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Daniel Barenboim, un canto por la paz

Es el perfecto equilibrio entre la sensibilidad y la pasión, entre la ternura y la fuerza. Todo en él gira en torno a la belleza, la belleza universal de la música. Fue un niño prodigio, a los siete años dio su primer concierto de piano. Es un hombre prodigio, a los setenta años sigue luchando por todo aquello que cree justo. Está considerado como uno de los mejores pianistas y directores de orquesta de la segunda mitad del siglo XX. De origen judío y nacionalidad israelí, en 2008 aceptó la nacionalidad palestina. No lo hizo como un gesto gratuito, sino para demostrar que judíos y palestinos pueden vivir en paz, una paz que solo se conseguirá combatiendo al odio y la ignorancia. Junto a su buen amigo Edward Said creó la West-Eastern Divan, una orquesta formada por jóvenes músicos judíos y árabes para llevar al mundo un mensaje de paz: “Sabemos muy bien que no podremos cambiar la situación de Oriente Medio, pero también sabemos perfectamente que no dejaremos que quienes ahora gobiernan en Oriente Medio nos cambien a nosotros”

Nacido en Buenos Aires en 1942, hijo de padres pianistas, empezó a tocar el piano a los cinco años. Cuando tenía diez años se trasladó con su familia a vivir a Israel: “Al hacerlo mis padres querían evitarme la experiencia de crecer formando parte de una minoría, la minoría judía. Pero la tragedia de mi generación es que, a pesar de haber sido educada en una sociedad con aspectos positivos y valores humanos que enriquecían mi pensamiento, ignoró la realidad de una minoría, la minoría no judía que vive en Israel y en los campos de refugiados, que fueron mayoría hasta la creación del Estado de Israel en 1948” Dos años después se fue a Salzburgo para aprender dirección con Igor Markevitch. En 1955 estudió armonía y composición en París con Nadia Boulanger. Tras debutar en el Mozarteum de Salzburgo en 1952, su carrera como pianista se vio inmersa en una vorágine imparable porque era reclamado por todas las orquestas: París, Londres, Nueva York, varios países de Latinoamérica y del Lejano Oriente oyeron tocar a aquel joven prodigio.

En 1966 conoció a una joven cellista británica que, como él, también había sido una niña prodigio. Se llamaba Jacqueline Du Pres. Se casaron un año después. La interpretación que Jacqueline hizo del concierto para cello de Elgar está considerada, por muchos, como una de las mejores que se han hecho jamás. Ese mismo año Barenboim dirige por primera vez a la Filarmónica de Londres. Los conciertos que dieron juntos forman parte de la historia de la música. Todo parecía favorecer a esta pareja de genios hasta que poco después, en 1971, Jacqueline empieza a sentir que sus facultades empiezan a mermar. Pierde agilidad y sensibilidad en los dedos. Ya no puede tocar como lo hacía. La esclerosis múltiple ha hecho mella en ella con apenas 26 años. Dos años después tiene que dejar de tocar para siempre. Llegaron los años de dolor y sufrimiento. Jacqueline murió a los 42 años. Barenboim siempre estuvo a su lado.

La carrera musical de Barenboim no se detuvo durante la larga enfermedad de Jacqueline. En 1973 debutó como director de ópera con el Don Giovanni de Mozart en el festival de Edimburgo. Los viajes le alejaban momentáneamente de Jacqueline, que se quedaba en su apartamento de París. Quizá por eso, entre 1975 y 1989, dirigió la Orquesta de París. Apasionado de la música de Wagner, debutó en 1981 en el Festival de Bayreuth. Sus maravillosas interpretaciones de El anillo de los Nibelungos y de Tristán e Isolda todavía se recuerdan. A pesar del conocido antisemitismo del compositor alemán, Barenboim siempre ha defendido la música de Wagner. A él poco le importa que fuera antisemita o que Hitler le admirase y le considerase el modelo a seguir. Para Barenboim la música, el arte, la belleza, tienen que estar por encima de la política. Ese amor hacia la música de Wagner le ha causado más de un problema a lo largo de su carrera, como cuando, en Julio de 2001 dirigió la Staatskapelle de Berlín en la representación de Tristán e Isolda en Jerusalén, dentro del Festival de Israel. Parte del público le tachó de pronazi y de fascista por atreverse a romper el tabú de interpretar a Wagner en Israel. Iba a interpretar el primer acto de La Walkiria, pero las protestas de los supervivientes del holocausto y del gobierno judío obligaron a cambiar el programa. Barenboim expresó su profundo disgusto y su disconformidad con aquella decisión, pero aceptó sustituir la Walkiria por piezas de Schumann y Stravinski. Sin embargo, una vez acabado el concierto, cuando salió a saludar al público, avisó de que en los bises iba a interpretar a Wagner, invitando a quienes no quisieran escucharlo a abandonar la sala. Solo la abandonaron una veintena de personas. El resto aplaudió emocionado y puesto en pie.

En España hemos tenido la fortuna de poder escucharle muchas veces. Recuerdo un concierto inolvidable en el Palau de la Música de Barcelona en el que tuve la suerte de estar sentado en las primeras filas. Pude oirle hasta respirar cuando dirigía. Todo en él era fuerza, armonía, sensibilidad y pasión. Cada verano venía a visitarnos a Madrid en una serie de conciertos gratuitos que formaban parte del paisaje de la ciudad. Son célebres sus conciertos en la Plaza Mayor. Este año, por primera vez, no ha podido venir. Los recortes y ese encono hacia todo lo que es cultura que manifiesta este gobierno lo han impedido. Aquí le tienes dirigiendo un fragmento del segundo movimiento de la 7ª sinfonía de Beethoven en uno de sus recientes conciertos en la Plaza Mayor.

En 1999 creó, junto a su amigo el escritor de origen palestino Edward Said, la orquesta West-Eastern Divan formada por músicos judíos y árabes de diferentes países: “No somos un proyecto político. No tenemos un programa político, pero sí una conciencia social y solidaridad hacia los pueblos que sufren. Más allá de la música no tenemos otro objetivo y esperanza que todas las personas que habitan en la región tengan los mismos derechos y la misma justicia, de forma que podamos empezar a pensar en cómo acercarnos unos a otros en igualdad. Esta es nuestra misión, la misión con la que con Edward Said fundamos esta orquesta. La cultura favorece el contacto entre las personas y puede acercarlas, promoviendo la comprensión. Por eso creamos esta orquesta. Me preguntan cómo puede no ser político algo que involucra que estén juntos israelíes, jordanos, sirios, egipcios, turcos… Y es que la política es el arte del compromiso y la música es el arte de todo menos el compromiso. Se dice, muchas veces, que ésta es una orquesta para la paz. No es así. Para la paz se necesitan otras cosas, justicia, estrategias y comprensión. Esta orquesta es un modelo alternativo. Y pone en escena la pregunta de por qué quienes son supuestos enemigos pueden funcionar juntos en una orquesta y no en la vida cotidiana. Y la respuesta es sencilla. Ante una partitura de Beethoven… todos somos iguales”

En 2009 fue el encargado de dirigir a la Filarmónica de Viena en el tradicional concierto de Año Nuevo. Fue, como todos los suyos, un concierto inolvidable. La complicidad con la orquesta fue formidable, y su juego con el público en la interpretación seguida con palmas de la Marcha Radetzky con la que cada año acaba ese concierto, fue realmente delicioso.

Barenboim ha recibido todos los premios más importantes de la música, y ha sido galardonado con los más altos honores por diversos países (Caballero de la Legión de Honor francesa, Orden del Imperio Británico, candidato al Nobel de la Paz, etc.) En 2008, tras un concierto en Ramala, le ofrecieron la nacionalidad honoraria palestina que él aceptó siendo el primer ciudadano del mundo que ostenta esa doble nacionalidad, y lo hizo con la esperanza de que ese gesto sirviera para la paz: “Anhelo que mi nueva condición sea un ejemplo de coexistencia palestino-israelí. Creo que los destinos de los pueblos israelí y palestino están inexorablemente unidos”. Barenboim siempre ha sido un ser independiente, una persona que ha antepuesto su amor a la música y a la libertad a todo lo demás: “Mi padre me enseñó que la independencia es lo más importante, mucho más que la fama o el dinero. A veces digo que sé hacer muchas cosas, pero nunca aprendí a nadar. Un buen nadador busca siempre la corriente a la que acomodarse. Por eso no nado. Nunca pude y nunca quise acomodarme a las corrientes, así que voy en contra de ellas”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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