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Zenet, el crooner de las diez mil y una noches…

Podría ser el barman del último bar, ese amigo de la última copa que aguanta tus penas y tus desamores, o el infatigable compañero de sueños con el que cada mañana ves salir el sol, aunque no amanezca nunca. Es el Peter Lorre que convierte a Bogart y a todos nosotros en el Rick de Casablanca, el que tiene los salvoconductos que nos salvarán y nos sacarán de esta ciudad de perdedores, de hermosos perdedores sin remedio… Su música suena a bolero y a tango, a ranchera salpicada de jazz, a flamenco y bossa nova… Canta con entonación de mujer desgarradas letras de hombre. Nos habla de besos, de sueños, de caricias, de amores prohibidos y amores perdidos, de todo lo que somos, de lo que fuimos, de lo que podríamos haber sido y de lo que aún podemos ser. Escuchándole cantar escuchas a París, a Nueva York, a Buenos Aires, a Málaga, a Madrid… Todos los mundos están en él, en su particular forma de cantar y de vivir las canciones y las historias que cuenta. Es un crooner atípico donde los haya, un crooner que no tiene la voz grave, pero que te llega a lo más hondo. Observador callejero de ese mundo que pasa a nuestro alrededor sin que lo veamos, pone toda su alma para hablarnos de la vida, de nuestra vida. Todo en él rezuma verdad, porque todo en él es verdad, la verdad de quien ama la vida y la devora a cada instante. Él podría ser todas esas cosas y muchas más, porque todo cabe en eso tan enorme que es Zenet, un hombre que reconoce que hay un mensaje secreto en su música, ese que nos dice que vida no hay más que una y que hay que disfrutarla.

No lo tuvo fácil este malagueño nacido a los diecinueve años en Madrid cuando, tras estudiar arte dramático y ganarse la vida como mimo, cantante de Music Hall y Cabaret, bailarín, actor, vendedor de enciclopedias ó descargador de contenedores, conoce a Juan Antonio Bardem, que le brinda la oportunidad de su vida: encarnar al joven Picasso en la serie para televisión que iba a empezar a grabar: “Cuando Juan Antonio Bardem te coloca en el Café d´Orsay de París donde estuvo Picasso y dijo la frase “Je suis bien”, y tú tienes a sesenta personas alrededor que hacen de figuración, que van vestidas de época y a un equipo de cine y tú dices “Je suis bien”, se te saltan las lágrimas”. Recordando lo que ha pasado hasta llegar hasta aquí, sus pinitos como actor y sus devaneos oficeriles para llegar a fin de mes, dice “Lo de “Nadie es profeta en su tierra es cierto”. Cuando vuelves después de triunfar lo haces como si fueras el César, pero has tenido que pasar hambre fuera, vivir solo fuera, joderte fuera. No descarto la idea de que mis últimos días sean mirando al mar. Pero mis últimos días. La ciudad que me ha dado lo que soy es Madrid. Es mi ciudad… Mi vida está ahí. Al borde de esta acera. Conozco a los taxistas, a los porteros de las discotecas, al aparcacoches, y me gusta estar a bien con ellos. Conozco su nombre y no el del director de la productora con el que he hablado esta mañana.” Sus canciones, desgarradas a veces y sufridas las más, suelen tener un final feliz, una puerta abierta a la esperanza porque, como él dice: “La vida está llena de Gene Kellys. No seamos pesimistas. También hay muchos Fred Astaire y muchos Frank Sinatra. Únicamente tenemos que observar.” Observar y devorar la vida, eso es lo que hace, y nos invita a hacer, Zenet.

En contra de lo que pensaba su familia, desde pequeño se empeñó en ser actor y en no abandonar nunca a su mejor compañera: la música. Como actor ha pasado por series como “Hospital Central”, “El comisario”, “De repente los Gómez”, “La casa de los líos”, y en películas como “El camino de los ingleses”, “La mula”, “Camarón”… y como cantante ha pasado la mayor parte de su vida buscando cualquier momento perdido para acercarse a alguien que tuviera una guitarra a mano y lanzarse a cantar. Asiduo del Café Central, esa joya de la música en directo que acaba de cumplir sus primeros treinta años de vida y sus más de diez mil noches de conciertos, fueron muchas las noches que pasó escuchando a los verdaderos monstruos de la música que pasaban por allí. En una de esas noches conoció a los que, con él, serían ya un trío inseparable: Javier Laguna, el poeta que escribe sus letras, y José Taboada, el trovador de sueños que hace llorar a su guitarra. Con ellos hubo una química muy especial desde el principio. El mundo de la música se abría ante ellos y ese es un mundo demasiado grande como para encasillarlo en un estilo o en un ritmo determinado. Recuerda que una noche apareció Laguna con la letra de “Soñar contigo”: “Yo voy y la leo y digo: “Hostia, por favor, cómo hacemos esto” Y Taboada me dice: “Tú tíralo, que yo te sigo”. Y canté y Taboada me siguió con la guitarra. Salió a la primera. Esto cumple una ley que dice : “Los grandes temas no se inventan, se descubren.” Es verdad. Hay cosas que están por el aire. Lo que hay que tener es la humildad de decir que las hemos cazado, que estaban ahí, que no nos pertenecen”

De esa unión salió un primer disco: “Los mares de China”, que colocaron a Zenet en el lugar que le corresponde: el del crooner latino por excelencia. Es un disco en el que las músicas te suenan porque te son conocidas, parecen antiguas, pero las letras de Laguna hacen que sean rabiosamente actuales. Es una comunión perfecta entre lo clásico y lo actual. Escuchar esa música te hace viajar mucho más allá de los Mares de China, más allá de los límites en los que has encerrado tu vida, y por eso te hace sentir libre, dispuesto a amar sin contemplaciones y a vivir cada instante como si fuera el último. Tras ese disco que parecía insuperable, renunciando a quedarse repitiendo una y otra vez la fórmula que le ha llevado al éxito, da un salto mortal sin red y lanza “Todas las calles”, un auténtico regalo de diez joyas que todavía te llevan más lejos, allí donde nacen los poetas y reviven los amores. Acompañado por músicos a los que había escuchado en el Central forman un grupo que, por su calidad y química, es irrepetible: Toni Zenet, voz; José Taboada, guitarra; Lucho Aguilar, contrabajo; Jimmy Castro, batería; Pepe Rivero, piano; Manuel Machado, trompeta y Ove Larsson, trombón.

He tenido la fortuna de poder escucharles la semana pasada en el Café Central recorriendo temas de sus dos discos anteriores y regalándonos primicias del nuevo que lanzarán en Octubre y que aún no tiene nombre. Alguna de las nuevas canciones, como “Eres”, te pone la piel de gallina. Es un disco que habla de los sueños, de todos los sueños, de los posibles, esos que hacemos realidad y de los imposibles, esos que simplemente nos empujan a seguir viviendo. Ese podría ser un buen título para el disco: “Los sueños imposibles”. Había oído hablar de los directos de Zenet, pero es algo que no se puede contar, es algo que hay que vivir y volver a vivir. Escucharle en un marco como el Central es una experiencia que nadie debería dejar de vivir. Llegaban cansados de haber estado grabando el nuevo disco toda la mañana, y de grabarlo como se deben grabar los discos: en directo, todos juntos, sin claqueta, trampa, ni cartón. “Ensayar es de cobardes”, dice Zenet. No cabía un alfiler. Corrían las cervezas y volaban los mojitos y el whisky. No dejaban fumar, pero daba igual, todo allí olía a humo, a ese humo azul donde viven los sueños… El Central se transformó en el café de Rick. Empezaron a sonar los primeros compases, esos que te transportan a lo más hondo de ti mismo, y de repente, salió Zenet, el crooner de las diez mil y una noches, chaleco ajustado, corbata desatada, sombrero calado, nos miró, sonrió… y nos convirtió a todos en Bogart.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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