cursos de formación a Japón y a Sudáfrica. Allí conoció lo que era el apartheid y decidió combatirlo con lo que sabía hacer: escribiendo. Fue su primer trabajo como periodista. Poco después le surgió la oportunidad de obtener una beca para estudiar en la Columbia University de Nueva York. Mandó a paseo su prometedor trabajo en Olivetti y decidió dejarlo todo para irse a estudiar allí lengua, cultura e historia china. Estaba tan ilusionado con la revolución de Mao que quería conocer la realidad China viviendo allí. En aquel entonces no fue posible, pero consiguió que la revista alemana Der Spiegel le contratase como corresponsal de guerra en el continente asiático. Casado con Angela, la que fue la mujer de su vida, y ya con dos hijos pequeños se trasladó a vivir a Singapur. Desde allí cubrió las guerras de Vietnam y Camboya, pero no lo hizo como la mayoría de los periodistas occidentales, desde el lado norteamericano, sino que se entrevistó con oficiales del ejército norvietnamita cruzando para ello la línea de fuego. Esa forma de vivir y hacer periodismo, y el profundo amor que sentía por Oriente hicieron que aquel primer destino que iba a ser temporal se prolongase durante treinta años. Terzani era un hombre comprometido con su tiempo que también respetaba lo que no encajaba con la ciencia y el llamado progreso. La profecía que le hizo un adivino de que tuviese cuidado con los aviones pues podría sufrir un accidente hizo que pasase todo 1976 recorriendo Asia de parte a parte sin coger un solo avión. Aquella fue una oportunidad inmejorable para conocer en profundidad la realidad de aquel continente que él tanto amaba. Al final pudo convertir en realidad su sueño de vivir en Pekín, pero sufrió un gran desengaño al ver que la revolución maoísta en la que él tanto había creído no era lo que pensaba, un desengaño que trasladó a sus escritos, lo que hizo que le arrestasen, le intentasen “reducar” durante un mes, y finalmente le expulsaran del país. “He visto muchas revoluciones. He pasado treinta años viviéndolas y estudiándolas, pero no he visto que ninguna triunfase, que realmente cambiase la sociedad haciéndola más libre y más justa. Por eso, cumplidos ya los sesenta, creo que la única revolución que cambiará el mundo no será como las que hemos visto, venidas de fuera, sino que surgirá de dentro de nosotros mismos, de lo más hondo de nuestro corazón…”

Fueron muchos los libros que publicó contando sus experiencias a lo largo de todos aquellos años. Por desgracia solo tres han sido traducidos al español (“Un adivino me dijo”, “Cartas contra la guerra” y “El fin es mi principio”). Todos han sido auténticos fenómenos de ventas en Italia, Alemania, etc., pero, por desgracia, no en nuestro país. Su ideas, su compromiso, su forma de vivir, de entender el mundo y la vida hacen de él uno de los imprescindibles.

He entresacado algunas frases de varios de sus libros y entrevistas que he encontrado por ahí: “Nací pobrísimo hace 64 años en Florencia. Durante treinta años he sido corresponsal de guerra. He hecho lo que amaba. Ahora vivo retirado en el Himalaya y la guerra de Afganistán me ha convertido en un loco kamikaze por la paz… Uno comienza a ser corresponsal de guerra porque es joven, impetuoso e idealista…a los 63 años, a pesar de haber pasado treinta años informando sobre guerras, me he dado cuenta de que no, de que esta última guerra en Afganistán me ha revuelto… Toda la vida oyendo a esos ministros, presidentes y capitostes relativizando, justificando la barbarie… ¡Basta!. Tras 30 años en Asia he aprendido a pararme y respirar, a meditar. Es necesario detenerse y reflexionar, tomar conciencia del mundo que tenemos y del que queremos… Basamos todas nuestras decisiones en lo que nos es útil, en lo que nos conviene. Debemos reinventar la moralidad, los principios y la ética de nuestra vida cotidiana…. Por eso debemos fomentar el ayuno de consumo, de exceso, porque el consumismo nos consumirá. Hemos de controlar nuestros deseos y recuperar el silencio. La comunicación nace del silencio… En la vida hay un camino, y lo gracioso es que no te das cuenta hasta que se ha acabado… El futuro es una caja vacía en la que metes todas tus ilusiones, y el pasado solo es memoria, una caja cerrada en la que has metido lo que te gusta y de la que has sacado lo que no quieres. Hay días en la vida en que no sucede nada, días que pasan sin nada que recordar, sin dejar rastro, como si no fueran vividos. Pensándolo bien, la mayor parte de los días son así, y solo cuando el número de los que nos quedan se hace claramente más limitado, nos preguntamos cómo ha sido posible que dejáramos pasar, distraídamente, tantísimos. Pero estamos hechos así: solo después se aprecia el antes y solo cuando algo está en el pasado nos damos mejor cuenta de cómo sería tenerlo en el presente. Pero ya no está… Lo bello de envejecer es que en la vida tienes la sensación de que todo ocurre por un hilo que da sentido a tu vida. En las guerras siempre he ido a hablar con el otro. En la guerra del Vietnam con el Vietcong, en la de Sri Lanka con los tamiles, en la de Afganistán con Al Qaeda… Hay que remplazar la lógica de la competitividad por la ética de la coexistencia. Nadie tiene el monopolio de nada. La idea de una civilización superior a otra es solo fruto de la ignorancia. La armonía, como la belleza, está en el equilibrio de los opuestos, y la idea de eliminar a uno de ellos es sencillamente sacrílega. El bellísimo signo taoísta, el yin y el yang, simboliza que en el interior de las tinieblas hay un punto de luz y en el interior de la luz un punto de tiniebla… Me fui a vivir en una cabaña en el Himalaya cuando sentí que había dado lo mejor de mí. Si en la vida se te presenta una ocasión de no repetirte, tómala. Me he pasado la vida viajando hacia fuera y ahora viajo hacia dentro…A veces intuyes que la vida es algo más, y si lo has sentido alguna vez tienes esperanza… No hagas planes, recuerda el viejo proverbio hindú: “¿Quieres hacer reír a Dios? ¡Cuéntale tus planes!”… El mundo de hoy es terrible, solo lo cambiaremos si cada uno de nosotros toma conciencia de que las causas de la guerra están dentro de nosotros: el deseo, el miedo, la inseguridad, la vanidad, la ignorancia, el orgullo… Hoy la razón se ha vuelto loca, se ha vuelto loca por la economía. La economía se ha convertido en el criterio principal de todo, no hay otros valores…En el fondo me resulta difícil definirme. He llegado a mi edad sin haber querido pertenecer nunca a nada, ni a una iglesia, ni a una religión, no he tenido carnet de ningún partido, nunca me he inscrito en ninguna asociación. Cualquier organización me queda estrecha. Necesito sentirme libre. Y esta libertad es fatigosa porque cada vez, delante de una situación, cuando es preciso decidir qué pensar, qué hacer, solo se puede recurrir a la propia cabeza, al propio corazón y no a la fácil táctica, lista para usar, de un partido o a las palabras de un texto sagrado… Así se ha vuelto el mundo: la publicidad ha ocupado el puesto de la literatura, los eslóganes nos impactan más que la poesía y los versos. La única manera de resistir es obstinarse en pensar con la propia cabeza y sobre todo en sentir con el propio corazón…Si queremos entender el mundo debemos contemplarlo en su conjunto, y no solo desde nuestro punto de vista. Solo si conseguimos ver el universo como un todo en el que cada parte refleja la totalidad y en el que la gran belleza está en su diversidad, comenzaremos a entender quiénes somos y dónde estamos…Lo que está sucediendo es nuevo. El mundo está cambiando a nuestro alrededor. Cambiemos entonces nuestro modo de pensar, nuestro modo de estar en el mundo. Es una gran ocasión. No la perdamos: volvamos a ponerlo todo en discusión, imaginémonos un futuro distinto del que nos hacíamos la ilusión de tener antes del 11 de septiembre y sobre todo no nos rindamos a la inevitabilidad de nada, aún menos a la inevitabilidad de la guerra como instrumento de justicia o sencillamente de venganza…El teatro ha tenido una función determinante en la formación del pensamiento occidental porque al poner en escena a todos los protagonistas de un conflicto, cada uno con sus puntos de vista, sus consideraciones y sus posibles alternativas de acción, ha servido para hacer reflexionar sobre el sentido de las pasiones y la inutilidad de la violencia, que nunca alcanza su fin. Por desgracia, hoy, en el escenario del mundo, nosotros, los occidentales, somos los únicos protagonistas y los únicos espectadores, y así, a través de nuestras televisiones y de nuestros periódicos, no escuchamos más que nuestras razones, no sentimos más que nuestro dolor. El mundo de los demás nunca es representado…En Afganistán visité las aldeas. Es un mundo cuya distancia del nuestro no es mesurable en kilómetros, sino en siglos; un mundo que debemos entender a fondo si queremos evitar la catástrofe que tenemos delante…¿No es el fanatismo de los fundamentalistas similar a nuestra arrogante creencia de que tenemos una solución para todo? ¿No es su fe ciega en Alá equivalente a nuestra fe en la ciencia, en la técnica y en la habilidad de poner la naturaleza a nuestro servicio? Aquella es una sociedad cargada de odio, pero ¿lo es menos la nuestra que ahora, por venganza o para apoderarse de las reservas naturales del Asia Central, bombardea un país al que veinte años de guerra han reducido a una inmensa ruina? ¿Es posible que para proteger nuestro modo de vida se deban generar millones de refugiados, se deba causar la muerte de mujeres y niños? Por favor, ¿algún experto en definiciones quiere explicarme qué diferencia hay entre la inocencia de un niño muerto en el World Trade Center y la de uno muerto bajo nuestras bombas en Kabul?… Afganistán nos perseguirá porque es el papel tornasol de nuestra inmoralidad, de nuestras pretensiones de civilización, de nuestra incapacidad de entender que la violencia solo genera violencia y que solo una fuerza de paz resolverá el problema que tenemos delante… Puede parecernos extraño, pero hoy en el mundo hay un creciente número de personas que no aspira a ser como nosotros, que no persigue nuestros sueños, que no tiene nuestras expectativas ni nuestros deseos, que no quiere ver nuestra televisión, nuestro cine, que no quiere nuestra libertad…El nuevo tipo de hombre occidental, cínico e insensible, egoísta y políticamente correcto (cualquiera que sea la política), producto de nuestra sociedad de desarrollo y riqueza me da hoy tanto miedo como ese hombre con kalashnikov y aires de gran degollador que ahora se encuentra en cada esquina de Kabul. Los dos son equivalentes, son ejemplos del mismo fenómeno: el del hombre que olvida que tiene una conciencia, que no tiene claro su papel en el universo y se convierte en el más destructivo de todos los seres vivos…Toda mi vida he corrido tras los hechos, convencido de que allí (en los hechos verificados y seguros) encontraría la verdad. Ahora, a los 63 años, ante esta guerra apenas comenzada y con el inquietante presentimiento de lo que seguirá, me parece que los hechos solo son una apariencia y que la verdad, en su interior, a lo sumo es como una muñeca rusa: en cuanto se la abre se encuentra una más pequeña y otra más pequeña, y otra más pequeña hasta que nos quedamos con una minúscula semilla… Vivo en India, un país pobre pero que aún tiene (y quizá sea el último en el mundo) una fuerte y profunda cultura de corte espiritual capaz de resistir la oleada materialista de la globalización que uniforma cualquier identidad y genera por doquier un sofocante conformismo. Un país como India nos recuerda que, aún más importante que una coalición contra el terrorismo, el mundo necesita una coalición contra la pobreza, una coalición contra la explotación, contra la intolerancia…Solo en India aún hoy millones y millones de hombres y mujeres, después de una existencia normal como padres o madres, empleados o profesionales, renuncian a todo aquello que es de esta vida (posesiones, afectos, deseos, su propio nombre…) para convertirse en sanyasin, renunciatarios, y, vestidos de anaranjado, a la edad en la que nosotros nos jubilamos, se ponen en peregrinación y, de templo en templo, de ashram en ashram, van por el país viviendo de limosna. Mientras esto suceda y la población siga alimentando y respetando a los sanyasin, India representará una alternativa existencial y filosófica al materialismo que hay en el resto del mundo. Por eso India sigue siendo, en el fondo, un frente de resistencia contra la globalización y en defensa de la diversidad. Con su sola existencia India nos recuerda a nosotros, los occidentales, que no todo el mundo desea lo que nosotros deseamos, que no todo el mundo quiere ser como nosotros somos… Me gusta estar en un cuerpo que envejece. Puedo mirar las montañas sin el deseo de escalarlas. Cuando era joven habría querido conquistarlas; ahora puedo dejarme conquistar por ellas. Las montañas, como el mar, recuerdan una grandeza por la cual el hombre se siente inspirado, elevado. Esa misma grandeza está también en cada uno de nosotros, pero allí nos es difícil reconocerla. Por eso nos atraen las montañas. Por eso, a través de los siglos, tantísimos hombres y mujeres han venido aquí arriba, al Himalaya, esperando encontrar en estas alturas las respuestas que se les escapaban permaneciendo en las llanuras. Siguen viniendo… Aquí la existencia es sencillísima. A veces me pregunto si el sentimiento de frustración, de impotencia que muchos, en especial entre los jóvenes, tienen ante el mundo moderno se debe al hecho de que éste les parece tan complicado, tan difícil de entender que la única reacción posible es creerlo un mundo ajeno: un mundo en el que no se puede poner las manos, un mundo que no se puede cambiar. Pero no es así: el mundo es de todos. Cada uno de nosotros puede hacer algo. Todos juntos podemos hacer miles de cosas. Es el momento de salir al descubierto, es el momento de comprometerse con los valores en los que uno cree. Hagamos más aquello que es justo, en vez de lo que nos conviene. Eduquemos a nuestros hijos para ser honestos, no astutos… Dejé todo atrás: mis amigos, mi profesión, mi familia, y me fui a un Ashram. Tres meses estuve en el Ashram sin hablar en ningún momento de mi pasado, sin contar a nadie quién había sido o qué había hecho. Es que tu identidad es algo que te limita, te priva de la posibilidad de poder ser otra cosa, porque, incluso ya jubilado, sigues siendo el jefe de correos que habías sido durante muchos años. Al final deja de interesarte todo eso y avanzas para convertirte en Anam, el sin nombre. ¡Qué gran descubrimiento! He sido mil cosas, algunas verdaderas, otras solo imaginadas ¿Cuántos roles desempeñamos en la vida, cuántas máscaras llevas? Hasta que llega un día en que te deshaces de todas, y te sientes ligero: ya no soy este cuerpo ni el resultado de todos mis recuerdos. Como ya no soy nada en particular puedo pensar que soy Todo… La verdad es una tierra sin caminos, ahora puedo entenderlo… Cuando has percibido que formas parte del Todo ya no necesitas nada más… Ese es el principio”

Aquí tienes la película completa en versión española. Tómate tu tiempo, relájate, deja que te entre bien dentro y disfrútala…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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