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¿Y si vivimos todos juntos?

¿Se deja de sentir al envejecer?, ¿se apaga la pasión, la capacidad de ilusionarse y de soñar, simplemente porque cumplimos años?, ¿se deja de amar, de desear, de querer devorar la vida?, ¿de verdad creemos que esos viejos que vemos meditando o tomando tranquilamente el sol en un banco de cualquier parque, están solos? Conforme vamos cumpliendo años no se deja de amar. Si hemos sido capaces de amar en la juventud, jamás dejaremos de hacerlo, y si hemos tenido la desgracia de ser incapaces de amar cuando éramos jóvenes, cumplir años no solucionará nuestro problema: nos iremos de este mundo sin haber vivido. La vejez quizá sea la época más rica de la vida. No podremos hacer las filigranas sexuales que hicimos (o que nos contentamos contando que hicimos) en nuestra juventud, las hormonas ya no estarán tan alborotadas como entonces, es verdad, y los achaques alcanzarán a todo nuestro ser, sin duda, pero habremos aprendido otras muchas cosas que antes ni siquiera podíamos intuir: el placer de lo pequeño, la ternura, la sabiduría de la vida, esa que nos enseña que aquí solo estamos de paso, que todo esto seguirá fluyendo cuando nosotros nos hayamos ido y que, a fin de cuentas, no se perderá mucho con nuestra partida. Todo es pasajero, y nosotros formamos parte de ese todo. Seguiremos viviendo solo en la parte de nosotros que nos hayamos  atrevido a dar a los que nos rodean. Seremos recuerdo durante algún tiempo, luego solo alguna referencia genealógica de los que vendrán y que mirarán sorprendidos la cara que tenían sus antepasados en unas fotografías que ya no serán de papel, pero que al final también amarillearán, porque todo amarillea, como los recuerdos, como la vida…

Decía Omar Kayham hace ya más de mil años que nadie nos había pedido permiso para traernos aquí y que nadie nunca nos explicará por qué nos obligarán a dejar este mundo. Simplemente estamos aquí, en nuestro aquí y nuestro ahora. ¿Cambia acaso la percepción de nuestro aquí y nuestro ahora con el paso de los años? Sí, claro, pero para mejorar, para entender mejor la temporalidad de todo, la insustancialidad de la mayor parte de esas cosas que tanto nos preocuparon e impidieron vivir. Malgastamos los mejores años de nuestras vidas preparándonos para vivir un futuro que no existe, y en muchos casos desperdiciamos la otra mitad recordando un pasado que, si existió alguna vez, ya se fue para no volver. Todo es tránsito. Somos tránsito, un maravilloso tránsito que nos ofrece la posibilidad de vivir nuestra vida intensamente, devorando cada instante. Ese es el mejor regalo de la vejez: ser conscientes de que esto se acaba, de que estamos llegando a nuestro final y que no tenemos tiempo que perder. Son tantos los momentos y los días desperdiciados. Empeñados en no reconocer esa condición de transeúntes que significa estar vivo, en lugar de saborear y disfrutar el viaje de la vida malgastamos el tiempo, nuestro tiempo, huyendo. Huyendo de nuestros sueños y anhelos, de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de nuestras debilidades, de todo lo que forma parte de nosotros. Desde pequeños nos enseñan a esconder los sentimientos, a renunciar a nuestra libertad, a temerle a la vida. Son tantos los fantasmas que nos inculcan en nuestra infancia que hacen que sea necesario el paso de muchos años, demasiados, para que nos demos cuenta de que esos fantasmas jamás existieron, que solo estaban en nuestro imaginario, y que han sido los peores compañeros de viaje que podíamos haber tenido para vivir sin miedo eso tan maravilloso que es la libertad.

Una fantástica película, “¿Y si vivimos todos juntos?”, de Stéphane Robelin, cuenta la historia de cinco ancianos que, conscientes de que su fin se aproxima, deciden vivir contra las reglas establecidas y afrontar lo que les queda de vida dedicados a lo que verdaderamente importa: la amistad, el amor, la libertad de ser uno mismo sin temor a ser rechazado por los demás o por los corsés en los que nos encarcela esta sociedad. Y deciden ir a vivir juntos, como en una comuna de las de antaño, enfrentándose a lo que digan los demás, un los demás que incluye a sus hijos, a las instituciones, a los médicos, a los políticos y a todos los que creen que a los viejos hay que encerrarlos en soledad transformando lo que les queda de vida en una simple espera de la muerte. Ellos han llegado a ese punto en la vida en el que, sabedores de que esto se acaba y que no tienen nada que perder, deciden hacer lo que siempre han soñado hacer: vivir juntos disfrutando al máximo de esa amistad que les ha unido durante toda la vida, una amistad a la que no le dieron todas las oportunidades que se merecía. Un reparto soberbio, con una Jane Fonda esplendorosa a sus 74 años y una Geraldine Chaplin tan entrañable como siempre, dando réplica a tres viejas glorias del cine y de la vida como Claude Rich, Pierre Richard y Bernard Malaka, apoyados en un guion extraordinario y una puesta en escena sencillamente perfecta, son los ingredientes de esta película que, entre la lágrima y la carcajada, nos recuerda que solo hay una vida, y que es responsabilidad únicamente nuestra lo que hacemos con ella.

Vemos la historia a través de los ojos de un joven estudiante (fabuloso y generoso Daniel Brühl, como siempre) que quiere preparar una tesis doctoral sobre la senectud en un pueblo aborigen australiano y que finalmente la cambia por el estudio de la vida en común de ese grupo de vejestorios con los que tiene que convivir y que le fascinan al descubrirle todas esas cosas de la vida que están ahí pero que, muchas veces, las oscuras gafas de la juventud nos impiden ver: que la amistad, la verdadera amistad, puede con todo, que el amor no muere, que hasta el último día de nuestra vida podemos seguir luchando por todo aquello en lo que creímos, y que podemos hacerlo con la misma fuerza y más convencimiento que antes. Es fascinante ver cómo ese joven descubre que el amor, el sexo, o la pasión, no solo no mueren con la edad, sino que cobran una nueva vida, una vida puede que distinta, pero mucho más intensa que la de antes. ¿Acaso se dejan de sentir al encontrar una mirada esas mariposas que revolotean en nuestro interior para recordarnos que estamos intensamente vivos y que aún somos capaces de amar, aunque hayan pasado los años? Poco importa que antes, al entrar en cualquier bar, se giraran para mirarte, que luego dejaran de hacerlo, y que ahora ya ni siquiera te vean, tú sigues sintiendo exactamente lo mismo, esa imparable fuerza interior que te recuerda que todavía puedes amar, que todavía puedes dar, que aún no estás muerto…

Los años son esas etapas que vas recorriendo en el viaje de tu vida, etapas en las que te enriqueces con nuevas experiencias y sensaciones, con nuevas formas de ver y de vivir la vida, con el conocimiento de otras personas que, como tú, también están en el camino. Poco importa que tu Ítaca esté ya cerca, que estés llegando al final de tu viaje. Al mirar una puesta de sol seguirás emocionándote como cuando tenías quince años y te temblaba la mano al coger la de tu primer amor. Y no estarás solo. Junto a ti estarán todas esas personas a las que amaste. Quizá también te acompañe alguna de las que te amó. Todas forman parte de ti, de lo que eres, de lo que te atreviste a ser al compartir tu parte más profunda y sincera con ellas. Somos viaje, no huida. El problema es que, muchas veces, tardamos demasiado en aprenderlo.

Otro de los regalos de la vejez es la soledad. Es una soledad creativa, una soledad en la que no te sientes solo, aunque muchos de los que quisiste se hayan ido o ya no estén contigo. Les llevas dentro y les sientes en ti. Esa es la grandeza de la verdadera soledad, una soledad en la que te sientes a gusto contigo mismo, escuchando el susurro de los recuerdos, las voces de los que ya se fueron, el silencio de lo que dijiste, el grito de lo que callaste… No hay lugar para el remordimiento. Es la etapa de la aceptación. Todos esos años te han permitido conocerte a ti mismo. Ya no te tienes miedo. Ya no te asustas. Te aceptas como eres, con tus virtudes y defectos, con tus penas y tus alegrías, y al hacerlo te das cuenta de que la vida, tu vida, fue todo lo maravillosa o desgraciada que tú quisiste que fuera. Has aprendido a no juzgar a los demás. La vida te ha mostrado que la compasión no es sentir pena por los demás, sino sentir pena con los demás y que la felicidad está en ayudarles a superarlas. La muerte no te asusta, sabes que es una etapa más en ese viaje. Una etapa misteriosa, sí, pero no más que una etapa como cualquier otra. ¿O es que acaso recuerdas cómo era tu mundo antes de venir a este? Que no lo recuerdes no significa que no existiese. Pues por el mismo motivo, que no sepas lo que pueda haber más allá de la muerte no significa que no haya nada ¿no crees?

A lo largo de nuestra vida nos hemos creído el centro del mundo. Muchos se han perdido el placer de vivir al encerrarse en su egocentrismo y en su egoísmo. Los años te han enseñado que no eras más que una parte del Todo, una pequeña e insignificante parte de esto que llamamos mundo. Quizá pensar que somos diminutas células que habitamos en una molécula que pertenece a un órgano, que a su vez forma parte de un cuerpo mucho mayor que pertenece a un mundo infinitamente mayor, te ayude a comprender lo que eres en realidad. ¿Y si el Big Bang del universo no fuese más que un latido del corazón de Dios, o de como quieras llamarle? Vistas las cosas desde esta perspectiva es más fácil entender lo absurdo que es malgastar un solo segundo de nuestra vida, de nuestro paso por este mundo, preocupados y deprimidos por todos esos problemas que nos parecen insolubles y que nos impiden vivir la vida. Quizá no haya que ir tan lejos para entender eso. Basta con pensar en cómo veremos los problemas que hoy nos acucian dentro de diez años. ¿Cómo ves ahora los problemas que tanto te amargaron hace diez años? Como lo que realmente son. En la mayoría de los casos, asuntos sin importancia.
Sí, realmente son muchos los regalos que la vida nos trae con los años. Puede que nuestro cuerpo envejezca y ya no nos permita hacer lo que hacíamos antes, pero nuestra mente, nuestro espíritu, crece de tal manera que te permite entender que lo importante no era lo que podías hacer, sino lo que sentías al hacerlo y que eso, si de verdad te has atrevido a disfrutar del viaje de la vida, los años no han hecho más que acrecentarlo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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